CINE
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CRITICA
TELEGRÁFICA: "Ciudad de vida y muerte".
- Catálogo de crímenes de guerra.
Sale
mucha gente. Lloran muy bien. Por cada bala, mueren
diez. No todos los japoneses son iguales. China jamás
morirá.
Postdata.-
Gracias, Murnau. Gracias, Eisenstein. Gracias, Mann.
Gracias, Sirk. Por las mejores ideas visuales Ah,
y gracias, Speilberg.
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La última película
del ex - Monty Python Terry Gilliam, "El imaginario
del Doctor Parnassus" (2009), resulta interesante
por un par de cuestiones. Por un lado, agrada ver
que el director americano haya recuperado el pulso
tras su horripilante acercamiento al mundo de los
sufridos hermanos Grimm; por otro, pese a sus modestos
logros, el film se antoja bastante significativo de
lo que en conjunto resulta el cine actual. Y por aquí
precisamente empiezan los problemas.
Más
allá del indudable, aunque limitado, pulso
narrativo de su autor, más allá de una
dirección artística y unos decorados
notables que vuelven a ser, cansinamente, los reyes
de la función, lo cierto es que "El
imaginario del Doctor Parnassus" no llega
a ofrecer gran cosa: no otra que el sempiterno tema
de la lucha entre el bien (el Dr. Parnassus) y el
mal (el mismísimo diablo) en su versión
más maniquea, carente, aunque quizás
pudiera pretenderlo, de esa poesía sublime
que elevaba los, a priori, similares discursos de
algunos Murnau a la altura de, estos sí, el
mismo Parnaso. Significativos al respecto resultan,
tanto más por la excesiva carga que se les
delega, los decorados que ilustran el imaginario del
título, pues, para empezar, pecan de excesivamente
abstractos y pulidos, cuando no relamidos: como si,
por eliminación, el mundo tangible no pudiera
ser objeto de sueños o imaginación,
y ésta y aquéllos necesariamente debieran
tener sustancia virtual, y por añadido, de
creer al film, lindante en el kitsch. Para seguir,
más allá de la imaginación y
pericia de que hacen gala los artistas de la infografía,
estos decorados supuestamente del subconsciente no
pueden ser más esquemáticos, como romas
son las trayectorias de los aguerridos personajes
que atraviesan el espejo ¡nada menos que para
salvar o condenar su alma!
Se
argüirá en defensa de la película
de Gilliam que no pretende ser más que una
fábula y que su director siempre ha mostrado
inclinación por los cuentos de hadas. Ciertamente,
pero el problema es que su propuesta parece más
dirigida al público infantil que al adulto
(a diferencia de otros practicantes del cuento de
hadas transfigurado, como Hitchcock o Bergman) y,
sin embargo, contradictoriamente, la publicidad del
film no va dirigida a ese sector de la población.
En este último punto Gilliam, por más
que pretenda nadar a contracorriente, se revela paradigma
del momento actual, donde preocupantemente cada vez
son más, más de los que correspondería
desde luego, los filmes dirigidos a la infancia (o
peor aún, a mentes de capacidad asimilable
a ella) que al público intelectualmente maduro,
que ve mermado su coto de una manera abusiva y alarmante.
Así, el modesto discurso de "El imaginario
del Doctor Parnassus" acaba difuminándose,
pues la idea que lo sostiene, privada del aire de
la complejidad, de la atmósfera de las ideas,
perece ahogada por una puesta en escena, como la de
tantos otros filmes, presa de las formas del parque
de atracciones y aherrojada por unos efectos digitales
sin duda brillantes; pero no de brillo de oro, sino
de latón.
Luego,
hay otras limitaciones más específicas
de Gilliam y su película, como que la planificación
sea más efectiva en las secuencias de acción
que en las más reposadas, donde no siempre
(aunque a su favor queda alguna bonita y fugaz excepción)
resulta capaz de establecer las relaciones de los
personajes sin ayuda de los diálogos o de las
acciones más evidentes. ¡Y aun así
es muy superior a la que nos atiza la mayoría
de los directores en activo! O cuestiones como la
del reparto, donde el veterano Christopher Plummer
brilla con fuerza, los novatos Lilly Cole y Andrew
Garfield están a buena altura, pero el cuarteto
de estrellas que encarna al personaje clave de Tony
(Heath Ledger, Jude Law, Colin Farrell e incluso Johnny
Depp), de tan sobreactuados y gesticulantes, resultan
simplemente insufribles. O también, y ésta
no es la pega menor, como que el director afronte
blandamente temas que requerían mayor severidad
en la mirada y valentía en las resoluciones,
o se salte tramposamente las reglas del juego impuestas
por él mismo en aras de un final feliz de lo
más impostado. Así se hacen películas
para el consumo, no para el recuerdo.
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Modestia aparte.
Una de las influencias más
perniciosas que se han ido infiltrando en la sociedad europea
desde Yanquilandia en las últimas décadas ha
sido sin duda la cuestión de la, así llamada,
autoestima. Ahora todo el mundo se estima tanto (a sí
mismo), es tan indulgente consigo (no con los demás),
todo el mundo se tiene en tan gran concepto (como si su ombligo
fuera el centro del mundo), que directamente renuncia a mejorar,
ni siquiera se toma la molestia de limar un ápice sus
peores defectos. Ya resulta paradójico que uno esté
orgulloso, pongamos, de ser homosexual o de ser mujer, pues
el mismo motivo habría (es decir, ninguno) para estar
orgulloso de ser heterosexual u hombre; o para el caso, de
tener los ojos azules o marrones. Lo verdaderamente preocupante
de la deriva que ha tomado el dichoso concepto de autoestima,
ayudado por los venenosos medios de comunicación e
incluso por el estamento político de este país,
es que, por haber, hay auténticos inútiles que
están orgullosos de serlo, mediocres que miran por
encima del hombro al resto de la humanidad, ignorantes que
se creen la sal de la tierra, u horteras que lo proclaman
a los cuatro vientos (¿cuánta música
abominable no nos taladra los oídos por obra y desgracia
de conductores medio sordos?). Eso, por no hablar de jóvenes,
tan verdes que apenas saben el abecé de la profesión
que han elegido desempeñar, pero que no titubean en
considerarse auténticos genios de la misma y se permiten,
altaneros, dar lecciones a los veteranos.
Tanta
inmodestia y engreimiento han traído aparejado un hundimiento
de los modales y la amabilidad, los cuales, si ciertamente
nunca habían sido el fuerte de nuestro país,
ahora prácticamente nos colocan al nivel de, digamos,
Rusia; es decir, a la cola del furgón europeo. Ya apenas
nadie saluda al entrar en un establecimiento o en un ascensor,
y muy pocos son los que responden si a algún pipiolo
se le ocurre hacerlo; casi nadie se aparta en las aceras,
no digo ya para ceder el paso, sino simplemente para compartirlas
con el que viene de frente, que para eso son públicas;
prácticamente nadie admite una reconvención,
aunque acabe de perpetrar un hecho reprobable, o lisa y llanamente
prohibido (¿cuántos coches no se saltan los
semáforos, y los borregos de sus conductores, encima,
poco menos que amenazan a los transeúntes que osan
protestar?). Por el contrario, cada vez son más los
futuros sordos que martirizan a sus compañeros de transporte
público con su musiqueja a volumen casi discotequero,
los groseros que ponen las pezuñas bien encima del
asiento de enfrente sin importarles que luego alguien se vaya
a sentar ahí (claro, a ellos les lavarán la
ropa sus madres), o los marranos que, después de bien
caldeados por dentro, dejan toda su basura desperdigada por
plazas, calles o locales (como en casita limpian las mamás
).
La educación, la buena, está despeñándose,
pobrecita; y algún día llegará, si no
se pone remedio, en que se convierta en pura entelequia, tan
fósil como un dinosaurio.
Se
objetará, con razón, que siempre ha habido y
habrá, aquí y en todos los lugares, buena y
mala educación, amabilidad y grosería. Cierto.
De hecho, todo este largo preámbulo viene a cuento
precisamente, porque, pese a que la generalidad española
invita a ser pesimistas, lo cierto es que precursores siempre
ha habido, nacionales y forasteros. En cine también.
Y si hoy en día el exabrupto y el berrido le han ganado
la batalla cinematográfica al discurso y al razonamiento,
se ha de reconocer que algunos responsables de la hecatombe
distan mucho de ser unos jovencitos. Uno de ellos, el danés
Lars von Trier, tiene ya más de cincuenta años,
pero podría haber encajado, encaja de hecho, perfectamente
con esta sociedad del papanatismo y la grosería que
nos toca padecer. También, justo es decirlo, el director
se equipara con esos críos consentidos por su mamá,
porque siempre ha tenido apoyándole una crítica
babeante que le ha aplaudido las mayores memeces e imposturas,
no tanto porque fuera, que nunca lo ha sido, sino porque aparentaba
ser original.
Y
ahora, al estilo de esos niñatos malcriados que acaban
pegando a sus propios padres, von Trier les ha atizado a sus
mentores y seguidores, con toda la petulancia de la que es
capaz (que es mucha, le rebosa), ese "Anticristo"
(2009) que al parecer, como se decía antes, no se lo
salta un gitano. Digo al parecer, porque ni me he dignado
ni me dignaré ver este, según relatan las crónicas,
monumento al tremendismo. No por mojigatería o por
una falsa respetabilidad: al fin y al cabo algunas de las
publicitadas "audacias" recientes del escandinavo
resabiado ya las había realizado otro enfant terrible
del cine, aunque, éste sí, con talento, Nagisa
Oshima, en un film incómodo como pocos, que no dudo
en recomendar a quien no lo conozca: la impresionante "El
imperio de los sentidos" (1975). No, si me niego
a ver esta piedra de escándalo, es simplemente porque
con von Trier corté mis relaciones (cinematográficas,
claro está) hace ya seis años. Y las corté,
como hice también a raíz de la insufrible "Mar
adentro" (2004) con Amenábar (otro geniecillo
que tal, aunque éste sea manso), porque ya estaba cansado
de sentirme timado por estos supuestos prodigios del séptimo
arte, que, lejos de ofrecer néctar para alimentar las
mentes, lo único que saben es eructar papilla regurgitada
de gargantas mucho más ilustres que las suyas. ¡Cómo
se echa de menos, ya no a los verdaderos genios, sino a aquellos
directores modestos, pero pese a ello creativos y llenos de
oficio, competencia y respeto al espectador, como podían
ser, pongamos, Henry Hathaway o Henry King!
En
el caso de von Trier se añade el agravante de que,
a buen seguro, es el mayor farsante de la historia del cine,
en la estética y en los discursos. Sin embargo, aunque
honrosas excepciones ha habido, muchos le han bailado y le
bailan el agua: como muestra, una legión de críticos
no dudó en considerar una película tan mediocre
y tramposa, tan sensacionalista e indignante como "Rompiendo
las olas" (1996) ¡como una obra maestra! En
fin
Por si fuera poco, el danés, no conforme
con autoproclamarse el heredero directo nada menos que de
Dreyer (¡anda ya!), se puso a teorizar como si fuera
nada menos que Eisenstein (¿cómo?), y pergeñó
el famoso decálogo del Dogma; así, con mayúscula.
Como si fuera el Papa, vamos. Pero el célebre dogma
para esta época de posmodernidades y superficialidades,
tan denso y profundo como un papel de fumar, es en realidad
la mayor engañifa que ha parido el cine; tan engañifa,
como que ni su mismo vomitador se dignó hacerle ni
caso y, ladino y lagarto, lo convirtió en una especie
de franquicia para que rodaran los demás, mientras
él, tan genial, no dudaba en saltarse a la torera sus
propias reglas, recién sacaditas a la luz. Como timo,
difícil de superar. Chapeau!
Por
ello ni he ido a ver ni veré "Anticristo",
ni mucho menos escribiré una crítica sobre ella:
ya le hago demasiado el juego a su responsable escribiendo
este artículo. El tiempo es demasiado precioso para
perderlo y, en fin, tampoco me apetece regalarle a von Trier
un puñado de euros
Para
que el lector con sed de reseñas cinematográficas
no se vea decepcionado, y para hacer comprender mejor mi tajante
rechazo al chiripitifláutico danés y mi renuncia
a decorar mi historial crítico con tres tristes Triers,
adjunto aquí las críticas publicadas hace unos
años en El Pollo Urbano sobre los dos últimos
celuloides suyos que tuve el disgusto de ver.
Atracón de masoquismo.
(O la balada de Villachucho de la Sierra).
Pues
señores, resulta que Nicole (Kidman), tan actriz ella,
huyendo de unos misteriosos gángsteres, va a dar con
su palmito en un poblacho tan miserable, que las casas, por
no tener, no tienen ni muros, y algunas ni siquiera puertas
(encantador detalle, tratándose de una fábula
que perora sobre la hipocresía). Tras democrática
votación (aunque el artífice Lars von Trier
nunca ha estado allí, no muestra empacho alguno en
ubicar la acción en los USA), los cuatro gatos (o perros)
que pueblan la aldea, acogen a la desvalida Nicole a cambio
de asistencia social avant-la-lettre (se supone, lo
han dicho las notas de prensa, que el cuento esta ambientado
en los años 30); es más, a pesar de la inicial
resistencia del clásico agorero, la acogen por unanimidad.
Nicole,
integrada pues en la comunidad, celebra el consabido día
de acción de gracias y hasta se echa un novio tan cortado,
tan bobalicón como lo era Gary Cooper en sus papeles
de paleto inocente (aunque el galán de hoy en día
sea aprendiz de filósofo: por algo firma el guión
el trascendental danés). Sin embargo, de la noche a
la mañana, los hospitalarios aldeanos, deciden hacer
honor a su perruno topónimo (Dogville) y se ponen a
gruñir y a morder a la pobre Nicole: la acosan, la
difaman, la vejan, la violan, la prostituyen y hasta le ponen,
para que la ingrata no se escape, una argolla al cuello ¡encadenada
a una rueda de molino! Pero, ¡oh, sorpresa! (¿o
no?), a la sufrida Nicole le va la marcha, y enarbola su sufrimiento
como una genuina heroína de folletín, e incluso
parece lucir la argolla cual joya o medalla honorífica.
Que, luego, le niegue a su pacato novio lo que los otros pueblerinos
le toman por la fuerza, no se sabe si es remilgo de la idealista
muchacha, simple y pura mala leche, o mera excusa de guión
para que el novio se rebote, se chive y la entregue a los
gángsteres.
Lo
que sigue es una ilustración de aquella máxima
de la magnífica "Fort Bravo" (John
Sturges, 1954) de que la estupidez humana no tiene límites:
y es que el tonto del novio no sabe que el jefazo de los gángsteres
es el papá de Nicole (mira por dónde, era una
niña pija), el cual, tras liberar a su desorientado
retoño, se enzarza con él (con Nicole) en una
disquisición filosófica más digna de
una tertulia televisiva de sobremesa que del asiento trasero
del coche en el que tiene lugar, que ya es decir. Nicole,
masoca ella, parece inclinarse por volver a la argolla suya
de cada día y a las vejaciones del gentío de
Villachucho, antes que volver con papá gángster
y sus comodidades, pero finalmente (la
donna è mobile)
decide lo contrario, no sin antes mandar aniquilar al villorrio
entero: Nicole ¿Schwarzenegger? La historia se corona
pues con una matanza, sólo que, lejos de impresionar,
hasta sosiega, tal es el alivio de ver finalizar esta indigesta
ristra de celuloide. Y es que "Dogville",
más que una película, es una vomitina.
Que
semejante memez sea aplaudida por la crítica (por fortuna,
no por toda) es simplemente indignante. Por puntos:
-
su supuesta audacia e innovación (prescindir casi totalmente
de los decorados, reduciéndolos a unos trazos de tiza
en el suelo, como si se tratara del juego del descansillo
aunque algo de esto ya hizo Greenaway en la también
nefasta "Las maletas de Tulse Luper") es
contradicha por su zafiedad formal y por su utilización
de las más tópicas estructuras de guión,
con el agravante de que las relaciones causa-efecto se ven
más que las gomas de un liguero;
- su figurada sensibilidad se reduce a cenizas ante lo ampuloso
del discurso y de los diálogos (¡si hasta se
nos habla de las manzanas del Edén!), por no hablar
de lo emperifollado de su estructura (nueve capítulos
y, ojo, un prólogo
que encima no es tal, sino
otro simple capítulo);
- su máscara de trascendencia no impide momentos desopilantes
(verbigracia: Nicole les enseña a los niños
de tan degradado entorno ¡la filosofía estoica!:
¿será para refrotarles por las narices lo pobretones
que son?);
- su denuncia de una sociedad hipócrita de cimientos
puritanos se descoyunta de puro esquemática (la primera
reacción de la comunidad al saber que a Nicole le busca
la poli es ¡rebajarle el sueldo!);
- y finalmente, su director resulta ser más falso que
Judas, pues tras azotarnos a los pecadores con la promesa
de la redención en anteriores películas, ahora
la santa de turno, después de su afanoso atracón
de masoquismo, se transforma, en acrobática pirueta,
en ángel exterminador.
¡Qué
desconcierto! Nicole no asciende al cielo (como lo hacían
otras abnegadas heroínas del predicador danés),
sino que se precipita derechita al infierno. ¡Pero qué
imprevisible es von Trier!
Martirologio.
Hay
directores que parecen obcecados por filmar grandes películas.
Que un director lo intente alguna vez es, más que comprensible,
impepinable, al menos si tiene un mínimo de ambición
artística. Que lo intente siempre puede ser, aunque
no necesariamente, síntoma de inmodestia contumaz.
Ahora bien, que lo intente siempre y a cualquier precio, cueste
lo que cueste, pone de relieve una total falta de respeto
hacia el medio en que se expresa. Lars von Trier pertenece
a esta categoría de directores, tanto que se ha erigido
en un auténtico especialista en pasar por encima de
sus proyectos como una apisonadora. A su caso se añade
además una flagrante contradicción: un hombre
que ha hecho de la noción del autosacrificio el centro
de su discurso se dedica sin ningún miramiento a sacrificar
sus obras a él mismo en aras de la gloria mediática.
Esto, curiosamente, lejos de propinarle el merecido rechazo
de la crítica, le ha deparado la admiración
más bobalicona, hasta el extremo de que su carrera
se ha convertido (junto a la de Oliveira y algún otro)
en la mayor ristra de falsos prestigios que se conoce en la
historia del cine. Decir esto de von Trier precisamente a
propósito de "Bailar en la oscuridad"
podría parecer injusto, porque seguramente se trata
de su mejor película; desde luego, superior a la detestable
"Rompiendo las olas". La cuestión
es que, aun así, sus limitaciones son tantas, que alguien
tenía que contestar su prácticamente unánime
aclamación como obra maestra (¿la del mes o
la de la semana?).
Von
Trier, que debe de tener ínfulas de Ejzenstejn, lanzó
hace unos pocos años el famoso manifiesto Dogma 95,
donde, bajo la coartada de recuperar "la verdad, la espontaneidad
y la inventiva del cine", se acababa por justificar el
todo vale... lo que hace sospechar, más que en una
rigurosa reflexión sobre el medio, en una mera estrategia
de publicidad, no por encubierta menos calculada. "Bailar
en la oscuridad", al igual que "Rompiendo
las olas", hace alarde por tanto de una planificación
Dogma, esto es, caprichosa (y, lo que es peor cuando se invoca
a la espontaneidad y la verdad, efectista), una planificación
que, más que rebelarse contra las convenciones, adopta
otras, distintas, sí, sólo que empobrecidas
e infinitamente menos rigurosas que las de sus mayores. Trier
y sus acólitos parecen olvidar que sin reglas que violar
no puede haber auténtica subversión, y que,
de hecho, muchos grandes directores las han aceptado gustosamente...
para mejor burlarse de ellas.
Por
otro lado, Trier pretende ser un cineasta de la trascendencia,
pero su afán por emular a su compatriota Dreyer choca
ferozmente con su estética de estampita: ahí
está para atestiguarlo el plano final de "Rompiendo
las olas", con esas campanas que repican ¡en
el cielo!, sin duda una de las imágenes más
indignas que ha dado el cine, una imagen que ni siquiera se
habría atrevido a rodar DeMille en el peor de sus delirios.
Es más, von Trier, en su empeño por convencernos
de que es un cineasta trascendente y profundo, fuerza historias
y situaciones hasta lo inverosímil; y así, ha
intentado demostrarnos que es posible alcanzar la santidad
por el puterío ("Rompiendo las olas"),
y ahora, con "Bailar en la oscuridad", que
la máxima abnegación materna pasa por el asesinato
(reconstruido en una escena bastante forzada, bastante increíble,
bastante inverosímil).
Conviene
aquí hacer un paréntesis y apuntar que esta
obsesión por el sacrificio y el martirio sitúan
a von Trier en las antípodas de Dreyer (no digamos
ya de Bergman). Dreyer, el espiritual, el austero, siempre
mantuvo una postura tremendamente crítica respecto
de estos conceptos: cuando no servían para poner en
evidencia sangrantes intereses políticos ("La
pasión de Juana de Arco") o una sociedad opresora
y tenebrosa ("Dies Irae"), si eran una opción
libre del personaje, entonces, Dreyer nos ofrecía un
acerado retrato del mismo ("Gertrud", en
parte también los títulos anteriores), mostrando
su elección como corolario de un orgullo devorador.
El ser humano como enemigo de sí mismo, en el más
amplio espectro posible. Por contra, el presunto discípulo
del ilustre danés contempla estos elevados conceptos
con arrobo beatífico y, de hecho, su heroína,
como Juana de Arco, sopesa la posibilidad de salvar la vida,
para acabar rechazándola y abrazar el martirio, no
por convicción interna (por discutible que ésta
pueda ser), ni siquiera, como parece, por mera tozudez, sino
porque éste es el camino que von Trier le ha marcado
para la redención de su alma. Curioso deslizamiento
ideológico el que nos ha traído el fin del siglo
XX: lo reaccionario disfrazado de moderno en versión
cutre-lux.
Lo
cierto es que los trucos empleados por von Trier se notaban
mucho más en "Rompiendo las olas",
pero esto no significa que no existan en "Bailar en
la oscuridad", y ya desde el principio: a finales
del siglo XX la protagonista, Selma, no se ha enterado de
que existen bancos donde depositar el dinero. ¿Será
porque es medio ciega? ¿O porque es checoslovaca? ¿O
simplemente, como sospechamos, porque, si no, no habría
película? Seguimos: su abnegada amiga Kathy, para salvarla
del cadalso, no duda en sustraer arteramente el dinero ahorrado
por la ciega para la operación del hijo... sin poner
ella misma ni una perra. Y es que la minuta del abogado coincide
¡hasta en los centavos! con los ahorros de Selma. ¡Oh,
deliciosa inocencia, más propia de un pánfilo
cuento de hadas que de un cine para adultos! Acabemos mencionando
la última escena, donde la misma amiga, Kathy (encarnada
por la Deneuve con su habitual displicencia), burla la vigilancia
de una prisión de alta seguridad para acceder a Selma
en plena ejecución, y así poder montar con ella
el numerito... tal y como el director lo ha preconcebido.
Como se ve, la apisonadora von Trier no se anda con chiquitas
al alisar el firme de su particular autopista hacia el cielo.
A
pesar de todo y a pesar de los horteras numeritos musicales
(¿será la espontaneidad del cine una coreografía
de mal gusto?: nada que ver con el Minnelli de "The
band wagon" y "Un americano en París"),
"Bailar en la oscuridad" resulta más
tolerable que los anteriores títulos de von Trier:
la cámara es menos mareante (¿o será
que después de indigestiones dogmáticas a lo
"Rosetta" estamos acostumbrados a que nos
zarandeen?) y, como los primeros planos abundan (que para
eso von Trier es nórdico, faltaría más),
lo chapucero de la planificación, si es que existe,
no canta tanto.
Y
es que para cantar se las pinta sola Björk: a mí
su música no me empuja precisamente al entusiasmo,
pero su interpretación, anclada en una entrega absoluta
al personaje, me parece fuera de serie. Ella, y unas paredes
desnudas importadas directamente de "La pasión
de Juana de Arco", acaban erigiéndose con facilidad
en lo mejor de la función, lo único que nos
hace creer en la endeble historia de la ciega sacrificada.
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Cine
de guión
Por
Fernando Usón
Cada vez es más evidente
que en cine sólo tiende a valorarse el guión
en sus aspectos más literarios y la interpretación
en su vertiente más teatral. De poco sirvió
que en los años cincuenta del siglo XX los entonces
críticos de los primigenios Cahiers du Cinéma
señalaran la puesta en escena como creadora de sentido
y acuñaran la famosa politique des auteurs, pues ésta
se digirió apresuradamente por todos esos otros críticos
que nada entendían de cine, que al parecer eran y son
ahora más que nunca legión y que la han acabado
regurgitando como una caricatura de lo que fue, hasta el punto
de que hoy en día cualquier director mediocre es encumbrado
como autor (aunque los guiones y hasta las réplicas
de los diálogos se las escriban otros, aunque los encuadres
se los construya el operador de cámara, aunque deje
que los actores interpreten como les venga en gana, aunque
delegue impunemente el montaje en los profesionales del mismo,
aunque no haya inventado una sola imagen, aunque
). De
poco sirvió que en los años setenta y ochenta
hubiera una fructífera corriente en la que un puñado
de estudiosos analizaban las películas a conciencia
y con conciencia, tanto extranjeros (Tarnowski, Burch, etc.)
como españoles (muchos integrantes de la fenecida revista
Contracampo), que demostraban, análisis mediante, que
la grandeza de los mejores estribaba no tanto en sus sólidos
guiones como en el trabajo de filigrana de su puesta en escena.
De poco han servido tantos intentos de dotar al cine de una
metodología crítica rigurosa, como sí
tienen la literatura, la pintura o la música (la generalmente
llamada clásica, claro está), pues la pereza
ha acabado por triunfar campante y tronante. Aburren ya tantos
lugares comunes en tantas malas críticas que no valen
ni una perra gorda, ni siquiera como redacciones; harta ya
que unos ignorantes que no distinguen, o al menos así
lo aparentan, entre un gran angular y un tele, un montaje
en movimiento y otro por zonas, pretendan crear opinión.
En fin
Todo
este largo y lastimero exordio viene por el último
estreno de uno de los supuestos autores del cine actual: "El
curioso caso de Benjamin Button" (2008), firmado por
David Fincher. Como de costumbre, una película ha sido
vitoreada como una obra maestra sólo por ser un sólido
trabajo y, como siempre, atendiendo más a las virtudes
de su libreto que de su puesta en imágenes. Vaya por
delante que el guión de la película, basado
en un relato breve de Scott Fitzgerald, es en líneas
generales, pese a cierta prolijidad y algún desaprovechamiento,
excelente; muy superior desde luego a esos monumentos al tópico
que nos ha endilgado Eastwood esta misma temporada, la irregular
"El intercambio" (2008) y la decididamente mediocre
"Gran Torino" (2008). No obstante, hay algunos puntos
débiles que se deben indicar, aunque, por no eternizarnos,
nos limitaremos a dos de los más gruesos.
Primero,
la tópica relación materno-filial. No hay familia
hoy en día en el cine de Hollywood donde sus miembros
no parezcan psicoanalizarse mutuamente o, como mínimo,
hacer examen de conciencia y dolor de los pecados; y así,
los hijos continuamente lamentan haber decepcionado a los
progenitores y los padres no haber atendido a sus vástagos
como es debido.
En "El curioso caso de Benjamin Button" tenemos
además la guinda de que la hija, llorando como una
Magdalena, le suelta a la madre, ingresada en el hospital
y ya terminal, que la va a echar mucho de menos. ¡Toma
ya! No creo que haya mucha gente, al menos en España,
que, vista en dicha situación, haya espetado a su padre
o madre esta bienintencionada y melodramática máxima.
¡Menudos ánimos para el moribundo! En fin, de
los yanquis, cualquier cosa.
Segundo,
y cinematográficamente más grave, la narración
del accidente de Daisy. Ahí, para soltarnos una perorata
sobre el destino más digna de un cortometraje sensacionalista
que de un largo adulto, se nos narra toda una serie de circunstancias
encadenadas que conducen a la catástrofe, pero que,
para empezar, se desmarcan caprichosamente de la línea
principal y, para rematar la faena, ignoran todo rigor sobre
la cuestión del punto de vista (rigor, que es otra
de las muchas virtudes que ha ido perdiendo el cine en las
dos últimas décadas): ¿cómo podía
saber Benjamin Button, cuyo diario nos informa del hecho y
que entonces estaba en Nueva Orleáns, que una muchacha
parisina se dejó el abrigo en casa, que un taxista
la observó desde un bar, que una dependienta había
discutido con el novio, que
? Por favor, un poco de seriedad
y de respeto al espectador.
Por
lo demás, es de agradecer en esta época amodorrada
el riesgo que ha conllevado la adaptación, tanto desde
un punto de vista de producción, pues la historia se
extiende durante nada menos que ochenta años y transcurre
en varios países y en alta mar, como sobre todo desde
una perspectiva estructural, ya que el punto de partida violenta
la percepción habitual del espectador. Además,
en conjunto, el guión resulta muy atractivo: la idea
de un hombre cuyo trayecto vital es el inverso del natural,
es decir, de la vejez a la infancia, está llena de
fuerza dramática; y es un gran acierto del film que
al personaje se le siga la pista desde su nacimiento hasta
la muerte, pues, pese a alguna incongruencia ocasional, el
potente contraste entre el hombre que rejuvenece y los demás,
que van sumando arrugas y achaques sin fin, hace sentir de
manera punzante el ineludible envejecimiento del ser humano
y la fugacidad de los momentos felices y de la misma existencia.
"El
curioso caso de Benjamin Button" se constituye así
en uno de los dos o tres títulos más interesantes
de la temporada, pero, aún así, sabe a poco,
pues se tiene la sensación de que en otras manos (¿hoy
en día quizás, despojados de sus más
fáciles tics, las de Tim Burton o David Lynch?) este
material podría haber dado lugar a un film magnífico
o incluso magistral. Sin embargo, el agraciado ha sido el
aficionado a astrólogo de Fincher, que parece ir gustosamente
de autor, sin serlo, y cuya anodina e inacabable "Zodiac"
(2007) ya le concitó injustamente los parabienes de
la crítica. Como quiera que la inventiva visual de
este realizador es alicorta, cualquier imagen sugerente ya
viene predeterminada por el guión: lo demuestra la
descripción del hotel ruso como un lugar nocturno y
mágico, pues cada plano descriptivo del ambiente corresponde
exactamente a una frase de guión. Como quiera que sus
imágenes tienen poco o nada de personales (hay momentos
que hasta parecen extraídos de un spot publicitario),
Fincher necesita incluir su marca (es un decir) de la manera
más burda imaginable: véanse esas imágenes
en blanco y negro, como de cine mudo, en las que un personaje
¡tangencial! rememora cómo le cayó un
rayo. Como quiera que su puesta en escena es por sí
misma insignificante, sus apuestas, cuando las tiene, no pueden
ser más evidentes: así, la utilización
de la cámara marcha atrás para sugerir la reversibilidad
del tiempo. En resumidas cuentas, como quiera que Fincher
no posee una gramática visual propia, se ve obligado
a acatar las ideas de su guionista o a meter con calzador
supuestos rasgos "de autor".
A
favor de "El curioso caso de Benjamin Button", ya
lo hemos dicho, está su sugerente guión, su
sentido del riesgo y también, añadamos, una
impecable labor de maquillaje, un cuidadísimo diseño
de producción y una admirable labor de dirección
artística. Pero, en fin
Hitchcock o Dreyer ya
nos demostraron hace más de medio siglo, o Griffith
mucho antes, que el cine puede alcanzar cotas de altura encerrando
la cámara en una modesta habitación. Lo demás
son alardes de producción, que no son ni buenos ni
malos en sí: dependerá de cómo vengan
apoyados por la elocuencia y significación de las imágenes
y los sonidos
que es lo que precisamente se echa a faltar
en este biopic imaginario del señor Button.
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Las
viejas fórmulas nunca mueren.
Por Fernando Usón
Parece mentira que tantas películas
de hoy en día sigan acantonadas en estructuras de hace
más de cincuenta años, y más increíble
resulta todavía que una crítica amodorrada pretenda
hacernos pasar por maravillas lo que no pasa de infructuosos
amagos de clasicismo. Esto viene a cuento por dos títulos
recientes, uno ruso y otro estadounidense, el primero un film
épico-histórico y el segundo un melodrama-denuncia:
"Mongol" (2007) y "El intercambio"
(2008).
El ruso converso.
La
peor de las dos es sin duda la película rusa, que no
conforme con parecer un folleto turístico de la pintoresca
Mongolia, con abusar de unos efectos de ordenador francamente
chapuceros (juro que en los grandes planos generales de escenas
de masas los guerreros corriendo se superponen unos a otros
y que así mismo las hogueras de un inmenso campamento
son tan redonditas como las bombillas de un árbol de
navidad); que no conforme con ofrecer diálogos apestosos
al más rancio tópico (por ejemplo, "sabía
que vendrías a salvarme") y no escamotear ninguna
secuencia "fuerte" para que los actores puedan dar
rienda suelta a sus capacidades histriónicas; que no
conforme con coquetear con lo sobrenatural, abusando sin límite
de la suspensión de la incredulidad del espectador
(que Gengis Khan se arrugue como una pasa durante el cautiverio
para luego curarse fulminantemente con la libertad recobrada,
pase, pero que caiga a un río helado en pleno invierno
y amanezca al día siguiente tan campante, o que los
cepos se desarticulen solos durante la noche por arte de magia
y sin posibilidad de otra justificación, eso es mero
desdén al espectador); que no conforme, en fin, con
todo ello el "Mongol" de Serguei Bodrov nos
ofrezca un mensaje tan reaccionario como sólo es posible
hoy en día (en occidente) en la Rusia de Putin, ni
siquiera en la Italia de Berlusconi. Ya resulta altamente
sospechoso que los modelos de "Mongol" no
sean, como habría cabido esperar, eslavos (con la inolvidable
"Andrei Rublev" del gran Tarkovski a la cabeza),
¡sino yanquis! Al parecer los rusos, por ésta
y otras infames películas recientes, quieren occidentalizarse
a marchas forzadas y pretenden hacernos creer que, encima,
ellos saben hacer este tipo de cine mejor que nadie. En fin,
siempre les quedará Sokurov...
En
lo que toca al bodrio de Bodrov (mis excusas por el fácil
juego de palabras) el modelo, pese a una escena de rescate
y ataque a un campamento calcadita de "Centauros del
desierto", no es el indiscutible clásico de
Ford, con todas sus aristas y contradicciones, sino el monumental
y cartón-pétreo Cecil B. DeMille de "Los
diez mandamientos" (como la anterior, fechada curiosamente
en 1956)
con la diferencia de que DeMille era mucho
mejor cineasta y el equipo que lo rodeaba infinitamente superior
al del ruso
y que el reaccionario director aprovechaba
maliciosamente sus recreaciones bíblicas para retratar
morbosas relaciones pasionales, libres así de censura.
Pues resulta que, en realidad, "Mongol" ofrece
una visión mesiánica de Gengis Khan. Así,
el caudillo centroasiático no sólo se salva
milagrosamente de las aguas, como Moisés (aunque en
la película actual, por rizar el rizo, haya un salvamento
milagroso por bobina); no sólo sufre el cautiverio
y el exilio como el hebreo; no sólo, como el profeta,
une a su pueblo para elevarlo por encima de la indigencia
o la barbarie, sino que también recibe la revelación
divina de su Sinaí particular (una escarpada montaña
que pasa por ser el lugar sagrado de los mongoles), donde
en lugar de la zarza ardiendo hay un lobo que aparece de la
nada y merodea por ahí como un espíritu guardián.
Evidentemente, vistas así las cosas, los truenos de
la gran batalla final vienen a ser como el ángel exterminador
que se extendía en forma de relámpago verdoso
para dar cuenta de los primogénitos egipcios, y esas
oleadas de nubes negras que se apelotonan en el centro del
campo de batalla, como el Mar Rojo que se abría y luego
se cerraba para facilitar la huida de los israelitas. ¡Bah!
El neoclásico posmoderno.
Como
cabía esperar, habida cuenta de su responsable, más
solvente resulta "El intercambio", última
película de Clint Eastwood estrenada en España.
Sin embargo, también presenta graves problemas, en
este caso relacionados con el consabido empacho de clasicismo
mal entendido de que suele hacer gala el americano. Como prueba,
hay una serie de soluciones que se pretenden clásicas,
pero que no son más que truquejos a los que ningún
clásico auténtico fue nunca tan aficionado como
nuestro autor-actor, y que finalmente, pues el guión
deniega la posibilidad de arbitrariedad alguna, transforman
la necesidad en previsibilidad. Por ejemplo, si mamá
Collins mide la estatura de su vástago, sabemos inmediatamente
que más pronto o más tarde este hecho supuestamente
(¿supuestamente?) anodino tendrá su relevancia.
Más claramente: cuando mamá Collins se despide
del hijo Walter para ir al trabajo, Eastwood no resiste la
tentación de incluir el consabido travelling de alejamiento
subjetivo desde la persona que se va a la persona que se queda,
consabido en situaciones de despedidas definitivas, así
que resulta evidente que el pobre Walter va a desaparecer
del mapa fílmico antes de que su mamá vuelva
del trabajo. Compárense ambos casos con estrategias
similares de, estos sí, clásicos, donde los
momentos no se exhiben como adelanto de nada, sino que se
muestran en su justa medida: la canción que Jo McKenna
canta al alimón con su hijo en "El hombre que
sabía demasiado" (Alfred Hitchcock, 1956)
no señala al espectador tontorrón que más
tarde la tonadilla tendrá su importancia dramática,
sino que simplemente atestigua el cariño y buen entendimiento
existente entre madre e hijo (cuya posterior desaparición,
por cierto, es más efectiva al no venir anunciada por
ninguna premonición barata). O también, el último
plano sobre el menor de los Earp en "Pasión
de los fuertes" (John Ford, 1946), cuando los otros
tres hermanos lo dejan en el campamento, es un plano fijo,
sin travelling subrayador que valga, cargado de una melancolía
y una ambigüedad que, precisamente por su no previsibilidad,
consigue elevar el momento a una esfera poética con
la que Eastwood no puede ni soñar. En fin, "El
intercambio" está llena de detalles por el
estilo, aunque quizás el más llamativo sea el
abandono de la línea central de la madre que busca
a su hijo por la inesperada investigación del caso
de un menor fugado, que evidentemente (es una película
de Clint Eastwood) no es una digresión o un cortocircuito
de la línea argumental maestra, sino un aviso, una
justificación apriorística, de por dónde
va encarrilarse la trama a no tardar.
Tangencialmente,
se debe señalar que el hecho de incorporar la subtrama
del menor y el psicópata muy avanzado el metraje imposibilita
una prometedora elaboración sobre el tema del doble:
claro, que haberlo hecho así tampoco le garantizaba
el éxito artístico, como demuestra el fracaso
de los Coen con la reciente "No es país para
viejos". Que no es éste un reproche injustificado
del analista lo demuestra uno de los puntos "fuertes"
de la película: la confrontación final entre
el asesino y la madre, trasvasada por cierto de la extraordinaria
"El infierno del odio" (Akira Kurosawa, 1963),
sólo que abandonando la cortante sequedad de la predecesora
para abrazar el exceso melodramático y abundar en las
capacidades histriónicas de sus actores (mira por dónde,
como sucede en "Mongol": ¿qué
casualidad?). Al fin y al cabo, Eastwood, mal que les pese
a sus legiones de admiradores, es un director comercial
Se debe conceder, sin embargo, que la parte del psicópata
contiene lo mejor del film, al estar realzada por una excelente
composición de Jason Butler Harner y contener una notable
escena de ahorcamiento (que es lo mejor del trabajo del director
en este título), hasta el punto de que se llega a lamentar,
ya no sólo por motivos discursivos, sino incluso por
mero entretenimiento, que Eastwood no haya hecho más
hincapié en la presentación de las dos historias
paralelas, o incluso modificado la inclinación de la
balanza. Pero, al fin y al cabo, ya se sabe, al realizador
americano no le interesa elaborar discursos, sino simplemente
contar historias; y, si son de denuncia de las instituciones
americanas, mejor que mejor, que así se ve lo concienciado
que está.
Se
debe señalar también que Eastwood ha fracasado
al intentar dotar de ambigüedad la aparente recuperación
del niño desaparecido (¿tiene razón la
madre y ése no es su hijo?, ¿o tiene razón
la policía y la mamá es presa de los trastornos
mentales?). Y ha fracasado, simplemente por rizar el rizo
al intentar alargar la situación mucho más de
lo debido y retrasar tramposamente ¡más de un
cuarto de hora! el desenmascaramiento del impostor por otras
personas: ¿es que a Walter Collins sólo lo conocía
su mamá?, ¿no tenía amiguitos en el barrio
o en la escuela? Se adivina aquí una hueca (¿para
qué marear la perdiz?) e inútil (es evidente)
emulación del inmarchitable Hitchcock de "Alarma
en el expreso" (1938); y es que, evidentemente, no
es lo mismo equivocar la identidad de una persona en un tren
ocupado por desconocidos que en el barrio de toda la vida.
¡Por favor!
Así
las cosas, en "El intercambio" acaba por
pesar más lo negativo que lo positivo, llevándose
la palma su decidido e irritante abrazo al tópico,
que lleva a replantearse la cacareada adscripción del
director a un posible (neo)clasicismo como una mera pose o,
no se sabe que es peor, como la premeditada utilización
de viejas fórmulas de probada eficacia para el espectador
poco exigente. Y que la crítica vea en Eastwood al
heredero del cine clásico es francamente preocupante
(al paso que vamos, un día de éstos "El
mago de oz" de 1939 va a ser jaleada como una obra
maestra). Hay tópicos interpretativos (¡qué
bien llora Angelina Jolie!), tópicos de caracterización
(¡si hasta en el manicomio tiene Angelina los ojos pintados!),
tópicos visuales (el cigarrillo que se consume solo
durante la escalofriante confesión del chico), tópicos
de diálogo (que a una compañera de sanatorio
le espete Angelina que una señorita no dice esas palabras,
refiriéndose a joder, da simplemente risa, pero que
el alcalde suelte el sempiterno "estamos en época
de elecciones" para contener a sus subordinados y así
sofocar el escándalo, casi da ganas de llorar, tan
burdo es el lugar común), tópicos de marisabidillo
que adivina el futuro setenta años después (se
asegura en el film que "Sucedió una noche"
es muy superior a "Cleopatra", cómo
no: ¡qué besugo el público de 1934!);
hasta, lo juro, hay tópicos estadísticos (como
el descacharrante dato de que la tal Mrs. Collins fue la primera
mujer en treinta años en ser admitida en San Quintín
¡para visitar a un asesino en serie! ¡¡la
víspera de su ejecución!!: ¿a quién
diablos le importa?). En resumidas cuentas, tópicos
de todo tipo.
Aunque
quizás, por sibilinos, los peores sean ciertos tópicos
estructurales: ¿por qué Eastwood se empeña
en incluir flash-back tras flash-back en los
relatos de los personajes (algo que ningún clásico
se habría planteado siquiera y que, caso de hacerlo,
nunca lo habría hecho tan rígidamente)? ¿Por
qué coinciden con momentos dramáticamente fuertes
(que en el cine actual quiere decir violentos)? Se adivina
aquí otra flagrante contradicción del director
Eastwood: él puede pretender depurar sus películas
y llevar a sus personajes a una ascesis casi dreyeriana, pero
es incapaz de renunciar al espectáculo en su acepción
más llamativa y fácil.
Bresson
decía que en cine no se había hecho nada. Eastwood
debe de ser de los que piensan que ya se ha hecho todo: por
eso ensambla piezas provenientes de otros filmes. En la apropiación
de lo ajeno, los posmodernos prefieren las citas inequívocas
a iconos del cine, bien populares, bien pertenecientes a directores
señeros. Los neoclásicos optan en cambio por
hurgar en esos recursos poco llamativos, pero seguros, que
conforman una especie de cajón de sastre del cinematógrafo,
recursos reciclados una y mil veces, tantas, que ya parece
que nunca pertenecieron a nadie. Quizás el tiempo ponga
en su lugar a este ídolo con pies de barro.
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De
plebeyas y duquesas
Por Fernando
Usón
Resulta fácil, y a buen seguro
casi todo el mundo lo hará, arremeter contra la última
producción de José Luis Garci, "Sangre
de mayo" (2008). Ciertamente la película merece
reproches de todo tipo, pero el ensañamiento general
contra el director madrileño no acaba de comprenderse
del todo, pues al fin y al cabo su película no es peor
que la casi totalidad de las (mal)paridas por el cine español
en los últimos tiempos
cabe decir los últimos
veintitantos años. Pues, pese a su peculiar idiosincrasia,
si bien se mira, Garci se incluye sin trauma dentro del grueso
del cine comercial de este país, que sigue obedientemente
la estrecha canalización que impusieron los decretos
Miró de protección a la industria cinematográfica
allá por los primeros años ochenta, decretos
cuya consecuencia más aparente fue la protección
económica a un tipo de cine y sólo uno, el que
nos toca sufrir a los espectadores españoles sin descanso.
Pues el cine patrio, ése que defiende la sacrosanta
academia a capa y espada, resulta ser un cine carente de todo
riesgo, académico hasta el sopor, aburrido y previsible,
cobarde y débil, fláccido y amorfo. No hay lugar
para la inventiva visual, ni siquiera para el mínimo
desmarque, no digamos ya salidas de tono de tipo formal: así,
es significativo que se alabe el uso más rancio del
plano-contraplano como única manera posible de filmar
una conversación y que, por el contrario, sea anatema
el más modestito salto de eje. Si la elaboración
formal resulta, si es que llega a resultar algo, lo más
anodina posible, tampoco la transmisión de ideas en
su vertiente más elemental, es decir, los guiones literarios,
parece haber corrido mejor suerte. El cine español
es el paraíso de lo políticamente correcto y
cualquier hereje que ose desmarcarse de sus discursos bendecidos
por las instituciones corre el peligro de ser condenado al
ostracismo, si no a la hoguera mediática. ¿Cuántos
oportunistas no se habrán subido ya al carro del cine
sobre malos tratos, sobre racismo, sobre tantos temas "candentes",
para dar a entender lo progresistas que son? En fin
Lo
cierto es que Garci, pese a habernos colado algún simpático
salto de eje en su último film, se ubica claramente
en esta doble tendencia del cine español, la de la
corrección formal y la política. En algunos
casos incluso llega a exacerbarla tanto, que inopinadamente
la deja al descubierto cual caricatura o carnaza. ¿A
ello se debe la acogida siempre hostil dispensada a sus filmes
tanto por la crítica como por el público? Pero
vayamos por partes.
Las
formas.
Buscar
novedad en una película de Garci es algo así
como buscar ballenas en los Pirineos: el director siempre
ha pretendido hacer un cine totalmente encuadrado (y enrejado)
por el cine clásico, ya desde su famosa y oscarizada
"Volver a empezar" (1982), que no era más
que un pastiche del gran Douglas Sirk, del que se había
heredado su aparente mansedumbre, pero desestimado su virulencia
interna. El madrileño nunca busca alardes formales,
ni siquiera momentos tímidamente imaginativos, pues
se conforma con ofrecer planos narrativamente prácticos,
si bien en su caso, en algo bueno ha de revertir su apasionada
cinefilia, habitualmente mejor construidos que los de sus
compañeros de profesión. Sin embargo, por aquí
comienzan los problemas y los parentescos de Garci con sus
colegas, pues muchas veces se tiene la sensación de
que las situaciones y los planos están bien construidos,
más que por una necesidad expresiva, porque así
se han visto en filmes anteriores de probada eficacia. Por
ejemplo y ciñéndonos a la película que
nos ocupa, sería el caso de, tras la ruptura de la
pareja, el joven Gabriel perdiéndose al fondo del pasillo
a la izquierda de plano, mientras Anastasia queda quieta,
en primer término (no en primer plano) a la derecha,
plano heredado de un momento similar de la imperecedera "Forty
Guns" (Samuel Fuller, 1957); o, en otro sentido y
en este caso no hay duda, el casamiento improvisado de la
parejita protagonista efectuado por el monje Celestino está
tomado directamente de la no menos inmortal "Adiós
a las armas" (Frank Borzage, 1932). Ciertamente no
mucho que objetar, por bien integrados, a estos dos ejemplos,
pero más discutibles resultan otros momentos. Así,
el ofrecimiento de Inés a Gabriel de una aguja lanera
para que recuerde sus humildes orígenes cuando se le
hayan subido los humos sirviendo a la duquesa es una clara
transposición de esos truquillos del cine clásico
para crear complicidad con el espectador, pero aquí
resulta bastante chocante (¿qué hace Inés
con una aguja?, ¿será Gabriel masoquista?).
Otro ejemplo lo ofrece, en la secuencia de la carga del Dos
de Mayo, el plano tomado desde el interior del comercio, clarísima
cita a una célebre y siempre alabada imagen de la magistral
"Imitación a la vida" (Douglas Sirk,
1959), que en el film actual no se sabe muy bien a cuento
de qué viene. Aunque la alusión más chirriante
tiene lugar hacia el final del film, cuando el director, tras
la secuencia de los fusilamientos del Tres de Mayo, ni corto
ni perezoso nos lleva al Madrid actual y ultramoderno, igual
que hacía Scorsese al final de su discutible "Los
gangs de Nueva York" (2002), como queriendo ilustrar
ese deseo de un personaje del film de que no se olvide a los
héroes patrios
sólo que el salto en el
tiempo resulta tan brusco y zafio que, más que necesario,
se siente absolutamente improcedente.
Así
que, en realidad, aunque no lo pretenda, Garci, el clásico,
se encuentra más próximo de lo que él
seguramente cree de esos otros directores de citas, los posmodernos,
aquéllos que no son capaces de construir un estilo
propio y por eso rapiñan el de los demás, como
puedan ser preclaramente el mediocre de la Iglesia o el execrable
Amenábar. Es sabido que los extremos se tocan
Aparte,
hay cuestiones que atañen exclusivamente al madrileño,
como su languidez característica, que parece alargar
las secuencias gratuitamente, con pausas y más pausas
aun dentro de una misma frase, y que supone una flagrante
contradicción interna, pues en el cine de Garci no
se intenta tanto elaborar un estilo y dramaturgia propios
como recuperar el modelo clásico, del que se hace caso
omiso de uno de sus rasgos determinantes, el de la economía
temporal. Parece mentira también que un hombre que
tiene más de veinte títulos a sus espaldas muestre
prácticamente todas las localizaciones exteriores en
los créditos iniciales, sin guardarse ningún
as en la manga, lo que acaba por revertir en una sensación
de penuria de medios que no es la que debería destilar
precisamente la, en términos generales, muy cuidada
reconstrucción histórica de "Sangre
de mayo". Como también, más anecdóticamente,
que el protagonista se oculte de los franceses por la noche
en un portal ¡completamente iluminado!, ¡¡y
no lo vean!! Habría bastado con apagar unos focos
Los modales.
Pero
no sólo por sus citas a otros filmes preexistentes
y por sus insuficiencias propias está Garci próximo
al resto del cine español. Lo está por su blandura
y domesticación. Que las recreaciones de época
de los últimos tiempos son poco convincentes, por pulcras
(juro que, de creer la ambientación de "Sangre
de mayo", las calles madrileñas estaban más
limpias en 1808 que en el año corriente), es algo común
al cine mundial. Pero uno, sinceramente, ya está harto
de estas películas españolas donde todos los
personajes hablan igual, da lo mismo su extracción
social que su origen geográfico: ya hace unos años
la igualmente académica "Silencio roto"
ofreció un triste ejemplo de lo mismo, con esos pueblerinos
que hablaban a media voz, como si no estuvieran en el campo,
sino en una biblioteca, o mejor, en misa. Aquí, "Sangre
de mayo", demócrata ella, nos presenta plebeyas
que hablan tan bajito como las aristócratas, taberneras
tan finas como las duquesas, costureras que se piden las cosas
por favor ¡a comienzos del siglo XIX! Ciertamente, por
favor
Lo mismo cabe decir respecto de los acentos locales,
donde sólo un personaje parece tener un leve deje andaluz.
¡Si hasta el protagonista Gabriel, gaditano él,
resulta que habla con el acento de un coleguilla madrileño
de serie de televisión! ¿Dónde ha ido
a parar todo el gracejo y desparpajo, la mala educación
si se quiere, de las clases populares de este país,
que tan bien supieron reflejar tantas películas de
los años cincuenta y sesenta? ¿Dónde
su diversidad cultural, patente por los acentos tan diversos?
Pero
es más, Garci resulta ser otro, otro más, que
se ha subido al carro de lo políticamente correcto:
por muy finolis que sean sus costureras y taberneras, son
tan aguerridas como el que más. Así, en estos
tiempos en los que debemos padecer la ley de paridad (y las
paridas de más de una ministra que, sin la preciada
división, visto lo visto, o mejor oído lo oído,
nunca habría ocupado el cargo), se obliga, retrospectivamente
claro está, a acatar dicha ley a los españoles
de hace doscientos años: ¡si en las cargas y
en los fusilamientos hay casi tantas mujeres como hombres!
La manipulación es tan descarada que Garci no tiene
empacho alguno en citar nada menos que a Francisco de Goya
y Lucientes y sus celebérrimos cuadros sobre la rebelión
madrileña, y hasta hacerlo, en un giro de guión
absolutamente mágico por más previsible que
sea, testigo de los nefastos acontecimientos, al mostrar al
pintor tomando apuntes de los fusilamientos ¡al natural!
Si algún despistado, o más bien marciano, no
conoce los cuadros del genio aragonés, puede que no
se extrañe de la presencia de mujeres en sendos acontecimientos
pero resulta que Goya no retrató ni una sola en "Los
fusilamientos del Tres de Mayo" y si acaso una, en
muy segundo término y prácticamente desapercibida,
en "La carga de los mamelucos". ¿Por qué
entonces citar al pintor e intentar, pues en intento se queda,
reproducir calcaditos nada menos que "Los fusilamientos"?
¿Por qué apelar a documentos históricos
para manipularlos burdamente en función de las consignas
políticas del momento? Algunos, por desgracia muchos
en este país, parecen el perro Pipo de la propia película:
siempre cambiando de cartel en función de quien gobierne.
El discurso.
Esto
nos lleva a otra espinosa cuestión: ¿qué,
en realidad, ha intentado transmitir la película? ¿Una
loa a los héroes de la Guerra de la Independencia en
la línea de la famosa y desgreñada "Agustina
de Aragón"? ¿O más bien una
crítica a los estamentos dominantes y sus sempiternas
manipulaciones, más sibilinas hogaño que antaño,
de las clases trabajadoras para conservar el poder?
Para
dilucidar mejor el discurso de "Sangre de mayo",
aquello que antes se denominaba pomposamente el mensaje de
la película, antes se debe tratar otra cuestión
que, una vez más, liga el cine de Garci con el de tantos
compañeros suyos de profesión. Pues por la película
planea la sempiterna sombra de Jean Renoir, que tanto gusta
citarse y en realidad tanto daño está haciendo
al cine contemporáneo: me refiero al consabido aforismo,
reivindicado ahora al parecer por todo quisqui, de que todos
tienen sus razones. En Renoir esto podía funcionar,
aunque no siempre, y más en sus obras de los treinta
y algunas americanas que en las últimas, pero en los
directores de hoy en día el dicho resulta francamente
pernicioso, pues hace desembocar las películas en una
irredenta blandura en lo que al retrato de personajes y a
las ideas enarboladas toca. ¡Cómo se añora
a alguien con las agallas de un Fuller, que planteaba sin
tapujos que, aunque todos tengan sus razones, algunos son
unos cabrones! Y no deja de tener guasa que precisamente en
estos tiempos que nos ha tocado vivir de regresión
solapada a la superstición y la barbarie, los cineastas
sean más acomodaticios y conciliadores, menos arriesgados
y críticos que nunca.
En
"Sangre de mayo" todos los personajes son
igualmente buenos, pues todos tienen sus razones, incluidos
conspiradores, manipuladores y hasta la irresistible pareja
de avaros formada por Tina Sáinz y Miguel Rellán
(lo mejor y los mejores de la función). En "Sangre
de mayo", por no arremeter, no se arremete ni contra
los franceses que, de tan buenos y de tan buenas razones que
seguramente deben de tener, se limitan a cabalgar de ciento
a viento atravesando el encuadre, pero a los que nunca vemos
atosigando a los hispanos, molestando a las mujeres, ni siquiera
destrozando enseres, apropiándose de las cosas u enseñoreándose
de los lugares. Tanto es así, que la revuelta popular
del Dos de Mayo, tal y como está narrada, de injustificada
e incomprensible, parece más bien una especie de happening
surrealista. Esto es un fallo garrafal, un error sin paliativos
de la película, por cuanto que la rebelión no
sólo justifica, al menos institucionalmente, la existencia
del film, sino que todas las historias de cada personaje acaban
por desembocar y converger en el supuesto momento cumbre.
¿Qué
es entonces lo que de verdad le ha interesado a Garci? Pienso
que claramente dos cuestiones. La primera es la historia de
amor, que es la que mayormente ocupa el metraje de la película
hasta olvidarse de la crónica social. Aquí también
existe una blandura muy típica del cine español
(¡qué buenos son los dos tortolitos!) y otra
más consustancial a Garci (su casi casta relación
que, cuando hay escenas de cama, por supuesto excluye la exhibición
de zonas tabú del cuerpo de los intérpretes).
En conjunto, la relación amorosa resulta poco o nada
interesante, pues, resumiendo, le sobra contención
y le falta arrojo (lo que bajo ningún concepto se podía
reprochar al modelo de "Adiós a las armas").
La
otra cuestión que ha parecido interesar al madrileño
podría describirse como la impotencia del arte para
hacer frente a la historia. Por ahí es por donde cabe
entender las numerosas conversaciones entre los cómicos
encarnados por Carlos Larrañaga y Francisco Algora,
pero por desgracia éstas se antojan poco orgánicas
en el conjunto de la película y a veces se pone en
boca de los personajes con demasiada ligereza reflexiones
poco creíbles de haber sido formuladas en la época
en la que se ubica la historia: el mensaje, ya se sabe. Hay,
no obstante, un apunte que resulta la aportación más
interesante de Garci y que consiste en hacer que muchos de
los personajes principales contemplen consternados la carga
de los mamelucos desde el interior de sus casas, reencuadrados
por las ventanas. Este conjunto de imágenes es muy
atractivo, y lo habría sido más si el resto
de la película hubiera estado a altura cotejable, pues
define a unas personas que pretenden quedar ajenas a la vorágine
de la historia para poder continuar con sus estrechas vidas
y peculiares manías. Ahora bien, su mayor interés
resulta ser intertextual, pues inopinadamente define la esencia
no sólo de "Sangre de mayo", sino
de todo el cine español: unos realizadores y unos profesionales
que prefieren encerrarse en sus burbujas y en sus quimeras
para no contaminarse con la sucia realidad, que prefieren
ignorar las corrientes y acontecimientos reales, como mucho
las contemplan de mala gana y a regañadientes, para
seguir haciendo cine en el País de Nunca Jamás,
ese castillo en el aire que con tanto ahínco apuntala
año tras año la academia patria. ¡Que
la revolución la hagan otros!
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Cuarenta y pico años después
Por Fernando Usón
Por enésima vez la Filmoteca
de Zaragoza, ante la sempiterna cobardía y desidia
de los distribuidores y, por lo que se ve, del público
zaragozanos, ha debido tomar la iniciativa de estrenar uno
de los títulos más importantes de la temporada
y para mayor inri, en este caso, de lo que llevamos de siglo:
el último Alain Resnais, "Asuntos privados
en lugares públicos" (2006), título
español más aproximado a la novela que le sirve
de punto de partida, pero mucho menos adecuado que el original
del film, "Corazones", razón por la
cual en lo que sigue nos referiremos a él por su título
primigenio. Por lo demás, el estreno vía Filmo
ha sido una excusa ideal para dedicarle al director bretón
un nutrido y merecidísimo ciclo (codo con codo con
el dedicado a otro grande: Samuel Fuller), donde se han podido
admirar gran parte de sus documentales y de sus largometrajes,
en especial, entre los primeros, "Guernica"
(1950), "Las estatuas también mueren"
(1953) y "Toda la memoria del mundo" (1956) y, entre
los segundos, la emocionante "Hiroshima mon amour"
(1959), la inmarchitable "El año pasado
en Marienbad" (1961) y la vibrante "Muriel"
(1963), sin olvidar el juguetón díptico "Smoking
/ No Smoking" (1993) y la divertida "On connaît
la chanson" (1997). Algún que otro título,
no obstante, se ha echado en falta, en especial la extraordinaria
"El amor hasta la muerte" (1984), así
como una de sus dos obras cumbre, "Te amo, te amo"
(de 1968: la otra es, naturalmente, "Marienbad").
En
primera instancia "Corazones" parece prolongar,
y ciertamente culminar, la senda iniciada en la obra del director
hace ya más de veinte años por "La vida
es una novela" (1983), es decir, la práctica
de un cine musical y/o coral con unos presupuestos estéticos
y dramáticos relativamente más convencionales,
de cualquier manera más asequibles al público
mayoritario, que los de su filmografía anterior. Significativa
es al respecto la composición de las bandas sonoras,
que han pasado de contar con el concurso de nada menos que
Fusco, Henze o Penderecki al del actual y más ligero
Mark Snow, pasando por las colaboraciones de, por ejemplo,
Miklos Rosza o Philippe-Gérard. Se debe precisar, de
cualquier modo, que la mayor accesibilidad del último
cine de nuestro hombre no se debe tanto a que el espectador
medio hubiera ido asumiendo en el lapso que va de "Hiroshima"
a la película del cambio la libertad narrativa y temporal
enarbolada en los años sesenta por Resnais y por algunos
otros: al fin y al cabo, "Muriel" o especialmente
"El año pasado en Marienbad" siguen
siendo desafíos tan mayúsculos, si no más,
ahora como entonces. No; se trata de que probablemente Resnais
sentía que, tras haber alcanzado el cénit y
abandonado a finales de los cincuenta el documental trabajado
como material musical y fantástico, tras haberse lanzado
con sus largometrajes subsiguientes a la conquista del tiempo
y de los recovecos de la mente humana con éxito incuestionable,
a partir de "Te amo, te amo" la especialidad
del director de conjugar diversos tiempos y diversas narraciones
con élan musical parecía haber desembocado en
un callejón sin salida. La misma "Te amo, te
amo" había necesitado recurrir a un material
de ciencia-ficción para conseguir lo que otros filmes
anteriores elaboraban a partir de elementos cotidianos, aunque
en ella no importaba: al fin y al cabo, ya "Marienbad",
si bien ambiguamente, recurría a cierta mitología
de sesgo fantástico, o a la mitología sin más
y, en fin, "Te amo, te amo" se erigía
como una deslumbrante obra maestra, a la que tan sólo
"Marienbad" podía hacerle sombra en
el corpus del director. Los problemas vinieron después.
Tras su decepcionante film de época "Stavisky"
(1974), que truncó un posible cambio de rumbo, vinieron
"Providence" (1977) y "Mi tío
de América" (1980). En ambas se utilizaban
excusas un tanto peregrinas para ofrecer una dramaturgia típicamente
Resnais: la literatura en la primera y la ciencia en la segunda.
Sólo que en ambas el recurso resultaba artificial y,
lejos de engrandecer el discurso del director, lo empequeñecía
y lo relamía, hasta convertirlo en pura carcasa que
vender al mercado de arte y ensayo
igual que en esa
misma década sucedía con los cotizados Visconti,
Bergman y algún otro. "Providence"
era, no obstante, una buena película, pero, pese al
desmesurado prestigio que la arropó en la época
de su estreno, los años y las sucesivas visiones no
han hecho más que pasarle factura, y finalmente ha
resultado ser inferior a todas sus películas de los
sesenta, sin excepción, ni siquiera la más modesta,
pero aun así magnífica "La guerra ha
terminado" (1966). "Mi tío de América"
ni siquiera era un buen film.
Así
las cosas, "La vida es una novela" vino a
ser un soplo de aire fresco en el cine de Resnais: la musicalidad
siempre presente en sus trabajos se explicitaba bajo la forma
de canciones, su afición latente al cómic y
otros modos populares de expresión también salía
a la luz bajo la referencia a cuentos infantiles, y last but
not least, el sentido del humor, inexistente o sofocado en
trabajos anteriores, se ponía a campar a sus anchas
por todo el film. Para marcar más las diferencias,
diez años antes de que oficialmente Altman pusiera
de moda con su sobrevalorada "Vidas cruzadas"
ese tipo narrativo, el francés se lanzó a tejer
una auténtica película coral: en los personajes,
en las texturas, en los modos narrativos
Puede que el
resultado final no fuera tan destacable como en tantos títulos
anteriores, pero aun así era estupendo, aparte de que
reactivara la adormilada creatividad del director
si
bien, paradojas del destino, su mejor película posterior,
al menos hasta hace bien poco, "El amor hasta la muerte",
se desmarcara nítidamente de la última tendencia
general de su autor y recuperara su gravedad proverbial, carente,
eso sí, de malabarismos temporales. Al último
cine coral y/o musical de Resnais cabe adjudicar otras dos
excelentes películas, "Smoking / No Smoking",
que cuenta con la peculiaridad de proponer una decena de personajes
interpretados por dos únicos actores, y "On
connaît la chanson", homenaje no carente de
ironía a la canción popular francesa como reflejo
y expresión del ser humano en su faceta más
patética y enternecedora. También a dicha tendencia
pertenece la no estrenada en España "Pas sur
la bouche" (2003), aunque ésta quepa contarse
más bien entre los Resnais fallidos.
"Corazones"
se integra en la corriente dominante del último
Resnais, al mostrar con tono empático, humorístico
y ligero las evoluciones y relaciones, las dudas y vaivenes
de múltiples personajes de vidas entrelazadas, en concreto,
seis y medio. Sin embargo, bien mirada, la película
resulta ser, inopinadamente, la más próxima
del director ¡a "El año pasado en Marienbad"!
Ya el plano inicial revela un singular maridaje con su monumental
predecesora, a la par que un ajuste al signo de los tiempos:
una animación infográfica de un barrio de París
barrido por la nieve. La notoria irrealidad propuesta por
la imagen, de hecho, puede encontrar ecos en "Smoking
/ No Smoking", pero casa peor con los entornos más
realistas de "La vida es una novela" y "On
connaît la chanson", para en cambio presentar
un indudable parentesco con la gran obra maestra de Resnais,
gracias a ese dibujo que en "Marienbad" mostraba
el plano del balneario: así, "Corazones"
presenta desde el inicio un entorno tan fuera del tiempo y
del espacio como lo era el antológico balneario y cuya
estilización y aislamiento lo denuncia como laberinto
que atrapa y encierra a los personajes. Pero hay más
concomitancias que avalan que ciertas corrientes subterráneas,
aunque no lo advirtiéramos, han seguido fluyendo por
el cine de Resnais a lo largo de estos cuarenta y pico años.
Así, si en "Marienbad" los personajes
se extraviaban en la desconcertante maraña del tiempo,
en "Corazones" lo hacen en la de sus propias
debilidades e inconsecuencias; si en "Marienbad"
se perdían por corredores inhóspitos y siniestros,
en "Corazones" oscilan, a la manera cuántica,
entre un minúsculo puñado de lugares, se adivina
que desplazándose por la incógnita ciudad nevada;
si en "Marienbad" alternaban en las instalaciones
del palacio, en "Corazones" se encuentran
en los bares, los hoteles o las oficinas; si "Marienbad"
culminaba con el abandono del balneario por la pareja encaminándose
¿a qué?, en "Corazones" algunos
personajes acaban mudándose y, de cualquier forma,
todos ellos se aprestan a comenzar una nueva vida; si en
"Marienbad" algún que otro personaje
(¿el amante?, ¿el marido?) apuntaba a una cualidad
metafísica, o simplemente metafórica, en "Corazones"
Charlotte llega a alcanzar cierta ambigüedad que, pese
a la acerada ironía con que se la retrata, parece apuntar
a otra dimensión; si en "Marienbad"
el balneario despedía un hálito tan fatídico
que sus ocupantes, que sin duda habían bebido del agua
del Leteo, parecían deambular por el mismísimo
Hades, en "Corazones" Charlotte explicita
la idea y asegura que el infierno habita en nosotros mismos;
en fin, y a título ilustrativo de lo anterior; si en
"Marienbad" la ominosa y ensordecedora música
de órgano delataba la ubicación infernal, en
"Corazones" lo hace la tonadilla discotequera
que sirve de fondo al ¿improvisado? espectáculo
erótico que Charlotte le brinda al padre de Lionel
en un arranque ¿de ofuscación o de piedad cristiana?
Incluso hay ecos más anecdóticos, como que Nicole
quede arrinconada en una esquina del apartamento, tal y como
se arrebujaba Delphine Seyrig en los rincones de su lujosa
cámara.
Si
todas estas similitudes unen las dos propuestas y parecen
apuntar a intereses compartidos, lo cierto es que sus diferencias
de tono y de discurso, sus alcances tan diversos, parecerían
revelar un abandono de los intereses metafísicos de
su director, o, cuando menos, una cesión a la baja.
La diferencia la ilustran inmejorablemente los planos de los
decorados de ambas películas, el gran plano general
sobre el París nevado de "Corazones"
y el inserto del dibujo enmarcado de "Marienbad":
mientras en el film de 1961 un simple dibujo denunciaba la
condición laberíntica e irreal, en última
instancia bidimensional, del lujoso balneario mediante una
lámina enmarcada en sus mismos pasillos (lo que, además,
generaba una vertiginosa sensación de caja china),
en "Corazones" el ordenador otorga una apariencia
tridimensional a un decorado plano, dándole un aire
más realista y una función más cercana
al plano de situación, y aminorando en principio las
consideraciones de orden metafísico. Así que
una tecnología más cara y compleja, paradójicamente,
parece revertir en un abaratamiento de los discursos. Con
el paso de los años, Resnais, pues, ha pasado de lo
cósmico y lo olímpico a lo meramente terrenal,
se ha hecho mucho más asequible
pero quizás
algo ha perdido por el camino. De cualquier forma, una vez
señalada esta evolución o involución
(que los que nunca gustaron del director considerarán
sin duda positiva), se debe advertir que sería injusto
desestimar por ello precisamente el último Resnais.
En efecto, puede ser, y es, menos radical y genial que "Marienbad",
y también que "Hiroshima mon amour",
"Muriel" y "Te amo, te amo"
pero al fin y al cabo éstas son obras maestras del
cine y, en particular, "Marienbad" una de
las grandes películas de la historia. Sin embargo,
"Corazones", y no se le puede hacer mejor
elogio, no desmerece de ellas, pues rebosa de méritos
que le garantizan la excelencia.
Para
empezar la mayor liviandad de "Corazones"
no le ha impedido a Resnais inmiscuirse en su ficción
como demiurgo supremo, igual que hacía en sus filmes
primigenios, y en realidad también en los últimos
(canciones intempestivas, interiores que figuran exteriores,
dos aguerridos actores que encarnan una miríada de
personajes), aunque aquí dichas intervenciones resulten
menos evidentes que nunca, lo que hace aparentar a su último
film aún más convencional (tratándose
de quien se trata, claro) que los anteriores. Apariencia engañosa,
debemos matizar. Pues la mirada escrutadora, casi determinista,
del demiurgo, aunque más disimulada, sigue estando
presente y dejándose notar, tal y como delatan ese
par de cuadros que dirigen, insolentes, su mirada a cámara
y parecen ofrecer un contrapunto irónico a las acciones
de los personajes. También algunas estrategias y momentos
dejan bien claro que el cineasta bretón sigue operando
sobre los seres creados por él como los científicos
futuristas de "Te amo, te amo" lo hacían
sobre Claude. Por ejemplo: al medio personaje, Arthur, el
padre de Lionel, siempre se le oye, pero nunca se le ve, por
lo que su presencia origina una curiosa tensión en
el espectador; o también, el tantas veces comentado
momento estrella de la película (aunque en nuestra
opinión algo impostado y de cualquier forma lejos de
ser el más brillante), la transformación de
una anodina habitación en paisaje nevado, que subraya
el instante contundente e inexplicablemente
si no es
por la intervención del demiurgo. Pero hay más
momentos que revelan a un director que mueve a sus personajes
casi como a esas fichas de ajedrez que eran los veraneantes
del balneario de "Marienbad": así,
el picado cenital que sigue los movimientos de Nicole y Dan
en uno de los apartamentos propuestos por la inmobiliaria
los recoge recorriendo nerviosamente los pasillos y las habitaciones,
igual que hacían los ratones enjaulados de "Mi
tío de América". La imagen es potente
(y magistral) por dos motivos: primero, porque la presentación
de la planta de la casa como laberinto, al fin y al cabo igual
que lo eran los corredores y los jardines del balneario, acaban
por colocar, como hemos dicho, "Corazones"
como prima hermana de "El año pasado en Marienbad";
y, segundo, porque revela limpiamente la esencia de la propia
película: unos personajes prisioneros de sus vidas
que se mueven, o mejor deambulan, como ratones de laboratorio.
Las
contradicciones e impedimentos que en los largometrajes de
Resnais de los sesenta y setenta atenazaban a los personajes
y que no pocas veces parecían imponerse por un ser
casi supremo desde dentro o fuera de la ficción (los
científicos de "Te amo, te amo", el
escritor de "Providence", el propio director),
desde "La vida es una novela" se dejan destilar
fundamentalmente a partir de la dinámica establecida
por ellos mismos, más definidos psicológicamente
en la actualidad y más anclados en las convenciones
interpretativas del momento, más amoldados a los cánones
convencionales por tanto (lo que no es óbice para que
todos los actores de "Corazones" hagan un
trabajo excepcional) que en los años sesenta especialmente,
donde muchas veces los seres (re)creados por el director se
constituían como efigies esenciales y misteriosas a
la manera más moderna de, pongamos, los retratos de
un Modigliani. Si antes los personajes quedaban de manera
estilizada paralizados, casi momificados, en un tiempo giratorio,
no se sabe si atómico o cósmico, que les obligaba
a repetir los mismos actos y vivir las mismas experiencias
una y otra vez, últimamente se les permite evolucionar,
aunque siempre circularmente, de una manera más naturalista
y más liviana, otorgándoles el espejismo de
la evolución y el cambio: como en un tiovivo, vamos.
"Corazones" ocupa un lugar ambiguo en el último
cine de su autor, pues las trayectorias obsesivas y circulares
de sus personajes, más que obedecer a su propia idiosincrasia,
como en los filmes más cercanos, parecen responder
a un designio o una condena preliminar: así, la beata
Charlotte oscila continuamente entre la oficina y su trabajo
extra como cuidadora de ancianos; Thierry acaba siempre sentado
delante del televisor para contemplar los vídeos ofrecidos
por Charlotte; Lionel se limita a estar en su exigua casa
y en el lujoso hotel donde trabaja como barman; Dan ahoga
sus frustraciones en el mismo hotel donde trabaja Lionel;
Gaëlle intenta escapar de su soledad acudiendo a citas
a ciegas siempre en el mismo bar; y en fin, el caso más
elaborado, Nicole se pierde y vaga continuamente por las plantas
y pasillos de apartamentos sin cuento, de los que pretende
inútilmente hacer su nuevo hogar.
Si
la misma nieve que cae persistentemente a lo largo del film
(y que recuerda poderosamente la nieve cósmica de "El
amor hasta la muerte") encapsula y enjaula, cual
telaraña, a los personajes, Resnais ha ido más
lejos y, en un antológico trabajo de decorados como
hacía años que el cine no ofrecía, ha
presentado numerosas rejas o tramas que aprisionan a los personajes,
los separan entre sí y los condenan a la soledad; a
decir verdad, ninguna reja literal, todas ellas metafóricas:
así, la mampara de líneas blancas y verticales
que delimita las mesas de Charlotte y Thierry en la oficina
donde ambos trabajan, las cortinas de colores ígneos
del hotel tras las que se refugia Lionel y que ocasionalmente
lo separan de Dan, la rejilla de entrada al apartamento de
Nicole y las cortinillas que crean la ilusión de apartar
el dormitorio de la zona de estar, la pared panelada de la
vivienda de Thierry y Gaëlle, los mismos tabiques de
las casas, habitadas o vacías
Consecuentemente
la comunicación en "Corazones" resulta
ser mero espejismo: los pobres seres que deambulan desconcertados
por sus espacios, sea cual sea su carácter, magníficamente
definido por las asociaciones cromáticas (blanco gélido
para Charlotte, colores saturados y descompuestos para Dan,
grises y negros para Nicole, ocres mortecinos para Lionel,
fríos azulados para Thierry, cálidos anaranjados
para la anhelante Gaëlle), están condenados a
la soledad y la incomprensión mutua. Hasta los contactos
entre los personajes parecen tener lugar a través de
burbujas, por lo que se revelan aparentes y fútiles,
intentos fallidos desde ámbitos irreconciliables: Gaëlle
tan sólo deja intuir su lado más auténtico
a su hermano Thierry (involuntariamente, además) por
su deambular reflejado en el espejo de la entrada del apartamento
que comparten; Lionel y su padre hablan a través del
tabique que separa la cocina del dormitorio del anciano y
nunca parecen compartir espacio; al anciano Claude de hecho
nunca se le ve y todos sus diálogos son en off; Charlotte
sólo puede vivir su reprimida sexualidad mediante el
exhibicionismo y tan sólo acepta (¿o es involuntario?)
ofrecerla a Thierry mediante las cintas de vídeo que
ella misma se ha grabado; Lionel ofrece conversación
a Dan, pero siempre conservando la distancia que marca su
profesión de camarero; Gaëlle y Dan parecen congeniar,
pero, al recostarse borrachos en la escalinata del hotel,
su imagen reflejada en el espejo no hace más que denunciar
lo ilusorio de sus esperanzas. Aunque la más hiriente
negación, ya hacia el final de la película,
viene con la tercera cinta que Charlotte le ofrece a Thierry:
en contra de las previsiones propiciadas por las dos grabaciones
anteriores, tras el inenarrable programa "Canciones
que marcaron mi vida" ya no aparece ninguno de los
modosos strip-tease de la puritana, sino tan sólo la
nieve de la cinta de vídeo sin grabar, una nada absoluta,
que con su opacidad e impenetrabilidad, es el reflejo metafórico
de la nieve atmosférica que cae sobre un París
intuido.
En
"Corazones" la gelidez de la ciudad se corresponde
con la de los apartamentos e interiores, tan blancos como
la misma nieve, tan mortecinos y tenebrosos como la noche,
tan inhóspitos como el mismo infierno (¿a ello
se deben los colores flamígeros del hotel?), aunque
exista la única excepción del apartamento de
Nicole
sólo que ésta pasa más tiempo
en los pisos vacíos e impersonales que le ofrece la
inmobiliaria que en su propia vivienda. A su vez, la frialdad
del entorno no es más que un eco de la de las relaciones
humanas, congeladas y agarrotadas, ilusorias e imposibles.
No obstante, hay algún contacto que se adivina sincero
con el que los personajes intentan insuflarse calor vital,
contactos dados por Resnais pertinentemente en planos cortos
o detalle: así, el bonito beso que Nicole le da a Dan
en su despedida definitiva, la caricia de Charlotte al brazo
de Lionel y el conmovedor plano final de la reconciliación
de los dos hermanos, con Gaëlle apoyando la cabeza en
el hombro de Thierry. Dichos contactos, aunque tardíos
y fugaces, tienen la fuerza de una revelación y, aunque
atenúan un punto la desolación existencial que
propone el film, refuerzan con singular contundencia el patetismo
de estos personajes en busca de cariño. Por ello, en
un final excepcional, Resnais muestra a dichos personajes,
ya solos y derrotados, ya obligados a cambiar de rumbo sus
grises vidas, con unas bellísimas grúas en picado
que los dejan solitarios y empequeñecidos, enternecedores
en su indefensión. Se trata, por si fuera poco, de
uno de los momentos desdoblados más bellos que ha dado
el cine: los personajes abandonan sus viviendas, sus vidas
anteriores
a la vez que la cámara del director,
emocionada, se despide de ellos.
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Contra el cine narrativo
Por
Fernando Usón
Ya que ningún cine comercial
de nuestra ciudad se ha dignado hacerlo, la Filmo de Zaragoza
se encargó hace un par de meses de estrenar la última
e inesperada obra del veterano cineasta Pere Portabella, "El
silencio antes de Bach" (2007). La aparición
de esta película alejada de las corrientes dominantes,
así como las palabras de introducción del director
antes de la proyección de su film, dan lugar a reflexionar
sobre una serie de cuestiones que afectan a la cinematografía
española y mundial desde hace, no ya años, sino
décadas: en concreto, la entronización de lo
anodino y el recorte de pensamiento; recorte, dicho sea de
paso, precursor y mucho más feroz que el recorte de
libertades al que se han lanzado los gobiernos, con las excusas
de la tradición en oriente y del terrorismo internacional
en occidente
Portabella
contrapuso su obra en la presentación al abusivo dominio
del cine narrativo, hogaño más avasallador que
nunca, soportado por esa legión de cegatos para los
que las virtudes del cine se reducen simplemente a contar
bien una historia; parcas virtudes, debemos añadir,
cuando tantas historias que en el mundo han sido en realidad
se han contado igual de bien, o mejor, en papel que sobre
celuloide. Independientemente del valor que se le adjudique
a la última propuesta del cineasta catalán,
a nuestro entender más importante productor que director
(el cine español le debe haber puesto en marcha, entre
otras, "El cochecito", "Viridiana"
y "Tren de sombras": ahí es nada),
lo cierto es que su obra reivindica un tipo de cine sensorial
y reflexivo, prácticamente extinto, pero que sin embargo
tuvo buen estado de salud durante tantas décadas y
que, al menos hasta los estertores del cine moderno, consiguió
sobrevivir, bien en estado puro, bien simplemente hibridado
con el mismísimo cine narrativo.
La
historia del cine, de hecho, casi se podría resumir
como la irrefrenable tendencia del medio hacia la narratividad
estorbada por su continua resistencia y reacciones a ser engullido
por ella. Vayamos por partes.
Al
inicio fue Lumière. Y al poco, Méliès.
Ambos encarnaron las dos tendencias más significativas
del incipiente arte: el cine de documento y el cine de trucaje.
Evidentemente su fijación en componentes etnográficos
o científicos, por un lado, y mágicos, por otro,
propiciaron que el cine diera sus primeros pasos con total
despego de la señora narración. Sin embargo,
ésta no tardó en asomar su atractiva y engatusadora
faz, bajo los ropajes, casi siempre de época, de los
llamados films d'art, adaptaciones de obras teatrales y literarias
con las que se pretendía rociar de prestigio al nuevo
medio
y que más que recreaciones eran regurgitaciones
de las obras en cuestión, por fortuna breves: hubo
algún "Hamlet" y algún "Quijote"
de duración ¡de en torno a cinco minutos!
Lo
cierto es que la señora narración, pese a todo,
parecía y sigue pareciendo ineludible Al menos, si
se pretende atrapar la atención del espectador medio
durante un período prolongado de tiempo, quizás
a partir de una modesta horita, o menos: no por nada, uno
de los remolinos que con mayor frecuencia ha acabado por engullir
muchas propuestas no narrativas de interés ha sido,
junto al de la dispersión, el de la deriva de un espectador
incapaz de fijar una expectativa por carecer de un foco concreto
de atención. Así que, conforme el nuevo arte
del siglo XX fue creciendo en ambición, lo que llevaba
aparejadas duraciones superiores a los diez minutos de la
bobina monda y lironda, típica de los primeros filmes,
poco a poco el molde narrativo fue ganando terreno al llamado
cine de atracciones, más basado en los modelos primitivos
de Lumière y Méliès. De hecho, ya en
la segunda década del siglo XX el nuevo medio había
fijado y apuntalado su nuevo canon sobre pilares profundos
y más que firmes
tanto, como que dicho canon
narrativo apenas se alteraría durante treinta años
y aún perviviría unos lustros más. Sería
prolijo enumerar aquí las características de
dicho sistema singularmente perdurable, así que conformémonos
con ofrecer un ejemplo concreto que ilustra el hecho con limpieza
singular: el cruce de miradas en plano único entre
los tres protagonistas de la obra capital de Walsh, "Perseguido"
(1947), mientras escuchan la cajita de música, ya lo
había rodado el director tuerto de manera análoga
en su estupendo primer film conservado, "Regeneración",
¡en 1915!
Con
la fijación del sistema narrativo que constituyó
el llamado cine clásico comienzan algunos equívocos
sobre la historia del cinematógrafo que siguen manteniéndose
tozudamente hasta hoy mismo. Primero: en lo esencial, por
más que David Wark Griffith aumentara su potencial
espectacularmente, el cine prácticamente había
fijado su lenguaje a la larga más extendido antes de
1915, no sólo en lo que a la narratividad respecta,
sino incluso al montaje, la interpretación y casi,
casi la planificación. Por ejemplo, los actores ya
habían conquistado una manera específica y eran,
y no sólo con los mejores directores, sumamente sobrios
y contenidos; así que denunciemos que el cliché
del actor silente exagerado y descomedido es por lo general
falso y afecta tan sólo a aquellos directores y movimientos
que optaron por un subrayado del ademán y el gesto,
como ocasionalmente Griffith, o con frecuencia el expresionismo
alemán.
Segundo
equívoco: el cine no alcanza su mayoría de edad,
ni mucho menos culmina sus conquistas narrativas, en 1915
con el, desde luego, imprescindible jalón del maestro
sureño "El nacimiento de una nación",
pues para entonces el patrón narrativo ya estaba perfectamente
fijado; gracias, entre otros, al mismo Griffith, a Ince, Dwan
y DeMille, a Pastrone, a los escandinavos Sjöström
y Stiller, e incluso a cineastas más jóvenes
como Borzage o Walsh. Además, al menos los mejores
directores ya habían superado con éxito la considerada
rémora teatral que se le achaca al cine primitivo (sin
ir más lejos, la ya mencionada "Regeneración"
de Walsh). De hecho, casi toda la producción de
cine comercial, aunque rara vez llegara a las monumentales
tres horas de la épica griffithiana (aunque sí
la "Cabiria" de Pastrone), ya alcanzaba duraciones
superiores a la hora, con la única e importantísima
excepción de precisamente uno de los géneros
más refractarios a la narrativa, el cine cómico,
que aún tardaría una década en sumarse
a ese modo de explotación llamado largometraje (Lloyd
no rueda una película de una hora o más hasta
1922 con "El mimado de la abuelita", Keaton
no lo hace hasta el año siguiente con "Las
tres edades", lo mismo que Chaplin con "Una
mujer de París"
aunque trocando el género
cómico por el melodrama).
Una
vez dicho esto, volvamos a Griffith y "El nacimiento
de una nación", que, pese a todo, sigue siendo
un hito de la historia del cine, superado incluso por la extraordinaria
apuesta del año siguiente, "Intolerancia",
que, ya no cabe ninguna duda, es pura vanguardia
en
pleno 1916. ¿Por qué son fundacionales los dos
míticos Griffith, como también las películas
del ciclo Gish, de "Corazones del mundo"
(1918) a "Las dos huerfanitas" (1921), pasando
por las sublimes "Lirios rotos" (1919),
"La sinceridad de Susie" (1919) y "Las
dos tormentas" (1920)? Pues precisamente por todo
lo contrario que por lo que se suele alabar a las dos primeras,
es decir, haber redondeado cierto sistema narrativo. La gran
importancia, primero del díptico y luego del ciclo
subsiguiente, radica, no en haber puesto de largo al medio,
sino, por contra, en haber conseguido sobrepasar el lenguaje
estándar y común de la época para conseguir
una obra marcadamente personal que elevaba al pionero al rango
de primer gran autor y visionario cinematográfico,
a la par que descubría derroteros expresivos y discursivos
impensables hasta entonces; o, considerado desde otra perspectiva,
en haber echo uso de un molde narrativo para burlarlo, superarlo
y ofrecer "otra cosa", llámese espectáculo,
ensueños, obsesiones, poesía, reflexión,
ensayo o simplemente, tomando prestada la afortunada nomenclatura
de King Vidor, música silenciosa. De hecho, Griffith
desentona poderosamente con lo que algunos críticos
han dado en llamar Modo de Representación Institucional,
ya prácticamente fraguado en la fecha del estreno de
"El nacimiento de una nación". Son muchos
los aspectos formales del sureño que avalan su extravagancia
respecto del sistema, pero baste con pensar en la formidable
proliferación de planos de la que hacen gala sus películas,
absolutamente innecesaria desde el punto de vista del sistema
canónico; una proliferación, que si a veces
parece configurarse como macrocefalia narrativa, en muchas
otras persigue intereses distintos: rítmicos, expresivos,
discursivos, psicológicos (tanto de personajes como
de espectador).
Todo
lo mejor del cine posterior parte de Griffith y lo hace, porque
utiliza la narratividad sin dejarse avasallar nunca por ella:
porque la narración no es trampa, sino trampolín.
El maestro sureño mostró pues cómo usar
dicho concepto, heredado de la literatura, como una herramienta
más de entre las muchas del medio a disposición
del cineasta, para mejor transmitir otro tipo de cuestiones,
más íntimas o más urgentes, sensaciones
o sentimientos, pensamientos o ideas. Ello lo ilustra de manera
diáfana el caso concreto de "Intolerancia",
donde las cuatro narraciones entrelazadas no tienen tanto
interés en sí mismas, como por el discurso que
generan al interactuar unas con otras en un proceso donde
el montaje dialéctico deviene esencial. Y no por nada,
la estructura de esta obra maestra fue imitada en el plazo
de pocos años, como mínimo, por Murnau, Lang,
Dreyer y Keaton; e incluso, décadas más tarde,
por Coppola para "El padrino 2" (1974).
Esto,
en lo que atañe a lo general. Sin embargo, yendo a
recursos concretos, y aun prescindiendo de planos e imágenes
puntuales, las influencias también fueron copiosas.
Ya hemos comentado la conexión entre Griffith y el
expresionismo alemán por lo vehemente de las interpretaciones;
vehemencia que, empero, en Griffith parte de la sobriedad
y se reserva exclusivamente para momentos culminantes y precisos.
Pero hay que añadir que su orquestación de los
movimientos de masas serían referencia obligada para
las épicas del comunismo; que, de hecho, todo el constructivismo
soviético y gran parte del cine de vanguardias de entreguerras
surgen del montaje analítico y deconstructivista griffithiano;
y que, es más, el director ya había hecho uso
del montaje dialéctico, base de la teoría del
montaje de atracciones de Eisenstein, en numerosas ocasiones.
Así mismo, la exasperación dramática
y durativa típicas de un Stroheim o del mismo Eisenstein
tienen su germen en numerosos momentos del cine del maestro
(por ejemplo, la alucinada secuencia en que Lilian Gish imagina
que oye a su hermana, y la oye de veras, en "Las dos
huerfanitas"), como también la distorsión
temporal y el juego con las expectativas del espectador que
es la entraña del suspense de un Hitchcock (y no sólo
por aquellas célebres secuencias de salvamento en el
último minuto, dadas por montajes en paralelo: piénsese
en el magistral segmento del acoso de la hermanita por un
soldado negro en "El nacimiento de una nación").
Señalemos también que en Griffith se encuentra
el origen de la tendencia a las digresiones, que interrumpen
la narración abiertamente, de tantos directores, característicamente
John Ford (piénsese, por ejemplo, en esa oda a la belleza
virginal y victoriana de Lilian Gish, entonada mediante planos
generales y planos detalle, al principio de "Corazones
del mundo"). Y para finalizar con la enumeración
de las decisivas influencias no narrativas del genial sureño,
resaltemos que sus reconstrucciones de aire pictórico,
ciertamente heredadas del anterior cine de atracciones, bien
de hechos históricos (fundamentalmente en "El
nacimiento de una nación"), bien de recreaciones
de época (tan fantasiosas como las del episodio babilónico
de "Intolerancia" o tan delirantes como las
de la Revolución Francesa de "Las dos huerfanitas")
encontraron su eco, ya a mayor lejanía temporal del
pionero, en las alucinaciones pictóricas del Ruiz de
"La hipótesis del cuadro robado" (1979)
o del Godard de "Pasión" (1982).
A
partir del magisterio griffithiano ya estaban, por tanto,
abiertas las puertas para la gran eclosión artística
de finales del período mudo: para que los cómicos
utilizaran débiles esquemas narrativos para poner en
solfa a la sociedad y a las apariencias a las que damos la
categoría de realidad; para que Murnau estucara sus
películas muy narrativas con arquitecturas imposibles
que reflejaban un estado mental y las policromara con violentos
claroscuros, tendentes a la abstracción, que simbolizaban
la pugna entre el bien y el mal; para que Vidor analizara
las relaciones humanas y sociales en términos geométricos
y rítmicos y se lanzara a la ejecución de su
música silenciosa; para que Dovzhenko cantara sus épicas
revolucionarias dadas por una narrativa a trompicones, mera
excusa para sus arrebatos líricos que tan bien glosaron
las miserias y grandezas del ser humano; o para que Ozu o
sobre todo Shimizu partieran de argumentos de folletín
barato, en "Mujer de Tokio" y "Muchachas
japonesas en el puerto" respectivamente, para transmitir
y hacer sentir la naturaleza efímera y fantasmal de
la existencia.
Se
debe hacer notar que casi todos los mejores artistas del cine,
salvo alguna significativa excepción como el primer
Buñuel o todo Dziga Vertov, comprendieron que la narración
era un ingrediente, no imprescindible, pero sí importante,
que permitía desarrollar con singular potencia y, paradójicamente,
mayor libertad algunas cuestiones, y que por ello se empadronaron
en sus feudos con fervor total. De hecho, prácticamente
todo lo más granado de la historia del cine podría
concentrarse en directores que han aceptado cierta noción
de narratividad sin llegar nunca a plegarse a ella ni rendirle
pleitesía; y eso, incluso después de la mayor
victoria de la susodicha: el advenimiento del cine sonoro.
En efecto, poco a poco el cine hablado iría instaurando
el señorío de la narración frente al
dominio de la idea, la dictadura de los diálogos, lo
mismo capitalista que del proletariado, en detrimento de la
libertad de imagen, siendo las mayores víctimas del
cambio de régimen el cine constructivista soviético,
aniquilado por el populachero Stalin, y el cine cómico
americano, ahogado por los intereses empresariales (cine cómico
o burlesco, que, no obstante, se debe añadir, experimentaría
un saludable rebrote, no por casualidad coincidente con el
despegue del cine moderno, allá por los años
cincuenta, con Tati y Jerry Lewis
para acabar feneciendo
definitivamente, al menos en su mejor vertiente, con la jubilación
forzosa de estos dos cineastas).
Ahora
bien, el proceso de instauración de una forma unívoca
de concebir el cine sospechosamente próxima a la literatura
y el teatro, lejos de instantáneo, fue paulatino y,
de hecho, aquí debemos denunciar otro de los lugares
comunes que cunden sobre la historia del cine. Los primeros
años del cine sonoro y hablado, es decir, la década
de los 30, especialmente la primera mitad, lejos de suponer
ese cacareado retroceso respecto de la innegable plenitud
de los años 20, constituyen una de las épocas
más brillantes e inventivas de la evolución
del medio, tanto en Europa, como en Estados Unidos, como en
Japón. Es más, quizás sea éste
el único momento histórico del cine donde imagen,
palabras, música y puro sonido se han medido en igualdad
de condiciones, como muestran tantas y tan extraordinarias
películas de Dreyer, Lang, Buñuel, Lubitsch,
Sternberg, Mamoulian, Hawks, Hitchcock, Ozu, Mizoguchi, etc.,
etc. De hecho, si es cierto que a partir de este momento muchos
directores van abrazando progresivamente el sistema exclusivamente
narrativo, no es menos cierto que: primero, algunos que lo
hicieron, se tomaron su tiempo
y más de una libertad
(véanse los casos de cineastas tan arquetípicamente
narrativos, por un lado, y, por otro, responsables de títulos
tan esquivos como Walsh y su western "La gran jornada",
1930, o Lang y su thriller "M", 1932, trabajados
ambos filmes como si de documentales se tratara); segundo,
que otros cineastas acogidos a dicho sistema hacían
gala de unos recursos vigorosos y radicales que para sí
habrían querido la práctica totalidad de los
vanguardistas (piénsese en el injustamente olvidado
Borzage y las apabullantes secuencias de la muerte de "Liliom",
1929, y del final de "La tormenta mortal",
1940); y tercero, que, mientras algunos pocos directores seguían
ofreciendo títulos abiertamente desmarcados del sistema
narrativo, otros muchos, siguiendo la estela de Griffith,
en casos de simbiosis admirable, se amparaban en él
para conseguir una mayor libertad de movimientos que expresara
sus auténticos y más íntimos intereses
y, sumamente importante, los transmitiera y comunicara al
espectador. Podríamos hablar del cine poético
de un Tourneur o un Bresson, pero mejor ilustran la cuestión
películas concretas de directores procedentes del período
mudo, como son "Vampyr" (Dreyer, 1931), "Capricho
imperial" (Sternberg, 1934), "Caravana de
paz" (Ford , 1950) o "Con la muerte en los talones"
(Hitchcock, 1959). Estos cuatro títulos hacen gala
de tramas tan irrisorias que nunca se ha hablado con mayor
propiedad del hilo argumental, así como de unos cimientos
narrativos tan endebles que más bien parecen andamios,
si no muletas. Poco valdrían, de hecho, si hubiera
que valorarlas por sus endebles historias. Y sin embargo,
se trata de cuatro incuestionables obras maestras del cine,
que si llegan a serlo, es precisamente, porque los intereses
de sus autores sobrepasaban y trascendían las excusas
argumentales
amén de que sus responsables trabajaron
a fondo y con singular inspiración sus estructuras
formales, confiando con entusiasmo en la potencia expresiva
y comunicativa de la imagen y del sonido.
A
partir de los cineastas que debutaron allá por los
años 40, empero, se observa un cambio importante en
la generalidad del medio, pues, aunque aún no estuviera
bien aposentado un cine exclusiva y estrechamente narrativo,
es patente una creciente desconfianza hacia el poder de la
imagen y una mayor dependencia de los abusivos diálogos
como generadores de sentido: son especialmente ilustrativos
al respecto bastantes directores trasvasados del campo del
guión, como, pongamos por caso, los estimables aunque
excesivamente prestigiosos John Huston o Robert Rossen. Para
entender lo dicho, basta con ver la última lidia del
torero en "The brave bulls" (1951), donde
Rossen se sintió obligado, por simple y mera desconfianza
del poder de sugestión del cine a secas, a incluir
una ilustrativa, y a la postre empequeñecedora, voz
en off del hombre, para así dejar bien claro el conflicto
emocional del protagonista e intentar (vanamente) dotar de
mayor profundidad al momento. Algo que ningún pionero
se habría siquiera planteado. Y por estos derroteros
y aún peores nos movemos ahora. En fin
Sin embargo,
en los lejanos 40 la palabra todavía no le había
ganado la batalla definitiva a la imagen y eran numerosos
los cineastas, que, pese a inscribirse gustosos en un cine
orgullosamente narrativo e incluso discursivo, potenciaban
los factores visuales y aurales de sus películas, enriqueciéndolas
enormemente al conseguir que generar sentidos complementarios,
aparte de los explícitos en el guión literario.
Es lo que hace superiores a Orson Welles frente a Huston,
a Samuel Fuller frente a Rossen. Por eso, las grandes películas
de Anthony Mann o de Nicholas Ray marcan una huella indeleble
en quien las ve, por sus vibrantes argumentos y conflictos,
sí, pero también y sobre todo por los paisajes
y los colores que no sólo enmarcaban los anteriores,
sino que los potenciaban hasta límites insospechados.
Por eso, Douglas Sirk o Ingmar Bergman eran capaces de construir
un profundo sistema filosófico, ayudados por sus sobresalientes
guiones, cierto, pero bien fundados en bases estrictamente
cinematográficas.
Llegados
a este punto, merece la pena aclarar que no se intenta aquí,
bajo ningún concepto, anatemizar los diálogos
como una indeseable impureza, pues al fin y al cabo son otro
recurso con que enriquecer el cinematógrafo, como de
hecho entendieron numerosos directores procedentes de la época
silente que acabarían por rodar películas sumamente
dialogadas: así, Dreyer, Ozu, McCarey e incluso ocasionalmente,
en especial en sus filmes escritos por el brillante guionista
John Michael Hayes, el mismísimo Alfred Hitchcok. Así
mismo, otros directores guionistas cuya carrera ya se ubica
completamente en el cine sonoro, como Wilder o Mankiewicz,
comprendieron que si, en efecto, los diálogos eran
una nueva herramienta del cine, no era más que una
entre muchas y, así, supieron enmarcar sus chispeantes
libretos en estructuras visuales más que consistentes
y que a la postre han garantizado una mayor perdurabilidad
de su obra que la de sus colegas más literarios.
Sea
como sea, la tendencia general del cine pareció ir
delegando mayor peso específico a un guión cerrado,
de estructura fuertemente literaria y anclado sobre unos diálogos
que, frente a cierta ambigüedad consustancial a la imagen,
amarraran el sentido todo lo posible y de manera unívoca.
Lo ejemplifica claramente la sustitución, o mejor,
el defenestración del cine cómico por la comedia.
Llegados entonces a la mitad de siglo, a finales de los 50
y principios de los 60, con dicha evolución encarrilada
casi fatídicamente, tuvo lugar la última rebelión
importante contra el señorío de la narración
y la palabrería. En parte impulsado por circunstancias
históricas (la sangrienta segunda conflagración
mundial, culminada por el lanzamiento de la bomba atómica,
la escalofriante revelación de los campos de exterminio
),
en parte como reacción a un tipo de cine parásito
que estaba desbancando a aquél de mayor pureza (el
cine académico y aburguesado contra el que arremetían
los Cahiers du Cinéma), tuvo lugar a nivel mundial
el movimiento de los nuevos cines, o mejor, la eclosión
del entonces llamado cine moderno, al que se añadieron
gozosos, aparte de noveles, cineastas veteranos, tales Bergman,
Bresson o Fellini. En ese momento tiene lugar la mayor pujanza
de los modelos no narrativos que ha conocido el séptimo
arte desde los remotos tiempos del cine de atracciones (y
ya lo hemos dicho, significativamente resucita el cine cómico),
y surgen películas de singular libertad que ironizan,
disecan, esquivan o directamente ignoran la narración
y que conforman la última gran hornada de obras maestras
del medio: de "Psicosis" (Hitchcok, 1960)
a "Entremeses" (Lewis, 1983), de "El
año pasado en Marienbad" (Resnais, 1962) a
"India Song" (Duras, 1974), de "Satyricon"
(Fellini, 1969) a "Nostalgia" (Tarkovsky,
1982), de "Persona" (Bergman, 1966) a "Belle"
(Delvaux, 1973), de "El ángel exterminador"
(Buñuel, 1962) a "La fuerza de los sentimientos"
(Kluge, 1983), de "El lago de las mujeres"
(Yoshida, 1966) a "El apicultor" (Angelopoulos,
1986). E incluso las obras más bellas de los últimos
tiempos siguen esta estela y se deben a directores de aquellas
generaciones: "Gohatto" (Oshima, 1999) y
"Elogio del amor" (Godard, 2001).
Sin
embargo
Reveladoramente la gran maquinaria hollywoodiense,
exceptuada la rareza de Jerry Lewis, que lo pagaría
finiquitando su obra antes de hora, permaneció ajena
a ese entusiasmo libertario del cine moderno
como acechando
en la espesura o aguardando el momento de la revancha. En
Estados Unidos, de hecho, no surgió ningún movimiento
renovador, sino la farragosa generación de la televisión,
que dio nuevos pasos adelante en el arrinconamiento del cada
vez más sospechoso lenguaje específicamente
cinematográfico, así como en la entronización
de la palabra literaria, o mejor, la palabrería como
única portadora de sentido: son los años de
esas películas de mensaje nacidas momias, películas
predicadoras que, cierto, existían desde la generación
de los directores guionistas de los 40 e incluso antes, pero
que nunca habían sido tan zafias como entonces. En
los 70 la gran reconversión de los estudios de Hollywood
en filiales de las multinacionales, no más importantes
que los parques temáticos o los refrescos de cola,
así como el cerco a una distribución que de
tan copada queda secuestrada a partir de los 80 acaban por
dar el golpe de gracia y decretan el modelo narrativo como
único posible para disfrute del público mundial,
tolerando como única ramificación aceptable
ajena al mismo la ética del vídeo-juego y la
estética del vídeo-clip, del parque de atracciones
en suma, indispensables constituyentes de esa oquedad que
se ha dado en llamar posmodernidad. En España, por
nuestra parte, tras la época de gran vitalidad y creatividad
del tardofranquismo y la transición, llegan los decretos
socialistas que hacen del cine un espectáculo burgués
y políticamente correcto, sin enjundia ni emoción,
sin asperezas ni experimentos. Se toma también el modelo
narrativo como único aceptable
y aceptado. ¿Casualidad,
que se cree la Academia de las Artes (es un decir) y las Ciencias
(¿cuáles?) Cinematográficas (¡esto
ya es soñar!) precisamente en un país donde
se instaura un modelo de cine que no puede ser más
académico, en el mal sentido de la palabra?
Llegados
al momento actual, a finales del siglo XX y comienzos del
XXI parece estar teniendo lugar otra rebelión contra
el cine de la palabrería, y relativamente contra el
cine narrativo. Tímida, si se compara con la de hace
cincuenta años; casi una guerrilla, habida cuenta de
lo mermado del contingente de rebeldes. Así, hoy en
día un puñado de bienintencionados e idealistas
directores intentan recuperar la pureza del medio, pero a
nuestro entender muchos de ellos, incluso entre los más
valorados por una parte sustancial de la crítica, véase
Hsiao-hsien, Tarr o la última incorporación,
Zhang-ke, parten de una concepción errónea del
mismo, o al menos de otro de los tópicos habituales:
que el cine más puro es aquél que menos utiliza
la palabra. Ya hemos comentado que muchos de los creadores
del cine mudo acabaron rodando películas rebosantes
de diálogos: ¿y acaso obras maestras tan profusamente
habladas como "La ventana indiscreta" (1954)
o "Gertrud" (1964) no son puro cine de manantial?
Pero, es más, debemos dejar constancia de que el mismísimo
cine silente era ya muy dialogado: que las palabras sólo
se hicieran asequibles al espectador mediante contados rótulos
es una cuestión, pero había otras muchas frases
que tenían vedado el paso al cartel, simplemente por
no entorpecer el ritmo y por no interrumpir el flujo de las
miradas y los movimientos (de los sentimientos) y, de hecho,
muchos personajes de las películas mudas (de Stiller,
de Stroheim, de Borzage, de Walsh, de Dreyer, de Mizoguchi
)
hablaban ¡y casi sin parar! Como en la vida mismo. La
pureza del cine no se puede recuperar por tanto decapitando
el mayor número de diálogos posible, sino restaurando
la elocuencia de las imágenes. Y ahí es donde
fallan estrepitosamente gran parte de las actuales tentativas,
demasiado ralas. Por mor de ser justos, señalemos la
mayor relevancia dada por muchos de los más inquietos
cineastas actuales al sonido no articulado ni musical, así
como la consecución de éxitos de cierta magnitud
en el caso de algunos contados filmes de unos escasos directores
(Sokurov, Gitai, Guerín, Kar-Wai
).
A pesar de todo, el problema persiste y es de fondo: los recursos
del cine se han talado, se han llegado a esquilmar tanto en
las últimas décadas a favor de la fácil
literatura, o simplemente de la rancia televisión,
que algunos ya parecen fósiles. En términos
de medio ambiente, se hablaría de pérdida de
la biodiversidad
y lo así desaparecido, ya es
imposible de recuperar jamás. Ya ningún cineasta,
no novel, sino menor de cincuenta años, parece siquiera
plantearse utilizar los planos generales más allá
del consabido y manoseado plano de situación, ni manejar
la profundidad de campo para enriquecer la perspectiva mostrando
varias acciones o grupos a la vez, ni coreografiar el movimiento
de los actores para delinear las relaciones de los personajes,
ni trabajar la interpretación de una manera tangencial
mediante la potenciación del encuadre, ni relacionar
el paisaje o el decorado con el estado mental o anímico
de los personajes, ni utilizar los travelling para la transmisión
de una idea precisa, ni otorgar relevancia a los objetos más
allá de su raquítica función narrativa,
ni
Cierto, el cine es un medio técnico, no la
naturaleza, y tal desesperanza no puede ser categórica.
¿Es posible, por tanto, su recuperación? Posible
es, aunque se antoje un poco lenta y trabajosa
demasiado
lenta y trabajosa, a decir verdad. Y un poco peregrina, cuando
aquellos cineastas que hoy por hoy poseen mayor potencia visual,
que son, no por casualidad, los que mejor evitan el molde
narrativo (Rivette, el asombroso último Godard), o
menos se dejan aprisionar por él y ocasionalmente lo
burlan, aunque por lo general, no siempre, lo acepten (Rohmer,
Angelopoulos, Lynch, Cronenberg), que estos cineastas, decimos,
tienen ya más de sesenta años y no parecen haber
encontrado relevos a su altura.
Volviendo
al comienzo de nuestro artículo, pese a algunas notables
y contadas excepciones, más alternativas que nunca,
que recuerdan que el potencial del cine no se reduce a ser
un pobre émulo de la literatura (o de la televisión,
¡qué tiempos!), debemos acordar con Portabella
que el cine es hoy en día más de lo mismo, que
se ha desterrado su capacidad poética y sensorial,
su valor subversivo y potencial discursivo, y que el público
ya sólo espera de él una sesión opiácea
o, como mucho, una historia simple, que no una simple historia
Y gracias.
Recuperando
el título de nuestro artículo: ¿contra
el cine narrativo? No, siempre y cuando la narración
no constriña, sino que potencie el resto de las otras
muchas posibilidades que ofrece este arte. ¿Contra
el cine exclusiva y estrechamente narrativo? Siempre. Y a
degüello.
Es
que ya vale.
|
Una peculiar modernidad. Rohmer en la Filmo.
Por Fernando Usón
La
Filmoteca de Zaragoza vuelve a dedicarle una nutrida retrospectiva
al cineasta alsaciano Eric Rohmer
aunque quizás
sería mejor tildarlo de "cineasto", no por
innovar el diccionario, sino por ponernos al "nivelungo"
de alguna ministra "hembrista" y amiga de la "zopenquería"
(en fin
). En lo que al cine toca, quizás el afamado
cineasta (con "a") alsaciano (con "o")
no sea la opción más idónea para repetir
ciclo en la Filmoteca en apenas un lustro, pero la indudable
calidad de su obra hace, a pesar de todo, bienvenida esta
nueva difusión.
Para
ubicar mejor al director francés en el contexto general
de la historia del cine, convendrá comenzar con una
introducción que repase brevemente las líneas
generales de aquello que se conoce como cine moderno, ése
surgido a finales de los años cincuenta y prolongado
durante aproximadamente veinte años. En efecto, pasada
la mitad del siglo XX acabaron de gestarse las cuatro líneas
principales, en absoluto estancas, que, sustituyendo el sistema
formal calificado como clásico, se prolongan hasta
hoy mismo. La primera consistiría en una exacerbación
a ultranza de rasgos formales y genéricos que terminaría
por poner en evidencia las estrategias narrativas más
aceptadas y desembocaría en lo que algunos han dado
en llamar manierismo cinematográfico. "La ventana
indiscreta" (Hitchcock, 1954) sería el primer
claro exponente de una tanda que culminaría a finales
de la década con obras maestras de la talla del thriller
"Sed de mal" (Welles, 1958), el western
"Hombre del oeste" (Mann, 1958) y el melodrama
"Imitación a la vida" (Sirk, 1959). Esta
vertiente surgida de manera tan deslumbrante alcanzaría,
sin embargo, la decadencia casi a la par que la apoteosis,
y proseguiría un yermo camino desde los sesenta (con,
por ejemplo, las desesperadas tentativas de aggiornamento
del western, Peckinpah incluido, Ford excluido) hasta
llegar a tantos ídolos de pies de barro de hoy en día
(Scorsese, Coen, Tarantino, von Trier, Almodóvar, etc.).
La
segunda línea, a la larga mucho más vital, se
desgaja de la anterior más o menos por los mismos años
en que la primera agota su potencial, y podría caracterizarse
por el hincapié realizado en explicitar los mecanismos
de la representación. De nuevo, "La ventana
indiscreta" se encuentra en el origen, como también,
por ejemplo, Visconti o el Ophüls francés, pero
no será hasta los sesenta cuando experimente su expansión,
gracias a algunos de los más conspicuos representantes
de la modernidad cinematográfica: Godard, Fellini,
Jerry Lewis, Bergman (con el antecedente, ya en 1958, de "El
rostro"), el primer Angelopoulos, etc.
La
tercera línea, ya esbozada por Bergman en 1957 con
"Fresas salvajes", florecerá espectacularmente
con el "Vértigo" hitchcockiano al
año siguiente. En este camino se alcanza la máxima
envergadura estructural (superposición de distintos
tiempos, ecualización entre lo real e imaginario, elipsis
que parten la narración en pedazos...), así
como formal, con la utilización de múltiples
recursos con fines declaradamente no narrativos. Es ésta
la línea que consuma la ruptura con códigos
que para entonces ya eran casi universalmente aceptados, y
cuyas primeras consecuencias no se harían esperar:
la eclosión simpar de grandes títulos de libertad
sin precedentes ("El año pasado en Marienbad",
"El ángel exterminador", "Ocho
y medio", "Persona"...). Más
tarde, si bien intermitentemente, se irían incorporando
nuevos valores (Has, Oshima, Kluge, Duras, Zulueta, Sokurov),
hasta llegar a algunas de las películas más
interesantes de los últimos tiempos ("Carretera
perdida", la gran "Elogio del amor").
Finalmente
existe una cuarta línea que parecería operar
en sentido contrario a las anteriores: la de la máxima
depuración, en una denodada búsqueda de lo esencial,
ya no del cine, sino de la vida misma. En este sentido ya
abrieron el camino películas como "Te querré
siempre" (Rossellini, 1953), "Ordet"
(Dreyer, 1954), los últimos Ozu o "Tú
y yo" (McCarey, 1957); sendero por el que, más
tarde, ahondaron Bergman ("Como en un espejo",
"De la vida de las marionetas"), Dreyer de
nuevo ("Gertrud"), el Pasolini de "El
evangelio según Mateo", el Bresson posterior
a "Lancelot du Lac", en menor medida Wenders,
Erice o Angelopoulos y quizás también Tarkovskij
(quizás, pues su concepción mística y
musical del cine parecen más bien colocarlo en una
quinta vía radicalmente propia), hasta llegar a los
Jarmusch, Kiarostami, Haneke, Kaurismäki, Tarr, Zhang-ke,
Hsiao-hsien, etc. de hoy en día.
Aquí
es precisamente, en la brecha de cierto minimalismo, donde
se integra, y ya desde los años sesenta, la obra de
Eric Rohmer. Ocupa además un lugar crucial, puesto
que a un marcado ascetismo formal Rohmer añade una
radical cotidianeidad que sus antecesores apenas habían
rozado; al menos, no en tan alto grado, ni siquiera Rossellini
u Ozu, que nunca habían llegado a prescindir de un
mínimo de dramatización de la realidad. Pues,
en efecto, Rohmer es notorio por ser el más cotidiano
de los directores, el que menos reparo muestra en filmar situaciones
o diálogos de intrascendencia palmaria y el que más
tiende a filmar a tiempo real (hasta los años setenta,
casi el único). Todo esto ha conllevado ciertos rasgos.
Por ejemplo:
-
una peculiar concepción del tiempo fílmico,
desde luego sin prisas, pero, ¡oh,sorpresa!, tampoco
sin pausas; de hecho, al referirse a su obra, al contrario
que, por ejemplo, con Antonioni, nunca se habla de tiempos
muertos, pues al fin y al cabo sus personajes siempre hacen
algo o se replantean sus relaciones... aunque sea de palabra;
-
una dramaturgia que nunca fuerza a nada, sino que espera pacientemente
que surja lo significativo, sea del desarrollo de guión,
de los elementos atmosféricos o del estado de ánimo
de los propios actores
aunque, desventajas de la ocasional
improvisación y la habitual imperturbabilidad, a veces
no surja gran cosa;
-
una propensión por tanto al cinéma-vérité,
pero no tanto al documental (con una mediocre excepción:
"El árbol, el alcalde y la mediateca",
1993), pues la continua adhesión de la cámara
de Rohmer a sus personajes apenas lo permite y al fin y al
cabo su principal ambición didáctica es la de
mostrar al ser humano en todo su espectro de contradicciones;
-
conclusión de lo anterior, una preferencia inusual
a escoger personajes en vacaciones o en notoria inactividad
(punto de contacto con Hitchcock), pues en esos momentos de
tranquilidad y tedio se plantean con más fuerza sus
dudas y dilemas, perspectivas y planes de vida;
-
y un aparente desaliño formal que tiende a reforzar
la sensación de realidad, así como a ocultar
sus marcas autorales (tanto como hizo en Estados Unidos su
compatriota Tourneur).
Pero
evidentemente Rohmer se ha saltado, si lo ha creído
necesario, su parti pris original, como demuestran la fantasía
del mujeriego protagonista de "El amor al mediodía"
(1972), el seguimiento en el parque en la hitchcockiana "La
mujer del aviador" (1981) o, quizá puntualmente
el caso más logrado, la final puesta de sol de "El
rayo verde" (1986)... Lo cual, dicho sea tangencialmente,
viene a demostrar que hasta los más austeros sienten
a veces la necesidad de un mínimo de subrayado. Eso
sí, por contra, todo hay que decirlo, su apego proverbial
a su cotidiana concepción del cine le ha jugado alguna
que otra mala pasada (como demuestran numerosos pasajes de
"Cuatro aventuras de Reinette y Mirabelle",
1987).
Debemos
añadir, no obstante, que Rohmer no se integra sin más
en la cuarta línea de la modernidad, sino que en cierto
modo también se encuentra próximo a la segunda
gran familia del cine de los últimos cincuenta años:
la de la representación. En efecto, en su obra, como
también en la de su compatriota Rivette, abundan los
manipuladores, no pocas veces, para más inri, literatos
o artistas, que crean (o, mejor, lo intentan) las condiciones
adecuadas para que tal o cual persona reaccione de tal o cual
manera ("La rodilla de Clara", "El
amor al mediodía", "La mujer del aviador",
"Paulina en la playa", "Cuento de
primavera", su último film "El romance
de Astrea y Celadón"
), si bien, pues
olvidan alegremente que los otros no son personajes de cine
o de novela, sino seres reales con voluntad propia, casi nunca
llegan a alcanzar sus objetivos e incluso a veces llegan a
mostrar una torpeza e ingenuidad desarmantes (como la testaruda
protagonista de "La buena boda").
En
función de lo anterior los personajes de Rohmer suelen
hablar por los codos, más que para convencer a los
demás (que también, faltaría más),
para convencerse a sí mismos, pues su seguridad es
tenue y necesitan reafirmarse a cualquier precio, siempre
al de decir las mayores sandeces, cayendo en el más
desopilante ridículo (pero al fin y al cabo así
es el ser humano), y no pocas veces al de pegarse los más
espectaculares batacazos emocionales (lo que, pese a su insensatez
o impertinencia, llega a hacerlos enternecedores).
Parece
claro por tanto que, pese a ser un cine fácilmente
disfrutable, si uno se deja los prejuicios y cortapisas en
casa, se trata también de un cine de una peculiar radicalidad,
una radicalidad que le ha llevado a Rohmer a ser considerado
por sus más fieles seguidores como un genio y por sus
más acérrimos detractores como un impostor.
En mi opinión es evidente que esto último no
lo es, pues su obra es pródiga en excelentes películas
(es uno de los más importantes directores vivos)...
aunque tampoco creo que haya ofrecido ninguna obra maestra
absoluta, ni siquiera "Mi noche con Maud"
(1969), aunque quizás sí "El amigo de
mi amiga" (1987). Claro, que en realidad tampoco
importa tanto que Rohmer haya alcanzado o no la perfección
absoluta, cuando su filmografía, aparte de coherente,
es divertida, emocionante, inteligente... y con estilo.
Su
obra se suele clasificar en tres grandes bloques, propuestos
como tales ya por el mismo director: los seis "Cuentos
Morales" (1962-1972), las seis "Comedias
y Proverbios" (1980-1987) y los "Cuentos
de las cuatro estaciones" (1989-1998). A primera
vista, parece lógico concentrar la atención
en ellos, no sólo porque unos proyectos que se prolongan
durante una década cada uno revelan un tesón
y rigor fuera de serie y porque, considerados en conjunto,
unos títulos enriquecen a los compañeros, sino
también porque en ellos parece concentrarse el mejor
Rohmer.
No
obstante, se debe tener cuidado con la tentación de
las sistematizaciones. Así, si es cierto que fuera
de sus grandes ciclos se encuentran muchos de los Rohmer más
olvidables (su primera película, "El signo
del león", "Triple agente"
o ese fracaso sin paliativos que es "Perceval el galo",
clara ejemplificación de una máxima dicha por
un personaje de "La buena boda": el mal gusto
lo es siempre), también es cierto que la última
de las series, los "Cuentos de las cuatro estaciones",
difícilmente podría reservarle a Rohmer un puesto
relevante en la historia del cine, pues no sólo no
aporta novedades significativas a lo ya conseguido por su
responsable en anteriores trabajos, sino que, salvedad hecha
de la última entrega, la admirable "Cuento
de otoño" (1998), no llega a superar el nivel
del trabajo bien hecho
lo cual, ciertamente, tampoco
es tan fácil. Por otro lado, resulta que fuera de los
tres grandes bloques se encuentran títulos tan interesantes
como tres de sus filmes de época: "La inglesa
y el duque" (2001), "El romance de Astrea
y Celadón" (2007) y especialmente, claro está,
la magnífica "La Marquesa de O" (1976).
Ésta, además de ser uno de sus mejores logros,
es también una de sus mayores rarezas: adaptación
de un texto setecentista, rodada en Alemania y en alemán
y planificada pictóricamente, pero no con las estrategias
típicas de los ismos con los que Rohmer se siente más
próximo (impresionismo, fauvismo), sino con las de
la pintura de la época (Füssli) e incluso anterior
(Vermeer, Velázquez) y, sobre todo, con el aliento
inspirador del Murnau alemán (sobre cuyo "Fausto",
una de las obras máximas del cine, el mismo Rohmer
realizó su tesis doctoral... aunque no conviene olvidar
"Tartufo").
Volviendo
al comienzo de su carrera, ciertamente todo Rohmer se encuentra
ya perfectamente delineado en sus "Cuentos Morales",
que incluyen dos de sus cuatro mejores películas ("Mi
noche con Maud", "El amor al mediodía"),
otras dos de elevado interés ("La coleccionista",
1967, y "La rodilla de Clara", 1970) y dos
cortometrajes casi primerizos, que son los que iniciaron la
serie ("La panadera de Monceau", 1962, y
"La carrera de Suzanne", 1963). A partir
de ellas a Rohmer le bastará con profundizar o variar
sobre los temas y estructuras ya diseñados, aunque
a veces, como en muchas de sus películas de los noventa,
por el camino se haya perdido parte del alegre desparpajo
y contagiosa vitalidad que caracterizaba a sus primeros personajes.
Con
todo, la siguiente serie, "Comedias y Proverbios",
desarrollada ya en los ochenta, mantendrá el nivel
de la primera, aun cuando a veces se tienda a hacer depender
el devenir de los personajes de una línea argumental
más nítidamente definida ("La mujer
del aviador"). Entre los seis títulos que
la componen, destaquemos "Paulina en la playa"
(1983), "Las noches de la luna llena" (1984),
y, sobre todo, el Rohmer más distinguido, "El
amigo de mi amiga". Es ésta una película
que en cierto modo puede parecer poco representativa de su
director (por ejemplo, el tiempo, lejos de hacerse notar,
parece que vuela y encima nunca se puntualiza mediante las
especialidades de la casa: calendarios, notas de diario...),
pero que sin embargo supone la culminación de su arte
en otros muchos aspectos: en las interacciones entre un conjunto
de personajes que van dando bandazos de aquí para allá;
en la forma de matizar sus relaciones mediante una planificación
cuidadísima (¡la engañosa sencillez de
Rohmer!); en la influencia en sus actos del entorno, sea urbanístico
(la frialdad de las ciudades dormitorio) o natural (el bosque
y el lago, portadores de sentidos muy precisos). Pero, sobre
todo, señalemos la utilización del color, que
aquí más que nunca, con Matisse de referencia,
consigue describir los estados de ánimo, las evoluciones
y las afinidades entre los personajes, desmentir sus palabras,
comentar una relación o ironizar sobre ella... En resumen,
uno de los más complejos y brillantes logros del uso
del color que ha dado el cine de cualquier época o
nación.
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¿Vuelta al clasicismo?
Por
Fernando Usón
Parece que el cine ya ha llegado a empacharse con tantas postmoderneces.
¿Será un hecho o será un espejismo? Tiempo
al tiempo, pero de momento dos de las películas más
esperadas de la temporada parecen corroborar la sensación.
No, ninguna se trata de la nueva entrega neoclásica
del amigo Clint, sino de los últimos largometrajes
de Tim Burton y de los hermanos Coen. Cierto, que en el caso
de Burton, un cineasta empeñado siempre en indagar
en un universo propio indubitablemente enraizado en una tradición
precisa, no se trata de una sorpresa, sino de la confirmación
de una trayectoria. Sin embargo, distinto parece el caso de
los afamados hermanos, cuya filmografía "de citas"
siempre ha tendido a fagocitar las películas de los
demás y cuya mayor y supuesta originalidad ha parecido
ser un punto de vista, más que distante, externo, y
más que burlón, pagado de sí mismo.
Mascarada del despojamiento
A
buen seguro, conscientes de la lejanía ya galáctica
de sus mejores títulos, "Muerte entre las flores"
(1990) y "Barton Fink" (1991), así
como de los preocupantes derroteros por los que se había
ido despeñando su obra en los últimos años,
arrastrada por mediocridades como "Crueldad intolerable"
(2003) y "The Ladykillers" (2004, saqueo
del excelente film homónimo de Mackendrick); conscientes
de ello, decimos, los Coen decidieron dar un necesario vuelco
a su carrera. Y, sin duda, Hitchcock les dio la clave con
su teoría del run for cover; es decir, la vuelta a
terreno conocido en períodos de incertidumbre o desconcierto.
Los hermanos de Minnesota, en concreto, han vuelto la mirada
a uno de sus mayores éxitos, quizás el mayor,
tanto de crítica como de público, de toda su
carrera, pues, por más que "No es país
para viejos" (2007) adapte una prestigiosa obra literaria
preexistente, no hay duda de que se mira, como en un espejo,
en "Fargo" (1996). Ya se ha señalado
hasta la saciedad la sustitución de los parajes nevados
por las planicies desérticas, lo mismo que el duelo
desigual establecido entre un, para no variar, temible psicópata
y un sheriff más burócrata que pistolero. No
insistiremos más. Sin embargo, sí nos gustaría
señalar que en este supuesto punto de inflexión
del cine de los Coen, al contrario de lo que pretenden hacer
creer sus incondicionales, las citas no se limitan a las autocitas.
Que ahora los hermanos lo hagan con mayor discreción
o elegancia es otro cantar, pero siguen estando ahí
y siguen poniendo en solfa el verdadero alcance de la creatividad
del fraternal entente fílmico. Hemos mencionado a Hitchcock.
Y, claro, ¿qué película tiene el genial
inglés desértica y con psicópata? "Psicosis",
faltaría más, obra maestra del cine que parece
estar desbancando como punto de referencia, al menos entre
los cineastas serios de las Américas, al otro Hitchcock
fundacional del cine moderno, "Vértigo",
más amado, según parece, por los europeos: ahí
está para corroborarlo el desvergonzado remake perpetrado
por ese europeizante converso que es Gus van Sant. En lo que
a "No es país para viejos" se refiere,
no se trata sólo de las consabidas citas o referencias
puntuales (hay hasta un asesinato en una ducha), o de las
localizaciones y decorados (esos moteles marcan
), sino
sobre todo de la cuestión argumental (el psicópata,
esa pobre persona que un día decide rapiñar
un maletón de dinero
), temática (la idea
de azar, la de la maldad acechante, no diremos la del destino
y el infierno, pues le viene demasiado grande al film actual)
y, por supuesto, de construcción de guión, como
demuestran las continuas transferencias de protagonismo entre
los personajes, desde luego peor ejecutadas que en el modelo,
o la inopinada liquidación del supuesto protagonista
antes de hora, arriesgada apuesta de la película que
sin embargo carece de la necesidad, fuerza y coherencia que
había en el film de Hitchcock y bordea peligrosamente
la categoría de capricho a la Coen.
Y
si en su retrato del psicópata "No es país
para viejos" parece desmarcarse del imperecedero
Hitchcock, tampoco es por originalidad, pues existe otra referencia
clásica, ésta más modesta y apenas difundida:
la del magnífico film noir firmado por Alfred L. Werker,
pero rodado casi al completo por Anthony Mann, "Orden,
caza sin cuartel" (1948). De él se recupera
la idea del prolongado cerco policial para capturar a un malhechor,
evidente a lo largo del desarrollo de ambas películas,
así como la del delincuente que se escabulle con destreza
propia de fantasma, véase la llegada del sheriff al
motel donde se oculta el asesino y la desaparición
de éste, calcaditas del final del film de Mann (eso
sí, los Coen necesitan verbalizar que el perseguido
parece un espectro: a Mann no le hacía falta). Es más,
una de las escenas más impactantes de la película,
también está robada del film clásico:
Javier Bardem se opera a sí mismo para extraerse una
bala con la misma determinación y sangre fría
con que lo hacía Richard Basehart en el film de 1948.
Así
las cosas, ¿qué resalta en "No es país
para viejos"? ¿Qué le queda? La mera
y discreta corrección, algo muy de agradecer en los
tiempos de bocinazos que nos ha tocado vivir, pero insuficiente
para investir a sus responsables con una grandeza que les
llora. Y, ya puestos, un pequeño desliz de los Coen
hace dudar sobre su verdadera conversión a un cine
de urgente expresión personal, ajeno a la pose: me
refiero a la impresentable broma de los mariachis. En otras
películas podía colar, pero en ésta chirría
tanto como un zapato de goma en un suelo recién encerado.
Sinfonía de los horrores.
Al
contrario, la última película de Tim Burton,
"Sweeney Todd, el diabólico barbero de la calle
Fleet" (¡qué titulito, por cierto!),
no parece haber despertado entre la crítica más
que una aquiescente indiferencia. Digamos de entrada que el
hombre que le salió rana, o más bien sapo, a
la Disney tampoco es un gran director, pero tiene una ventaja
importante respecto a los hermanos fashion: cree en las historias
que cuenta. Eso, y el innegable oficio y dosis de talento
que posee, lo ha ayudado a construir una de las obras más
personales, coherentes y a su modo atractivas del cine actual.
Cierto, también Burton tenía sus mejores laureles
hundidos en el tiempo, la excelente "Eduardo Manostijeras"
(1990) y, en menor medida, la divertida y destrozona "Mars
attacks!" (1996); cierto, también la obra
del director de negro parecía haberse ido deslizando
por una pendiente de cenagoso fondo, con los lastres de su
pésima revisión de "El planeta de los
simios" (2001) y de su hortera, sólo apta
para niños, "Charlie y la fábrica de
chocolate" (2005). Sin embargo, por en medio resaltaba
un apreciable film, "Big fish" (2003), que
mantenía viva la fe en las capacidades del californiano.
"Sweeney Todd" (2007), justifica la esperanza
y acaba erigiéndose como la mejor película de
su autor desde los lejanos tiempos de "Eduardo Manostijeras"
y uno de los mejores títulos de la cartelera de los
últimos meses
aunque la crítica mayoritaria
haya tendido a confundirla en el magma de mediocridad general.
Parece que, antes que un título modesto, pero bien
realizado, ciertos críticos prefieren esos filmes pomposos
que se arrogan falsas innovaciones (arty, que dicen los norteamericanos),
tipo el último de los Coen. ¡Qué ceguera!
En fin
Como
ya se ha señalado en múltiples medios, el último
Burton es una adaptación de un musical de éxito
(de mediocre partitura, por cierto), pero se integra de una
manera tan perfecta en el mundo del director, en sus imágenes
y obsesiones, que francamente resulta irrelevante la fuente
original. Pues volvemos a encontrar aquí a esos seres
marginados o simplemente insociables de Burton, de aspecto
como de celebración de los Monster; apariencia que,
sinceramente, se agradece, entre tanta estrella tan peripuesta
como carente de auténtico glamour como cunde hoy. Reencontramos
esa atracción por lo macabro y los efectos de feria,
que en esta película, aunque con frecuencia caen dentro
del más puro gore y en alguna ocasión están
a punto de desequilibrarla, sin embargo resultan en conjunto
bastante coherentes. Detectamos de nuevo ese afán de
fabulación, ese entusiasta abrazo a las estructuras
de los cuentos infantiles, aunque la aproximación nunca
alcance la madurez clarividente que conseguían un Hitchcock
o un Bergman. Volvemos a apreciar la importancia de los decorados
(sobresaliente labor de Dante Ferretti) y de los objetos,
su capacidad para explicar o incluso determinar a los personajes:
la barbería del señor Todd, bañada por
una sepulcral luz lunar, recuerda poderosamente el desván
donde Eduardo Manostijeras vivía enclaustrado; las
navajas prolongan la anatomía de su protagonista como
en el film anterior lo hacían las cuchillas. Persiste
la capacidad de sublimación poética, como demuestra
el excelente uso de los espejos, aquél de la barbería
rajado cual telaraña, o las mismas láminas de
las navajas, donde se reflejan los rostros luminosos de los
futuros amantes sanguinarios, Sweeney y Mrs. Lovett; e incluso
los baños de sangre que suponen tantos planos del film
están matizados con finura (de los brotes como espumarajos
que saltan de las heridas del malvado juez Turpin a la cortina
que fluye homogénea de la falsa mendiga) y se coronan
con una imagen memorable, donde las gotas de sangre corren
por el rostro y el cuerpo del agonizante Sweeney
como
una catarata de lágrimas.
A
veces, no obstante, Burton se deja tentar demasiado por el
exceso, como en la serie inacabable de asesinatos que puntúan
la segunda versión de la canción Johanna o en
el increíble abarrotamiento del negocio de Mrs. Lovett,
que más bien parece inspirado en la clientela de alguna
hamburguesería actual. Pero es mérito de la
película que mantenga en conjunto un tono coherente
y, sobre todo, esgrima una mirada entre infantil y desencantada
que redime el punto de partida, sinceramente un tanto banal,
y la hace alcanzar un tono poético, cuya máxima
expresión podría ser la mirada triste del rostro
de pepona maquillada para Halloween de Helena Bonham Carter.
Personalmente los mejores momentos que me brindó la
película están asociados a ella, a su magnífica
y conmovedora interpretación: el espinoso momento,
admirablemente matizado por la actriz, en que, abrazando al
niño, decide, a pesar de que lo quiere, que hay que
eliminarlo; y, claro está, esa serie de evocaciones
naïf, pintadas con unos tonos pastel que contrastan con
el siniestro colorido del resto de la película, en
que Mrs. Lovett fantasea unas vacaciones estivales junto a
la playa con su familia de hecho (Sweeney Todd y el niño),
relajada y satisfecha como una buena burguesa, feliz como
una persona que ha cumplido sus sueños. La secuencia,
una afortunada digresión, un momento de respiro magistralmente
orquestado por su director, está adobada por un certero
humor, pues el semblante novedosamente feliz de Bonham Carter
contrasta de continuo con el siempre ceñudo de Johnny
Depp. Es el toque infantil acompañado de ironía
adolescente tan típico del cine de Burton. El encanto
peculiar de este Peter Pan del terror.
|
El nuevo cine español
Por Fernando Usón
Si triste es el panorama mundial del
cine, el del español es deprimente. Por más
que una supuesta crítica que sólo ejerce de
clac se empeñe en ensalzar a los mediocres de Amenábar,
Bollaín, Medem, Aranoa y otros por el estilo; por más
que nuestra academia pretenda aparentar glamour, cuando sólo
es hortera; por más que algunos cortos españoles
triunfen en el extranjero lo que no hacen los largos ni por
accidente, y eso a pesar de ser mediocres; por más
que se quiera disfrazar la situación, el panorama del
cine español es desolador, lo mismo artística
que comercialmente.
En
este país las gentes del cine no parecen observar a
través del visor la realidad, sino simplemente su ombligo.
Han sido fehacientes las estrambóticas actitudes de
una academia de pacotilla, que, para poder mantener su espectáculo
de penoso gusto y repartir estatuillas (¡pobre Goya!),
primero intentó desterrar a los cortometrajes de la
inflada gala (¡y este sector de la producción
es precisamente el más prestigioso de todo el cine
español!) y finalmente mandó, en un impresentable
corte de mangas, a freír espárragos al cine
europeo (eso sí, con lógica aplastante: como
ellos no nos premian, nosotros a ellos tampoco).
El
establishment del cine español es (por sus
actos los conoceréis) mediocre y provinciano; sus miembros
parecen desear solamente repartirse la tajada entre ellos
(y si no consiguen taquilla, luchan desesperadamente por imponer
un canon digital que seguramente no debería revertir
a ellos, sino a los herederos de Hitchcock, o a Woody Allen,
o a Spielberg, o a Ridley Scott, o qué sé yo).
La industria, que no tiene rubor en clamar, casi aullar, por
las ayudas públicas, mantiene con firmeza sus puertas
cerradas a cal y canto a las verdaderas excepciones culturales:
Víctor Erice y José Luis Guerín, que
a trancas y barrancas consiguen sacar a flote algún
proyecto de ciento a viento.
En
este páramo no es de extrañar que la crítica
más despierta llegue a entusiasmarse por aquellos recién
llegados que de alguna manera intentan proponer y oponer una
mirada no oficial (mejor sería decir no oficialista),
y llegue a defender a capa y espada pequeñas y modestas
producciones cuya mayor virtud es simplemente renegar del
autobombo que ensordece a los consagrados desconectándolos
de la realidad. El problema es que muchas veces estos loables
y casi heroicos intentos adolecen también de "ombliguismo"
aunque de otro tipo, es cierto, y desde luego más excusable
que, pongamos, las psicofonías de Amenábar o
los eructos de Segura.
Todo
este largo exordio viene por la visión de uno de los
más prestigiosos primeros largos (me niego a llamarlos
óperas prima: ¿es que los cortos o los documentales
no son cine?) del último panorama español. Su
título: "La influencia"; su director,
Pedro Aguilera. En efecto, su favorable acogida por cierto
sector de la crítica (por ejemplo, Cahiers España)
podía hacer esperar una película con cierto
élan
si no fuera porque desde las mismas
líneas se había defendido calurosamente, por
ejemplo, un film tan bienintencionado como mediocre como es
"La leyenda del tiempo" de Isaki Lacuesta.
Finalmente
"La influencia" se ha revelado otro falso
(pequeño) prestigio del cine español actual,
en las antípodas, eso sí, de la campante industria
oficial de este país. Así, si los pestiños
de gente como Querejeta o Bollaín apestan a falsos
de puro "guais", sucede lo mismo con este film de
Aguilera, sólo que de puro adusto: todo es tan tristón
y mortecino, que recuerda sin remisión a ciertas acongojantes
películas soviéticas de los cincuenta, o más
pertinentemente, a los ejercicios de escuela que en la misma
época realizaban algunos aprendices ibéricos
de cineastas enragés (Saura, por ejemplo). Si
la interpretación general del cine español sigue
unos moldes prefabricados de poses y entonaciones impostados,
lo mismo sucede con el film de Aguilera, aunque el molde en
esta ocasión provenga de otro lugar: los actores son
tan apáticos y antipáticos que parecen un mal
remedo de los modelos de Bresson. Si los trucos de guión
en nuestro cine se aplican en cadena, "La influencia",
más artesanal, los presenta en ristra, con toques tan
alucinantes como el ligue en plena farmacia (eso sí,
ofrecido astutamente por su director mediante elipsis: es
que no hay quien se lo crea), por no hablar de ese final trabajado
a la contra, prueba de que se ha sucumbido a la siniestra
originalidad propugnada por los talleres de guión ofertados
por mediocres que, ellos mismos, no saben escribir uno decente:
concretando, si en los periódicos o en el teletexto
lo habitual es leer casos de padres o madres que matan a sus
hijos y luego se suicidan, aquí, ¡abracadabra!,
son los hijos los que matan a la madre y luego hacen amago
de quitarse la vida (se debe reseñar que tras una deriva
argumental que parece inspirada en el discreto "Nadie
sabe" del japonés Kore-eda).
El
suicidio simbólico que cierra la historia nos remite
a una de las cuestiones candentes del film de Aguilera: todo
parece un símbolo. Da igual el accidente final que
el descarnado polvo que la solitaria masturbación,
los transeúntes que llenan la calle al grito de acción
que los quiméricos, por inexistentes, vecinos, la tienda
siempre vacía (qué desazón) que el aséptico
supermercado, las colinas nevadas que las pinturas de colores.
El problema es que, como los diálogos, como las elecciones
formales, este ramalazo simbólico se desactiva de puro
impuesto y artificial.
El
fracaso de este (otro) bienintencionado intento sería
en nuestra opinión total, si no fuera por una cuestión.
Y es que, si algo hace albergar ciertas esperanzas sobre la
futura obra de Aguilera, no es su pedestre planificación
(la película no funciona cuando existe una relación
espacio-temporal clara entre un plano y el siguiente), ni
sus esforzadas y forzadas imágenes (por más
que intermitentemente aparezca algún encuadre sugerente),
sino por el patito feo de tantas y tantas películas:
la banda de sonido. La utilización de éste es
lo más creativo y desasosegante de toda "La
influencia": a veces no se sabe a ciencia cierta
de dónde procede un ruido; otras veces, el sonido entona
un pertinente comentario o da una oportuno brochazo de color
(gris); en ocasiones los sonidos están separados como
a hachazos, creando algún efecto atractivo
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