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El
género post-apocalíptico, en sí mismo una imposibilidad
lógica y en muchos casos una simple variante del (pos)bélico,
ha dado ya numerosos libros y películas, desde los sedientos
zombis de Matheson (Soy leyenda), en la doble encarnadura
de Vincent Price o Will Smith, hasta la oleosa épica madmaxiana,
pasando por excelentes pruebas de animación, a veces incluso
más radicales, como Cuando el viento sopla (Murakami,
1986), Akira (Otomo, 1988) o Wall-e (Stanton, 2008).
No importa la causa, si nuclear, pandémica o ecocatastrófica,
sino sus efectos en los pocos sobrevivientes, sus luchas, su abandono
de dios, sus retornos de lo muerto lejano, su magra posibilidad
de alcanzar una difusa y acaso inexistente tierra prometida, residuo
improbable del "mundo antiguo". Coinciden todas en dar
la alerta, en advertir que se nos va esta civilización hiperdesarrollada,
motorizada, cableada, cementificada, blindada, armada, opulenta
y, sin embargo, pobrísima. La naturaleza muere, y nosotros
con ella (no hay dos sino una: la nuestra es sólo una mala
declinación); luego todo es reino de muerte y evitarla significa
sólo ganar un día igual a otro. Así en la premiada
novela de Cormac McCarthy, donde un padre y un hijo hacen el camino
del soñado Sur vistiendo y guareciéndose como vagabundos,
arañando despensas aún no saqueadas o huyendo de los
que han preferido cebarse dando caza al hombre (única concesión
terrorífica, en un argumento sustancialmente realista). La
cara de pionero en tiempos salvajes de Viggo Mortensen (bajo unos
cielos invariablemente plomizos, fotografiados por Aguirresarobe),
unida a su proverbial sobriedad, sostienen al personaje central
de esta last road movie que propone el pasaje generacional
en medio del desastre y contra toda esperanza. Discurrían
los títulos de crédito, acompañados de la música
de Nick Cave y del extraño eco de unas voces felices, espectrales,
cuando un gran ojo amarillo y verde creció del centro de
la pantalla hasta comérsela por completo. La película,
banalmente, se había atascado, enseguida abrasada por la
halógena, pero era como si el mundo todo empezara a descomponerse.
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