
Por
Fernando Usón
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Tópicos tozudos propugnados sin desaliento por historiadores,
críticos y gacetilleros cinematográficos.
Es
bien sabido que el cine tiene más de cien años.
Ya los cumplió el siglo pasado. Y sin embargo, son
muchas las especies que circulan sobre él incuestionadas;
muchos, los lugares comunes reciclados, enmohecidos de tan
manoseados. Quizás este comienzo del siglo XXI podría
servir para despejar la niebla ya convertida en smog,
o cuando menos, para reconsiderar y reescribir una historia
del cine anquilosada en rancios criterios y caducadas opiniones.
Es el momento ideal: por un lado, las cosechas recientes son
cada vez más intelectualmente menguadas y artísticamente
inanes, por lo cual, si de arte hablamos (el séptimo
o el que sea), resulta inevitable volver la mirada al pasado;
por otro, el acceso a títulos clásicos y no
tan clásicos está, en líneas generales,
más despejado que nunca, gracias al boyante mercado
del DVD, a continuas repescas y descubrimientos de valores
ocultos, y a las autopistas digitales que permiten descargas,
legales o ilegales, y transacciones comerciales de un país
a otro.
No
parece, sin embargo, que se esté aprovechando la coyuntura.
Antes al contrario, el creciente acriticismo y conformismo
de una sociedad ensimismada en la consecución del placer
y entregada a la ley del mínimo esfuerzo, nuestra
sociedad, lejos de esquilmar el tópico, lo facilita
y propugna, y preocupantemente, lo convierte en la única
posibilidad de razonamiento intelectual. Por ello hemos decidido
inaugurar esta sección en El Pollo Urbano, para,
lejos de anonadarnos con las naderías que la mercadería
mundial que domina el cine y la cultura, en connivencia con
sus coros de aquiescentes legiones, intenta vendernos, desesperada
o desvergonzadamente, como obras maestras; lejos de consentir
en la propagación del lugar común como si fuera
cualquier virus mediático, o en su insidioso mantenimiento
como el eficaz parásito que es para carcomer el intelecto;
lejos de todo ello, ofrecer otra perspectiva, otra visión
que algunos considerarán disidente, e incluso hereje
en estos tiempos de puritanismo políticamente correcto,
y proponerla en el humilde y casi olvidado campo del arte
cinematográfico. Quizá la cuestión ya
no le interese a nadie, quizá sea mucho suponer que
el cine pueda hoy en día sacudir conciencias. Nosotros
no pretendemos tanto, pero sí al menos que sean cuestionados
los dogmas impuestos por los dictadores culturales, anquilosados
y apuntalados por la pereza hecha lastre, a su vez arrastrada
por riadas de esclavos mentales, y acumulada y sedimentada
durante años hasta casi enterrar ese medio de expresión
artística llamado cine.
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Sumario:
-Tópico 6. Variante A: El cine de montaje es
el cine puro. Ergo Ejzenshtejn es el más grande director
del cine. / Variante B: Ejzenshtejn es el gran director del
cine soviético.
-Tópico 5.
Todo el cine mudo soviético es constructivista
-Tópico 4.
Todo el cine alemán es expresionista
-Tópico 3.
Los actores del cine mudo eran muy exagerados
-Tópico 2.
Variante A: La obra de Griffith declinó tras "Intolerancia"/
Variante B: La obra de Griffith declinó tras el ciclo
Gish.
-Tópico1.
Variante A: Con "El nacimiento de una nación"
(1915), de David Wark Griffith, el arte cinematográfico
alcanza su madurez / Variante B: "El nacimiento de una
nación" fue el nacimiento del cine clásico.
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Tópicos
tozudos propugnados sin desaliento por historiadores, críticos
y gacetilleros cinematográficos.
Continuamos
en territorio bolchevique: en esta ocasión debemos
denunciar la obnubilación de tantos aficionados que
consideran el cine de montaje la culminación suprema
e indiscutible de este arte; y como rémora adherida,
la entronización de Ejzenshtejn como zar de todas las
Rusias cinematográficas, e incluso emperador del orbe
entero
olvidando por el camino a su colega Dovzhenko.
TÓPICO 6.
VARIANTE
A. El cine de montaje es el cine puro. Ergo Ejzenshtejn
es el más grande director del cine.
Ejzenshtejn
fue considerado durante mucho tiempo paradigma del cine puro,
y por tanto director supremo de la cinematografía mundial
(al menos hasta el advenimiento de Orson Welles), por los
partidiarios del montaje como la misma esencia del cine en
aquel obsoleto debate que enfrentaba dicha técnica
con la que favorecía la puesta en escena y los movimientos
de cámara. O personalizando, que oponía Ejzenshtejn
a Murnau, como si necesariamente los cinéfilos debieran
definirse por uno o por otro, cual si de facciones políticas
se tratara. En tamaña coyuntura no es de extrañar
que, mientras se minusvaloraba a otros mejores, se tomara
a un director competente como Pudovkin nada menos que por
genial, por lo que resultó muy de agradecer que, por
contraste, Guillermo Cabrera Infante, aunque el juicio pueda
parecer excesivo, sostuviera que ningún mal director
había disfrutado de un prestigio tan desmesurado como
el director de "La madre".
Resulta
evidente, o mejor dicho, debiera resultar que ningún
modelo de cine es superior a otro: todo dependerá de
cómo los cineastas saquen partido a los recursos por
los que se han decantado. Sólo un plano secuencia de
Angelopoulos vale más que veinte películas de
acción actuales, con miles de planos cada una
o que todas juntas. Y viceversa, sólo un corte de Ejzenshtejn
vale lo que docenas de planos secuencia de Hsiao-hsien o del
primer Zhang-ke. Sin embargo, si consideramos los hipotéticos
casos extremos, lo cierto es que el modelo simplificado de
Ejzenshtejn (no el real del director, mucho más rico)
saldría perdiendo. Un film reducido a mero montaje,
entendiendo éste reductoramente como el corte de un
plano al siguiente, y desestimando por tanto el movimiento
interno a la toma; un film así dejaría de ser
cine para convertirse en cómic (un caso no tan hipotético:
lo hizo Oshima con los dibujos de "La Banda de Ninja",
que, por cierto, no pareció gustarle a ningún
aficionado: nadie se acuerda de ella ni la menciona). Por
contra, una película que constara de una única
toma, caso igualmente nada fantasioso (muchas películas
de los orígenes, prácticamente "La soga"
de Hitchcock, e incluso un film tan reciente como "El
arca rusa" de Sokurov), seguiría siendo irreductiblemente
cine, pues mantiene la esencia del mismo: no otra que la captura
fotográfica (y fonográfica) de la realidad a
lo largo de un lapso temporal (lo que, evidentemente, no se
aplica a la animación, que en lo fundamental debiera
ser considerada como un arte diferente).
Sea
como sea, no tiene sentido preferir un modelo a otro, pues
distinguir entre cine de montaje y cine de puesta en escena
es una simplificación enorme, ya que salvo los casos
extremos, todas las películas participan en mayor o
menor grado de ambos conceptos: del montaje, en cuanto hay
más de un plano; de la puesta en escena, en cuanto
se compone el cuadro y/o la toma registra movimiento. Es más,
conviene recordar que esta encontrada oposición ha
sido propugnada más por los críticos que por
los propios cineastas: el mismo Ejzenshtejn, e igualmente
Resnais, evolucionaron del cine de montaje al de puesta en
escena; viceversa, otros como Hitchcock, Mizoguchi o Bresson,
viraron de los planos sostenidos a los más breves;
por no hablar del caso de Dreyer, que cambió del modelo
de puesta en escena al de montaje, para volver al primero,
usando planos sumamente prolongados, hasta extremos de una
radicalidad inaudita en su época. En fin, que los grandes
no hayan tenido remilgos en favorecer cualquiera de los dos
modelos según sus intereses, simplemente invalida ese
afán de ciertos cinéfilos y críticos
por darle preeminencia a uno sobre otro.
Sin
embargo, por lógico que parezca lo anterior, los más
rancios criterios, en este caso para beneficio del cine de
montaje y de Ejzenshtejn, siguen campando a sus anchas
y nos tememos, haciendo estragos en los cinéfilos no
advertidos. Así, en los extras de la reciente edición
en DVD de "El acorazado Potemkin" por Divisa
(que por lo demás es imprescindible, pues brinda una
copia impecable) pueden leerse bobadas de la peor calaña,
sin firmar, por supuesto, que desde aquí denunciamos:
"Se
trata de una película clave en la historia del cine,
muy superior técnicamente a las películas de
la época".
Clave
sí, pero ¿superior técnicamente? Perdón,
¿muy superior? Por lo que se ve, mira por dónde,
en la Unión Soviética debían de contar
con los mejores negativos y las mejores cámaras del
mundo mundial
Por lo que se ve, para entonces las industrias
occidentales, especialmente americana y alemana, no debían
de haber conseguido apenas nada en cuanto a decorados, técnica
fotográfica, sobreimpresiones, movimientos de cámara,
incluso el mismo montaje, etc., etc., se refiere
Ahora
bien, la mejor guinda de esa nota, más deformativa
que informativa, es la siguiente:
"En
la década de los 20 los cineastas soviéticos
intentan (sic) constituir una teoría fílmica,
ya que el lenguaje cinematográfico era aún muy
básico".
Bien,
no intentaron (en pasado, que parece que les costara esfuerzo
usarlo a los perezosos gramaticales) construir una teoría,
sino varias: como mínimo, Ejzenshtejn, Pudovkin, Vertov,
Kuleshov, cada cual la suya; y además, todo lo matizables
y discutibles que resultaran, lo consiguieron. ¡Pero
que el lenguaje cinematográfico era aún muy
básico! Pues menos mal que, por no hacer la lista interminable,
Griffith ya había rodado las muy distintas "Intolerancia"
(1916) y "Lirios rotos" (1919), Stiller "El
tesoro de Herr Arne" (1919) y "Johan"
(1921), Sjöström "El que recibe el bofetón"
(1924), Dreyer "Michael" (1924), Stroheim
"Esposas frívolas" (1921), Chaplin
"Una mujer de París" (1923), Keaton
"Vecinos" y "El espantapájaros"
(ambas de 1920), Murnau "Nosferatu" (1922),
y que el mismo año de 1925 Vidor rodaba "El
gran desfile", Borzage "Una gran señora",
Sternberg "The salvation hunters", Chaplin
"La quimera del oro", Lubitsch "El
abanico de Lady Windermere", y McCarey dirigía
a Charley Chase en "Should husbands be watched?"
y "No father to guide him". Menos mal, que
si no
Claro, que estas pobres películas, al parecer
tan básicas y tan simples, no eran ni rusas ni constructivistas
VARIANTE
B. Ejzenshtejn es el gran director del cine soviético.
Si
la primera variante del tópico, que Ejzenshtejn es
el mejor director del cine todo, hace tiempo que comenzó
a hacer aguas, no precisamente debido a una más justa
valoración de otros directores para los que el movimiento
interno al plano era tanto o más importante que el
montaje canónico, sino gracias al golpe de estado ejecutado
por Orson Welles con su debut "Ciudadano Kane";
si muchos ya dejaron de considerar a Ejzenshtejn como el rey
indiscutido del cine, a sus admiradores siempre les quedó
el consuelo de que en la URSS no tenía rival. La consideración
del cine mudo soviético bajo la exclusiva admonición
constructivista, o equivalentemente, bajo la única
perspectiva del cine de montaje, unida a la innegable brillantez
del interfecto, ha solido mantener la inevitable consideración
del cineasta de Riga como el mejor de su país; e incluso
durante muchos años, aún más abusivamente,
de la etapa muda entera. Lo molesto del caso no es desde luego
que se reconozca una labor artística que lo merece
de sobras, sino la dudosa unanimidad que se ha impuesto sin
derecho a discusión. La misma, por ejemplo, que repite
machaconamente que la mencionada "Ciudadano Kane",
del ungido Welles, es la mejor película de la historia;
así, tal cual, cosa que evidentemente no es (volveremos
sobre el tema en un tópico futuro).
Convendría
ante todo, en éste y en otros casos, deslindar la capacidad
innovadora o la importancia histórica de un artista
de sus logros reales o la calidad intrínseca de sus
obras: no siempre todas se encuentran a la misma altura; a
veces otros hacen un uso más profundo y enriquecedor
de sus descubrimientos. Respecto al primer punto, resulta
innegable la arrolladora influencia de la obra muda del cineasta
teórico, así como su indiscutible calidad. De
hecho, el tópico en liza podría haber sido una
verdad irrebatible, si Ejzenshtejn hubiera continuado la prodigiosa
escalada emprendida ¡en tan sólo dos años,
de 1923 a 1925!, de la aguerrida "El diario de Glumov"
a la magnífica "La huelga", y de ésta
a la magistral "El acorazado Potemkin". Si
la hubiera proseguido, pues el camino se truncó en
1927 con "Octubre".
Las
razones de esta fractura pueden ser varias. La primera, que
el mayor refinamiento de las teorías del inquieto Ejzenshtejn,
que pasó de reflexionar sobre el montaje de atracciones
a sistematizar el montaje intelectual, no encontró
el eco esperable en su paso a la práctica. Las atracciones
siempre tenían, en mayor o menor grado, una gran potencia
expresiva, y en última instancia una naturaleza corpórea
que no se dejaba reducir a formulaciones verbales y que añadía
un plus de riqueza al discurso fílmico. La puesta en
práctica del montaje intelectual, en cambio, arriesgaba
ser reducida a la mera idea verbal y, en el peor de los casos,
caer en la mayor de las evidencias; en otras palabras, de
poner en marcha un dispositivo muy complejo para intentar
transmitir lo que le bastaría a una simple frase bien
hecha. En "Octubre", pese estar construida
sobre una gran atracción que recorre todo el film (el
refinamiento del palacio del Ermitazh, de sus estatuas y entorno,
frente a la tosquedad invasora de los revolucionarios), el
énfasis recae en el montaje intelectual; y por desgracia,
abundan los ejemplos que ilustran su fracaso o, cuando menos,
lo limitado de su alcance; unos ejemplos que a veces delatan
la congénita impotencia del cine para transmitir ciertos
conceptos abstractos. Mucho ruido y pocas nueces. Como ilustración
de lo dicho, dar a entender que el general Kerenski es un
trepa haciéndolo subir interminablemente la misma escalera
no deja de ser una evidencia: a otros directores les bastaba
sugerirlo con un plano. O ilustrar la falacia de las religiones
mostrando una sucesión de ídolos, del crucifijo
cristiano al tótem primitivo, es un procedimiento sumamente
retórico que, una vez asimilado, no hace sino volver
las imágenes indiferentes.
Luego,
hay un segundo motivo ligado al anterior: en "Octubre"
Ejzenshtejn pareció renunciar a la elocuencia de la
puesta en escena (que, a pesar de tan poco atendida por los
admiradores del ruso, había sido fundamental en sus
largometrajes anteriores) para delegar la construcción
total del discurso en el montaje; ello en tan alto grado,
que a veces el movimiento interior al plano resulta casi irrelevante
y se tiene la sensación de asistir a un cómic
filmado. "Octubre" siempre ha sido un film
polémico, y Bela Balász, el teórico húngaro
coetáneo, expresó un reproche de orden similar,
en términos más elegantes, acusando al film
de haber extraviado la materialidad, la denotación
de las imágenes que eran su base.
Todavía
existe una tercera razón para la baja de la obra del
cineasta: que en "Octubre", por primera vez,
la propaganda acaba ahogando la potencia latente en el discurso
e incluso la vena creativa. Nos parece significativa al respecto
la pobre concepción de los elementos reaccionarios
(cuya tendenciosidad en el cine de Ejzenshtejn culminaría
en la posterior y sobrevalorada "Alexander Nevski",
1938), en este caso unos burgueses y unos mencheviques que
se pretenden risibles por su mera condición, pues su
único rasgo "cómico" resultan ser
sus rostros aguileños (¿judíos?, ¿europeos?)
frente a las anchas y lozanas caras eslavas de los bolcheviques.
Al menos, los espías y mendigos de "La huelga"
y el grotesco pope de "El acorazado Potemkin"
estaban tratados con humor, y presentaban un ramalazo y un
descaro que los clasificaban de cabeza entre los clowns excéntricos.
No obstante, la causa fundamental del fracaso de "Octubre"
(un fracaso relativo y, desde luego, honrado y valiente) es
en nuestra opinión más simple: existe una gran
descompensación entre los diferentes segmentos del
film. En efecto, una primera media hora es excelente, e incluso
magistral; los últimos veinte minutos son de altura;
pero toda la zona intermedia de algo más de una hora
se ve aquejada de una dispersión tan tediosa y de un
decaimiento formal tan pronunciado, que acaban lastrando irremisiblemente
el conjunto.
Señalemos
pues que, pese a todo, "Octubre" es un film
que atesora grandes bellezas, casi siempre pertenecientes
al reino de las atracciones: la impactante secuencia de apertura,
que registra la desmembración de la estatua del zar;
el caballo blanco que cuelga del puente que se abre y, detalle
todavía más sobrecogedor, los cabellos de la
muchacha muerta que se escurren al elevarse la estructura
(imagen mostrada en cantidad de planos que repiten el mismo
momento, en la que quizás sea la culminación
del montaje reiterado de su autor); la imagen que corona la
ascensión de Kerenski (cuya insistencia hiperbólica,
ciertamente, posee encanto: este hombre no se cansa de trepar),
no otra que la del mecano del pavo real, imagen tan sugerente
y tan reacia a interpretarse de manera unívoca; o el
contraste entre los indiferentes atlantes y los cañones
que disparan, enriquecido exponencialmente por los planos
siguientes, que registran las lámparas del palacio
vibrando ligeramente: ejemplo supremo de atracción
sonora ¡en un film mudo!
Recapitulando,
la obra muda de Ejzenshtejn consta de una obra maestra ("El
acorazado Potemkin"), un título excelente
("La huelga") y dos buenas películas
("Octubre" y "La línea general").
A ellas podríamos añadir, sonoras, pero de alma
silente, las rodadas fuera de la Unión Soviética
y lamentablemente inacabadas "Miseria y alegría
de mujer" (1929) y "¡Que viva México!"
(1931), así como el cortometraje musical "Romanza
sentimental" (1930). Luego, ya bien entrado el sonoro,
a falta de poder valorar adecuadamente la destruida "El
prado de Bjezhin" (1935) y pasando por alto la fallida
"Alexander Nevski", el director tardaría
en volver a dar lo mejor de sí mismo, y lo haría
con su último film y una de las cumbres de su distinguida
carrera: la extraordinaria "Iván el terrible"
(1944-47). Un corpus sin duda impresionante... pero ni tan
abundante ni tan regular para no poder ser superado o, cuando
menos, retado. Así las cosas, Dziga Vertov presenta
una obra silente lo suficientemente distinguida como para
rivalizar con la de su colega, aunque no tanto como para destituirlo
de su lugar de honor. Sin embargo, existe otro cineasta soviético
que justifica definitivamente la recusación del tópico
de Ejzenshtejn como rey indiscutible de dicha cinematografía:
nos referimos a la gigantesca figura de Oleksandr Dovzhenko.
Y sabemos que las comparaciones son odiosas, pero al fin y
al cabo Ejzenshtejn tiene bien asegurado su lugar en la historia
del cine y de sus manuales, mientras que Dovzhenko ha caído
en los últimos tiempos en el más absoluto e
injusto de los olvidos: no hay ningún otro director
de altura cotejable que sea hoy en día tan poco visto
y referenciado como él, salvo quizás el sueco-finés
Mauritz Stiller o, por ignoto, el japonés Hiroshi Shimizu.
Reivindiquemos, pues, al gran Dovzhenko.
La
filmografía del apasionado ucraniano como director
figura entre las más escasas de los mejores, más
todavía que las de Dreyer o Bresson, y tanto como las
de los también soviéticos Ejzenshtejn y Tarkovskij.
Tan sólo un cortometraje, "El fruto del amor"
(1926), y ocho largos la componen, de los cuales uno, "Vasja
el reformador" (1926), está lamentablemente
desaparecido. Los restantes son: "Correo diplomático"
(1927), "Zvénigora" (1928), "Arsenal"
(1929), "La tierra" (1930), "Iván"
(1932), "Aerograd" (1935) y "Shors"
(1939). Precisamente en la configuración de su filmografía
comienzan los malentendidos y los tópicos, pues a partir
de "Shors" la crítica se ha empeñado,
quizás porque su obra era tan poca y tan grande, en
asignarle los siguientes largometrajes que en realidad firmó
su mujer Julja Solnceva. Se le adjudica "Bukovina,
tierra ucraniana" (1940), donde en los créditos
figura
como director artístico (por cierto, ¡en
un documental elaborado con material de archivo!). ¡Si
hasta se le llegó a asignar "El poema del mar"
(1959), basada en un guión suyo, cierto, pero rodada
por su viuda ¡tres años después de su
muerte!! La confusión se debe quizás a una doble
causa. Por un lado, al deseo soviético de explotar
la "denominación" Dovzhenko en la medida
de lo posible, pues por más que el ucraniano le resultara
incómodo al Kremlin, hasta el punto de que le censuraran
y abortaran un proyecto tras otro, no dejaba de acarrear con
él todo su prestigio. Por otra parte, a la confusa
traducción o asignación de ciertos términos
rusos, en concreto, "rezhissor", "avtor"
y "postanovshik". "Rezhissor" es el exacto
equivalente al occidental "director", y como tal
figura Dovzhenko en todos sus filmes hasta "Shors".
A partir de "Bukovina" el cargo lo pasa a
ocupar Solnceva, que hasta entonces había sido ayudante
de dirección y en "Shors" había ascendido
a codirectora, mientras que Dovzhenko, al menos desde "Batalla
por nuestra Ucrania soviética" (1943) hasta
la inacabada "Adiós, América"
(1949), pasa a ser "avtor" y/o "postanovshik".
"Avtor" no es autor en el sentido cahierista del
término que tanto se emplea hoy en día para
calificar a los directores, sean realmente autores o no, sino
que se refiere al guionista. Más confuso resulta el
término "postanovshik", traducible como realizador;
sólo que en realidad, teniendo en cuenta que la dirección
de los filmes de los 40 pertenece a Solnceva y que dichos
filmes presentan muy distintas cualidades visuales respecto
de los verdaderamente firmados por Dovzhenko, nos inclinamos
a pensar que su labor era más bien la de productor
o director de producción (tan implicado como por esa
misma época lo estaba David O. Selznick en sus proyectos),
o la de supervisor (una figura que, por ejemplo, existía
en el cine mudo americano). Así las cosas, las películas
firmadas por Solnceva serían, en el mejor de los casos,
lo equivalente a las pinturas pertenecientes al taller de
un maestro, sólo que ejecutadas por un discípulo;
y en el peor, caso de "Michurin" (1948),
un Dovzhenko de imitación. Algo similar a las películas
que dirigió no hace mucho Liv Ullmann, sobre guiones
de su ex marido Ingmar Bergman y asesorada en el plató
por él. Los filmes de Solnceva, por más que
recuperen las imágenes más arquetípicas
de su esposo (como, por otra parte, también haría
Tarkovskij en sus primeras películas), no sólo
carecen de esos brochazos viriles tan propios del pasional
director, sino, y esto es lo grave, adolecen de escasa imaginación
visual. No sólo de manzanas y trigales se hace un Dovzhenko
Queda
imaginar por qué Dovzhenko renunció a la dirección,
pasando el relevo a su esposa. A buen seguro el motivo fuera
la frustración sentida por la producción de
la película sobre el guerrillero Shors, film que en
vísperas de la II Guerra Mundial le fue encargado por
el mismo Stalin, lo que conllevó abundantes injerencias
en el rodaje. No sólo eso, ya que el cineasta puso
mayor énfasis en cantar el nacionalismo ucraniano que
en articular la esperada propaganda antialemana, el film acabó
disgustando profundamente al dictador, por lo que "Shors"
resultó inútil para afianzar la posición
de Dovzhenko en el régimen, pese a las concesiones
realizadas. En efecto, es ésta la película más
abiertamente propagandística del ucraniano (aunque
no en el sentido que esperaba Stalin) y la más larga
y verbosa (45 minutos más que la más larga de
las anteriores); sin embargo, ello no impide que, entre discurso
y discurso, rebose de imágenes memorables que acreditan
la rúbrica del maestro, por lo que es de comprender
la decepción experimentada por él. Sentimos
desconocer "Correo diplomático", pero,
con la salvedad del primerizo "El fruto del amor",
todas las demás películas de Dovzhenko, empezando
por la misma "Shors", son, como mínimo,
estupendas, cuando no, caso de "Zvénigora"
y "Aerograd", verdaderamente extraordinarias.
Y en concreto, las majestuosas "Arsenal",
"La tierra" e "Iván",
el cogollo de su carrera, son tres de las cumbres del cine
soviético, y aún más: tres obras maestras
del cine entero, por cada una de las cuales el ucraniano ya
merecería un lugar de honor entre los más grandes.
Quizás
Dovzhenko sea menos innovador que Ejzenshtejn, en el sentido
de que sus investigaciones formales apenas encontraron eco
en sus colegas (salvo muy tardía y aisladamente en
la figura de Tarkovskij), pero no desde luego en cuanto a
hallazgos visuales se refiere, ni tampoco en lo que atañe
a ciertas concepciones de su personalísimo montaje.
Pues ya no es que algunas de las más bellas e impresionantes
atracciones del cine, más dirigidas empero a la emoción
que al intelecto, se localicen en la obra del ucraniano, sino
que su montaje, polifónico y contrapuntístico,
es absolutamente único: abrupto, como sólo conseguiría
cierta modernidad cinematográfica de los 60; poético,
como quizás ningún otro director haya igualado
hasta la fecha. Aparte, las películas del cineasta
son ubérrimas en recursos: si su montaje es ocasionalmente
tan dinámico como el de Ejzenshtejn, por otro lado,
sus planos pueden ser tan concentrados y densos como los del
posterior Tarkovskij; si el juego con las formas geométricas
es tan esencial como en Vertov, los matices de su iluminación
son tan significativos como en Murnau; su fotografía
del paisaje es tan bella como las de Ford o Mizoguchi, y el
uso del mismo tan radical como los de Bergman o Mann; su valoración
del off es tan feraz como la de Bresson, y su uso del sonido
tan imaginativo como el de Lang o Lubitsch; la contención
de sus actores puede cotejarse en ocasiones a los de un Dreyer,
y al mismo tiempo, paradójicamente, sus abundantes
momentos de exaltación son tan radicales como los de
un Kuleshov. Toda esta fecundidad de recursos, unida a una
certera disposición de los mismos, redunda en una potencia
emocional muy propia y elevadísima; no sólo
netamente superior al resto de los soviéticos de la
época, sino cotejable con la de los más emotivos
directores, aunque esté más basada en puros
recursos formales que en los mecanismos de identificación
subyacentes a ficciones de tipo más convencional. Para
corroborar la grandeza de Dovzhenko bastaría con ver
la primera media hora de esa película de elocuentes
sombras, de diagonales violentas y verticales impotentes que
es "Arsenal", sin duda el más impresionante
alegato cinematográfico contra la guerra jamás
filmado (de la que, por cierto, retomaron imágenes
películas tan destacadas como la sirkiana "Tiempo
de amar, tiempo de morir" y la hitchcockiana "Pero,
¿quién mató a Harry?"). O bien,
constatar que llegó a vencer nada menos que a Vertov
en su propio terreno, pues si la construcción de la
presa en "El décimo primero" (1928)
es admirable, la de "Iván", por sus
prodigiosos ritmos y apabullantes encuadres, simplemente corta
la respiración.
Otra
de las ventajas de Dovzhenko sobre sus camaradas es que, frente
a la concepción típica en ellos de la secuencia
como entidad prácticamente cerrada, la elaboración
formal en su cine es más global, de forma que las relaciones
y los ecos se expanden por todo el metraje. Asimismo, también
lo hace más perdurable su mayor humanidad, ya que sus
películas se asientan sobre una profunda comprensión
del ser humano (expresada por pinceladas que a veces llegan
a recordar a los grandes literatos rusos) y nunca llegaron
a ser, salvo "Shors", realmente propagandísticas.
Quizás pudo conseguirlo por rodar en Ucrania, lejos
del Kremlin
y quizás por ello fue el primero
en tener roces y problemas con las autoridades soviéticas.
Así, "Arsenal" es una película
sobre las injusticias de la guerra, de cualquier guerra, la
cual, coronada por una masacre pariente de los fusilamientos
de Goya, está muy lejos de acabar con ese canto a la
unión obrera que cerraba "El acorazado Potemkin"
o con el entusiasmo bolchevique que coronaba tantos Vertov
o Pudovkin. "La tierra", por su parte, argumentalmente
no es tanto una crónica de la modernización
del campo ucraniano, al modo de "La línea general",
como la historia de un crimen rural; así como "Aerograd"
es más la constatación de la traición
a una amistad que el aparente informe sobre la creación
de una gran ciudad en el más recóndito confín
de Siberia (como bien apuntó uno de los pocos admiradores
que parecen quedarle al director, Jonathan Rosenbaum, ni asistimos
a dicha construcción, ni al final vemos una sola calle,
ni una baldosa, de la ciudad). Aunque en realidad, hablar
de historia o de argumento en cualquier película del
pasional ucraniano es desorientador e inadecuado: sus intereses
son más líricos (con la única excepción,
nuevamente, de "Shors", su título
de planteamiento más convencional).
Quizás
el film más ambiguo del director en el sentido propagandístico,
aparte de ser el más injustamente olvidado de su excelsa
filmografía (no se encuentra editado ni en el extranjero,
incluidas todas las Rusias) sea su primer título sonoro:
"Iván". Pues, en efecto, si inicialmente
el film se plantea como la glosa de la gesta soviética
de la construcción de una gigantesca presa sobre el
Dnieper, en la segunda parte resulta que el ucraniano llenó
de aristas su película hasta el punto de poner en entredicho
la original intención proselitista y ofrecer en cambio
un testimonio de las profundas contradicciones de la revolución
soviética, hasta extremos difíciles de barruntar
bajo la férrea dictadura de Stalin. La falla, exactamente
a mitad de película, la constituye la muerte en plena
faena de un obrero desconocido para el espectador. Ejzenshtejn
o Vertov ni se habrían planteado dejar constancia de
este hecho, a pesar de que, sin duda, muchas debieron de ser
las víctimas en tantas y tantas obras faraónicas
del régimen: para ellos la revolución soviética
era solamente una cuestión de lucha de clases. Dovzhenko
sí se lo plantea, y de paso hace gala de una brillantez
estilística que revela mucho de su genial concepción
del cine (aquí, su uso de las elipsis, del paisaje,
de los indicios visuales, de las modulaciones de la luz):
no se ve el accidente, tan sólo un despejado y luminoso
paisaje manchado luctuosamente por el humo de una locomotora;
luego, el cineasta pasa a ofrecernos a varios compañeros
que acarrean el cuerpo inerte; acto seguido, nos muestra a
una mujer observando, velando el cadáver. Sin embargo,
Dovzhenko, siempre alerta a los conflictos emocionales, hace
que esa mujer, exasperada por la muerte del joven, de repente
eche a correr por en medio de ese sempiterno símbolo
de un mundo mejor que en el cine soviético era la maquinaria,
y que aquí se trastoca en una presencia ominosa y agresiva
que parece ir a atropellar o devorar a la mujer. El momento
es central al discurso del film, pues Dovzhenko pasa a utilizar
el típico montaje reiterado de su colega Ejzenshtejn
para subrayar la entrada de la desesperada a la oficina de
un superior para comunicarle el accidente. Y he aquí
que el hombre ofrece, no a la mujer, sino a un interlocutor
telefónico, una respuesta típicamente burocrática
y triunfalista, que exime de la culpa de la desgracia a la
organización de la obra: para unos, sin duda, esa justificación
sería convincente; en otros, en cambio, no haría
más que levantar la suspicacia. Tanta es la importancia
otorgada al momento, que Dovzhenko repetirá la estrategia
del montaje reiterado para la entrada de la mujer en medio
del triunfante congreso final, donde les aguará la
fiesta no poco, al rememorar intempestivamente a la anónima
víctima, revelando de paso que era su hijo y que se
llamaba Iván, ¡igual que el héroe de la
película! Así pues, la, más que dicotomía,
escisión está clara: para el Iván que
el espectador ve y puede identificar, la revolución
es algo positivo que le permite desarrollar sus capacidades
e incluso ir a la universidad; en lo que al Iván invisible
y muerto concierne, huelgan las palabras.
Aparte,
es de notar que esas dos son las únicas secuencias
donde la acongojada madre es protagonista ¡e incluso
aparece!, lo que supone una buena muestra de la posición
absolutamente única y radical de Dovzhenko en la historia
del cine: sus obras ni se limitan a manejar personas reducidas
a tipos refractarios a toda empatía, como el auténtico
cine constructivista de Vertov e incluso Ejzenshtejn, ni erigen
ficciones al uso, como Barnet o Pudovkin (o por lo demás
el grueso de la cinematografía mundial), donde unos
personajes concretos son el hilo conductor del film.
No
deja de ser significativo que entre esas dos secuencias cruciales
Dovzhenko abandone definitivamente la exaltación optimista
que cala la primera y magistral parte, para pasar a poner
en evidencia, hasta donde era posible bajo la férula
de Stalin, el ideal comunista; que arrincone la glosa vitalista
a favor de un desarrollo circular y perezoso, sin dirección
ni progreso ningunos, lleno de meandros, donde llama la atención
el énfasis puesto en el marasmo que se apodera de los
aplatanados obreros. Aunque más llamativo todavía
resulta el protagonismo que cobra el haragán del film
(interpretado por uno de los fijos del director, Stepan Shkurat,
actor de "La tierra" y "Aerograd"),
el cual resulta ser la cruz de su vástago, formal,
hacendoso y ejemplar bolchevique, tan atormentado por tan
díscolo padre, que se ve forzado a denunciarlo cuando
se tira a la Bartola. Para más inri, el cineasta, lejos
de condenar al holgazán, aún le permite protagonizar
el momento más curioso y excéntrico del film
(aquél en que merodea alrededor de una caseta desierta,
¡de la que sale una mano para atraparlo!, ¡y en
la que se activa de repente un altavoz delator!), digno de
una película cómica (a su manera), así
como proferir una de las frases más inesperadas y memorables
dichas en una película soviética: "Tengo
miedo de mi hijo".
Continuará.
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Tópicos
tozudos propugnados sin desaliento por historiadores, críticos
y gacetilleros cinematográficos.
El
presente tópico reproduce exactamente el previo con
un simple cambio de geografía. Si en el número
anterior rebatíamos que el cine mudo alemán
tuviera la obligación de ser expresionista, en este
caso debemos refutar que el soviético sea únicamente
constructivista. El ser humano rehúye la complejidad
y prefiere simplificar
TÓPICO 5.
Todo el cine mudo soviético es constructivista.
Debemos
reconocer que en este caso el lugar común tiene mayor
excusa, por cuanto que la difusión internacional de
esta cinematografía, casi, casi, reducida al nombre
fetiche de Eisenstein (cuya transliteración más
adecuada del alfabeto cirílico, por cierto, sería
Ejzenshtejn: será la que utilicemos), siempre ha sido
mucho menor que la de su homólogo germánico,
hecho agravado por la existencia de una industria autóctona
mucho más modesta. Ahora bien, la menor difusión
tiene también otra causa menos excusable: no otra que
la forma habitual (masificada) de recepción del cine
que domina a críticos y espectadores por igual, basada
en la estricta, y demasiadas veces rala, narratividad: parece
claro que al común de los mortales le resulta más
fácil recordar personajes fuertes como Nosferatu, el
Doctor Mabuse o el Doctor Caligari (aunque este último,
como sucede con el también Doctor Frankenstein, se
asocie más a su criatura, el sonámbulo Cesare,
que a él mismo), con las espesas tramas que comportan,
que las colectivas gestas revolucionarias de un Ejzenshtejn,
los arrebatos líricos de un Dovzhenko o las odas documentales
de un Vertov, hilvanados todos, para más inri, de forma
desprejuiciadamente episódica.
El
cine constructivista, que igual de apropiadamente se podría
llamar deconstructivista, se asocia con justicia, como ningún
otro estilo, a un solo nombre: Sergej Ejzenshtejn. En el cine
primero ruso y después soviético, por lo que
conocemos de él, hay un antes y un después.
Previamente a la aparición del cineasta de Riga el
cinematógrafo ruso seguía más o menos,
con todas las peculiaridades que se quiera, las corrientes
mundiales: Jevgenij Bauer rodaba melodramas en los años
10 como cualquier otro europeo; Jacov Protazanov se decantaba
por la ciencia-ficción con "Aelita" (1924);
Dziga Vertov aportaba, primero con su noticiero "Cine
Pravda" y luego con su "Cine-ojo"
(1924) su granito de arena al documental mundial; y Lev Kuleshov,
el más inquieto de los directores de esa época,
lo mismo rodaba un film de espías ("El proyecto
del ingeniero Pright", 1918), que una sátira
con gotas de slapstick ("Las extraordinarias
aventuras de Mr. West en el país de los bolcheviques",
1924), que algo más tarde una antológica adaptación
de Jack London ("Según la ley", también
conocida como "Dura Lex", 1926), película
que si a algún otro director ha de parecerse, más
bien sería a un desaforado cóctel de Stroheim
y Browning. Como dato curioso, el primer y tercer film mencionados
transcurren en países anglosajones (nada de revolución,
por tanto), y el segundo film, dato simpático, cuenta
con un protagonista norteamericano (Mr. West, claro está)
de andanzas por la Unión Soviética. Sentimos
conocer tan sólo "Según la ley"
y la no muy destacada "El proyecto del ingeniero Pright"
de entre toda la filmografía de este director que,
como otros muchos de la época (Griffith, Borzage, Walsh,
Stroheim, Lubitsch, Dieterle, los cómicos
), antes
fue actor. Pues resulta que "Dura Lex" es
un ejemplar magnífico, y los fragmentos que conocemos
de "Las extraordinarias aventuras de Mr. West en el
país de los bolcheviques" y de otras películas
posteriores, como "Una conocida suya" (1927)
y "El gran consolatorio" (1933), hacen pensar
que, si cumplen las expectativas avivadas por sus magníficos
retazos, el día en que se difundan como es debido saldrá
a la luz una de las prácticas más radicales
y originales del séptimo arte, basada en personalísimas
concepciones de la interpretación, aún más
que del montaje; una práctica hoy en día ninguneada
por una injusta y terca invisibilidad y reducida por la cansina
referencia al archifamoso "efecto Kuleshov", como
si su cine se redujera a eso, nada más. De hecho, el
legado del director causó una honda impresión
en Ejzenshtejn, hasta el punto de que aquella famosa teoría
del actor excéntrico que tanto se menciona a propósito
del último (deriva, por cierto, típicamente
rusa que se prolonga hasta el actual Aleksandr Sokurov), tiene
en realidad su más perfecto acabado en la obra del
precursor. Citemos la admirativa frase del celebérrimo
director respecto a su predecesor cinematográfico:
"Los demás hacemos películas; Kuleshov,
cine".
Con
su primer largometraje, "La huelga" (1924),
Ejzenshtejn dio un vuelco perdurable al cine de su país.
El fulgor revolucionario que tanto había deseado Lenin
para esta forma de expresión ("El cine es para
nosotros la más importante de todas las artes",
decía) tomó cuerpo con tan impactante entrada
en pantalla. No sólo eso, tal ardor alcanzaría
el cénit poco después con la impresionante "El
acorazado Potemkin" (1925), a la que seguirían
las irregulares "Octubre" (1927) y "Lo
viejo y lo nuevo", también conocida como "La
línea general" (1929). Un caso único
en la historia del cine en el que propaganda política
y excelencia artística caminaron mano a mano. Con estas
películas Ejzenshtejn marcó las pautas del cine
constructivista soviético, que heredó del futurismo
pictórico la fascinación por la tecnología
y las máquinas (cuyo cruce con la revolución
trajo particulares derivas, como el idilio entre campesinos
y tractores que canta "Lo viejo y lo nuevo"),
entusiasmo con frecuencia expresado mediante un montaje rítmico
y percutor, que en el caso extremo de "Octubre"
se contagiaría incluso a las personas, casi transformadas
en meras máquinas. La exaltación, principalmente
revolucionaria, será al constructivismo lo que las
turbiedades del alma al expresionismo: es decir, la base de
su carácter. Exaltación no sólo presente
en el montaje: también en los movimientos de masas,
muchas veces convertidos en trayectorias geométricas,
ora pausadas, ora frenéticas; en las vehementes expresiones
de rostros y de cuerpos (esos puños agitados por los
indignados proletarios tan típicos del director); incluso
en los objetos (la maquinaria, los chorros de agua, los fusiles
). De Griffith, particularmente de "Intolerancia",
Ejzenshtejn tomó no sólo el tratamiento de los
movimientos de masas, sino también el montaje paralelo,
al que todavía añadiría innovaciones
como el montaje en fuga; y el montaje retardado, habitual
en la época, lo transformaría en reiterado,
al repetir la misma acción desde diversos ángulos
de cámara, como en un eco del cubismo, para mejor enfatizarla.
Eso, por no hablar de otros aspectos o secuencias concretas,
como esas neblinas del puerto de Odessa servidas en prodigiosa
grisalla por su operador Eduard Tissé en "El
acorazado Potemkin", importadas directamente del
comienzo y final de "Lirios rotos". Por otro
lado, de Kuleshov, su otra gran referencia de cabecera, Ejzenshtejn
sacaría jugosas conclusiones de su famoso efecto.
Se
apreciará que, si bien la puesta en escena del director
bolchevique es mucho más rica y elocuente de lo que
se suele señalar, la piedra angular de su sistema formal
"revolucionario", hasta la inacabada "¡Qué
viva México!" (1931), es evidentemente el
tantas veces mencionado montaje; lógico, por su capacidad
de fragmentación y de reconstrucción de la imagen,
de avance y de retardo del tiempo, de manipulación
por tanto del material bruto proporcionado por la filmación.
La concepción final de él le daría a
la obra del ruso uno de sus distintivos más brillantes
y personales: el montaje de atracciones. Apuntemos simplificadamente
que éste consiste en cómo dos imágenes
disímiles, ensambladas por el montaje (por simple corte,
casi nunca por encadenado), alumbran una tercera imagen mental,
un concepto nuevo. Ahora bien, la atracción tiene una
segunda acepción (en realidad, su primera formulación):
también es el cruce de dos elementos, o la interpolación
de uno solo, que conlleva una agresión, un impacto
emocional sobre el espectador. Un ejemplo obvio sería
el sacrificio real de los bueyes en "La huelga",
con o sin el montaje paralelo de los obreros perseguidos y
masacrados. No obstante, debemos hacer constar imperativamente
que el montaje de atracciones puede tener lugar dentro del
mismo encuadre, lo que rara vez se ha señalado y sin
embargo revela que la puesta en cuadro y en escena eran tan
fundamentales para Ejzenshtejn como el empalme de los planos:
véanse la ropa tendida o los niños jugando en
el mismo cuadro que los cosacos exterminadores de "La
huelga"; los cañones bajo los atlantes en
"Octubre"; los pies de un marinero rebelde
junto a las manos del oficial arrastrado en "El acorazado
Potemkin" (imagen que tan agresiva se debía
de percibir políticamente que se censuró en
la versión alemana); o, sin duda el ejemplo más
célebre de toda la obra del cineasta, el carrito rodando
entre un reguero de cadáveres en este último
film.
Siendo
como es insigne la obra del cineasta soviético, no
deja de ser sorprendente que una forma tan sumamente personal
de hacer cine calara tanto entre sus compatriotas. También
lo hizo fuera de su país, pues a partir del estreno
alemán de "El acorazado Potemkin"
en 1926 abundaron relativamente películas basadas en
cierto tipo de montaje acelerado: "Berlín:
Sinfonía de una gran ciudad" (Walter Ruttmann,
1927), "Napoleón" (Abel Gance, 1927)
e incluso una obra tan personal y única como la olímpica
"La pasión de Juana de Arco" (Carl
Th. Dreyer, 1928). A ello hay que añadir los florecimientos
de atracciones, de agresión o de montaje, que no tardarían
en llegar, como el asesinado de bruces sobre un plato de judías
de "Según la ley", la gallinácea
de "Freaks" (Tod Browning, 1932) o tantos
momentos de la obra de Dovzhenko. Algo paradójicamente,
los más asiduos e insignes practicantes de la técnica
de la atracción acabaron siendo extranjeros: nos referimos
a ese declarado entusiasta del efecto Kuleshov que fue Alfred
Hitchcock y a ese revolucionario surrealista que fue Luis
Buñuel. El inglés lo sería especialmente
de las atracciones de agresión: el hombre que cuelga
de la estatua de la libertad en "Sabotaje" (1942),
la tijera que se clava en el cuerpo en "Crimen perfecto"
(1954); o, claro está, la que es, con permiso de la
escalinata de Odessa, la más famosa atracción
de la historia del cine, no otra que el asesinato de la ducha
en "Psicosis" (1960). El aragonés,
en cambio, abrazaría intensamente tanto éstas,
del ojo rasgado de "Un perro andaluz" a la
mariposa abatida por un disparo de "Diario de una
camarera" (1963), como las atracciones de montaje,
lo mismo internas al plano, de la mano rebosante de hormigas
de "Un perro andaluz" a la paloma sobre la
espalda desnuda de la madre de Meche en "Los olvidados"
(1950), que por corte, del explosivo beso de "Él"
(1952) a la célebre y polémica escena del
Ángelus de "Viridiana" (1961).
Tras
este flash-forward sonoro, volvamos a la década
de los veinte. La causa de la inmensa influencia de Ejzenshtejn
sobre sus compatriotas cineastas, aparte del lógico
magisterio que los grandes creadores ejercen sobre sus colegas,
puede ser doble: la aceptación política de sus
primeros largometrajes como modelos de la forma cinematográfica
revolucionaria, y la excepcional capacidad de Ejzenshtejn
para dejar constancia escrita de su propia concepción
del cine, un caso único en toda la historia del medio
en la que un gran artista es también un gran teórico.
Lo cierto es que a partir de su debut casi todos los más
destacados directores del país, sujetos por convicción
o por fuerza a la causa revolucionaria, acabaron por abrazar
también la constructivista en uno o varios de sus filmes,
incluyendo a aquéllos que, como Vertov, debutaron antes
que el padre del movimiento. Pero aquí llegan los matices,
al menos a juzgar por las escasas obras difundidas de la producción
soviética de entonces. Hemos afirmado casi todos los
directores. Hemos añadido en uno o varios de sus filmes.
Y a veces incluso la influencia se limita a un fragmento,
como es el caso de la llegada a Moscú en la interesante,
que no más, "Apartamento para tres" (Abram
Room, 1927). O a ninguno en absoluto, como sucede con "El
capote" (Leonid Trauberg, Grigorij Kozincev, 1926).
Quizás
el director que superficialmente más parezca haber
recogido las simientes del camarada sea su rival Vsevolod
Pudovkin. Rival, por haber, también él, teorizado
largo y tendido sobre el montaje cinematográfico. Lo
cierto es que, como en el caso de la mayoría de los
que se sumaron a la causa constructivista, películas
como "La madre" (1926), "Tempestad
sobre Asia" (1927) o el fiasco de "El fin
de San Petersburgo" (1928) revelan que la presumida
adhesión fue bastante epidérmica, pues en realidad
tanto la narrativa como el montaje de Pudovkin están
más próximos en muchos aspectos a los del cine
europeo o americano que a los del cineasta de Riga: así,
las tramas desarrolladas siguiendo el hilo conductor de muy
definidos personajes, o su canónico uso del plano-contraplano,
o el decididamente tópico del picado y contrapicado.
Es más, en aquellos momentos en que el montaje es rey,
éste suele desplegarse con menor sutileza y rigor que
el de su camarada y con sensibilidad escasa para la poética
de las atracciones. De hecho, su uso menos radical del montaje,
aunque ciertamente esta cuestión sea independiente
de la práctica del constructivismo, se corrobora porque,
a diferencia de Ejzenshtejn, y aún más de Dovzhenko,
el ensamblaje de planos rara vez consigue sobrepasar el espacio
físico donde transcurren las acciones y crear en contraposición
un espacio suplementario, alegórico o imaginario. Un
rasgo éste de inusitada potencia expresiva que, más
que los acelerados ritmos futuristas, es el corazón
de la grandeza del montaje de sus dos colegas.
Boris
Barnet fue otro que coqueteó con el constructivismo
sin llegar a sumarse a él; en concreto, en numerosos
fragmentos de "La casa de la calle Trubnaja"
(1928)
que resulta ser su película muda menos
conseguida de entre las que conocemos. Por contra, el resto
de su obra se aleja abiertamente del modelo ejzenshtejniano;
e incluso "El deshielo" (1931), una película
que a priori, con sus kolxozy y operarios, parecería
invitar a adherirse a él, prefiere decantarse por una
estética muy particular, basada fundamentalmente en
amplios paisajes y primeros planos totalmente ajenos al hervor
futurista
estética en realidad tomada sin rubor
de Dovzhenko, que acababa de introducirla y llevarla pasmosamente
a su máxima expresión con la sublime "La
tierra" (1930).
En
cuanto al precursor Kuleshov, de los escasos fragmentos y
películas que de él conocemos, no hay nada en
absoluto que quepa calificar de constructivista. Y al gran
Aleksandr Dovzhenko (Oleksandr en ucraniano) le sucede un
poco lo que a Murnau respecto del expresionismo: que lo incorporó
a su variado arsenal de recursos formales para extraer de
él lo que mejor pudiera servirle en cada momento. Así,
"Arsenal" (1928) y "La tierra",
las dos fulgurantes obras maestras mudas de su escasa filmografía,
y, ya sonora, la igualmente magistral "Iván"
(1932) hacen uso ocasional del montaje propio del futurismo
y, con cierta incidencia, algunos encuadres fragmentan el
espacio y se componen a la manera constructivista. Sin embargo,
el resultado final acaba situándose en otra esfera,
debido a que en Dovzhenko la puesta en escena y el fluir del
tiempo interno al plano ostentan una importancia y centralidad
inaudita en el resto de los soviéticos de la década,
como no sea, nuevamente, en Kuleshov. Y aún más,
su admirable montaje, aunque con frecuencia use la poética
de las atracciones, es más proclive a la glosa de los
estados de ánimo o a la búsqueda de la trascendencia,
objetivos que no pueden estar más reñidos con
la esencia del constructivismo. Significativamente, el primer
largo del genial ucraniano que conocemos, el ya excepcional
"Zvénigora" (1927), conjuga el momento
de entonces con la ilustración de una leyenda popular,
de forma más próxima a un melodrama americano
lo primero, y a una película escandinava lo segundo,
que al modelo dominante de su país.
Así
que, en realidad, de los grandes directores eslavos, tan sólo
Dziga Vertov pareció entregarse fervientemente a la
nueva causa, modificando su montaje, que en principio poco
tenía de constructivista, para hacer tender su cine-ojo
original, en ciertos aspectos, al cine-puño de su colega.
El conjunto conformado por su obra maestra "El hombre
de la cámara", las extraordinarias "El
décimo primero" (1928) y "Entusiasmo:
Sinfonía del Donbass" (1931) y, en menor medida,
"Tres cantos a Lenin" (1934) y "Nana"
(1937), las tres últimas sonoras, constituye, junto
al corpus inicial de Ejzenshtejn, el más bello legado
cinematográfico del constructivismo puro. Tanto fue,
de hecho, el entusiasmo del maestro del documental que, como
ya hemos comentado, prosiguió con su dinámico
montaje hasta bien entrado el sonoro, cuando ya la vanguardia
soviética había caído en desgracia real-socialista,
y ni siquiera el abanderado del movimiento utilizaba este
tipo de estrategias y se encaminaba, por contra, al montaje
polifónico o al cine-ópera que culminaría
con la esplendorosa "Iván el terrible"
(1947), alardeando de una puesta en escena bien patente
que, en realidad, se aproximaba más a la concepción
formal del resto de la cinematografía mundial (Murnau,
Vidor, Sternberg, Dreyer, por ejemplo) que a sus propias teorías
de los años 20.
Aparte,
hay un hecho que hemos omitido hasta ahora: el constructivismo
canónico rechaza la noción de personaje; un
corolario lógico en un movimiento que pretendía,
por un lado, dar cuenta de las gestas colectivas y, por otro,
imbricarse en la acelerada realidad del momento. Según
ello, tan sólo Vertov, Ejzenshtejn y, con muchas reservas,
el Dovzhenko de "Arsenal" y de "Iván"
encajarían en él. Pues, en efecto, Vertov no
utilizaba actores en el sentido tradicional, sino que registraba
a personas en su realidad de tales (innovación que
debe valorarse en su justa medida en una época donde
también los documentales efectuaban una especie de
casting previo y se interpretaban: Flaherty, Schoedsack
),
mientras Ejzenshtejn, en un compromiso inevitable para su
búsqueda del patetismo, sí utilizaba actores,
pero siempre no profesionales, con presencia ocasional en
el conjunto de la película y limitados a encarnar tipos,
no personajes, reacios por tanto a toda pretensión
psicológica (incluidos los espías de "La
huelga", que son lo más próximo a estar
encarnado por un actor profesional en la obra del director
de esa etapa). En Dovzhenko, en cambio, la noción de
personaje es capital y rara vez se puede deslindar del efecto
final de la película: incluso en aquéllas que
optan por un registro de lo colectivo, las ya mencionadas
"Arsenal" e "Iván",
existen personajes vectores a lo largo del metraje dotados
de cierto carácter; estilizado, pero carácter.
Eso, por no hablar de una ligera y episódica tendencia
a lo sobrenatural y lo alucinatorio que difícilmente
encaja con la filosofía materialista que se encuentra
en la base del constructivismo.
Finalmente,
una constatación reveladora que no hace más
que corroborar que, más allá de su uso ocasional
como la moda del momento, el constructivismo auténtico
fue más excepción que norma en la cinematografía
soviética. Es bien sabido que los dos grandes pilares
de referencia de los cineastas soviéticos fueron "Intolerancia",
de Griffith, por un lado, y por el otro, su no menos admirado
cine cómico americano. Pues bien, todo director soviético
de pro comenzó, precisamente, rodando cine cómico,
incluso algunos puro slapstick, ajenos por tanto a
lo que después se dio en llamar vanguardia soviética.
Ya hemos hablado del extraordinario caso del cineasta Kuleshov,
cuya "Las extraordinarias aventuras de Mr. West en
el país de los bolcheviques" no sólo
es cine cómico, sino que atesora más de un gag
de altura que habrían filmado gustosos Keaton o Lloyd.
Pero hay más. Quizás no sea una sorpresa que
Vertov, un cineasta que rodó un documental tan jovial
y lúdico como "El hombre de la cámara",
lo hubiera precedido con el humorístico corto de animación
"Juguetes soviéticos" (1924), pero
más inesperado resulta que el dramático Pudovkin
ofreciera en los inicios de su carrera un cortometraje satírico,
"La fiebre del ajedrez" (1925), o que la
primicia, algo verde, del lírico Dovzhenko fuera otro
tanto, "El fruto del amor" (1926). No es
de extrañar entonces que un cineasta tan variable e
imprevisible como Barnet debutara con un largometraje que
se balanceaba entre la comedia sentimental y el más
puro slapstick, inclinándose decididamente hacia
lo segundo: "La muchacha de la sombrerera" (1927),
seguramente su mejor película. ¿Y Ejzenshtejn?
¿Acaso era el adusto del grupo? No por cierto, ya que
los precedió a todos ellos, con ese indescriptible
corto rodado para formar parte de uno de sus espectáculos
teatrales: "El diario de Glumov" (1923),
film disparatado donde los haya y excéntrico a más
no poder, tanto en el sentido de extravagante como en el que
el cineasta de Riga atribuía a su concepción
del actor: lo más cercano a un número de circo,
sin serlo, jamás filmado. Esta deriva de todos los
cineastas importantes de la escuela soviética no
hay que echarla en saco roto: es el origen de que en unas
obras habitualmente parcas de humor hubiera, no obstante,
tanto personaje pura caricatura o rayando en ella. Los elementos
reaccionarios (los terratenientes, los militares, el clero,
la burguesía, los haraganes) no eran más que
los herederos artísticos del clown excéntrico.
Continuará.
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Tópicos
tozudos propugnados sin desaliento por historiadores, críticos
y gacetilleros cinematográficos.
Volvemos
a la carga, en esta ocasión con un tópico que
se ha revelado impermeable a tantos rigurosos análisis:
la reducción de la producción cinematográfica
muda alemana al único y avasallador prisma del expresionismo;
pues, por más que muchos estudiosos hayan señalado
las muy diversas prácticas fílmicas desarrolladas
en el país germano, el gran público tiende a
identificarlas todas bajo el mismo ropaje. No obstante, es
de reconocer que ciertas estrategias del más legendario
movimiento del período silente se comparten con otros
cines de dicha época (y de otras), haciendo que los
contornos se difuminen. Por ello, en este caso el lugar común
es más comprensible que en otras ocasiones
y
quizás más arduo de rebatir.
TÓPICO
4.
Todo el cine mudo alemán es expresionista.
Históricamente
el cine alemán debiera haber sido expresionista. Lo
era el arte plástico más relevante del país
en los comienzos del siglo XX. Sin embargo, cuando el movimiento
cinematográfico, muy rezagado respecto de la gran eclosión
pictórica, recibió su bautismo oficial en 1919
con "El gabinete del doctor Caligari", la
industria alemana ya contaba, como mínimo, con un nombre
destacado: Ernst Lubitsch. El director del puro ya había
revelado por entonces un carácter eminentemente bonachón
y solar, lo más opuesto que imaginar cabe a las oscuridades
del alma que serían objeto del movimiento, merced a
una serie de filmes cómicos que poco a poco habían
ido ganando elegancia y bouquet hasta culminar en el
extraordinario logro de "La princesa de las ostras",
fechada significativamente en el mismo annus mirabilis
de 1919. Es más, aunque progresivamente Lubitsch fue
rodando otro tipo de filmes, nada tenían en común
con la estética o la ética del expresionismo,
sino que eran grandes espectáculos, supuesta o figuradamente
históricos, entre los cuales quizás el mejor
sea "Ana Bolena" (1920); y tan ajeno debía
de sentirse el berlinés a la corriente expresionista
que no dudó en parodiar abiertamente en uno de sus
últimos filmes alemanes, la astracanada "El
gato montés" (1921), su característica
estilización de los decorados, trocándolos en
meros mecanos de juguetería. Dos años más
tarde el comediante marchó a Hollywood y, casi como
si su forma de entender el cine nunca hubiera sorbido el humus
alemán, comenzó a rodar la serie de altas comedias,
aunque ambientadas en Europa orgullosamente americanas, que
lo hicieron inmortal.
Hemos
empezado por refutar el caso más evidente de todo el
cine alemán, ese rara avis de Lubitsch que siempre
estuvo más cerca de Chaplin y de DeMille que de sus
compatriotas. Sin embargo, son pocos los directores germánicos,
por mucho que la crítica perezosa les aplique el marchamo
expresionista, que verdaderamente lo fueron siempre
o nunca. Evidentemente todos aquellos que comenzaron a descollar
tras el hito de "El gabinete del doctor Caligari"
tuvieron muy en cuenta los hallazgos del film fundacional
y sus limitaciones también.
Convendrá
en este punto dar una aproximación, siquiera somera,
a lo que por expresionismo se suele entender en cine, al que
en realidad se le podrían adscribir, de entre los títulos
más valorados de la época, muy pocos más:
"El gólem" (Paul Wegener, 1920), "El
tesoro" (G. W. Pabst, 1923), "El hombre de
las figuras de cera" (Paul Leni, 1924), "Los
nibelungos" (Fritz Lang, 1924), "Metrópolis"
(Fritz Lang, 1926), y con la manga muy ancha, quizá
"Fausto" (F. W. Murnau, 1926). Y no piense
el lector que hemos sido demasiado estrictos en la clasificación,
pues algunos historiadores han llegado a sostener que, en
realidad, ¡sólo ha habido una película
expresionista! Naturalmente, "El gabinete del doctor
Caligari".
La
característica esencial del estilo sería su
potente efecto de irrealidad, su calidad de abstracción
mental o alegoría, con un aparejado desdén al
registro de lo cotidiano. Su arma fundamental, la renuncia
a gran parte de los recursos considerados tradicionalmente
como puramente cinematográficos, en especial los exteriores
naturales, la interpretación sutil y el montaje dinámico,
a la par que la exacerbación contrapuesta de estrategias
descaradamente escénicas o plásticas. Así,
la utilización de planos fijos, abiertos y duraderos,
aunada con una estética fuertemente pictórica,
no sólo tendía a dar una apariencia más
estática a dichos filmes, sino a amortiguar e incluso
anular aspectos ya tan importantes en la época como
la valoración del espacio en off o la organización
de las secuencias por puntos de vista, prácticamente
reduciendo la mirada de su espectador a la unívocamente
frontal del espectador teatral (aunque este aspecto no sea
aplicable ni a los filmes citados de Lang, ni mucho menos
al de Murnau). El rechazo a la interpretación sutil
acarreaba composiciones vehementes, basadas en el gesto contundente
y la expresión monolítica (ejemplarmente en
"El hombre de las figuras de cera", donde
Conrad Veidt quizás alcanzó la culminación
de la escuela con su inolvidable encarnación del zar
Iván el Terrible); a lo cual se debe añadir
el maquillaje pronunciado y, más allá de las
necesidades de caracterización, frecuentemente distorsionador
(con el caso extremo de Lil Dagover y Conrad Veidt, casi irreconocibles
en "El gabinete del doctor Caligari", el
último con unas ojeras que parecen pinceladas de un
cuadro de Kirchner o de Beckmann). Finalmente la renuncia
a rodar en exteriores naturales comportaba una relevancia
inaudita de los decorados, estilizados de forma teatral e,
igual que los personajes se modulaban en una pieza, tendentes
a lo bidimensional ("El gabinete del doctor Caligari",
"El tesoro", "El hombre de las figuras
de cera", "Metrópolis"),
ejecutados incluso pictóricamente, tanto en sentido
figurado, merced al constante juego con las formas geométricas,
como real, mediante el uso indisimulado de telas pintadas.
Una consecuencia negativa del gran protagonismo de la escenografía
es que a veces los febriles decorados llegaban a ser los reyes
de la función, eclipsando el resto de los componentes
y anulando casi a los personajes, no tanto en sentido narrativo,
sino como entes significantes. En el lado positivo cabe señalar
la configuración de una topografía de pesadilla:
al no existir localizaciones naturales ni decorados realistas,
el espacio expresionista parece aislado del resto del mundo,
casi una isla desierta donde los personajes luchan y se enfrentan,
y de la que no pueden escapar; debido al, comprensiblemente,
contado número de decorados, espacios muy disímiles
aparentan ser contiguos, y los lugares intermedios, o bien
no existen, o bien adquieren autonomía propia (y hostil);
en fin, al no existir los recorridos intermedios más
que como nuevos decorados, únicos y concisos, el sentido
de la ubicación física se esfuma por completo.
Es más, no importa cuán largo sea el desplazamiento,
en los filmes expresionistas se suele viajar de un plano al
siguiente, como mucho con otro de sombría transición
o con un simple intertítulo: el caso más tajante
es sin duda el de la Crimilda de "Los nibelungos",
a la que para viajar miles de kilómetros, de los húmedos
bosques renanos de su juventud a las áridas estepas
centroasiáticas, le basta ¡un simple rótulo!,
tan poético como escueto: "Cuando Crimilda llegó,
llegó la primavera a la tierra de los hunos".
Admirable.
Disposición
teatral, decorados bidimensionales, personajes de una pieza:
no es de extrañar que Griffith opinara que la escuela
alemana proponía al espectador ver una experiencia,
en oposición a la americana, que lo invitaba a sentirla.
Hay,
aparte, otros aspectos considerados erróneamente como
expresionistas, el más importante de los cuales es
el tratamiento lumínico. Que tantas películas
expresionistas hagan alarde de una iluminación tenebrosa
y contrastada, o jueguen la baza de las sombras proyectadas,
coadyuva a la construcción de la atmósfera opresiva
que persiguen tantas de ellas, pero el rasgo ni es exclusivo
ni definitorio del movimiento, pues la iluminación
tenebrista ya había sido adoptada por numerosos directores
de distintas latitudes, sobre todo, para registrar la sordidez
de ambientes o la ocurrencia de acontecimientos sobrenaturales.
Así, tan expresionistas o más que "El
gólem", "El tesoro" o "Metrópolis"
deberían ser las americanas "Lirios rotos"
y "Flor del camino" (King Vidor, 1924), la
sueca "La carreta fantasma", e incluso títulos
anteriores al "alumbramiento", como "La
conciencia vengadora" (D. W. Griffith, 1914) o
"La marca del fuego" (Cecil B. DeMille, 1915).
En fin, no por nada, si los asesinatos perpetrados por Cesare
en "El gabinete del doctor Caligari" se consumaban
con las acusadoras sombras sobre la pared, también
lo hacía, en tono optimista, la declaración
amorosa final de "La sinceridad de Susie"
ese mismo año.
¿Y
el resto, el grueso del cine alemán de la época?
¿Cómo clasificarlo? (Aunque en realidad, la
pregunta justa debiera ser: ¿por qué clasificarlo?)
Numerosos estudiosos han dado cuenta de su gran riqueza de
perspectivas, por lo que prefieren referirse a él,
prolongándolo hasta los albores del sonoro, como cine
alemán de entreguerras o, como en el caso de Vicente
Sánchez-Biosca en su excelente monografía "Sombras
de Weimar", como cine de la república de Weimar.
Dejando de lado las comedias y los dramas históricos
de Lubitsch, y títulos más excéntricos,
por alejados del núcleo, como la futurista "Berlín,
sinfonía de una gran ciudad" (Walter Ruttmann,
1927) o el film colectivo, neorrealista avant-la-lettre,
"Gente en domingo" (1929), el otro gran conglomerado
del cine alemán del período lo proporciona el
Kammerspielfilm, o film de cámara. Son estas
películas habitualmente melodramas veristas, que comparten
con el expresionismo su afán de concentración
y preeminencia de los decorados, pero que se distancian de
él por sus interpretaciones más naturalistas
y controladas, por su aceptación de las localizaciones
naturales y por su forma más dinámica de montaje
(relativamente más próxima, pese a Griffith,
a la escuela americana): por mencionar sólo algunas
de las más difundidas, a esta corriente pertenecen
películas como "Variété"
(E. A. Dupont, 1925), las magníficas "Sexo
encadenado" (Wilhelm Dieterle, 1928) y "Asfalto"
(Joe May, 1929), o la extraordinaria incursión alemana
de Dreyer, "Michael" (1924).
Hemos
destacado el parentesco entre el expresionismo y el Kammerspielfilm
por la gran importancia otorgada a unos decorados que, en
conjunto, eran los más ricos y elaborados de entre
todas las nacionalidades del cine mudo. Pero debemos señalar
que esa afinidad no se debe ni a la mutua influencia ni a
una hipotética convergencia evolutiva, sino a su procedencia
de un tronco común: los montajes teatrales del legendario
director de escena Max Reinhardt. En efecto, esa estilización
y esa fuerza metafórica compartidas provienen de los
trabajos que Reinhardt llevaba efectuando desde 1906 (es decir,
trece años antes de que surgiera "El gabinete
del doctor Caligari"), en su teatro llamado precisamente
Kammerspiele, y cuya raigambre, lejos de expresionista,
se asentaba en una larga tradición escénica
sometida a la deriva simbolista (aunque, de nuevo, el cine
alemán tampoco resulta el único que utilizó
el recurso de la escenografía connotativa; sí,
desde luego, el que lo llevó más lejos). Lo
cierto es que el credo teatral del que sería el padre
espiritual de la gran camada de directores germánicos
(Lubitsch, Murnau y Dieterle provenían de su troupe)
parece estar muy alejado de ciertas cuestiones características
del movimiento tótem. No nos resistimos a incluir unas
declaraciones suyas, reproducidas en la excelente monografía
de Luciano Berriatúa editada por Filmoteca Española
"Los proverbios chinos de F. W. Murnau";
declaraciones que, sin duda, habría suscrito el mismo
Griffith: "El espectador no debe tener la impresión
de ser un simple extraño no comprometido, sino que
se le debe alimentar con la sugestión de que está
íntimamente vinculado con lo que ocurre en el escenario
y de que él también tiene un papel que representar
en el desarrollo de la acción". Cámbiese
escenario por pantalla, y tendremos a Murnau. Pero, aún
mejor que sus propias declaraciones, lo refrenda la película
que Reinhardt rodó en Hollywood, auxiliado por su discípulo
Dieterle, a buen seguro encargándose él de la
concepción escenográfica y la dirección
de actores, mientras al director de los guantes blancos le
incumbían la planificación y movimientos de
cámara (aunque pensamos nosotros, vista la obra previa
del último, que también tuvo mucho que ver con
los prodigiosos ritmos de la película): hablamos de
la chispeante y jovial "El sueño de una noche
de verano" (1935), que, incidentalmente, es además
un modelo sobre posibles adaptaciones (no serviles) de piezas
de teatro a la pantalla (dato esclarecedor: apenas queda,
si llega, la quinta parte de los diálogos del dramaturgo
inglés). En esta versión insuperable encontramos
decorados estilizados e irreales (ciertos planos del bosque
llegan a recordar enormemente la selva de "Los nibelungos"),
una magnífica iluminación tenebrista por momentos
(responsabilidad: Hal Mohr), una marcada irrealidad en el
vestuario y las caracterizaciones; y en fin, no uno, sino
dos directores alemanes. Y sin embargo, el resultado final,
difícilmente podría calificarse de expresionista;
simplemente, porque bebe de fuentes anteriores al movimiento
(Shakespeare, Tiepolo, Mendelssohn, los románticos,
los simbolistas), y especialmente, por su condición
resplandeciente (aunque el resplandor sea lunar) de divertimento
alegre y vital.
Y
entonces, ¿dónde se ubican los grandes del cine
alemán de la década de los veinte? Es decir,
Murnau, Lang y Pabst. (Al fin y al cabo, casi todo lo más
granado de las obras de Lubitsch y de Dieterle vería
la luz ya en Hollywood). Lógicamente, como cabía
esperar de cineastas de genio, todos ellos sortearon las etiquetas.
Y evidentemente todos ellos supieron tanto aprovechar las
propuestas expresionistas como ahondar en recursos que poco
o nada tenían que ver con la corriente
lo mismo
que directores de otras nacionalidades. Al fin y al cabo,
pongamos, la mítica y algo envejecida "El doctor
Frankenstein" (James Whale, 1931), o incluso un título
tan lejano en el tiempo como la magistral "Toby Dammit"
(Federico Fellini, 1968), acaban resultando razonablemente
más expresionistas que la misma "Los nibelungos"
e infinitamente más que "Fausto".
El
más próximo de los tres directores bandera al
idealizado movimiento, el que más constantemente holló
sus territorios, fue sin duda Fritz Lang. No sólo por
"Los nibelungos" y "Metrópolis",
también por "Las tres luces" (1921)
y "El Doctor Mabuse" (1922), aunque en éstas
ciertos factores, como los parajes naturales de la primera
o la dispersa ubicación urbana de la segunda, tendieran
a alejarlas del canon. Aun así, podrían, pese
a las reservas, considerarse grosso modo como ejemplares
del movimiento. Pero, ¿y las demás películas
del director del monóculo? "La imagen errante"
(1920), por no integrarse, no lo hace ni en el expresionismo
ni en el Kammerspielfilm, y es en cambio un melodrama
más próximo al inolvidable debut (americano)
de Erich von Stroheim, "Maridos ciegos" (1919),
que a ningún otro film alemán de prestigio que
conozcamos. Tanto las anteriores dos entregas de "Las
arañas" (1919 y 1920) como la posterior "Spione"
(1927) son películas de espías que heredan las
convenciones, con tramas llenas de trucos y recovecos, del
ya entonces clásico serial del francés Louis
Feuillade "Los vampiros" (1915). Así
mismo, "La mujer en la luna" (1929), puesta
a tener algún parentesco, debiera tenerlo más
bien con las fantasías que tanto renombre le dieron
al, casualmente, también francés Georges Méliès.
Y si prolongamos la carrera de Lang un poco más, ya
en el sonoro, no deja de ser paradójico que su primera
obra maestra, la que definitivamente lo encumbró entre
los grandes, "M" (1931), pareciera abrazar
la causa del realismo e incluso jugara en abundantes momentos
con la dicotomía ficción-documental.
De
Pabst hay que decir que su idilio con el expresionismo fue
mucho más breve que el de Lang, tan breve como una
efímera, pues se terminó con su debut, "El
tesoro". El resto de su filmografía muda rompe
radicalmente con él: incluso una película tan
soportada por material onírico como la soberbia "Misterios
de un alma" (1926) prefiere tender al territorio
del Kammerspielfilm, donde de hecho se ubica gustosamente
la posterior "Crisis" (1928). En cuanto a sus mejores
películas del período, las extraordinarias "El
amor de Jeanne Ney" (1927) y "La caja de
Pandora" (1928), así como la algo inferior
"Tres páginas de un diario" (1929),
si bien carecen de la concentración característica
del Kammerspielfilm, aún resultan más
lejanas del movimiento rival, por sus múltiples localizaciones
de aire naturalista, por sus matizadas interpretaciones y
por su decidido registro de la realidad tangible y concreta.
Así las cosas, la despedida del cine silente del bohemio
bien podría interpretarse como un ferviente rechazo
de todo lo que representaba el expresionismo: nada menos que
una estupenda película "alpinista", "Prisioneros
de la montaña" (1929), protagonizada por la
entonces actriz Leni Riefenstahl, rebosante de deslumbrantes
exteriores nevados, la mayoría naturales, unos pocos
convincentemente reconstruidos en estudio. Tanto es así,
que nada más empezar el sonoro, Pabst se convertiría
en adalid del cine realista y social con las extraordinarias
"Cuatro de infantería" (1930) y "Carbón"
(1931)
aunque no abandonara del todo el cine de estudio
(en sí, nada expresionista, o tanto como pudieran ser
"La prueba del fuego", "La marcha
nupcial" o el "Marruecos" de Sternberg),
representado por dos magníficos ejemplares, ¡dos
más!: "La comedia de la vida" (1931)
y "La Atlántida" (1932). En la variedad
está el gusto.
Finalmente
el gran Murnau puede ser el director que más ha alimentado
(involuntariamente) el malentendido, aquél al que con
más frecuencia se ha calificado de expresionista sin
serlo. Ciertamente era de esperar, pues como director señero
que fue de todo el período silente, no dudó
en recurrir a tantas estrategias formales del cine de entonces
para hacerlas suyas y bien suyas, y transformarlas en algo
personal e intransferible. Quizás, a falta de conocer
su primer film conservado, "Der gang in die Nacht"
(1921), tan sólo "Fausto" (1926) podría
ser considerada, muy holgadamente, expresionista
en
cuyo caso se erigiría como la obra maestra insuperable
del movimiento. Desde luego, airea una estilización
tan mayúscula que ciertamente lo parece, aunque quizás
su atmósfera irreal se deba al simple hecho de que
se trata de una adaptación del monumental clásico
de Goethe (con numerosas gotas de otras fuentes). Se ha de
reconocer también que participa de algunos elementos
definitorios del movimiento, como el rodaje íntegro
en estudios, con consecuentemente tanto interiores como exteriores
reproducidos artificialmente. Pero, en realidad, como ya dejó
patente Luciano Berriatúa en su monografía sobre
el genio alemán, bastantes decorados de este film portentoso
se inspiran directamente en el montaje que su maestro, Max
Reinhardt (de nuevo), realizó en 1913. Y mucho más
importante desde el punto de vista fílmico, su utilización
del espacio es menos esquemática y mucho más
compleja que la que muestran sus hipotéticas compañeras
de viaje, y desde luego evita con éxito toda tendencia
a la concepción escénica bidimensional tan característica
de aquéllas, mediante la utilización de, entre
otros recursos, muy diversos tiros de cámara, abundantes
planos subjetivos o planos medios registrados en gran angular.
Y la interpretación en "Fausto", ¿es
expresionista? Bueno, quizás algunos papeles principales
sean ejecutados vehementemente, pero no son monolíticos
en absoluto; al contrario, son sumamente ricos en matices
y humores, a años luz de sus contrapartidas verdaderamente
expresionistas (Lang incluido): apelemos a todo el abanico
de registros que cubre Emil Jannings como Mefistófeles
en la que es una de sus mejores interpretaciones, adobada
con vivificante autoparodia; o mejor aún, a la frescura
de la debutante Camilla Horn (a la que admiró Reinhardt),
cuya naturalidad, uno de los grandes aciertos de un film que
rebosa de ellos, nada tiene que ver con las envaradas composiciones
más típicas del expresionismo, y transmite una
inocencia tan real a su Margarita como quizás no habría
hecho una actriz más acabada de ninguna escuela. Y
en fin, "Fausto", pese a su material de base
enormemente dramático, consigue hacer gala, siquiera
intermitentemente, de un sentido del humor y un apego a la
cotidianeidad muy de su autor; humor y cotidianeidad casi
siempre reñidos con las adustas manifestaciones del
movimiento.
¿Y
el resto de los Murnau alemanes? Todavía están
más alejados del expresionismo. "Phantom"
(1922) hace uso ocasional de estrategias de él, pero
no más que películas de otras nacionalidades.
"La tierra en llamas" (1923) es un melodrama
"nórdico" en la línea de Sjöstróm
y Stiller. Los dos Murnau menos interesantes, "El
castillo de Vogeloed" (1921) y "Las finanzas
del gran duque" (1924) son, respectivamente, un whodunit
melodramático que prefigura las típicas novelas
de Agatha Christie y una comedia ligera ambientada en un Mediterráneo
más ligero todavía. "El último"
(1924) encaja perfectamente, por su temática y su concentración
de personajes y decorados, en el Kammerspielfilm. En
cuanto a la magistral "Tartufo" (1926), con
su contraposición de texturas (decorados naturalistas
y estilizados, iluminación contrastada y difuminada,
planificación variada y frontal), casi constituye un
género en sí misma
amén de una
fina ironía majestuosa, acrecentada por el concurso
de tres estrellas del movimiento (Dagover, Jannings y Werner
Krauss), que aplica estrategias afines al expresionismo, cómo
y donde menos cabe esperar: tamizadas por un luminoso filtro,
a la clásica comedia (francesa) de Molière.
¿Y
"Nosferatu" (1922)? ¿Acaso no es expresionista
la legendaria "Nosferatu"? No, y tajante.
Ya debiera llamar la atención que el muy inferior remake
que ejecutó en 1979 un cineasta tan aventurero y enamorado
de los parajes naturales como Werner Herzog prácticamente
repitiera la película original secuencia a secuencia,
y a veces hasta plano a plano. ¿Que "Nosferatu"
es pictórica? Cierto, pero sus referencias no son tanto
la pintura expresionista coetánea, ni mucho menos las
formas geométricas a destajo, como la pintura romántica
alemana, con Friedrich y Menzel a la cabeza, así como
la escuela simbolista (y tangencialmente, recordemos que una
gran parte del cine mudo elaboraba sus encuadres pictóricamente).
¿Que los decorados de "Nosferatu"
son estilizados? También
sólo que se trata
de decorados en su mayor parte naturales, pues Murnau no se
encerró en estudio, sino que rodó en multitud
de localizaciones, nada menos que en dos países (Alemania
y Chequia): en las calles de Lübeck y de Wiesmar, y en
los montes Tatra y el castillo Oravsky de Dolby Kubin. Subrayemos
de paso la importancia, como también sucedía
en "Fausto", de los trayectos en el film,
tan desdeñados por el expresionismo canónico,
rodados por Murnau en exteriores naturales, y pormenorizados
con evidente deleite, progresión y sentido dramático.
¿Que la caracterización del personaje titular
es tan alucinada y espeluznante como en una película
expresionista? Así es, pero esa era moneda común
en los monstruos de la época, fuera cual fuese su nacionalidad,
tales el Dr. Jekyll (John Barrymore) de "El hombre
y la bestia" (John S. Robertson, 1920) o tantas caracterizaciones
de Lon Chaney, como "El jorobado de Notre Dame"
(Wallace Worsley, 1923) y "El fantasma de la ópera"
(Rupert Julian, 1925); y por contrarrestar, los actores que
encarnan a los Hutter, el matrimonio que configura el trío
protagonista junto al vampiro, están maquillados de
forma abiertamente natural. ¿Que Murnau juega con las
sombras? Cierto, pero lo hace de forma más constante
y creativa que en las películas adscribibles al movimiento
(que además, ya lo hemos dicho, estaban lejos de ostentar
la exclusiva), en ésta como en el resto de su obra,
lo mismo con Fritz Arno Wagner en la fotografía que
con Karl Freund o con Carl Hoffmann (por mencionar sólo
sus mejores iluminadores alemanes), llevando de hecho su forma
de modelar las luces hasta el mismo Hollywood, donde sus prodigiosas
"Amanecer" (1927), "El pan nuestro
de cada día" (1929) y la desaparecida "Los
cuatro diablos" (1928) causaron tal sensación
que marcaron toda una tendencia en la iluminación (y
en los movimientos de cámara: Ford, Walsh y sobre todo
Borzage en su obra maestra de la década, la sublime
"El ángel de la calle" (1928), no
acusaron tanto el influjo expresionista como el magisterio
de Murnau). No podía ser de otra manera, tratándose
de una filmografía donde lo que se dirime ante todo
es la pugna entre el bien y el mal, expresada por continuos
contrastes lumínicos y por sombras y siluetas que marcan
la atracción por las tinieblas. Genio y figura, el
insigne alemán persistió con elegancia en su
forma de iluminar hasta en los luminosos mares del sur, la
última etapa de su periplo cinematográfico,
donde rodó esa película tan en las antípodas,
para algunos cegatos, de su obra alemana; de apariencia tan
realista, para tantos, que incluso en su estreno se promocionó
¡como un documental!; en fin, tan magistral, para muchos,
como sus mejores jalones alemanes y americanos: la imperecedera
"Tabú" (1931).
Continuará.
|
Por
fortuna, el tópico de esta entrega suele abundar más
entre los aficionados palomiteros que entre los comentaristas o
los buenos cinéfilos
aunque todavía algunos
de los últimos persistan en mantenerlo, en gran parte, es
imperativo decirlo, por casi absoluto desconocimiento del período
mudo del cinematógrafo: una docena, como mucho dos o tres,
de los títulos más emblemáticos. La riqueza,
diversidad, belleza y libertad pasmosas que caracterizan la culminación
de la etapa, como también sucede con los comienzos del sonoro
o con gran parte del cine japonés, parecen estar sepultadas,
pese a las grandes oportunidades que hoy por hoy brinda Internet,
en una de las minas de oro abandonadas del séptimo arte.
TÓPICO
3.
Los actores del cine mudo eran muy exagerados.
Este
lugar común podría ser cierto
si no existiera
un noventa por ciento del gran cine silente. Su testaruda pervivencia
se basa fundamentalmente en los recuerdos, casi siempre de segunda
mano (pues son raros los que han visto alguno), de los primeros
films d'art, esas adaptaciones tan abundantes en la primera
década del siglo XX de prestigiosas obras literarias y teatrales,
o incluso de títulos de cineastas primitivos, tales el algo
sensacionalista Ferdinand Zecca o el literalmente abracadabrante
Georges Méliès. Se ignora así el grueso de
la producción sin la palabra hablada, que en Estados Unidos
y en Europa se prolongó más o menos hasta 1928, y
en otros países, especialmente en la Unión Soviética
y Japón, continuó hasta bien entrados los años
30.
De
hecho, coetáneos a los films d'art y a las representaciones
abiertamente teatrales de Zecca o de Méliès, ya se
adivinaban otras tendencias en el medio, más dadas a recoger
la naturalidad o los sutiles gestos de las personas que a registrar
aspavientos de divas o gesticulaciones mágicas. Y efectivamente,
en fecha tan temprana como los años 10, la interpretación
cinematográfica ya se había emancipado de su madrastra
teatral, conservando y desarrollando numerosos elementos de su auténtica
progenitora, la pantomima; no sólo eso, había además
alcanzado una finura y sobriedad que sorprendería a muchos
acostumbrados tan sólo al estilo hegemónico, naturalista
que no natural, de hoy mismo. Cierto que las conquistas no se hicieron
de la noche a la mañana, pero la evolución del medio
en esos años tenía lugar a una velocidad vertiginosa,
cuando no futurista. Para comprobarlo, bastaría con cotejar
dos filmes del rey de los pioneros D. W. Griffith: "Edgar
Allen Poe" (sic, 1909) con, por ejemplo, "Enoch
Arden" (1911). Dos añitos, nada más, marcan
una diferencia abismal entre la gesticulante sobreinterpretación
de un Herbert Yost encarnando a Edgar Allen (¡con e!) y la
comedida presencia de un Wilfred Lucas dando vida a Enoch
o, a decir verdad, entre el protagonista y el resto del reparto
de "Edgar Allen Poe". Hemos elegido a propósito
a nuestro viejo conocido sureño, pero en realidad podríamos
haber tomado la carrera de casi cualquier otro director de casi
cualquier otro país para comprobar la elegancia y sobriedad
en la interpretación, ya presentes en filmes anteriores al
hito histórico de "El nacimiento de una nación"
y de paso, para contravenir la leyenda de la contención de
los actores de Griffith, como si fueran los únicos y como
si lo fueran siempre; una leyenda propagada, entre otros, por quienes
menos cabía esperar, dada su habitual perspicacia: los colaboradores
de los primeros Cahiers du Cinéma. Pues da igual tomar
una película de Ince que de DeMille, de Sjöström
que de Stiller, de Bauer que de Tourneur (Maurice), o de los sólo
un poquito más tardíos Borzage o Walsh; el resultado
es el mismo: interpretaciones de gran pureza y discreción,
en general superiores a lo que era la norma en los miembros de la
troupe de Griffith, al menos en la etapa de esplendor del
maestro, la que va de 1915 a, como mínimo, 1921 (ver Tópico
2).
Convendría
no obstante, hacer una matización: si los actores de Griffith
con cierta frecuencia abandonaban la sobriedad, lo mismo los ocasionales
que los emblemáticos Lilian y Dorothy Gish, Henry B. Walthall
o Richard Barthelmess (aunque mucho más raramente Mae Marsh
o Robert Harron), ello es por dos motivos. El primero, común
a otros directores de la época, es que los momentos de especial
relevancia dramática no se podían marcar, por razones
evidentes, con el sonido (digamos, con un grito), por lo cual los
subrayados del gesto, aunque muy dosificados, podían sentirse
necesarios (conviene tener en cuenta asimismo que cada época
tiene sus convenciones, y que lo que parece natural o no depende
enormemente de las mismas: hoy en día se aceptan sin problemas
las postizas interpretaciones de tantos actores actuales, sus impostados
gestos y momos, simplemente porque encajan con los cánones
en boga). El segundo motivo es más consustancial a Griffith:
su apasionamiento lo impelía, si así lo requería
el film, a obtener de sus actores interpretaciones de especial vehemencia;
así, la misma controladísima Lilian Gish de "Lirios
rotos" o "La sinceridad de Susie" se explaya
(y progresivamente se desmelena) al final de "Las dos tormentas".
Esta peculiaridad del director es una, otra más, que tanto
admiraron los cineastas soviéticos, en conjunto quizás
los más pródigos del globo a las actuaciones impetuosas,
que no exageradas: se diría que corre la misma efervescente
sangre por los revolucionarios de Ejzenshtéjn o de Barnet
que por los racistas privados de sus privilegios de "El
nacimiento de una nación" o por la mujer discriminada
de "Las dos tormentas".
Otro
territorio parece escapar a la contención general de los
actores de la gran época del mudo (de 1913, más o
menos, hasta el final del período), pero, como en el caso
de Griffith, se trata más de una opción calculada
que de una supuesta incapacidad: hablamos de aquellas películas
adscritas al expresionismo alemán, las cuales hicieron del
gesto elocuente y el ademán fogoso (como ejemplifica el intérprete
del celebérrimo Doctor Mabuse, Rudolf Klein-Rogge), cuando
no la estilización irreal (como tantas veces el gran Conrad
Veidt), señas de identidad. Ahora bien, tal y como trataremos
en el siguiente tópico, el movimiento está lejos,
muy lejos de englobar todas las películas alemanas de la
etapa, con lo cual las interpretaciones desaforadas se limitan a
un puñado de títulos, tales la fundacional "El
gabinete del Doctor Caligari" (Robert Wiene, 1919), "El
hombre de las figuras de cera" (Paul Leni, 1924) o las
películas de Fritz Lang (el único de los grandes del
mudo que ofreció un catálogo continuado de interpretaciones
excesivas); o si acaso, a actores muy concretos de alguna que otra
película no necesariamente expresionista.
Hay,
asimismo, algunas películas aisladas que parecerían
alimentar el tópico: ejemplar resulta "Los proscritos"
(Victor Sjöström, 1918). Este es un caso muy interesante,
por cuanto que es evidente que los grandilocuentes gestos de sus
actores responden a una estrategia meditada: nada menos que cinco
años antes, con la magnífica "Ingeborg Holm"
(1913), el cineasta sueco ya había ofrecido un modelo interpretativo
de suprema contención, tanto más admirable cuanto
que la película brindaba un señor folletín
que a priori parecería justificar el descontrol gestual en
aras de la candente emoción. ¿Por qué entonces
los abundantes aspavientos de "Los proscritos",
tanto más llamativos, cuanto que tampoco resultan fáciles
de encontrar en películas posteriores del director, como,
digamos, "La marca del fuego" (1922, seguramente
su mejor film sueco)? ¿No será acaso indicativo de
una mayor riqueza de perspectivas y de texturas en la praxis del
cine silente, lo que cuestionaría el enfoque meramente evolutivo
con el que se suele considerar el período? ¿No es
incluso lógica la contraposición entre un mesurado
modo de representación, correspondiente a un entorno burgués
cotidiano ("Ingeborg Holm"), y la impetuosa glosa
de una leyenda de carácter heroico romántico, tal
y como se percibía en la época? En este sentido, "Los
proscritos" no está muy lejos de "Los Nibelungos"
(Fritz Lang, 1924). Otra cuestión es que la apuesta esté
plenamente lograda, pues ciertamente "Los proscritos"
(que, por fortuna, rebosa de otras muchas virtudes cinematográficas)
queda lastrada por ocasionales gestos que rayan peligrosamente el
ridículo. Lo cierto es que el caso de Sjöström
no es el único, aunque sí el más llamativo
quizás por estar menos conseguido, pues otros directores
de la época coquetearon con el exceso más desaforado,
sorteando la exageración con sagacidad envidiable. Lo atestiguan
joyas como: desde un punto de vista dramático, "Avaricia"
(Erich von Stroheim, 1924) y "Dura Lex" (Lev Kuleshov,
1926); atlético, "El moderno mosquetero"
(Allan Dwan, 1917); satírico, "La muchacha de la
sombrerera" (Boris Barnet, 1927); caricaturesco, "Un
perro andaluz" (Luis Buñuel, 1929); o decididamente
desbocado, la sumamente temprana "El estornudo fatal"
(Lewin Fitzhamon, 1907). Se debe constatar asimismo que una estrategia
bastante habitual en el cine silente consistía en, yendo
más lejos, conjugar contención y exceso (y no sólo
en lo tocante a la interpretación), combinando ambos extremos
para componer y ritmar la película de una manera puramente
musical: tarea fácil sería trasponer a muchas secuencias
del período la nomenclatura de Largo, Adagio, Allegro,
Presto, etc.; e incluso, ahondando en el símil, hablar
de los rostros que dan una nota o tocan un acorde. Por no extendernos
demasiado, mencionemos unos pocos títulos sobresalientes
de películas que oscilaron entre ambos polos: "El
gran desfile" (King Vidor, 1925), "El acorazado
Potemkin" (Sergej Ejzenshtéjn, 1925), "Garras
humanas" (Tod Browning, 1927), "Sexo encadenado"
(Wilhelm Dieterle, 1928), "Arsenal" (Alexander
Dovzhenko, 1929), "Sueños cotidianos" (Mikio
Naruse, 1933).
Más
en general, podía haber, aunque ciertamente lo mismo antaño
que hogaño, malos actores o actores mal dirigidos; e incluso
podría hablarse de algunos contados intérpretes, auténticos
divos del momento, con tendencia a cargar las tintas. Sólo
que este fenómeno está lejos de ser exclusivo del
cine silente y se agudiza, en cambio, conforme se prolonga la historia
del medio (e igualmente del teatro) hasta hoy mismo. Es la especialidad
de las estrellas de carácter, muchas veces calificadas, no
sin acierto, como los monstruos de la pantalla (o de la escena),
y cuyo atractivo físico habitualmente escaso ha de suplirse
con un despliegue interpretativo que anonade al espectador. La gran
estrella gordinflona del mudo fue el talentoso Emil Jannings, a
veces, aunque no siempre, ciertamente sobreactuado o demasiado machacón.
Pero, al fin y al cabo, lo mismo cabría reprochar a toda
una estela de actores sonoros, que se inicia con Charles Laughton
y llega hasta Gérard Depardieu, pasando por Spencer Tracy
o Joan Crawford, por Alec Guinnes o Jeanne Moreau, por Dustin Hoffmann
o Jack Nicholson, entre otros.
Confesemos
que, en realidad, existe una impostación más o menos
generalizada en la interpretación cinematográfica
sólo que aparece mucho más tarde, en concreto, en
los años 50, ya que casi todos los grandes actores surgidos
en los 30 y 40 continuaron gozosos con la tónica de austeridad
del mudo. El cambio lo aportó la arribada a Hollywood de
los actores del "método", formados en el célebre,
y a la larga nefasto, Actors Studio. Esos actores intentaban
componer sus personajes desde el exterior, casi a base de recetario,
pegando a sus rostros esforzados y artificiales gestos que estaban
lejos de nacer de un sentimiento y comprensión profundos,
y que tampoco obedecían a un concienzudo trabajo de caracterización
e interiorización (como sucedía con los portentosos
actores suecos que justo entonces empezaban a campar por las pantallas
del mundo de la batuta de Bergman). Los más populares (debido
a su atractivo físico, no a sus reales capacidades, desde
luego) y los más significativos (por su larga carrera) siempre
fueron Marlon Brando y Paul Newman (y en otro sentido ¡Marilyn
Monroe!). Y aunque con el paso de los años esos dos algo
se sazonaron y acabaron siendo más soportables, la semilla
dio sus frutos, y este tipo de postiza interpretación acabó
valorándose como el no va más, muchos jóvenes
actores se dedicaron a emular a los predecesores, y en tiempos bastante
recientes (los años 90) el método de marras, aunque
travestido, ha acabado invadiendo también muchas escuelas
europeas, ¿todas quizás? Para ilustrar lo expuesto
con un ejemplo, bastaría con comprobar la anonadante cantidad
de actores de los últimos cincuenta años que, para
traslucir una desesperación suprema (y demostrar de paso
lo buenos que son), se han puesto a aullar, hincadas las rodillas
en el suelo y clamando literalmente al cielo ("a Dios pongo
por testigo": ¿a qué les suena esto?); "hallazgo"
de interpretación descubierto por el cargante Newman en la
nefasta "El zurdo" (Arthur Penn, 1958), y que se
usa hasta hoy mismo, afectando incluso a nombres más competentes,
como el Leonardo DiCaprio de "Shutter Island" (Martin
Scorsese, 2010). No deja de ser irónico que, en tamaña
coyuntura, donde crítica y directores (y público)
animan a los intérpretes a que monten su numerito
con la menor excusa (otro Penn, Sean, es modélico en este
sentido), que en esta coyuntura, decimos, todavía haya quien
insista en la exageración de los actores mudos
Quizás
el género que más clara deja la cristalina naturalidad
(que no naturalismo) y la meditada simplicidad (que no simpleza)
de los actores mudos sea, inesperadamente, el cómico. Si
algunos momentos de las películas del slapstick americano
pueden parecer desmedidos o rayar el exceso, no es por la mímica
sobreactuada de los actores, sino por cuestiones de caracterización
o de satírica intención (piénsese en el alucinante
Eric Campbell de la chapliniana "El emigrante",
de 1917). Baste con comparar el mesurado gesto de los grandes cómicos
del mudo, de Lloyd, de Chaplin, de Chase, de Laurel y Hardy, de
Keaton (el caso extremo de todo el cine, por llegar a desterrar
de su rostro toda expresión, salvo la de sus grandes ojos
tristes y perplejos, lo que le valió el apodo de "Cara
de Palo"), con una gran parte de sus correlatos sonoros, cuando
la mueca fácil pasó a ser seña de identidad
de los sucesivos "reyes" del humor (Danny Kaye, Bob Hope,
Louis de Funes, Woody Allen, Jim Carrey), y donde tan sólo
Jerry Lewis supo hacer del exceso virtud. Sería injusto,
no obstante, ignorar las importantes excepciones, significativamente
europeas, del impávido Tati, del cara de angustias Totò
y, sobre todo, del gran Alberto Sordi.
¿Y
todo el resto del apogeo del cine silente? ¿Aquello que no
era puro expresionismo, reto heroico, vehículo de histrión?
Pues, en fin, el resto del cine mudo de categoría rebosa
de interpretaciones de una sobriedad y sutileza pasmosas, simplemente
desconocidas por el público más joven que nunca ha
visto una película muda; interpretaciones que fluían
de dentro afuera, justo al contrario de lo que ahora se enseña
en los nefastos "talleres" herederos del "método
del método"; interpretaciones que, por tanto, comunicaban
emociones a espuertas o suministraban información a raudales
con un simple arqueo de cejas, con un sencillo cambio de mirada,
con una mera distensión del rostro, con el casi inadvertido
movimiento de una mano
Ahí están para demostrarlo
una legión de grandes películas de finura envidiable
y densa profundidad, procedentes de todas las naciones relevantes
en el cine mudo (Estados Unidos, Suecia, Alemania, la Unión
Soviética, Japón; en menor medida, Dinamarca, gracias
a Dreyer, Gran Bretaña, gracias a Hitchcock, y Francia, gracias
a extranjeros como Buñuel y, de nuevo, Dreyer); películas
de las que citamos sólo unas cuantas, sin ningún afán
de exhaustividad, una por director (no necesariamente la mejor suya
del período): "Regeneración" (Raoul
Walsh, 1915), "A las mujeres" (Cecil B. DeMille,
1918), "La sinceridad de Susie" (D. W. Griffith,
1919), "El tesoro de Herr Arne" (Mauritz Stiller,
1919), "La carreta fantasma" (Victor Sjöström,
1921), "La ley de la hospitalidad" (Buster Keaton,
1923), "Casado y con suegra" (Harold Lloyd, 1924),
"Los peligros del flirt" (Ernst Lubitsch, 1924),
"La eterna cuestión" (Frank Borzage, 1925),
"Honrarás a tu esposa" (C. Th. Dreyer, 1925),
"Tartufo" (F. W. Murnau, 1926), "Maldad
encubierta" (Tod Browning, 1926), "La marcha nupcial"
(Erich von Stroheim, 1927), "El amor de Jeanne Ney"
(G. W. Pabst, 1927), "Alas" (William Wellman, 1927),
"La mujer del granjero" (Alfred Hitchcock, 1928),
"Cuatro hijos" (John Ford, 1928), "Los
muelles de Nueva York" (Josef von Sternberg, 1928), "
Y
el mundo marcha" (King Vidor, 1928), "La tierra"
(Aleksander Dovzhenko, 1930), "Luces de la ciudad"
(Charles Chaplin, 1932), "Muchachas japonesas en el puerto"
(Hiroshi Shimizu, 1933), "Historia de hierbas flotantes"
(Yasujiro Ozu, 1934), "Calle sin salida" (Mikio
Naruse, 1934), "Osén de las cigüeñas"
(Kenji Mizoguchi, 1935); o, por incluir otras magníficas
películas, debidas a otros directores, aparte de los señeros,
"Tol'able David" (Henry King, 1921), "Miss
Lulu Bett" (William C. de Mille, 1921), "El difunto
Matías Pascal" (Marcel L'Herbier, 1925), "La
dama de la noche" (Monta Bell, 1925) o "Asfalto"
(Joe May, 1929), sólo la última de las cuales
ya es una acabada lección sobre cómo las más
finas modulaciones del rostro, matizadas con sensibilidad musical,
dejan traslucir una gran diversidad de emociones en planos fijos
de rara intensidad.
Eran
otros tiempos: cuando los actores no ambicionaban parecer actores,
sino personas
Continuará.
|
Continuamos con esta sección
inaugurada en el número anterior de El Pollo Urbano,
y lo hacemos de nuevo con el siempre polémico y rabiosamente
actual Griffith. Por lo demás, son tantos los tópicos
que cunden respecto al medio, que sólo con el cine
mudo hay para rato
TÓPICO
2.
VARIANTE
A. La obra de Griffith declinó tras "Intolerancia".
Para
el grueso de la historiografía cinematográfica,
de mentalidad tan creacionista y ontólogica, el cine
de Griffith parece reducirse a su deslumbrante díptico
formado por "El nacimiento de una nación"
e "Intolerancia". Como si toda su obra anterior
tan sólo tuviera el propósito de conducir a
él. Como si, una vez desempeñado por el sureño
el papel de revolucionario del cine, para algunos incluso
el de padre creador del lenguaje cinematográfico (lo
cual, evidentemente, es inexacto y excesivo), lo que siguió,
por ser menos influyente, ya apenas tuviera el valor de las
sobras. Claro está, que esas dos películas son
extraordinarias; e incluso la segunda se convirtió
en un hito que inauguró una especie de subgénero,
el de las tramas expandidas a lo largo de la Historia (con
mayúsculas), que transitaron nada menos que Murnau,
Dreyer, Lang y hasta Keaton; eso, sin olvidar una obra tan
distanciada en el tiempo como "El padrino 2"
(Francis Ford Coppola, 1974). Sin embargo, no por reconocer
la valía de los dos Griffith universalmente consensuados
se debe menospreciar su obra anterior, tan rica en títulos
de gran interés y, como mínimo, con uno excepcional,
el cortometraje "The Mothering Heart" (ver
Tópico 1). Y todavía menos, a no ser que se
quiera hacer gala de una ceguera recalcitrante, se debe desdeñar
su filmografía posterior, pues es pródiga en
obras tan sugerentes y complejas, tan apasionantes e innovadoras
como las dos más celebradas. Lo que sucede, como tantas
veces, es que a la ignorancia (de la obra del americano) se
suma la desfachatez (de aquéllos que repiten lo escrito
por otros). Y en este caso resulta aún menos excusable,
cuando ya hace décadas que los críticos más
despiertos y sensibles han tendido a reivindicar el ciclo
Gish, el cual, expandido de 1918 a 1921, digámoslo
ya, conforma la mejor etapa de su autor.
El
ciclo Gish, llamado así muy pertinentemente por constar
de películas protagonizadas por la excelsa actriz Lilian
Gish (una de las más grandes de todo el cine, sin más),
y especialmente porque en las películas centrales,
más familiares, la dramaturgia de un subyugado Grifftih
se desplegó (y plegó) en torno a las pasmosas
capacidades de la rubia ingenua (es famoso el dato de que
el gesto con el que Lucy se obliga a sonreír en "Lirios
rotos", repetido en momentos cruciales, fue una aportación
de la actriz), se abre y se cierra con dos de las obras más
mencionadas de su autor, quizás por repetir los alardes
de superproducción de los dos filmes canonizados de
1915 y 1916. Se trata de "Corazones del mundo"
(1918) y "Las dos huerfanitas" (1921), ambas
magníficas, pero aun así, inferiores a los jalones
más significativos del grupo, en los cuales, no tan
sorprendentemente, Griffith se decantó por unas tramas
más líricas e intimistas y, en consecuencia,
contuvo su proverbial tendencia a las escenas de masas y los
presupuestos desaforados. Quizás el carácter
más familiar y distendido, la ausencia de alharacas
discursivas (nada de grandes temas como guerras, revoluciones
o la propia Historia de la humanidad), explique la, por comparación,
escasa consideración de que disfruta, salvo quizás
la primera, el magistral terceto formado por "Lirios
rotos" (1919), "La sinceridad de Susie"
(1919) y "Las dos tormentas" (1920).
Estas tres no sólo son dignas de codearse con "Intolerancia",
e incluso de poder preferirse a la predecesora, sino que atesoran
muchos de los momentos más sobresalientes del cine
del sureño, a despecho de su muy distinta naturaleza:
de la muy sombría y pesimista "Lirios rotos"
a las pastorales "La sinceridad de Susie"
y "Las dos tormentas", siendo "La
sinceridad de Susie" austera hasta lo mimimal, y
ligeramente chaplinesca en lo que a Gish toca, mientras "Las
dos tormentas" es más dramática y variable
en tono, y reserva uno de los salvamentos en el último
minuto más espectaculares y emocionantes de toda la
obra griffithiana. Por si tres obras maestras y dos títulos
magníficos fueran poco, todavía hay otras cuatro
películas, muy posiblemente a la misma altura o similar,
que no mencionamos aquí, simplemente por desconocerlas:
"The great love" (1918), "The greatest
thing in life" (1918), "A romance of Happy
Valley" (1919) y "The greatest question"
(1919), la segunda de las cuales, lamentablemente desaparecida,
es una de las mayores pérdidas sufridas por el cine
en su breve historia.
Una
intensidad semejante, tantas grandes películas en tan
sólo tres años (de 1918 a 1920), es propia las
mejores épocas de los mejores cineastas de la historia.
¿Declive? ¿Decadencia? En fin
VARIANTE B. La obra de Griffith declinó tras el
ciclo Gish.
Por
supuesto, los agoreros siempre tienen motivos para el ataque,
y algunos podrán aceptar las excelencias del ciclo
Gish para situar el derrumbe de Griffith justo después,
tras "Las dos huerfanitas". Pero, de nuevo,
sostener esto es propio de la arrogancia del ignorante; pues,
en efecto, gran parte de la obra posterior de Griffith, de
1922 a 1931, resulta ser desconocida y prácticamente
inaccesible
y cuando ¡por fin! logra salir a la
luz algún que otro título, llegan las sorpresas.
Se debe convenir, no obstante, que no todas las películas
de Griffith pudieron mantener el altísimo listón
de la etapa de 1915 a 1921, pero hay que reconocer: primero,
que resultaba arduo para cualquiera mantener semejante fulgor;
y segundo, que ciertamente la posición del maestro
en la industria ya no era la misma, que la bancarrota que
arrastraba tras "Intolerancia" ya no le permitía
la libertad de movimientos de los años anteriores,
y que incluso dicha libertad aún se vería más
mermada, cuando, en un momento dado, dejó de ser, como
era la norma en él, el productor ejecutivo de sus filmes.
Todo ello se trasluce en una innegable irregularidad de la
obra post-Gish, ratificada por títulos tan poco insignes
como "América" (1924) o "Su
mayor victoria" (1928). Sin embargo
Sentimos
desconocer (¡maldita rácana difusión!)
obras tan alabadas por algunos admiradores como "La rosa
blanca" (1923) y "La aurora de la dicha"
(1924), pero dos de los títulos de esta etapa, injustamente
poco prestigiosos, se bastan para poner en entredicho esta
segunda decadencia de Griffith, y para manifestar en cambio
que el pionero, cuando pudo, mantuvo su grandeza hasta el
último metro de celuloide. Esas dos joyas que refulgen
en la recta final de su carrera son "La batalla de
los sexos" (1928) y su intempestivo punto final,
"The struggle" (1931).
"La
batalla de los sexos" es, a su manera, quizás
la película más "moderna" del Griffith
de la década, en el sentido de que es la que mejor
se integra en las corrientes coetáneas y mejor se ubica
en los felices y despreocupados años 20 en los que
transcurre la acción. Además, es una de las
que mejor sabe disimular, aunque ciertamente la mantenga en
prácticamente todas las secuencias, esa frontalidad
del encuadre tan típica, y en la época ya tan
trasnochada, del estilo del sureño. Pero, ¡oh,
sorpresa!, "La batalla de los sexos" no sólo
es un ejemplar cinematográfico soberbio, sino que,
pese a aparentar plegarse a su tiempo, en realidad lo adelanta
en una o dos décadas. Pues, por primera vez en la historia
del cine, que sepamos, una película alterna de manera
tan coherente y sistemática los territorios de la comedia
y el drama. No es evidentemente la primera que añade
toques cómicos a un drama o dramáticos a una
comedia, pero sí aquélla que los conjuga y equipara
de tal manera que al final no se sabe si adscribirla a un
género o al otro, aquélla que zarandea al espectador
de una forma más continuada de la sonrisa al nudo en
la garganta, y viceversa. Griffith ya anuncia esta dicotomía
al principio de su película, cuando vemos a la simpática
pelandusca Marie riendo a mandíbula batiente al leer
ese clásico del lloriqueo que es "Mujercitas".
Y luego, la estrategia que sigue es tan sencilla como brillante,
pues se asocia cada género a distintos decorados o
a distintos personajes: la casa de la familia Judson es el
lugar del melodrama, y la madre su depositaria principal,
mientras el apartamento de Marie es el lugar de la comedia,
y ella misma y su macarrilla novio Babe sus albaceas. Claro
está, que la disociación no es tan elemental,
y a veces un espacio (y una escena) conjuga ambos géneros,
como sucede en la prodigiosa secuencia del night-club, y así
mismo el tratamiento de algunos personajes también
oscila entre ambos, de manera lógica en el caso del
padre. Otras veces, la película da un bandazo inesperado,
cortando el desarrollo previsible y encarrilándolo
al extremo contrario, habitualmente del drama a la comedia,
como sucede con el ataque de histeria que sufre, o más
bien finge, Marie, realzado por Griffith mediante unos travelling
(de los poquísimos de la película) hacia adelante
y hacia atrás que se ajustan a las interminables evoluciones
de la gritona. Aunque quizás el ejemplo más
sutil y contundente tenga lugar cuando la hija Ruth, que ha
estado a punto de matar a la mantenida de su padre en un momento
digno del cine negro por venir, en su agitación deja
al descubierto sus rodillas
y la mirada libidinosa de
Babe y sus posteriores intentos de ligoteo nos trasladan al
terreno de la alta comedia. En tan rotundos resultados con
estrategias tan sencillas se ve el pulso de un maestro.
El
siguiente Griffith, "La melodía del amor"
(1929), resulta por comparación más convencional.
Otro tanto cabría decir de su primer film sonoro, "Abraham
Lincoln" (1930), si no fuera porque este biopic,
que podría haber dado lugar a un gran espectáculo
a la manera de "El nacimiento de una nación"
o "América", el sureño lo convierte
en un film extrañamente familiar, rodado casi íntegramente
en interiores o estudio, y casi totalmente expurgado de escenas
espectaculares. Genio y figura. Lástima, que en esta
ocasión el desafío no diera los frutos de otras
veces, y "Abraham Lincoln" se quedara en
una película tan interesante como irregular. Por fortuna,
"The struggle" devolvería a un Griffith
en plenitud de facultades
y por desgracia, este gran
film acabaría siendo su despedida, forzada y definitiva,
del cine.
Si
"La batalla de los sexos" parecía
integrarse sin problema en el cine de su época, no
cabe decir lo mismo de "The struggle", pues
en este caso el director, lejos de aparentar modernizarse,
pareció volver la vista atrás, y bien atrás:
a unos modos de expresión anteriores a la explosión
de montaje propuesta por "El nacimiento de una nación".
"The struggle" resultó ser una película
de naturaleza eminentemente primitiva, pues, no conforme Griffith
con exacerbar la regla del único tiro de cámara
que siempre había estado latente en su obra, pero que
había suavizado un tanto en los filmes precedentes
(salvo "Abraham Lincoln"), el director se
dedicó a ofrecer una generosa cantidad de planos enteros
y generales, cuyas duraciones eran muy superiores a lo que
en la época se consideraba específicamente cinematográfico.
En realidad, se trata de una opción inherente a la
misma naturaleza del cine sonoro, aunque poco comprendida
en ese momento histórico: que los diálogos parecen
posibilitar el flujo de planos más amplios y más
largos, y que las rupturas de dicha regla pueden reservarse
para momentos privilegiados, que por ello mismo, por su cualidad
de excepción, adquieren toda su fuerza. Todo ello en
la época debió de darle a "The struggle"
un aire bastante teatral, el cual el inusitado protagonismo
de los excepcionales decorados, auténtica prolongación
de los sucesivos estados espirituales del protagonista, no
hacía más que acrecentar. Hoy en día,
en cambio, la opción se antoja de una modernidad y
clarividencia asombrosas, pues, salvo alguna otra excepción
también debida a pioneros, aunque posterior y quizá
menos tajante (pienso en Lubitsch y "Ángel",
en Chaplin y "Candilejas"), no sería
hasta bien entrados los años sesenta cuando esta forma
engañosamente teatral de hacer cine se asentara, no
precisamente en la gran industria, sino gracias a algunos
de los cineastas más inquietos y radicales de esos
años.
La
sepultura de "The struggle" durante décadas
de menosprecio se comprende mejor, si se considera el tema
que la vertebra, el alcoholismo; y aún más,
viendo el tratamiento directo, incómodo y descarnado,
que Griffith le dio, contando con la preciosa y valiente colaboración
del actor Hal Skelly (que quizás por su nada contemporizadora
composición de Jimmie Wilson vio truncada su carrera
en los grandes estudios). Posiblemente desde los lejanos tiempos
de "Lirios rotos" no se veía un Griffith
de ambiente tan sórdido y deprimente, lo que sin duda
coadyuvó a su inmerecido fracaso comercial. En efecto,
el alcoholismo es aquí mostrado sin tapujos ni coartadas,
y así, poco a poco, el espectador ve transformarse
a Jimmie de un simpático juerguista a un torpe simio,
de un mono más o menos gracioso a una ciega bestia
peligrosa, tal y como lo muestra Griffith en ese momento en
que ni siquiera reconoce a su hija mediante un genial plano
subjetivo (casi el único del film y abandonando el
eje principal). No por nada, la industria condenaría
al ostracismo a este film, cuya brutal franqueza no es la
de la grosería, sino la de la verdad sin mordazas,
y a Griffith, a un indignante destierro a perpetuidad.
No
deja de resultar irónico, que cuando Hollywood volviera
a tratar este delicado tema abiertamente, esa misma industria
se volcara con el nuevo intento, y "Días sin
huella" (Billy Wilder, 1945) fuera bendecida por
múltiples estatuillas. Sólo que la ironía
deviene sarcasmo, cuando se comparan las dos películas:
"Días sin huella" es un buen film
algo aparatoso y artificial; "The struggle"
es sincero y magistral. Para sopesar el alcance de una y otra
bastaría con comparar la prodigiosa metamorfosis de
Wilson-Skelly, de la humanidad a la mera bestialidad, con
el porte, pese a todo siempre elegante, del Ray Milland del
film de Wilder. O simplemente, las escenas de delirium
tremens de "Días sin huella",
valga la redundancia, tan tremendistas, con el descarnado
acoso de un Jimmie a su hija, en un infecto cuchitril y en
la sima de su adicción. Esta impresionante secuencia,
la penúltima de la obra griffithiana, cargada de electricidad
y rezumante de una emoción sobrecogedora, resultó
ser el digno colofón, entre lo mejor nunca rodado por
el sureño, de una obra prodigiosa.
Continuará
|
|
VARIANTE
A. Con "El nacimiento de una nación" (1915),
de David Wark Griffith, el arte cinematográfico alcanza
su madurez.
VARIANTE
B. "El nacimiento de una nación" fue el nacimiento
del cine clásico.
En
fin, ni lo uno ni lo otro, aunque muchos todavía hoy
pretendan sostener ambas aserciones, a pesar de la concienzuda
y consistente corriente analítica que en las últimas
décadas ha reconsiderado el cine primitivo (el de los
primeros quince años del medio) no como meros balbuceos
infantiles predecesores del llamado cine clásico, sino
como otra opción de representación, consciente
y válida. En realidad, fechar el inicio trompetero
del cine en 1915 con la, por lo demás, pasmosa épica
del maestro sureño, supone no sólo ignorar a
los fundacionales Louis Lumière y Georges Méliès,
Thomas A. Edison y Thomas H. Ince, sino a otros cineastas
algo más avanzados en el tiempo y en los recursos,
como el italiano Giovanni Pastrone y el ruso Jevgeniy Bauer,
el americano Cecil B. DeMille y el sueco Victor Sjöström.
Y evidentemente al mismo D. W. Griffith, el cual no ideó
"El nacimiento de una nación" por
generación espontánea, sino tras casi una década
de intensísimo trabajo cinematográfico e inigualado
tesón (¡unos quinientos cortometrajes de 1908
a 1914!), período en el que fue dominando los recursos
del medio e incorporando algunos propios, a la par que decantando
su inigualable estilo. Así lo ratifican películas
tan destacadas como las dos partes de "Enoch Arden"
(1911), "One is Business, the Other Crime"
(1912) y "The New York Hat" (1912); o
ya tan acabadas en los sentidos discursivo y formal (y tan
entrelazados ambos) como "The Mothering Heart"
(1913) y "The Battle at Elderbush Gulch" (1913)
sin olvidar otros largos del maestro anteriores a "El
nacimiento de una nación", como el estupendo
"The Aveging Conscience" (1914), o de otros
grandes cineastas de los comienzos, así, por ejemplo,
"Ingeborg Holm" (Sjöström, 1913),
"El prófugo" (DeMille, 1914) y "Regeneration"
(Raoul Walsh, 1915). Habrá que reconocer al menos
que, aun cuando se ignoren olímpicamente los medios
primitivos de representación, cuando surgió
"El nacimiento de una nación" como
un vendaval que arrambló con las taquillas, el lenguaje
del cine llamado clásico contaba con casi un lustro
de madurez.
En
cuanto al supuesto clasicismo de este, desde luego, mojón
incuestionable del cine que es "El nacimiento de una
nación", también hay bastante que objetar,
pues en el fondo su fulgurante impronta, como la de la inmediata
y vanguardista "Intolerancia" (1916), apenas
influyó en la tendencia general del cine de ningún
lado del Atlántico (ni del Pacífico), más
encarrilado, primeramente, por la narrativa de DeMille y de
los grandes maestros escandinavos Sjöström y Mauritz
Stiller, y después, por el cine alemán, con
Friedrich Wilhelm Murnau a la cabeza, que por el arrebatado
y muy idiosincrásico torrente de imágenes propio
del sureño. La única excepción: el constructivismo
soviético abanderado por Sergej Mixájlovich
Ejzenshtéjn. Pues, en realidad, esos dos obeliscos
griffithianos, lejos de poner de largo un medio que ya había
conquistado unas formas específicas sumamente complejas,
o de convertirse en canon a seguir, más bien sobrepasaban
el lenguaje estándar y común de la época
para proponer en cambio una obra marcadamente personal, y
en última instancia inimitable, que elevaba al pionero
al rango de primer gran autor y visionario cinematográfico,
a la par que descubría derroteros expresivos y discursivos
impensables hasta entonces (aquí sí cabe hablar
de su influencia en los mejores y más despiertos directores).
En
concreto, de esos rasgos rabiosamente propios del director,
hay al menos dos que desentonan notablemente con el que Noël
Burch bautizó, con mayor o menor fortuna, Medio de
Representación Institucional, correspondiente en cierto
grado a lo que con frecuencia la crítica y el público
consideran (o consideraban hace veinte o treinta años)
como, precisamente, cine clásico. La primera peculiaridad
es la formidable proliferación de planos de que hacen
gala las películas del caballero del Sur, absolutamente
innecesaria desde el punto de vista del sistema canónico,
encarrilado siempre a la funcionalidad narrativa; una proliferación,
que si parece configurarse como macrocefalia formal, en realidad
persigue intereses rítmicos, expresivos, discursivos,
psicológicos
El primer ejemplo que citaremos,
espectacular, es la conjugación de distintos espacios,
repletos además todos ellos de personajes varios, para
mejor multiplicar las perspectivas, hasta extremos inauditos,
sobre un único acontecimiento: no otro que el trepidante
asalto final a la cabaña de "El nacimiento
de una nación". Otros ejemplos, más
sutiles quizás, de esta abundancia de planos los podrían
proporcionar: la distorsión temporal y el juego con
las expectativas del espectador que subyacen en el magistral
segmento del acoso de la hermanita Cameron por el soldado
negro en el mismo mítico film; o también, la
exasperación dramática de la alucinada secuencia
en que Lilian Gish imagina que oye a su hermana ciega perdida
en la urbe, y la oye de veras, en "Las dos huerfanitas"
(1921); o ese auténtico remanso de la trama que es
la glosa a la belleza virginal y victoriana de Lilian Gish,
entonada mediante planos generales y planos detalle (sin importar
para nada su adecuación al punto de vista, por cierto)
al principio de "Corazones del mundo" (1918).
O, en fin, con una meta predominantemente discursiva, la misma
concepción de la monumental "Intolerancia",
dividida en cuatro historias paralelas ¡y separadas
por siglos!, con gran proliferación de espacios y personajes
cada una.
El
otro rasgo peculiar de Griffith que señalaremos aquí,
tanto más remarcable, casi hasta lo extravagante, teniendo
en cuenta que a Griffith muchas veces se le ha llamado el
padre del cine (lo que en general no es; sí, si matizamos
que fue referencia de la gran primera generación de
la historia del cine: la que debutó a mediados y finales
de los años 10), es su persistente, aunque ciertamente
no total, equiparación del espacio cinematográfico
con el espacio teatral. De hecho, todas sus películas,
hasta la última y magistral "The struggle"
(1931), suelen, en casi todas las secuencias, estructurar
el espacio escénico mediante un plano general de situación,
que se abandona certeramente para ofrecer planos más
cercanos de los personajes y se recupera cuando la acción
vuelve a exigir un cuadro más amplio. No sólo
eso: el encuadre es muchas veces frontal respecto a la pared
del fondo (frontalidad, todo hay que decirlo, menos presente
en los exteriores), y los planos más cerrados y sus
pertinentes contraplanos, cuando los hay, se ofrecen prácticamente
siempre sobre el mismo eje (lo que conlleva que los planos
subjetivos rara vez sean tales). En resumidas cuentas, Griffith
construye sus decorados de forma tradicionalmente teatral
y ubica su cámara siempre en la inexistente cuarta
pared o, si acaso, avanzando perpendicularmente a ella, regla
que se mantiene aun en las secuencias de exteriores. Y cuando
se avanza o retrocede, no se usa el travelling, sino los cambios
de plano (salvo casos muy concretos, como la persecución
a los negros rebeldes en "El nacimiento de una nación",
o la zambullida en el decorado babilónico de "Intolerancia");
elección significativa y determinante, pues los travelling
tantas veces, en otras prácticas fílmicas, proporcionan
al espectador la ilusión de moverse, de entrar en
el espacio escénico. Y como quiera que la regla de
la cuarta pared, ya lo hemos apuntado, se respeta escrupulosamente
(salvo en contados momentos que, por ello mismo, adquieren
toda su fuerza), los planos se mueven por un mismo eje o aproximados,
de forma que tampoco el montaje le concede al espectador la
sensación de ubicuidad. Esta teatralidad del cine de
Griffith, tan asumida como brillante, se da de bruces con
el llamado cine clásico, lo que, sin duda con mayor
contundencia que sus argumentos victorianos, ya a principios
de los años 20 llevaría al público a
considerar al director rematadamente anticuado
y a nosotros,
hoy en día, a creer que siempre anduvo ajeno a los
modos y modas de sus contemporáneos, clásicos
o no; y, como quiera que ya hace tiempo nos deslumbraron "Gertrud"
(1964) e "India song" (1974), a considerar
"The struggle" en particular como una de
las películas más modernas de todo el cine americano.
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