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CINE

Apocalipsis: coda

Por José Joaquín Beeme


 
    El género post-apocalíptico, en sí mismo una imposibilidad lógica y en muchos casos una simple variante del (pos)bélico, ha dado ya numerosos libros y películas, desde los sedientos zombis de Matheson (Soy leyenda), en la doble encarnadura de Vincent Price o Will Smith, hasta la oleosa épica madmaxiana, pasando por excelentes pruebas de animación, a veces incluso más radicales, como Cuando el viento sopla (Murakami, 1986), Akira (Otomo, 1988) o Wall-e (Stanton, 2008). No importa la causa, si nuclear, pandémica o ecocatastrófica, sino sus efectos en los pocos sobrevivientes, sus luchas, su abandono de dios, sus retornos de lo muerto lejano, su magra posibilidad de alcanzar una difusa y acaso inexistente tierra prometida, residuo improbable del "mundo antiguo". Coinciden todas en dar la alerta, en advertir que se nos va esta civilización hiperdesarrollada, motorizada, cableada, cementificada, blindada, armada, opulenta y, sin embargo, pobrísima. La naturaleza muere, y nosotros con ella (no hay dos sino una: la nuestra es sólo una mala declinación); luego todo es reino de muerte y evitarla significa sólo ganar un día igual a otro. Así en la premiada novela de Cormac McCarthy, donde un padre y un hijo hacen el camino del soñado Sur vistiendo y guareciéndose como vagabundos, arañando despensas aún no saqueadas o huyendo de los que han preferido cebarse dando caza al hombre (única concesión terrorífica, en un argumento sustancialmente realista). La cara de pionero en tiempos salvajes de Viggo Mortensen (bajo unos cielos invariablemente plomizos, fotografiados por Aguirresarobe), unida a su proverbial sobriedad, sostienen al personaje central de esta last road movie que propone el pasaje generacional en medio del desastre y contra toda esperanza. Discurrían los títulos de crédito, acompañados de la música de Nick Cave y del extraño eco de unas voces felices, espectrales, cuando un gran ojo amarillo y verde creció del centro de la pantalla hasta comérsela por completo. La película, banalmente, se había atascado, enseguida abrasada por la halógena, pero era como si el mundo todo empezara a descomponerse.
  



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