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La
década de los ochenta fue para los aficionados al cine, y
más aún para aquéllos que entonces comenzábamos
a sentir esta pasión, quizás la época más
dulce que se haya dado en este país. En primer lugar, la
democracia recién estrenada trajo consigo el fin de las prohibiciones,
por lo que no sólo se estrenaban todo tipo de películas
de la actualidad de entonces, sino que se recuperaban ¡en
salas comerciales! títulos clásicos que la censura
franquista había proscrito por ce o por be (de "El
acorazado Potemkin" a "Viridiana", de
"Ser o no ser" a "El imperio de los sentidos"),
mientras otros se hacían accesibles, más restringidamente,
vía filmotecas (de "The devil is a woman"
a "La sal de la tierra"); y no sólo eso,
en una época en que la distribución aún no
estaba copada por las grandes multinacionales, paralelamente a las
últimas bocanadas de las salas de arte y ensayo, se estrenaban
otros títulos fundamentales que por los azares de la siempre
caprichosa distribución patria no se habían "colado"
en nuestro país en el momento de su estreno mundial ("La
noche del cazador", "La noche del demonio",
"Senso", "La invasión de los ladrones
de cuerpos"
). En segundo y no menor lugar, la televisión
estatal tenía en nómina a excelentes programadores,
gracias a los cuales era posible ver ciclos en horas punta (prime
time, que se dice ahora) dedicados a Bergman, Renoir, Rossellini,
Wellman, etc., y hasta algún que otro título aislado
de Mizoguchi y Ozu; eso, por no hablar del cine-club de madrugada,
de programación diaria y reservado a las películas
en versión original y que incluía abundantes títulos
mudos, europeos, japoneses, etc. (una de cuyas propuestas imborrables
fue el doble ciclo simultáneo dedicado a Lang: películas
americanas en horario familiar; las alemanas mudas en horario de
madrugada ¡el mismo día!).
Esta
situación edénica fue poco a poco deteriorándose:
por un lado, las multinacionales iban adueñándose
de la distribución; por otro, la aparición de los
canales privados defraudó las esperanzas puestas en ellos,
al optar por la telebasura, animando de paso a Televisión
Española a entrar en la misma dinámica y olvidar su
vocación y obligación de ente cultural para precipitarla
en la competencia pura y dura. Desventajas de la ahora llamada liberalización
del mercado, antes conocida por capitalismo, aplicada a la cultura.
Hoy por hoy se ha tocado fondo en lo que respecta al cine de accesibilidad
inmediata: lo programado por las televisiones nacionales carece
de entidad alguna (y cuando la tiene, se reserva a horarios imposibles
y se le agrede con doblajes infames) y lo estrenado en los cines
es en su mayor parte intelectualmente nulo, si no simplemente vomitivo.
Un panorama desolador, y no sólo en cine, que dibuja una
de las etapas de la historia reciente de mayor insuficiencia artística
y vulgaridad mental.
No
obstante, dos hechos mantienen viva la ilusión del cinéfilo,
la antorcha del cine, ofreciendo la posibilidad de acceder a los
títulos señeros del que antes se consideraba el séptimo
arte
aunque, triste es decirlo, con la mirada puesta fundamentalmente
en el pasado. La primera línea, francamente minoritaria (pues
el gran público parece detestar lo antiguo por su edad: una
forma estupenda de mantenerse en la ignorancia), la constituye la
programación en filmotecas, que nunca en España había
sido mejor, llena de retrospectivas completas o casi completas de
directores que antes eran simplemente una prometedora incógnita
(no tanto Mizoguchi y Ozu, más Imamura, Naruse, Stiller,
Sjöström, Has, etc.), y además, con la posibilidad
de acceder a los grandes clásicos no en las desvaídas,
rayadas copias antes habituales, sino con frecuencia en resplandecientes
copias completas, restauradas gracias a la intensa actividad desarrollada
al respecto en las últimas décadas.
El
segundo hecho, más popular y accesible, es la acusada abundancia
de ediciones en DVD, donde los títulos apetitosos ya son
legión y permiten conocer lo mismo clásicos del cine
que modernos prestigiosos (tantos de ellos, ignotos comercialmente
en España: Tarr, Sokurov, Zhang-ke, Garrel, etc.). Sin embargo,
la proliferación de ediciones puede tener su lado negativo,
no tanto porque apenas dé abasto al coleccionista (tanto
da, sólo es cuestión de armarse de paciencia
y dinero), sino sobre todo porque impide el discernimiento entre
lo fundamental y lo accesorio, especialmente, para nuevas generaciones
que apenas han tenido la oportunidad de conseguir una formación
básica en lo que al cine respecta; inconveniente que se crece
ante la posibilidad de descargar los filmes del batiburrillo de
Internet. Ya se sabe, la información forma un bucle donde
la punta de la sobreabundancia enlaza con la esquina de la desinformación.
Con
el ánimo, arrogante quizás, de encender una luz que
ayude a triar lo indispensable, inauguramos esta sección
del Pollo Urbano, en la que rendiremos cuentas del estado de la
videografía (y los transfer) de unos cuantos cineastas, algo
menos de ochenta, que consideramos los mejores de la historia. Pensamos
sinceramente que todo aquél que se plantee el cine como expresión
artística, o mejor aún como modo expresivo específico,
aprobará, si no todos, sí la inmensa mayoría
de los cineastas que aquí aparezcan
aunque evidentemente
la selección también está sujeta a criterios
personales y habrá quien eche en falta determinados nombres:
¿qué habrá sido de Kubrick y Huston?, ¿Capra
y Curtiz?, ¿Berlanga y Erice?, ¿Truffaut y Chabrol?,
¿Antonioni y Oliveira?, ¿Polanski y Wenders?, ¿Yimou
y Kar-wai?, ¿Allen y Scorsese? Ciertamente todos ellos, y
otros que no mencionamos, tienen obras valiosas, pero el hecho de
ser más populares o nombrados no significa necesariamente
que se encuentren entre los mejores, por lo que deberán ceder
el paso a otros directores de obra cinematográficamente más
productiva y apasionante: algunos igualmente populares, como Chaplin
o Hitchcock, otros menos conocidos, como Borzage o Naruse, y otros
más incluso casi ignotos, como Stiller o Dovzhenko.
El
listado irá apareciendo por aproximado orden cronológico
y geográfico de directores y en él se podrá
ir apreciando el innegable dominio de los clásicos sobre
los modernos (más de la mitad de la lista debutaron en la
remota época muda o en la lejana década de los treinta),
quizás para escándalo de modernillos desinformados
que, sin discriminación, toman lo antiguo por antigualla:
desgraciadamente cada vez son más los que piensan, como diría
Javier Marías, que el mundo ha comenzado el día de
su nacimiento.
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Asia
Finalizamos
nuestro periplo cinematográfico en el continente
asiático, completando un recorrido efectuado a la
inversa del solar, de las tierras de occidente a las del
sol naciente. Porque la inmensa Asia, en lo que al mejor
cine respecta, casi se reduce a un minúsculo país:
Japón. De hecho, esas cinematografías emergentes
tan aclamadas hoy en día, sea la iraní, la
coreana o la china, aún están pendientes de
ofrecer un gran nombre irrefutable, y prácticamente
están en pañales en comparación con
la tierra de las geishas y los samuráis. "Nuestro
cine soñado", decía hace años
David Bordwell al referirse a una producción entonces
poco promocionada y de la que se adivinaban maravillas.
Y, en efecto, la mayor difusión del cine nipón
no ha traído el desencanto, sino la confirmación
de las esperanzas: aparte de ser el origen de dos de los
genios indiscutibles del cine (Mizoguchi y Ozu), su producción
media ha revelado a la que quizás sea, con permiso
de Francia, la segunda cinematografía más
brillante del orbe (la primera, al menos en época
clásica, era desde luego Estados Unidos, por su rica
cantera autóctona y su persistente importación
de grandes cineastas); una cinematografía que incluso
hoy sigue sacando a la luz nuevos talentos, hasta hace bien
poco ocultos a los occidentales. Por fortuna, este entusiasmo
por un cine que lo merece ha calado hondo también
en nuestro país, hasta el punto de que, cosa rara,
por una vez España se encuentra, en lo que a lo videográfico
respecta, en primera línea mundial, o casi, gracias
al esfuerzo editorial de fundamentalmente Filmax y en menor
medida de otras compañías, como Notro, SAV,
etc. Ahora bien, antes de poner el broche final a nuestra
vuelta al mundo cinematográfico en el país
de las maravillas, aún haremos una breve escala en
otro de producción mamotétrica
y tétrica
calidad media: a pesar de los pesares, la India guarda entre
sus joyas uno de los nombres importantes del cine.
-India
Satyajit Ray
El
bengalí es una auténtica rareza en un país
cuyo cine está amodorrado por el folclore más
ramplón, cuyos presupuestos estéticos no pueden
ser más gruesos, ni los dramáticos más
culebroneros, ni sus intereses más conformistas:
un ejemplo de sensibilidad, de gusto estético y capacidad
analítica y crítica
Aunque ciertamente
él mismo tuvo que pagar peaje a la industria hindú
y firmar obras de marchamo más popular, que son sin
duda lo más insatisfactorio de su filmografía,
véanse las aventuras o comedias tan supuestamente
vitales como machaconamente soporíferas tipo "La
piedra filosofal", "Las aventuras de Goopy
y Bagha" o "El reino de los diamantes".
Su obra, empero, raquíticamente difundida en España,
rebosa de películas magníficas, muchas de
ellas concentradas en los primeros años de su carrera,
como si el bengalí, tras el impulso recibido por
el francés Renoir, su declarado maestro, hubiera
concentrado en sí todas las fuerzas latentes de una
cinematografía que apenas había despegado.
De sus abundantes películas las únicas presentes
en el mercado ibérico son las que conforman la celebrada
"Trilogía de Apu", que incluye su
primer film y uno de los mejores, "La canción
del camino", también conocida por su título
original "Pather Panchali" (1955), así
como las inferiores, pero aun así muy recomendables
"El invencible" (1956) y "El mundo
de Apu" (1959). Se trata de una presencia casi
testimonial, cuando resulta que la obra del hijo del poeta
Sukumar no se limita a su inevitable trilogía, sino
que atesora otros títulos estupendos, casi todos
acumulados al principio de su carrera: "El salón
de música" (1958), "La diosa"
(1960), "Tres hijas" (1961), "Charulata"
(1964), "Noches y días en el bosque"
(1969), "El adversario" (1970), "Un
trueno lejano" (1973), y "El mundo de Bimala"
(1984), que, por cierto, es la única de sus películas
que conoció estreno comercial en España. A
ellas quizás se podrían añadir las
prometedoras "Kanchenjungha" (1962), "La
gran ciudad" (1963) y "El héroe"
(1966).
La
recomendación. La "Trilogía de
Apu" ha sido editada por Divisa en copias de nitidez
y contraste perfectos, y aunque presentan la tara de alguna
nieve ocasional, esto no llega a deslucir la excelente calidad
de las mismas. La mejor del trío es evidentemente
"La canción del camino", uno de
los mejores Ray, y se debe adquirir inexcusablemente.
-Japón
Kenji Mizoguchi
El
más grande director japonés, desde luego el
de obra más rica y diversa y, con permiso de Ozu,
el que llegó a utilizar formas y estructuras más
radicales, aún hoy de una pasmosa modernidad, está
bastante bien representado en el mercado, máxime
teniendo en cuenta que hace apenas unos diez años
su obra se conocía en España a cuentagotas.
En concreto, hay editado algo más de la mitad de
su corpus conservado, y a la espera de nuevos lanzamientos,
queda de momento un hueco muy importante que rellenar, el
de sus primeros años de actividad, es decir, su época
muda y sus primeros pasos en el cine sonoro. Por fortuna,
son muchas las películas rodadas a partir de 1936
asequibles para el cinéfilo, eso sí, como
de costumbre, con copias de calidad variable
aunque
en este caso parezca más justificable, por la dificultad
de acceso a algunos títulos y porque los mismos japoneses
no parecen haberse molestado demasiado en emprender una
política exhaustiva de restauración de sus
tesoros cinematográficos. Así las cosas, iluminan
los estantes de DVDs obras maestras como "Elegía
de Naniwa" (1936), "Historia del último
crisantemo" (1939), "Los leales 47 ronin",
también conocida como "Los 47 samuráis"
(1941-1942), "Amor en llamas" (1949), "La
Señorita Oyu" (1951), "La vida de
Oharu" (1952), "Cuentos de la luna pálida"
(1953), "La música de Gion" (1953),
"El intendente Sansho" (1954), "Los
amantes crucificados" (1954) y "La calle
de la vergüenza" (1956); y también
comunican su brillo otras buenas o extraordinarias películas,
tales como "Las hermanas de Gion" (1936),
"Utamaro y sus 5 mujeres" (1946), "El
amor de la actriz Sumako" (1947), "Mujeres
en la noche" (1948), "La mujer crucificada"
, también conocida por el más acertado título
de "Una mujer de la que se habla" (1954)
y "La emperatriz Yang Kwei-Fei" (1955).
Como quiera que la calidad media de Mizo-san es de una altura
de vértigo, las ausencias reseñables son casi
todas, así que recordemos, confiando en que no tarden
mucho en editarse en España: "La marcha de
Tokio" (1929), "El hilo blanco de la catarata"
(1933), "La virgen Oyuki" (1935), "Miyamoto
Musashi" (1944), "La victoria de las mujeres"
(1946), "La dama de Musashino" (1951),
"El héroe sacrílego" (1955),
y muy especialmente: su última película muda
y, a falta de poder juzgar algún título invisible
y tantos desaparecidos, primera obra maestra del artista,
"Osén de las cigüeñas" (1935);
su gran tesoro oculto y una de sus mayores cumbres, de tan
tortuoso acceso (¿cómo es posible que esta
obra capital de todo el cine ¡nunca! haya disfrutado
de una distribución normalizada en ningún
país occidental?), "El valle del amor y la
tristeza" (1937); y la también magistral
y un poquito más conocida "Retrato de la
Señora Yuki" (1950). Entretanto, los aficionados
pueden pasearse por un verdadero jardín de las delicias,
lleno de sorpresas y hallazgos a cada vuelta de esquina
es decir, a cada corte de plano, a cada giro de cámara,
a cada puerta que se abre, a cada nuevo ademán.
La
recomendación. Todas las obras maestras del adalid
de las mujeres y, según dicen, tirano de sus actrices
son imprescindibles, destacando especialmente, por la espléndida
calidad de las copias: "Elegía de Naniwa"
(presentada por Notro en quizás la más perfecta
edición de un Mizoguchi); ese monumento del cine,
toda una experiencia radical e inmarchitable, que es "Los
leales 47 ronin" (calentita, recién lanzada
por Filmax, con imagen impecable, aunque con sonido algo
zumbón); la delicada e injustamente olvidada "Amor
en llamas" (Filmax); así como, editadas
por SAV, la admirable "La Señorita Oyu",
esas dos cimas del séptimo arte que son la arrebatadora
"Cuentos de la luna pálida" y la impresionante
"El intendente Sansho", la conmovedora
"Los amantes crucificados" y, en fin, su
última palabra sobre las prostitutas y broche final
de tan excelsa filmografía, "La calle de
la vergüenza". Luego, en copias lejos de definitivas,
pero aún así ineludibles por su pasmosa envergadura,
se yerguen "Historia del último crisantemo",
en edición por desgracia muy, pero que muy mejorable;
y, claro está, "La vida de Oharu",
otra de las obras capitales que le donó al cine nuestro
hombre y uno de los más intensos y amargos melodramas
jamás rodados, negro como boca de lobo.
Yasujiro Ozu
Con
el cineasta amante del sake tenemos una situación
incluso mejor que con la del cantor de las geishas: una
muy buena porción de su filmografía (veintidós
obras) ya se puede encontrar en los comercios y los títulos
importantes por recuperar se cuentan con los dedos de la
mano. En concreto, en el caso del cronista de la clase media
nipona y poeta del discurrir de la existencia, a la cabeza
de sus películas disponibles se sitúan películas
magistrales como "Historia de hierbas flotantes"
(1934), "El hijo único" (1936),
"Una gallina al viento" (1948), "Primavera
tardía" (1949), "Las hermanas Munekata"
(1950), "Principios de verano" (1951),
"Cuentos de Tokio" (1953), "Primavera
precoz" (1956) y "La hierba errante"
(1959), remake con sonido y en color del primero de los
filmes citados. Pero, como quiera que el talento de Ozu,
como el de Mizoguchi, siempre brilló a gran altura,
no conviene olvidar otros títulos magníficos
como "He nacido, pero
" (1932), "Hermanos
y hermanas de la familia Toda" (1941), "Había
un padre" (1942), "Historia de un vecindario"
(1947), "El otoño de la familia Kohayagawa"
(1961) y el melancólico broche final de su carrera,
"El sabor del sake" (1962). En menor medida,
también son apetecibles algunos otros títulos
de la recta final de su carrera, que, pese a ser considerados
por los entusiastas del director entre su obra más
significativa y prestigiosa, a nosotros nos parecen algo
menores (lo que en Ozu significa que, aun así, son
buenas películas)
y quizás demasiado
encorsetados en el personalísimo sistema formal tan
característico del director y tan justamente admirado
por cinéfilos y cineastas: "Flores de equinoccio"
(1958), "Buenos días" (1959) y "Otoño
tardío" (1960). Y una buena noticia: para
mayo de este 2008 se anuncia el lanzamiento de los dos títulos
de madurez que faltaban, las soberbias "El sabor
del té verde con arroz" (1952) y "Crepúsculo
de Tokio" (1957). Así que, para que la relación
Ozu-DVD sea edénica, sólo quedan por incorporar
un ramillete de películas de campanillas de su época
muda: "¿Dónde están los sueños
de juventud?" (1932), "Amad a la madre"
(1934), "Un albergue en Tokio" (1935) y,
muy especialmente, la primera obra maestra del director,
la asombrosa "Mujer de Tokio" (1933).
La
recomendación. Las tres obras magnas del retratista
de los objetos son "Primavera tardía",
"Cuentos de Tokio" y "Primavera
precoz". Las dos primeras están ofertadas
por SAV en copias bastante mejorables, de nitidez raquítica
y con abundantes temblores, y si no fuera porque estas dos
cimas del cine son imperativas para cualquier aficionado,
casi aconsejaríamos esperar a futuras y mejoradas
ediciones. Por fortuna, la sombría "Primavera
precoz" la presenta Filmax en una copia excelente
que hace inexcusable su adquisición. Ahora bien,
cualquier aproximación al maestro resultaría
incompleta sin "El hijo único",
una de sus mejores y más emocionantes películas
(en buena edición de Filmax), así como sin
la inolvidable "Una gallina al viento",
situada justo antes de comenzar su etapa más prestigiosa
y que, no por atípica de su director (según
los críticos de guión), deja de ser magistral.
La comercializa Notro en un doble DVD, de calidad bastante
mejorable y que también incluye, en apuesta no demasiado
lograda, la primeriza y muy inferior "El coro de
Tokio" (1931). Aunque podríamos seguir,
finalicemos las recomendaciones con el doblete formado por
"Historia de hierbas flotantes" y "La
hierba errante", pues permite el fascinante ejercicio
de contrastar una de las mejores películas mudas
con una de las mejores últimas del cineasta, rindiendo
casi imposible la resolución del juego de la comparación
entre el original y el remake, pues ambos son excepcionales.
El film de 1959 cuenta, además, con el añadido
de un antológico trabajo cromático del mayúsculo
operador Kazuo Miyagawa, habitual colaborador de Mizoguchi,
en su único e inolvidable encuentro con Ozu.
Mikio Naruse
Decididamente
menos genial que Mizoguchi y Ozu, y algo más irregular,
el cineasta nacido en Tokio resulta también menos
afortunado de cara a la distribución que sus compañeros
de generación, pues sólo hay cinco títulos
editados en España de las decenas y decenas que rodó
(y se conservan)
y tampoco en el extranjero la situación
parece mejor. Por fortuna, todos los títulos comercializados
son magníficos; en concreto: "Madre"
(1952), "La voz de la montaña" (1953),
"Nubes flotantes" (1955), "Cuando
una mujer sube la escalera" (1960) y su último
film, "Nubes dispersas" (1967). Ahora bien,
el talento de este gran director, que cuidaba cada plano
y cada gesto de sus actores con una delicadeza como de pincelada
de sfumato, o mejor, de caligrafía, está
lejos de reducirse a estos cinco títulos, así
que esperemos que Filmax no lo olvide en próximas
colecciones de cine japonés y rescate títulos
igualmente extraordinarios, como "Tres hermanas
de corazón puro", "Mujer, sé
como una rosa", "La muchacha en boca de
todos", los tres pasmosamente fechados en el mismo
y fructífero año de 1935, "El almuerzo"
(1951), "Esposa y amante" (1961), "Crónica
de una trotamundos" (1962)
y quién
sabe cuántas películas más a la espera
de ser exhumadas para un reconocimiento que a buen seguro
merecen.
La
recomendación. Las cinco películas de
Naruse en el mercado son excelentes, pero, puestos a elegir,
a pesar de que la calidad de imagen de las dos primeras
no es ni mucho menos perfecta, quedémonos con el
"Pack Mikio Naruse" que incluye "Madre",
"Nubes flotantes" y "Nubes dispersas";
ello, por tratarse, respectivamente, de su película
más popular (en occidente), de su casi unánimemente
reconocida obra maestra y del film que clausuró su
brillante filmografía. Además, si "Madre"
parece conectar con el neorrealismo italiano, "Nubes
flotantes" destila ¡en 1955! una pasmosa
y precursora modernidad que "Nubes dispersas"
no hace sino confirmar. Y otro aliciente: cada una de ella
cuenta con sendas extraordinarias actrices japonesas de
generaciones sucesivas, que confirman que la calidad de
los intérpretes nipones no ha tenido igual a lo largo
y ancho del orbe en todo el siglo XX: la excelsa Kinuyo
Tanaka, actriz favorita no sólo de Naruse, sino también
de Mizoguchi y de Ozu (¡qué currículo!)
y evidentemente una de las más grandes de todo el
siglo, protagoniza "Madre"; la gran Hideko
Takamine, paradigma de versatilidad e intensidad, encarna,
con pasión y desencanto en difícil equilibrio,
a la obsesionada heroína de "Nubes flotantes";
y finalmente la menos conocida, pero también magnífica
Yoko Tsukasa en "Nubes dispersas" da cuerpo
y alma al último retrato femenino de un director
que ofreció una de las galerías más
ricas e impresionantes del cine.
Hiroshi Shimizu
El
cine japonés sigue guardando cartuchos en la recámara
y continuamente afloran por las filmotecas, las colecciones
o los comercios directores importantes, ignorados hasta
hace poco, o casi, en occidente. Claro está, que
no todos alcanzan la relevancia de los cineastas más
reconocidos y, así, por ejemplo, si las filmografías
de Kobayashi y Okamoto no han resultado finalmente tan extraordinarias
como había cabido esperar, la de Suzuki se intuye
quizás demasiado irregular. No obstante, persisten
dudas razonables sobre otros directores poco difundidos,
y quién sabe si esta lista sería más
amplia, si se conociera a fondo la obra de Yamanaka, Gosho,
Ichikawa, Kinoshita o Yoshida. Hay un nombre que ejemplifica
como ninguno la necesidad de dejar en suspenso una valoración
definitiva del cine japonés: se trata de una de las
últimas revelaciones, Hiroshi Shimizu (no confundir
bajo ningún concepto con el actual Takashi, responsable
de la discutible "La maldición");
y tan de las últimas, que es imposible encontrar
ningún título suyo en DVD en ningún
país occidental, ni siquiera por Internet. Pese a
haber debutado en la época muda, su descubrimiento
por los aficionados españoles (y, por poco, occidentales)
es tan tardío que se fecha ¡en 2006!, año
en que un imperativo ciclo recorrió diversas filmotecas
españolas, con una escasa selección de una
decena de entre las más de cien películas
que, según se cuenta, llegó a rodar. Como
quiera que dicho ciclo no llegó a Zaragoza, el responsable
de esta sección sólo consiguió ver
cuatro títulos, pero el hecho de no haber podido
visionar otras obras tan prometedoras como prestigiosas
(en su país, claro), unido a que las vistas presentan
una calidad media altísima, más la admiración
hacia Shimizu declarada nada menos que por Ozu y Mizoguchi,
justifica el voto de confianza dado a este ilustre desconocido
para incluirlo entre los grandes. En concreto, si "Sr.
Gracias" (1936) es una película simplemente
correcta y agradable, "El señor Shosuke Ohara"
(1949) es innegablemente un buen título, mientras
que "Notas de una cantante ambulante" (1941)
y "Los niños de la colmena" (1948)
son decididamente excepcionales. Después de su exhumación,
Shimizu, como el humo del incienso, parece haberse evaporado
de nuevo.
La
recomendación. Practicar la paciencia. Es una
virtud Zen...
Akira Kurosawa
Con
el director samurai saltamos a la generación de directores
que comenzaron a trabajar en los años cuarenta. Kurosawa
fue, en concreto, desde la siguiente década y gracias
fundamentalmente a la celebérrima "Rashomon"
(1950), la avanzadilla en occidente del cine nipón.
En buena lógica, también lo ha sido en su
difusión videográfica, pues ya hace tiempo
que Filmax lanzó gran cantidad de sus películas,
a las que constantemente se han ido añadiendo otras
(también por otras distribuidoras), hasta el punto
de que casi todas las treinta que filmó conocen distribución
actual. Una situación casi inmejorable, con sólo
una ausencia reseñable: la menospreciada, pero intensa
"Rapsodia en agosto" (1991). Tan encomiable
proliferación de títulos permite deshacer
algunos equívocos siempre difundidos sobre el cineasta,
empezando por el sambenito de ser el más occidentalizado
de los grandes directores japoneses: cierto, algunas películas
suyas pueden serlo, pero no más que otras de Mizoguchi,
Naruse y Ozu
y, por otro lado, otros filmes suyos
resultan tan irreductiblemente japoneses como el que más.
El segundo grave malentendido es suponer que su obra comienza
con la magnífica y justamente alabada "Rashomon",
pues los primeros años de su carrera son de una vitalidad
creativa y de una potencia expresiva asombrosas, que bajo
ningún concepto cabe empequeñecer como un
simple período de aprendizaje: para demostrar lo
dicho, ahí se yerguen airosas "No añoro
mi juventud" (1946), "Un domingo maravilloso"
(1947), "El ángel ebrio" (1948),
"Duelo silencioso" (1949), "El
perro rabioso" (1949) y "Escándalo"
(1950), todas ellas disponibles en copias de calidad. Luego,
tras "Rashomon", conforman la fecunda etapa
de madurez otros títulos magníficos, como
"El idiota" (1951), "Vivir" (1952),
"Los siete samuráis" (1954), aunque
ésta nos parezca inferior a la fama de que disfruta,
así como "Crónica de un ser vivo"
(1955), "Trono de sangre" (1957), "Bajos
fondos" (1957), "Los canallas duermen en
paz" (1960), "El infierno del odio"
(1963) y "Barbarroja" (1965). Entre las
películas de su última y más dispersa
etapa, tras la grave crisis personal sufrida por el cineasta,
destacan "Do-des-ka-den" (1970) y las míticas
"Dersu Uzala" (1975) y "Ran"
(1985). A disfrutarlas.
La
recomendación. Curiosamente las dos mejores películas
de Kurosawa lo hermanan con Shakespeare, en dos ejemplos
supremos de mestizaje cultural: "Los canallas duermen
en paz", pese a su apariencia de cine negro, tiene
muchos puntos de contacto con "Hamlet",
mientras que, un poco al contrario, "Trono de sangre",
adaptación confesa de "Macbeth",
es sin embargo una de sus películas que más
a fondo ha explotado los modos de representación
autóctonos de Japón. Las dos las distribuye
Filmax: "Los canallas duermen en paz" en
una copia impecable; no tanto "Trono de sangre",
pero la altura y fuerza de ésta, la obra maestra
del samurai del cine, bien merece que se pasen por alto
algunas pequeñas imperfecciones.
Shohei Imamura
La
siguiente generación de cineastas japoneses, coetánea
de la Nouvelle Vague francesa, recibió de hecho el
nombre en su país de Noberu Bagu. Como sus colegas
europeos, los nipones imprimieron un cambio de rumbo radical
respecto al cine de sus mayores, incorporando técnicas
más libres y enarbolando una mayor potencia discursiva,
mucho más airada y virulenta que en el caso de los
galos. Por fortuna, al igual que sus colegas franceses y
a diferencia, por ejemplo, de la contemporánea generación
de la televisión estadounidense, los nuevos aires
vinieron impulsados por una absorción a fondo del
lenguaje cinematográfico, que incidió en que,
si bien el grupo no llegó a ser comparable con sus
mayores (tarea ardua, por lo demás), al menos no
desmereció de ellos y llegó a aportar al séptimo
arte dos nombres fundamentales. El primero es otro tokiota:
el burlón, cáustico Imamura. Este cineasta
presenta la peculiaridad de tener una primera etapa, que
finaliza con la década de los sesenta, casi desconocida
en nuestro país, para luego, a partir de 1979, contar,
caso excepcional, con todas sus películas estrenadas
en España. De hecho, todo lo disponible en DVD pertenece
a esta amplia etapa del director, destacando buenas películas
como "La balada de Narayama" (1983), "La
anguila" (1997) y su aportación, sin duda
la mejor junto a la de Gitai, al film colectivo "11
de septiembre" (2002), dominadas las tres por las
extraordinarias "La venganza es mía"
(1979) y "Agua tibia bajo un puente rojo"
(2001). Sin embargo, todavía son unas cuantas las
películas necesarias de recuperar, muchas de su etapa
"invisible"
aunque no todas: "Intenciones
de matar" (1964), que es una de las cimas de su
responsable, la magnífica "Los pornógrafos"
(1966), el semidocumental "Desaparece un hombre"
(1967), el sensual fresco panteísta "El profundo
deseo de los dioses" (1968), la tragicómica
"Dr. Akagi" (1998) y, sobre todo, la ausencia
más imperdonable de todas, quizás su mejor
película, la conmovedora e impresionante "Lluvia
negra" (1989), su alegato contra el lanzamiento
de la bomba atómica en Hiroshima y sus consecuencias,
una película de visión obligatoria para cinéfilos
y no cinéfilos que debería proyectarse en
todos los colegios e institutos, sin más.
La
recomendación. El mejor Imamura en el mercado
es sin duda "La venganza es mía",
presentada en una magnífica copia por SAV. Este título
resulta además una aproximación ideal al universo
del japonés, pues hace gala de toda la rabia característica
de su autor, más que atemperada, azuzada por su feroz
ironía, además de ser un firme puente entre
sus dos etapas, caracterizada la primera por estrategias
formales más convulsas y la segunda por una conquistada
serenidad
aparente.
Nagisa Oshima
Sólo
un año después que Imamura, en 1959, debutó
el director nacido en Okayama. Oshima, pese a la notoriedad
cosechada durante su etapa occidental de los setenta y ochenta,
casi había desaparecido del mapa de la distribución,
pero, por fortuna, los tiempos del DVD le han traído
una necesaria reivindicación a éste, el cineasta
más arriesgado de su generación y de los más
de todo el cine, cuyo arrojo ha deparado numerosos placeres
y hallazgos
aunque también algún que
otro fiasco (como la discutible "Diario de un ladrón
de Shinjuku", 1968). Siete títulos presentes
sobre un total de casi treinta, eso sin contar sus numerosos
trabajos para televisión, no es ciertamente mucho,
pero sí bastante, cuando se compara con el desierto
de hace pocos años; y más todavía,
cuando dos de esos títulos, "El entierro
del sol" (1960) y "Feliz Navidad Mr. Lawrence"
(1983), son muy recomendables, mientras los otros cinco
son simplemente excepcionales: la primeriza "Historias
crueles de juventud" (1960), la impactante y convulsa
"Violencia a pleno sol" (1966), su díptico
del escándalo, la sexual "El imperio de los
sentidos" (1976) y la fantasmagórica
"El imperio de la pasión" (1978), y,
faltaría más, su último y magistral
film, "Gohatto", también conocido
como "Tabú" (1999). Confiemos en
que se sigan recuperando otras películas ausentes
del director, con a la cabeza jalones tan importantes como
"Muerte por ahorcamiento" (1968), "El
niño" (1969) o "La ceremonia"
(1971).
La
recomendación. Cualquiera de las películas
presentes, y en particular las dos mejores, serviría
para certificar ese cruce tan particular entre Eros y Thanatos
que es el sello más reconocible de su autor. "El
imperio de los sentidos", en concreto, presentada
por Filmax en una copia aceptable, es una película
imprescindible y anonadante, un film-escándalo de
su época que sigue conservando intacta toda su capacidad
de subversión y desasosiego. De adquisición
obligada, sin peros que valgan, es la fascinante "Gohatto",
distribuida por Lauren Films en copia impecable, y que tiene
el valor añadido de ser el último trabajo
de Oshima por el momento
y quizás definitivamente,
dada la avanzada edad del director. Esta bellísima
película, una de las más grandes de los últimos
tiempos, consigue la difícil proeza de alcanzar el
equilibrio entre delicadeza y brutalidad, y presenta una
trama tan escurridiza que consigue que acabemos desentendiéndonos
de ella para concentrarnos en la crepuscular belleza de
sus imágenes y la vigorosa potencia de su discurso.
(
Y, tangencialmente, deja en ridículo a esa
película de similares primeras intenciones, sólo
primeras, que es la cacareada "Brokeback mountain").
|
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Europa. Tercera parte.
Antes
de volar en la próxima entrega al continente asiático,
en ésta finalizamos nuestra rememoración de
cineastas europeos, ciñéndonos a la periferia
geográfica y cinematográfica del continente
y trazando por tanto un arco imaginario que va desde Gran
Bretaña a Rusia y pasa por las estaciones mediterráneas
de España, Italia, Grecia y Ucrania. No obstante,
dos puntualizaciones. Primera: no por una incorrección
diplomática, sino porque los cineastas británicos
de la lista son todos ingleses, hemos preferido encabezar
el apartado correspondiente bajo el epígrafe de Inglaterra
y no de Reino Unido. Y segunda: un poco al contrario, por
razones históricas, hemos optado por agrupar a los
cuatro cineastas de los dos países eslavos aquí
presentes bajo el epígrafe de la extinta Unión
Soviética. La razón es que todos ellos iniciaron
su andadura cinematográfica bajo la dictadura del
proletariado y, aunque acabarían por distanciarse
de las corrientes y dictámenes oficiales del régimen,
en sus primeras películas hay una evidente glosa
y adhesión, como mínimo aceptación,
de la idea revolucionaria, por lo que los cuatro se asimilan
a una corriente, un momento histórico, un estado
de localización temporal muy precisa que responde
a unas siglas: URSS.
Inglaterra
Alfred Hitchcock
¿Qué
decir del orondo, parsimonioso y burlón director?
Que es el mago del suspense es poca cosa, casi parece un
chiste, pues sus películas admiten tantos niveles
de lectura y a tanta profundidad, que al menos en sus mejores
logros se cuentan entre las más complejas y polifacéticas
experiencias que ha ofrecido el cine y, por lo demás,
cualquier otra arte. Que es uno de los más grandes
cineastas que han existido es rigurosamente cierto, pero
incluso esto sabe a poco, al hablar de un hombre que dominó
y utilizó a fondo prácticamente todos los
resortes de este medio tan rico y complejo, hasta el punto
de que el brillante analista J. E. Tarnowski llegó
a referirse a él como
el hombre que sabía
demasiado. La grandeza de Hitchcock aún resulta más
admirable, si se considera que sigue atrayendo a numeroso
público en igual medida que Madeleine imantaba a
Scottie Ferguson; fascinación, por si fuera poco,
prolongada a lo largo de más de ochenta años
ininterrumpidos. Así las cosas, es evidente que el
católico londinense es y seguirá siendo uno
de los reyes del mercado videográfico. No podía
ser de otra manera. Procedamos cronológicamente.
Las películas de su etapa inglesa cunden (y digo
cunden: hasta seis ediciones distintas hay de algunos títulos)
sobre todo en lanzamientos de pequeñas firmas, por
lo general poco cuidadosos: baste con pensar en cómo
Suevia presenta las películas mudas con copias de
muy deficiente calidad a las que encima les faltan anchas
bandas del encuadre (algunas parecen estar dirigidas por
un tal Fred Hitchcock). Por fortuna, de su período
silente, el paquete lanzado al alimón por Studio
Canal y Universal "The Hitchcock Collection"
presenta en copias excelentes "El ring"
(1928), "The Manxman" (1929) y su mejor
película muda, la extraordinaria comedia "La
mujer del granjero" (1928). Este mismo paquete
nos introduce en los primeros años del Hitchcock
sonoro con un par de títulos menores, aunque estimables
(es hora de decir que el inglés sólo rodó
una película mala sin remisión: "Juno
and the peacock"), y sobre todo con la excelente
"Lo mejor es lo malo conocido" (1931),
casualmente otra comedia. Como colofón, ofrece una
copia magnífica de
¡"Enviado
especial"! ¡Qué descoloque! Continuando
con la carrera británica del hombre de la silueta,
Universal propone un DVD excepcional de la magistral "La
muchacha de Londres" (1929), disco que incluye
las dos versiones del film, muda y hablada. Por cierto,
que la que Suevia distribuye como "Chantaje"
es en realidad la misma película en peor copia, sólo
que usa la traducción literal del título original.
Aparte, Filmax presenta remasterizadas con muy buena calidad
la magnífica "Inocencia y juventud" (1937)
y dos de los mejores títulos insulares del londinense,
"39 escalones" (1935) y "Alarma
en el expreso" (1938). Por desgracia, no hay, que
sepamos, buenas copias de algunas películas soberbias:
"Easy virtue" (1927), "Asesinato"
(1930), "El agente secreto" (1936) y, sobre
todo, el primer e inolvidable "Sabotaje"
(1937), que por cierto nada tiene que ver con el que al
poco rodaría en América.
Ahora
bien, por muy brillante que sea su filmografía británica,
Hitchcock no alcanzaría la plenitud de sus colosales
facultades hasta su llegada a Hollywood. Allí no
rodó ni una sola película mediana y sí
en cambio una cantidad abrumadora de obras extraordinarias.
De la etapa que comienza con Selznick y acaba en la Warner,
destacan poderosamente las magistrales "Rebeca"
(1940), "Enviado especial" (1940), "La
sombra de una duda" (1943), "El proceso
Paradine" (1947) y "Extraños en
un tren" (1951), y en menor medida, y aun así
son magníficas, "Sabotaje" (1942),
"Náufragos" (1944), "Recuerda"
(1945) y "La soga" (1949). Lástima,
que dos filmes tan admirables como "Sospecha"
(1941) y "Atormentada" (1949) y que una
de sus indiscutibles obras maestras, "Encadenados"
(1946), se oferten, de momento, en copias deficientes; y
lástima también que "Yo confieso"
(1952) y "Crimen perfecto" (1953) estén
secuestradas por Warner. Luego, llegando a su etapa Paramount,
aquélla que atesora la mayor cantidad de cumbres
del arte de nuestro hombre, y ya hasta el final de su carrera,
nos topamos con el espinoso asunto de los formatos. Sí,
Universal ataca de nuevo. Pues si aquéllas películas
rodadas en sistema VistaVision eran originalmente panorámicas,
no lo eran las demás, así que hagamos pública
nuestra consternación por el hecho de que las copias
supuestamente restauradas de esas dos cimas del cine que
son "La ventana indiscreta" (1954) y "Psicosis"
(1960) se presenten mutiladas horizontalmente por la major
(y mayor) terrorista
por mucho que pretendan camelarnos
con la multitud de extras de la edición conmemorativa
de la segunda, que, al menos, es un consuelo, incluyen el
genial trailer original del film. Para rizar el rizo, otras
dos cumbres, "Los pájaros" (1963)
y "Marnie" (1964), rodadas en formato apaisado,
se comercializan ¡en formato cuadrado! Ya parece mala
leche. Y algo similar podría decirse de sus últimas
cuatro películas, entre las que sobresalen con fuerza
la amarga, incomprendida y tantas veces agredida "Topaz"
(1969) y la guasona y más aceptada "Frenesí"
(1972). Bueno, por fortuna, nos quedan en copias soberbias,
más respetuosas y recién restauradas, "Atrapa
a un ladrón" (1954), "Pero, ¿quién
mató a Harry?" (1955), "El hombre
que sabía demasiado" (1956), "Vértigo"
(1958) y, distribuida por MGM, "Con la muerte en
los talones" (1959). Y un nuevo varapalo, éste
para Warner: ¿a qué espera para lanzar otra
de las cumbres del maestro, "Falso culpable"
(1957)? Claro, que casi se puede ahorrar la molestia, si,
como parece que ya ha hecho en su lanzamiento internacional,
la va a presentar "panoramizada". El despanoramizador
que la despanoramice, buen despanoramizador será...
La
recomendación. No puede haber ni una, ni dos,
ni únicamente tres, tratándose de esta especie
de Mozart del cine. Comencemos con el paquete "The
Hitchcock Collection" (Studio Canal y Universal),
por incluir en copias impolutas su mejor película
muda, "La mujer del granjero", y una de
sus más destacadas iniciales películas americanas,
"Enviado especial". Luego, sobresale "La
muchacha de Londres", distribuida por Universal,
por la excepcional calidad del lanzamiento y presentar además
las dos versiones de una película esencial en la
evolución de su director, mucho más que la
previa "El enemigo de las rubias" (1925)
y, a la sazón, fundamental en el incipiente cine
sonoro. Y para finalizar con su etapa inglesa, resaltemos
la cima de ella, la irresistible "Alarma en el expreso"
eso sí, en la copia de Filmax. Ya en América,
destaquemos tan sólo las obras maestras editadas
en copias impecables: la inaugural "Rebeca"
(Manga Films), otro de los puntos de inflexión cruciales
en la carrera de Hitchcock; la maravillosa y familiar "La
sombra de una duda" (Universal), una de sus cinco
o seis mejores películas y sin duda uno de sus títulos
más libres; la intensa "El proceso Paradine"
(Manga), que es mucho más que un boceto de "Vértigo";
la desbordante "Extraños en un tren",
que Warner distribuye en un disco de doble cara con las
versiones inglesa y americana del film, aunque las diferencias
entre una y otra no resulten muy sustanciales... Recuperemos
el resuello para adentrarnos en su gloriosa etapa de 1954
a 1964. Nos gustaría recomendar aún más
títulos, pero los malditos formatos destierran un
puñado de obras maestras y, en concreto, quedan:
"Atrapa a un ladrón" (Paramount),
cuya aparente modestia y su inopinada inclinación
a la comedia no deberían impedir reconocer sus desbordantes
virtudes; distribuida por Universal (originalmente Paramount),
"El hombre que sabía demasiado"
(la versión con James Stewart, claro está:
no confundir con la previa inglesa, que es muy inferior),
por ser una de las cumbres indiscutibles de su cine y tratarse
del Hitchcock más completo, el que mejor agrupa y
desarrolla todas las tendencias relevantes en su obra; "Vértigo"
(Universal, en origen Paramount), simplemente una de las
cumbres del cine y de todo el arte del siglo XX (ahí
queda eso); y finalmente, "Con la muerte en los
talones" (MGM), menos honda que los títulos
precedentes, pero siempre reconocida como el Hitchcock que
con más fruición ha exprimido la proverbial
faceta lúdica del cineasta.
David Lean
Tan
deslumbrante es el fulgor de Hitchcock que muchos aficionados,
en parte impulsados por unas desafortunadas declaraciones
de Truffaut, han llegado a creer que el cine británico
se reduce al director gourmet. Nada más lejos de
la realidad, y uno de aquéllos que con mayor contundencia
refutan tal teoría es el popular David Lean. Su gran
fama la debe especialmente a las grandes superproducciones
a las que se entregó en la segunda mitad de su carrera,
pero la primera, centrada en películas más
familiares (por comparación) es igualmente brillante
y, gracias al prestigio de la etapa más conocida,
se ha ido recuperando poco a poco para el aficionado español,
hasta el punto de que casi toda la quincena aproximada de
largometrajes que firmó el británico se ha
llegado a comercializar en nuestro país. Del período
inglés brillan en los estantes películas excelentes
como "Breve encuentro" (1945), "Oliver
Twist" (1948), "Amigos apasionados"
(1949) y "Madeleine" (1950), aunque "Cadenas
rotas" (1946) parece estar descatalogada y "La
barrera del sonido" (1952) y "El déspota"
(1954) simplemente sin editar. De su etapa internacional
siguen al pie del cañón, en ediciones repletas
de extras, las no menos extraordinarias "Lawrence
de Arabia" (1962), "Doctor Zhivago"
(1965) y "La hija de Ryan" (1970). Por
desgracia, uno de sus mejores filmes, la culminación
de su obra en muchos sentidos, la postrera "Pasaje
a la India" (1984), está descatalogada.
En cuanto a las míticas "Locuras de verano"
y "El puente sobre el río Kwai",
algo teníamos que decir, se nos permitirá
detestarlas
cordialmente.
La
recomendación. De su primera etapa cabía
esperar que nos decantáramos por "Breve encuentro",
pero preferimos hacerlo por "Madeleine",
una estupenda película repleta de sensualidad y vitriolo
a partes iguales que tangencialmente demuestra que la obra
de un cineasta rara vez se reduce a sus títulos más
prestigiados y difundidos. La edita Filmax en una copia,
lejos de la excelencia, pero aceptable. De su etapa internacional,
ante la desaparición de la intensa "Pasaje
a la India", "Lawrence de Arabia"
(Sony Pictures) es una magnífica elección,
que demuestra con elegancia que la espectacularidad no está
reñida con la calidad
ni la aventura con el
melodrama, ni la épica con el intimismo.
Terence Fisher
El
más conspicuo especialista en el género de
terror de la historia del cine, pese a su prestigio y a
su relativa popularidad entre los aficionados al fantastique,
tiene una presencia mediana en los estantes españoles;
y aún más escasa, cuando se constata que la
mayoría de sus mejores títulos han quedado
excluidos. De su primera etapa en blanco y negro, tan sólo
se ofrece la agradable "Extraño suceso"
(1950): por lo que se ve, obras de mayor empaque, como "Chantaje
criminal" (1952) o "El triángulo
de cuatro lados" (1953) deben de pulular por un
rincón perdido de la cuarta dimensión. En
cuanto a su etapa de gloria, de intensa actividad, aquélla
que inició con sus primeras y antológicas
interpretaciones (en color) sobre el conde vampiro y el
moderno Prometeo, tan sólo se comercializan dos de
sus mejores películas, "Drácula, príncipe
de las tinieblas" (1965) y "Frankenstein
y el monstruo del infierno" (1974), su film postrero,
a las que se añaden cuatro títulos notables:
"El perro de los Baskervilles" (1959),
"La maldición del hombre lobo" (1961),
"Frankenstein creó a la mujer" (1967)
y "La novia del diablo" (1968). Confiemos
en que no tarden en resucitar algunos otros sueños,
tan angustiosos como indelebles, ahora en las catacumbas,
tales como: "La venganza de Frankenstein"
(1958), "La momia" (1959), "Las
novias de Drácula" (1960), "El fantasma
de la ópera" (1962) y, sobre todo, las magistrales
"La maldición de Frankenstein" (1957),
"Drácula" (1958), "Las dos
caras del Doctor Jekyll" (1960), "La gorgona"
(1964) y "El cerebro de Frankenstein" (1969).
La
recomendación. Las dos mejores películas
de Fisher en el mercado las presenta Manga Films dentro
de su apartado Hammer Collection en copias magníficas
y con extras de relativo interés, más centrados
en la productora que en nuestro hombre. Son "Drácula,
príncipe de las tinieblas" y "Frankenstein
y el monstruo del infierno". Ambas son imprescindibles,
por demostrar que el horror se puede conjugar con la reflexión
rigurosa, por ser unas pasmosas lecciones de creación
de atmósferas, por su capacidad para extraer todo
el partido de los elementos físicos del cine (los
decorados, el vestuario, los colores
.), y en resumen,
por la (escalofriante) brillantez de su puesta en escena.
Jack Clayton
Al
cineasta de Brighton normalmente se le ha asignado un lugar
entre los integrantes del free cinema inglés por
pertenecer a la misma generación y comenzar su carrera
a finales de los años cincuenta. Sin embargo, Clayton
ha de desmarcarse del movimiento, porque sus intereses más
profundos pronto lo empujarían a no imponer la crítica
social por encima del desarrollo de sus historias y a primar
en cambio el análisis psicológico; y, más
importante, su estilo visual, poco interesado en los efectos
fáciles que hicieron mella en tantos integrantes
del grupo, continuaban y no rompían con una tradición
anclada a fondo en la creación de atmósferas
y el desarrollo de la creatividad dentro de una aparente
discreción formal. No, Clayton difícilmente
puede considerarse un cineasta moderno en el sentido en
que lo son Godard, Fellini o Kluge, ni mucho menos un cineasta
innovador (claro, que sus compatriotas aglutinados en el
free cinema no destacaron precisamente por sus aportaciones
a la evolución del lenguaje cinematográfico).
Da lo mismo: nuestro hombre es un magnífico director,
lleno de capacidad visual y fuerza emotiva, que alcanzó
la cima de sus facultades en las tres películas que
rodó en la década de los sesenta, tres títulos
que le garantizaron su lugar de honor entre los directores.
Que haya cuatro largometrajes editados en DVD sobre el total
de los siete escasos que rodó no parece mal porcentaje,
aunque entre ellos figura su largo menos memorable, "El
gran gatsby" (1974), y la correcta, aunque quizá
demasiado british, "La pasión solitaria de
Judith Hearne" (1987). Por fortuna, están
presentes "Un lugar en la cumbre" (1959)
y "¡Suspense!" (1961)
y por
desgracia, nadie parece acordarse de las extraordinarias
"Siempre estoy sola" (1964) y "A
las nueve cada noche" (1967).
La
recomendación. ¡Aleluya! Podemos destacar
sin reservas de ningún tipo la obra maestra de Clayton,
editada en una copia extraordinaria e impoluta, distribuida
por Filmax: "¡Suspense!" ronda por
los estantes. Y que nadie, espantado por el ridículo
título ibérico, rehúya esta delicada,
fantasmal e intensa película: su nombre original
es el mucho más adecuado y sugerente de "Los
inocentes". Como doble curiosidad, se trata de
una adaptación de la magistral narración de
Henry James "Otra vuelta de tuerca"
y ésta es la película de la que el mediocre
de Amenábar se copió tantos planos y situaciones
para su pastiche "Los otros". Al César
lo que es del César.
España
Luis Buñuel
Lo
del cineasta aragonés es el gran orgullo y la gran
vergüenza del cine español. El gran orgullo,
evidentemente, por ser el único de nuestros directores
con una obra de altos vuelos, capaz de destacar entre las
más granadas del mundo. La gran vergüenza, pues
en los ochenta años desde que rodó su primera
película, el cortometraje "Un perro andaluz"
(1929), este país parece esmerarse en estrangular
su obra. Para empezar, el nivel del cine español
mudo era tan lastimoso, que Buñuel tuvo que aprender
el oficio y calibrar sus posibilidades en Francia. Para
seguir, en plena República se prohibió su
primera película de rodaje español, el documental
"Las Hurdes" (1933), financiado por cierto
al margen de la industria, y enseguida se relegó
al calandino a la producción de un cine popular,
tan ralo como sólo era posible en España (o
en algún otro país folclórico, tipo
Egipto o India). Luego, con Franco en el poder, evidentemente
al surrealista socarrón no le quedó otro remedio
que empacar y buscar otros aires menos cargados; y cuando
finalmente volvió a su patria para rodar su primer
largo en casa, la gran "Viridiana" (1961),
se montó tal escándalo (en realidad, lógico,
si se considera cuál era la ideología del
régimen y cuál el discurso de la película),
que Buñuel debió exiliarse de nuevo. Un nuevo
largometraje español, "Tristana"
(1970), supondría un paréntesis idílico
en la relación entre el cineasta sordo y el país,
ya que luego volvió a Francia, donde murió
en 1983. Pues bien, no contentos con ponerle zancadillas
y constreñir su ímpetu creativo en vida, algún
palurdo distribuidor ha tenido la desvergüenza de enmendarle
la plana después de muerto y amputar unos planos
de "El ángel exterminador" (1962)
porque repiten una misma acción (en concreto, la
entrada de los burgueses a la mansión). ¡Hace
falta ser burros! Por si fuera poco, nadie parece molestarse,
ni hay trazas de ello, en restaurar tantas de sus películas,
y eso que las copias en circulación suelen ser de
lo más deficientes. Cierto, se podría alegar
que la mayoría de estos títulos son de producción
mexicana, pero no hay excusa, no por cuestiones (que también)
de eso que llaman cooperación cultural, sino porque
resulta que tres de sus obras cumbre, "Viridiana",
"El ángel exterminador" y "Simón
del desierto" (1965), son propiedad del estado
español, que compró sus negativos y derechos
al productor Gustavo Alatriste hace ya años. Si así
se recompensa al director que ha llevado el nombre de España
a lo más alto de la cinematografía mundial,
si el caso Buñuel le ha tomado bien el pulso a la
vida cultural de este país, ya mediocre de por sí,
resulta que en lo que al cine toca es simplemente pavorosa.
En fin, como ya hemos apuntado, la mayoría de las
grandes películas del calandino malviven en muy digitales,
pero horrorosas copias en DVD: una de sus obras máximas,
"Los olvidados" (1950), cunde en múltiples
copias, todas malas (aunque, entre las que conocemos, se
lleva la palma la de la temible firma SAV); "Abismos
de pasión" (1954) se oferta en una pésima
edición que parece de vetusto y corroído VHS;
"Nazarín" (1959) se presenta en
copia reciclada de analógico que hasta presenta un
loop, y encima, en medio del intensísimo plano final
sobre Paco Rabal; "Susana" (1951) y "Subida
al cielo" (1952) no han corrido una suerte más
halagüeña; "El ángel exterminador"
y "Simón del desierto" están
descatalogadas y casi es mejor que sea así, tan nefastas
eran las copias existentes. También "Belle
de jour" (1967) está descatalogada, mientras
que "La edad de oro" (1930), "Las
Hurdes", "Viridiana", "El
discreto encanto de la burguesía" (1972)
y un buen puñado más de obras muy recomendables,
en alarde de terrorismo cultural para nada surrealista,
deben conformarse con flotar cual miasma por las mentes
de los aficionados. Sí está la magistral "Un
perro andaluz", pero Fnac, ni corta ni perezosa,
en vez de lanzarla con otros filmes de Buñuel, la
ha "arrejuntado" con cortos de Bollaín,
Trueba, Camus, etc.: como si fuera cotejable una obra revulsiva
hasta la médula con una hornada de ñoñerías.
¡Hace falta valor! Quedan tres consuelos, sólo
tres, tres películas extraordinarias presentes en
buenas copias: "El bruto" (1952), "Él"
(1953) y "Ensayo de un crimen" (1955).
¡Qué bochorno!
La
recomendación. De las tres películas visibles
con cierta calidad sobresale con fuerza "Él",
una de las obras maestras del director y a buen seguro uno
de los títulos que mejor resume su obra, pues en
él se conjugan en singular equilibrio realismo y
sueño, pasión y mordacidad, sexo y religión,
arrojo y contención y, en suma, el ruido y la furia
de las etapas surrealista y mexicana con los murmullos y
la sutileza más propios de la última obra
francesa. Ah, y que Divisa, según parece, haya descatalogado
esta película magistral no es problema, ya que la
incluye en un económico paquete con otras dos de
sus mejores películas mexicanas, paquete que, a pesar
de la pésima calidad de imagen de "Abismos
de pasión", aún merece la pena adquirir,
pues las de "Ensayo de un crimen" y "Él",
lo hemos dicho, son de las mejores del mercado.
Italia
Roberto Rossellini
A
pesar de la relativa importancia de la industria cinematográfica
muda del país transalpino, Italia no empezó
a aportar nombres de gran relieve para el séptimo
arte hasta recién acabada la segunda guerra mundial.
La gran eclosión tuvo lugar bajo el nombre y la estética
del neorrealismo, por más que en apenas una década
todos los grandes autores ligados a él acabaran desmarcándose
del movimiento y practicando cines sumamente personales.
Evidentemente el nombre más significativo y que mejor
resume dicho apogeo y dicho trayecto es el de Rossellini.
Del romano hay algo más de una decena de títulos,
lo que quiere decir que faltan aproximadamente la mitad
de sus largometrajes y toda su obra para televisión.
Ahora bien, en este caso la situación puede ser considerada
casi satisfactoria, pues, con las excepciones del documental
"India" (1959) y de su último título
reseñable, la didáctica y televisiva "La
prise de pouvoir par Louis XIV" (1966), todas sus
mejores películas, e incluso otras poco memorables,
están presentes en el mercado. Otra cuestión
es la calidad de las copias
De la segunda etapa de
su carrera, sita en pleno neorrealismo, hay diversas ediciones
de las extraordinarias "Roma ciudad abierta"
(1945), "Alemania año cero" (1948)
y "Francisco juglar de Dios" (1950), mientras
que de su etapa con Ingrid Bergman, tras haber roto no sólo
con Anna Magnani, sino con el credo neorrealista, etapa
que lo reconduciría a una cierta modernidad, están
presentes las recomendables "Stromboli"
(1950), "Ya no creo en el amor" (1954,
título con el que ahora han bautizado "La
paura", es decir, "El miedo")
y, por supuesto, las joyas de esta última gran etapa
del apóstol del neorrealismo, cumbres de toda su
carrera y punto de referencia para distinguidos directores
posteriores: las imperecederas "Europa 1951"
(1952) y "Te querré siempre" (1953).
Lástima, que la copia de "Europa 1951"
que presenta Llamentol no tenga una calidad intachable,
ni tampoco incluya la magnífica escena de la central
hidroeléctrica, que sí existe en la versión
inglesa del film; y doble lástima, que la copia de
"Te querré siempre" que comercializa
Suevia parezca un arguello, tan deficiente es la calidad
de imagen.
La
recomendación. La única edición
definitiva en el mercado de uno de los grandes Rossellini
es la que Suevia Films presenta de la tierna y emocionante
"Francisco juglar de Dios", quizás
la culminación de cierta tendencia del hombre fuerte
del neorrealismo a un cine poético: no sólo
la película es excepcional, sino que la edición
se ha realizado a partir de una copia restaurada, prístina
e inmaculada. A atesorar. Luego, en muy segundo lugar, queda
el triple DVD que Sogemedia ha titulado "Pack Roberto
Rossellini", constituido por su canónica
trilogía de la guerra y sus consecuencias, que, aparte
de "Roma ciudad abierta" y "Alemania
año cero", también incluye la inferior
"Paisà" (1946). Nuestras reticencias
se deben a que, aunque los discos remasterizados son los
mejores disponibles en el mercado español de dichos
títulos, se han tirado de copias de origen bastante
deficientes; y se nota. Por fortuna, y esto hace que el
lanzamiento siga siendo tentador, la mejor calidad corresponde
al más sobresaliente de los tres títulos:
la impresionante "Alemania año cero".
Luchino Visconti
El
director aristócrata es, porcentualmente, uno de
los europeos mejor representados en el mercado, con unas
buenas tres cuartas partes de su obra a disposición
del cinéfilo. Como Rossellini, la primera parte de
su carrera se adscribe a la corriente neorrealista, si bien
lo mejor de dicha época camina, cual funambulista,
por los tirantes bordes del movimiento: la precursora "Ossessione"
(1943) es una adaptación de la novela negra del estadounidense
James M. Cain "El cartero siempre llama dos veces"
(e, incidentalmente, muy, muy superior a las versiones
autóctonas), mientras que "La terra trema"
(1948) siempre fue reconocida como una especie de tragedia
griega (colectiva, eso sí) y, es más, preludia
el cine operístico al que finalmente desembocaría
el milanés en su segunda y más intensa etapa,
que cerraría con su obra emblemática, "El
gatopardo" (1963). Luego, llegaría una época
de tanteos, que acabaría dando paso a la etapa "decadente",
la más discutible y discutida del director, caracterizada
por el dominio de un decorativismo peligrosamente cercano
a lo hueco. Pues bien, menos el período de transición
entre el cine operístico y el cine modernista del
duque de los directores, todos los demás están
bien representados en las videotecas, con, a la cabeza,
títulos señeros como "Ossessione",
"Noches blancas" (1957, presentada por
Impulso en copia de nitidez perfecta, pero con el formato
modificado), "Rocco y sus hermanos" (1960),
el episodio para "Bocaccio '70" (1962)
"El trabajo" y, naturalmente, en repetidas
ediciones, la mítica "El gatopardo".
A ellos cabe añadir otros títulos de la última
etapa, menores, pero aun así estupendos: "La
caída de los dioses" (1969), "Muerte
en Venecia" (1971) y "El inocente"
(1976), menospreciado broche final de una carrera que, sumergiéndose
en el decadentismo, acabó recuperando su intensidad
inicial. Quedan sin editar dos obras maestras, "La
terra trema" y la rupturista "Senso"
(1954), aparte de las interesantísimas "Sandra"
(1965) y "El extranjero" (1967).
La
recomendación. Son imprescindibles las dos cimas
del milanés, ambas asequibles en copias magníficas.
La legendaria "El gatopardo", presentada
hasta en tres ediciones por Filmax, se erige como una obra
de arte total, al combinar en singular armonía, con
la inestimable colaboración de Giuseppe Rotunno y
Nino Rota, la ambientación histórica, el pictoricismo
y la musicalidad. Y sin embargo, "Rocco y sus hermanos",
distribuida por Manga Films, es incluso superior a la anterior,
además de ser la película que mejor resume
las dos tendencias más productivas de su director:
neorrealismo (por la ambientación y el tono fotográfico)
y ópera (por las pasiones exacerbadas y los vehementes
arranques de sus personajes); o, si se prefiere, la mejor
"ópera verista" que ha ofrecido el cine.
Mario Monicelli
A
este director y guionista toscano nunca pareció interesarle
gran cosa convertirse en autor a la manera de sus paisanos
y, es más, siempre practicó con entusiasmo
el cine de género, especialmente la comedia (italiana,
que no exactamente lo que en estos lares se entiende como
"a la italiana"). En consecuencia, resulta ser
el más subestimado de los grandes directores de su
país, a pesar de que su filmografía, evidentemente
no genial como la de un Fellini, atesora una gran cantidad
de títulos memorables, y a pesar de que su obra,
en conjunto, presenta una elevada consistencia, extensible
incluso a la época de estertores de su querido género
cómico en particular y del cine italiano en general,
ya en los años ochenta. Y no sabemos si hasta ahora
mismo, pues las películas de los últimos veinte
años de este ¡nonagenario! en activo permanecen,
cómo no, inéditas es nuestro país.
En España sólo hay dos largometrajes de los
en torno a cincuenta que ha dirigido, en solitario o en
colaboración (son numerosos los filmes de sketches).
Se trata de dos de sus mejores y más prestigiosas
películas, "Rufufú" (1958)
e "I compagni" (1963), pero
Las edita
la temible distribuidora SAV. Ya no nos hemos atrevido a
constatar el de "Rufufú", porque
el de "I compagni" es uno de las más
piojosos lanzamientos de todo el mercado, donde, no conformes
con atizar el formato que se les antoja, han utilizado una
copia llena de descorchones y de contraste desvanecido,
ínfima, vamos, y, ¡encima!, no han proporcionado
la versión original, sólo el desustanciado
doblaje español. Inaceptable. En cuanto al resto
de los largometrajes del director, permanecen inéditos
digitalmente, lo que afecta a las prometedoras películas
que rodó con Totò al comienzo de su carrera,
a otras estupendas como "La armada Brancaleón"
(1966), "Brancaleón en las cruzadas"
(1970), "Mi querido Miguel" (1976), el
film de sketches "Buenas noches, señoras
y señores" (1978) y, sobre todo, a su obra
maestra, el film bélico (¿o es una comedia?)
"La gran guerra" (1959), uno de los monumentos
del cine al sentimiento tragicómico de la existencia.
Confiemos en que el pobre Monicelli no se haya enterado
de cómo se difunde su obra en España. ¡Qué
disgustos a la vejez!
La
recomendación. Ante lo inaceptable de los dos
largos presentes, queda por fortuna una buena opción:
"Bocaccio '70" (1962), distribuida por
Filmax. Se trata de uno de esos típicos filmes de
episodios, tan abundantes en la Italia de la época
y en la filmografía de nuestro hombre, que une en
esta ocasión a cuatro directores. Fellini y Visconti
están representados por dos cortometrajes de excepción,
"Las tentaciones del Doctor Antonio" y
"El trabajo", mientras de Sica firma el
peor fragmento, la olvidable "La rifa",
y de paso justifica el relativo descrédito en el
que ha caído en los últimos años (una
obra no se sostiene airosa con sólo dos buenos títulos).
En cuanto a Monicelli, su "Renzo e Luciana"
no desmerece de lo mejor rodado por él: una historia,
como de su director, muy apegada a la realidad, mucho más
que las otras tres, característica que no le impide,
ni mucho menos, rebosar de brillantes soluciones dramáticas
y de puesta en escena.
Federico Fellini
El
de Rímini es, como Lubitsch, Sirk o Resnais, uno
de esos directores que se van difundiendo en DVD de la forma
más caprichosa imaginable: baste con pensar que la
legendaria "Ocho y medio" (1963), mayoritariamente
considerada como su obra máxima, no se ha lanzado
al mercado español ¡hasta este mismísimo
mes de marzo de 2008! Y si es asequible una buena quincena
de los veinticuatro filmes que dirigió, esto no significa
que la situación sea verdaderamente satisfactoria,
pues: primero, salvo "Ginger y Fred" (1986)
el director del sombrero no rodó ni una sola película
mala; y segundo, entre las ausencias figuran tres de sus
grandes obras maestras, las descatalogadas "Satyricon"
(1969) y "Roma" (1972), y la, que sepamos,
nunca editada "Los clowns" (1971). Por
lo demás, entre lo comercializado hay abundantes
títulos de campanillas para elegir, en copias generalmente
de buena calidad. De su primera etapa, que despega de la
estética neorrealista para alunizar en otra absolutamente
propia, destacan "Los inútiles"
(1953), "La Strada" (1954), "Almas
sin conciencia" (1955) y, claro está, la
obra maestra de la década, "Las noches de
Cabiria" (1957). Luego, del período que
lo encumbró como un autor con mayúsculas,
ya con un mundo personalísimo, totalmente sumergido
en lo circense y lo coreográfico, lo onírico
y lo poético, e inseparable, como tantas veces se
ha subrayado, de la música del gran Nino Rota, sobresalen
una sucesión pasmosa de obras maestras imprescindibles:
aparte de las tres cumbres ausentes, "La dolce vita"
(1960), cómo no "Ocho y medio",
su episodio "Toby Dammit" para el film
de episodios "Historias extraordinarias"
(1967), "Amarcord" (1973) y "Casanova"
(1976); eso, sin olvidar dos títulos excelentes y
tan injustamente minusvalorados como su mediometraje "Las
tentaciones del Doctor Antonio" para "Bocaccio
'70" y su film-homenaje a su esposa Giulietta Masina
"Julieta de los espíritus" (1965).
Del último tramo de su filmografía, no genial
como el anterior, pero aún así lleno de obras
magníficas, destacan "Prueba de orquesta"
(1978) e "Y la nave va" (1983), ofrecidas
ambas por Manga en un doble DVD, amén de su penúltimo
film, "Entrevista" (1987), con formato
machacado en la copia distribuida por Filmoteca Fnac.
La
recomendación. Son obligatorias sin reservas
las siguientes ediciones: la de "La dolce vita"
(la antigua de VellaVision, la actual de Suevia no la hemos
contrastado), el film que supuso la consagración
de su desbordante autor como cineasta moderno; la muy reciente
de "Ocho y medio" (Cameo), una de las obras
clave del cine entero, sin más; y en fin, la de su
primera fantasmagoría declarada, "Toby Dammit",
incluida en "Historias extraordinarias"
(Sherlock), la película que supuso el punto de inflexión
más radical de su carrera y que empezaría
a incorporar a colaboradores tan excepcionales como el director
de fotografía Giuseppe Rotunno y, a no tardar mucho,
el diseñador de vestuario Danilo Donati. Luego, con
ligeras reticencias, por algunas rayas ocasionales y el
tono ligeramente desvaído respectivamente, vale la
pena adquirir las obras maestras "Amarcord"
(Warner), una de sus películas más populares,
y "Casanova" (Filmax), a buen seguro la
culminación en muchos aspectos de la obra de su autor.
Finalmente, de su filmografía de los años
cincuenta, sentimos tener que descartar tajantemente la
magistral "Las noches de Cabiria", pues
Sogemedia la ha fusilado en una copia bochornosa. No obstante,
queda la opción de "La Strada",
una de sus obras más populares y de las mejores del
primer período del maestro, que edita Filmoteca Fnac
en una copia inmaculada, acompañada de un interesante
documental.
Grecia
Theo Angelopoulos
El
director griego es uno de los ejemplos más ilustrativos
de la disociación que se ha ido ensanchando en las
últimas décadas entre un cine popular y un
cine inteligente. En efecto, este hombre con pintas de intelectual
es un director sumamente minoritario, pues su obra se ofrece
tan radical y sin concesiones que al parecer espanta a numerosos
espectadores. Sin embargo, y aunque Angelopoulos no logre
alcanzar la genialidad de otros grandes cultivadores de
los planos-secuencia y los tiempos largos, como Dreyer,
Mizoguchi o Tarkovskij, es un director excepcional y su
obra guarda numerosas recompensas para aquél que
se anime a aproximarse a ella. En España tientan
al espectador sin prejuicios sus cinco últimos largometrajes
y una de sus obras primerizas, el corto "El programa"
(1968). El más irregular de los largos es el
último, "Eleni" (2004), vuelta a
la historia griega de su responsable tras su período
"balcánico" e indicio de que no le sienta
bien popularizarse; aun así, suma numerosas bellezas
que hacen su visión un placer
intermitente.
Lo comercializa Cameo. Los otros cuatro largos son excepcionales
y los edita todos el intrépido sello Intermedio:
"Paisaje en la niebla" (1988), "El
paso suspendido de la cigüeña" (1991),
"La mirada de Ulises" (1995), que es el
film que lo consagró en el mundo festivalero, y "La
eternidad y un día" (1998). Faltan, por
tanto, todos sus largometrajes anteriores, que incluyen
una obra tan recomendable como "Los cazadores"
(1977), o tan magistrales como su obra emblema y mayor desafío
hasta la fecha "El viaje de los comediantes"
(1975), su film-bisagra "Viaje a Citerea"
(1984) y la que definitivamente debe considerarse su obra
cumbre, "El apicultor" (1986).
La
recomendación. El mejor film de Angelopoulos
en el mercado es el excepcional "Paisaje en la niebla".
Cuenta además con la ventaja de ser una sus obras
más emotivas, no en vano es, junto a "El
apicultor" y la irregular "Eleni",
lo más parecido a un melodrama que ha rodado el ateniense.
La copia de Intermedio es irreprochable y la documentación,
muy rica. Para el que desee profundizar en la obra del director,
la misma Intermedio ofrece un "Pack Theo Angelopoulos"
con los filmes comercializados por ella: todos son extraordinarios.
Unión Soviética
Serguei Eisenstein
El
celebérrimo creador del montaje de atracciones, teorizador
del cine-ópera total y auténtica piedra angular
de la cinematografía soviética, Sergej Mixajlovich
Ejzenshtejn, como no podía ser menos, está
bien representado en el mundo del DVD, pues todos sus largometrajes
están presentes; no así, por desgracia, el
puñado de cortometrajes que dirigió, ni el
montaje a base de fotogramas de su film lastimosamente perdido
"El prado de Bjezhin" (1937). Otra cuestión
es la calidad de las copias, pues, con una excepción,
todas las ediciones se deben a los poco fiables sellos Suevia
Films y Producciones JRB. Para aquéllos que no vayan
con remilgos de nitidez, contraste o rayujos y quieran constatar
la tradicionalmente considerada culminación del cine
de montaje, están pues disponibles en copias mejorables,
aparte de la fallida "Aleksandr Nevskij" (1938),
buenas películas como "La huelga"
(1924) y "La línea general" (1929),
o decididamente excepcionales como "El acorazado
Potjomkin" (1925), "Octubre" (1927),
"Iván el terrible" (1944-1945) y
una de las varias reconstrucciones de "¡Qué
viva México!" (1932). (Incidentalmente,
dichas reconstrucciones, como ha demostrado Paulino Viota,
siguen siendo erróneas, a pesar del concurso en ellas
del colaborador del director Grigorij Aleksandrov). ¿Para
cuándo unas ediciones a la altura del cineasta nacido
en Riga?
La
recomendación. Existe, a pesar de los pesares,
una copia magnífica de un Ejzenshtejn, por fortuna
una de sus mejores películas, su obra maestra: la
siempre alabada "El acorazado Potemkin".
La edición a la que nos referimos es la de Divisa,
que la presenta en copia restaurada y arropada por una serie
de magníficos extras. Aún queda justicia en
este mundo
Y sorpresivamente, "Iván
el terrible", la segunda mejor película
del director, la comercializa JRB en una copia no definitiva,
pero de bastante buena calidad, que hace sumamente tentador
el actual lanzamiento de ésta la más ambiciosa
empresa artística de su autor.
Dziga Vertov
El
creador del Cine-Ojo deseaba tanto cambiar el cine que empezó
modificando su propio nombre. Denis Kaufman siempre se enorgulleció,
justamente, de realizar películas sin actores (profesionales)
y sin guión (convencional) y se zambulló para
ello en la práctica del documental, del que sigue
siendo hoy por hoy uno de sus más excelsos cultivadores;
pero no el documental entendido como simple reportaje, categoría
en la que quién sabe si encajarían sus noticieros
de comienzos de los veinte, sus entregas hoy invisibles
de "Cine Pravda", sino el documental como
manipulación de los retazos de realidad para construir
una obra artística y elaborar un discurso personal
y poético. Su primera obra asequible, el famoso
"Cine-Ojo" (1925), ya deja degustar la audacia
al ensamblar las imágenes por montaje o sobreimpresión,
el entusiasmo, la vitalidad como una exhalación,
el contagioso sentimiento lúdico y optimista que
alcanzarían su máxima expresión en
"El hombre de la cámara" (1929)
e incluso persistiría en sus películas más
retóricas y propagandísticas, tipo "La
sexta parte del mundo" (1926). Antes de ser arrinconado,
como Ejzenshtejn, como Dovzhenko, por el estalinismo, Vjertov
ofreció abundantes muestras de su talento, creando,
al amparo del futurismo soviético, de la fascinación
por las máquinas y de la exaltación revolucionaria,
una de las obras más especiales y personales del
cine. Aparte de su obra maestra, lo atestiguan al menos
tres películas extraordinarias: "El décimo
primero" (1928), "Entusiasmo (Sinfonía
Donbassa)" (1930) y "Tres cantos a Lenin"
(1934). Pues bien, tras haber sufrido en los últimos
años de su vida el ostracismo soviético, la
peonza del cine pecha, ya desaparecida de entre los vivos,
con la marginación capitalista: sólo una de
sus películas está disponible en España.
Y gracias.
La
recomendación. Por fortuna, la, que se sepa,
obra maestra de Vjertov, "El hombre de la cámara",
se oferta por Divisa en una magnífica copia
aunque es una lástima que no se haya añadido
como extra algún otro film del hombre del pseudónimo
(ninguno llega a la hora y media de duración). "El
hombre de la cámara", ya lo hemos dicho,
es la culminación del espíritu lúdico
y bonancible de nuestro hombre y presenta además
la peculiaridad de ser un apasionado canto a su modo de
expresión: el cine. Canto, como no podía ser
menos, didáctico y de perspectiva materialista, lo
que no le impide alcanzar una poética arrebatadora.
Aleksandr Dovzhenko
Paradójicamente,
el más excelso director soviético que debutó
en la época muda no es ruso, sino ucraniano: el gran
Dovzhenko. Y más paradojas: a pesar de su entusiasta,
aunque mesurado abrazo al montaje constructivista, el cineasta
del cabello cano, por su amor a la naturaleza, sus capacidades
paisajísticas e incluso sus dotes de fabulación,
entronca con Grifftih y más todavía con la
escuela nórdica
a la vez que es el único
soviético cuyas estructuras dramáticas beben
directamente de los grandes literatos rusos del XIX e incluso
de cierta tradición musical de su entorno. La obra
de Dovzhenko es vigorosamente poética, fuertemente
connotativa, metafórica, e incluso polifónica,
en el sentido de que sus películas se enhebran a
partir de múltiples personajes y sus secuencias conjugan
brillantemente la diversidad de tonos y el contrapunto.
A falta de conocer sus tres primeras películas, la
prestigiosa y última ficción acabada atribuible
a él, "Schors" (1939), y sus documentales
de guerra, el cine le debe a Dovzhenko como mínimo
las extraordinarias "Zvjenigora" (1928)
y "Aerograd" (1935), así como tres
obras maestras del cine mundial, cada una de las cuales
bastaría para garantizarle un lugar entre los mejores:
"Arsenal" (1929), "La tierra"
(1930), "Iván" (1932); y en
concreto, la imperecedera "La tierra",
uno de los monumentos del cine, es una película pasmosa
que no se parece a ninguna otra, ni de su autor, ni del
resto de los cineastas. Pues bien, Dovzhenko, como Vjertov,
fue en su momento víctima de Stalin, que lo obligó
a él, al cantor de la naturaleza y de las pasiones,
a rodar el film de propaganda "Adiós América"
(1949), para luego humillarlo zanjando el rodaje y dar
de paso carpetazo final a su gloriosa carrera. E incluso
más que Vjertov, Dovzhenko es víctima post-mortem
de los distribuidores españoles, que ignoran olímpicamente
su existencia. Su olvido es la mayor de las injusticias
perpetradas en la época del DVD.
La
recomendación. Exigir la real recuperación
de la memoria histórica en general y cinematográfica
en particular.
Andrei Tarkovsky
De
manera similar a como sucedió con Hitler en Alemania,
Stalin acabó por sofocar el pujante cine soviético
de los años anteriores a la segunda guerra mundial,
amargando de paso, y a buen seguro podando, los últimos
años de los tres grandes directores del país.
El cine de la Unión Soviética ya nunca recuperaría
el brillo de los años del fervor revolucionario,
pero aún conseguiría ofrecer al mundo, pasado
cierto tiempo, otro gran cineasta, el único de los
cuatro grandes soviéticos nacido en territorio de
la actual Rusia: Andrjej Tarkovskij. El hijo del poeta Arsjenij
fue sin duda la mayor de las rarezas de su país de
origen, el grano que le salió inesperadamente al
Kremlin: un cineasta que, abrazando la austeridad con apasionamiento,
ofreció una obra de gran hondura filosófica,
de asombroso alcance existencial y de decidida y pujante
espiritualidad. En consecuencia, Tarkovskij comenzó
bien pronto a tener roces con la censura del país
para finalmente acabar exiliándose a Europa occidental.
Su obra es solemne y majestuosa, arrebatadora y lírica,
musical e hipnótica, reveladora y extática
(con equis); es uno de los últimos capítulos
de oro de toda la historia del cine, y de su magisterio
e inimitable estilo beben muchos de los cineastas más
prestigiosos de hoy mismo, del húngaro Béla
Tarr al chino Zhang-ke, del estadounidense van Sant al también
ruso Sokurov
aunque todos ellos, honrosa excepción
hecha del griego Angelopoulos, sean notablemente inferiores
al maestro. La carrera del gran Tarkovskij es parca en títulos,
pero feraz en intensidad, y, salvo sus dos primeros y prescindibles
trabajos, todo el resto de su filmografía es de visión
obligatoria. Lo ratifican sus seis largometrajes presentes
en el mercado: "La infancia de Iván"
(1962), "Andrjej Rubljov" (1969), "Soljaris"
(1972), "El espejo" (1975), "Stalker"
(1979) y "Sacrificio" (1986). Y también
lo podrían corroborar otros dos títulos no
editados: el excepcional cortometraje "El violín
y la apisonadora" (1961) y su film italiano "Nostalgia"
(1983), simplemente una de sus obras maestras.
La
recomendación. La culminación de la obra
de Tarkovskij quizás sea su film sueco, la impresionante
"Sacrificio". Cameo la ofrece en una edición
repleta de extras (¡tres discos y un libro en total!),
imprescindible, aun con la ligera pega de que la copia parezca
un pelín descolorida. El resto de los filmes los
comercializa en copias impecables la firma Llamentol. "Solaris"
y "Stalker" son de obligada adquisición,
dos obras maestras que, entre otras muchas cosas, demuestran
que la ciencia-ficción no está reñida
con la filosofía. Pero los otros tres títulos
son también magníficos, en especial la inolvidable
"Andrei Rublev", tan intensa y dolorosa
como un hierro candente; así que se puede recomendar
sin reservas el paquete que la misma compañía
ha lanzado con los cinco largometrajes bajo el epígrafe
"Colección Andrei Tarkovsky". Una
experiencia indeleble.
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Europa. Segunda
parte.
Continuando
con nuestro periplo europeo, le llega el turno a Francia,
el país que en los años treinta le tomó
el relevo a Alemania como epicentro cinematográfico
del continente. No sólo es la industria gala la más
sólida de toda Europa, como corrobora su excelente
estado de salud, mantenido desde los inicios del medio hasta
hoy mismo, sino también la más generosa en
aportar nombres fundamentales para el cine, aportación
sostenida igualmente a lo largo de un considerable lapso
de tiempo.
Y
junto a Francia, Chile. ¿Una boutade o un desliz
geográfico? Ni lo uno ni lo otro: sucede que el único
representante sudamericano de esta lista alcanzó
todo su prestigio y resonancia en las Galias, pero el hecho
de que Raúl Ruiz se formara en su país nativo
y allí rodara abundantes películas antes de
emigrar exige que se le extraiga de la lista francesa y
se cree un apartado para su país de origen.
Francia
(y Bélgica)
Jean Renoir

El
hijo del impresionista es uno de esos directores cuya representación
en el mercado parece obedecer a criterios meramente azarosos:
los títulos presentes cubren un amplio período,
de la época muda a 1951, pero faltan muchas películas
fundamentales, y aún peor, de la etapa que siempre
le reportó al francés mayor prestigio, la
de finales de los años treinta. Así que, si
de "Nana" (1926) a "El río"
(1951) puede encontrarse un buen puñado de títulos
destacados, como "Boudou salvado de las aguas"
(1932), "Una partida de campo" (1936),
"La bestia humana" (1938), y ya fruto de
su estancia americana, "Esta tierra es mía"
(1943) y "Una mujer en la playa" (1947),
en cambio, se echan de menos "Toni" (1935),
"El crimen de Monsieur Lange" (1936), aunque
parezca mentira también su film más legendario
y recordado, "La gran ilusión" (1937),
amén de la no menos prestigiosa "La regla
del juego" (1939), y ya en la recta final de su
carrera, "La carroza de oro" (1953). Y
es de lamentar que "El río", la
mayor gloria de su filmografía, se comercialice en
una copia descolorida que invita a esperar mejores ediciones.
La
recomendación. Por fortuna, existe la opción
de la otra obra maestra del padre espiritual de la Nouvelle
Vague: "La bestia humana". Tampoco
es que Manga la difunda en una copia antológica,
pero las imperfecciones no son demasiado determinantes para
esquivar esta obra extraordinaria, que nos muestra a un
Renoir pletórico, más negro y desesperado
que de costumbre y con una iluminación menos luminosa
y más sucia y contrastada
y nos hace pensar
que esta película habría encajado mejor en
América que la mayoría de las que finalmente
rodó ultramar.
Jacques Tourneur

El
vástago del también director Maurice, debido
a su cultivo de películas de género en Hollywood
y de presupuesto modesto (aunque no de serie B en sentido
estricto), fue durante mucho tiempo considerado como un
mero artesano, cuando en realidad era, es, un autor con
mayúsculas y uno de los mejores y más originales
cineastas que han existido. De ello hay constancia en el
mercado, aunque no excesiva, pues una docena larga de títulos
resulta suficiente para dar fe de su valía, pero
deja en sombra muchas zonas de una obra que agrupa más
de treinta largometrajes y una cantidad similar de cortometrajes
y obras para televisión. Por fortuna, entre las películas
presentes, figura un póquer de obras maestras: "La
mujer pantera" (1942), "Yo anduve con un
zombi" (1943), "Retorno al pasado"
(1947) y "El halcón y la flecha"
(1950), bien arropadas por películas tan extraordinarias
como "El hombre leopardo" (1943), "Berlín
Express" (1948) y "La mujer pirata"
(1951), o tan recomendables como "Noche en al alma"
(1944), "Tierra generosa" (1946) y
"La comedia de los terrores" (1963). Sin
embargo, aún queda bastante para hacerle justicia
al gran Jacques, pues no hay absolutamente nada de sus primeras
películas, rodadas en Francia a comienzos de los
treinta, ni de sus numerosos cortos de los inicios de su
etapa americana, ni de sus abundantes películas para
televisión del final de su carrera, allá por
finales de los cincuenta y los años sesenta; y peor,
faltan muchas películas de su etapa de esplendor,
entre ellas bastantes de sus mejores logros: "Stars
in my crown" (1950), "Martín el
gaucho" (1952), "Wichita" (1955),
"Una pistola al amanecer" (1956) y "La
noche del demonio" (1957), a las que, ¿quién
sabe?, quizás habría que añadir las
prometedoras "Nightfall" (1957) y "The
fearmakers" (1958).
La
recomendación. Son obligadas esas cuatro cumbres:
"La mujer pantera" y "Yo anduve
con un zombi", del cine fantástico, "Retorno
al pasado", del cine negro, y "El halcón
y la flecha", del cine de aventuras; y todas ellas,
del cine en general. Manga ha comercializado las tres primeras
dentro de su serie RKO: "La mujer pantera"
y "Yo anduve con un zombi" en copias de
buena calidad; "Retorno al pasado", sin
embargo, en otra aceptable y gracias, pero, aun así,
la esquiva poesía tourneuriana en su esplendor bien
merece que se pasen por alto algunas imperfecciones. En
cuanto a "El halcón y la flecha",
la copia que se debe adquirir es la lanzada por su productora
original, Warner, impecable y con un colorido resplandeciente,
fundamental en una película donde lo cromático,
como en las anteriores el blanco y negro, es un elemento
expresivo de magnitud inusitada.
Robert Bresson

Este
hombre trasvasado de la pintura llegó a convertirse
en uno de los cineastas más admirados de la historia,
también de los más austeros y radicales. Rodó
su primer film en los años treinta, pero no sería
hasta bien entrados los cincuenta cuando completaría
un sistema formal propio y, según ha demostrado el
tiempo, intransferible, que él bautizó como
Cinematógrafo, en oposición al resto del cine,
corriente y moliente. De las escasas catorce películas
que llegó a finalizar, la mitad tienta al buen aficionado
desde los estantes españoles: una situación,
si no perfecta, más que aceptable. Además,
de los siete títulos disponibles, todos, salvo "El
proceso de Juana de Arco" (1962), son indispensables,
y para mayor alegría se ofrecen todas en copias estupendas:
"Las damas del bosque de Bolonia" (1945),
la inmortal "Pickpocket" (1959) y la impresionante
"El dinero" (1983) las comercializa Filmoteca
Fnac, mientras "Un condenado a muerte se ha escapado"
(1956), la imborrable "Lancelot du Lac"
(1974) y "El diablo probablemente" (1977)
las presenta Intermedio. Como quiera que la obra de este
cineasta presenta una calidad media altísima, se
echan de menos un número similar de ausencias: "Los
ángeles del pecado" (1943), "El
diario de un cura de campo" (1951), "Al
azar Baltasar" (1966), "Cuatro noches de
un soñador" (1971) y especialmente dos de
sus mayores logros, "Mouchette" (1967)
y "Una mujer dulce" (1969).
La
recomendación. Ya que las películas presentes
se comercializan en copias irreprochables, al menos las
tres grandes obras maestras del director son de obligada
adquisición: "Pickpocket", o del
carterismo como sublimación no exenta de sensualidad;
"Lancelot du Lac", o del género aventurero
como cantera de radicalidad formal; y finalmente, su último
film, "El dinero", o de cómo el
diablo se agazapa bajo un fajo de billetes, una transacción
comercial
o en cualquier rincón, probablemente.
Jacques Becker

El
cineasta parisino ha sido tradicionalmente minusvalorado
a pesar de la excepcional calidad de su carrera, que no
le anda a la zaga a la de su paisano y colega Renoir, quizás
su compatriota con más puntos en común. Desde
su primer largometraje, la magnífica "Goupi
mains rouges" (1943), Becker ya puso sobre el tapete
su desbordante inventiva visual y sus excepcionales dotes
de observación, las cuales confieren a su cine cierto
aroma, más que costumbrista, etnográfico.
Luego, continuaría con una carrera de parquedad bressoniana,
singularmente intensa, hasta finalizarla en 1960 con la
estupenda "La evasión". Por en medio
quedan películas excepcionales, como "Falbalas"
(1945), "Édouard et Caroline" (1951),
"París, bajos fondos" (1952), "Touchez
pas au grisbi" (1954) y "Los amantes de
Montparnasse" (1958). Pues bien, sólo hay
dos largometrajes del parisino en el mercado español:
"París, bajos fondos" y "La
evasión".
La
recomendación. La mejor de las dos películas
comercializadas es la magistral y conmovedora "París,
bajos fondos", una obra oscilante entre la reconstrucción
histórica y el cine negro, entre la certera descripción
de ambientes y personajes y una contenida vibración
poética. La presenta Manga Films en una copia aceptable.
Georges Franju

El
olvido total parece ser la única recompensa que la
posteridad le ha deparado a este director bretón,
que además fue cofundador, junto a Henri Langlois,
de la Cinémathèque Française.
Y sin embargo, el cine le debe algunas de las cumbres indiscutibles
del documental, género con el que inició su
carrera, además de un buen puñado de ficciones
extraordinarias. A falta de conocer títulos prometedores
como "La cabeza contra los muros" (1959),
"Judex" (1963), o "Thomas el impostor"
(1964), cuatro películas de excepción confirman
su grandeza: dos cortos documentales, la impactante "La
sangre de las bestias" (1949) y su obra maestra
"Hôtel des Invalides" (1952), y dos
largometrajes de ficción, la mítica "Ojos
sin rostro" (1960) y la inolvidable "Thérèse
Desqueyroux" (1962).
La
recomendación. Ya que no hay nada de nada de
Franju en el mercado, y habida cuenta de la peculiar inclinación
de nuestro hombre a lo fantástico y lo esotérico,
lo mejor sería organizar una ouija, o si acaso preparar
una queimada con conjuro incluido
a ver si alguna
firma se anima a hacerle justicia.
Alain Resnais

El
famoso cineasta de la rive droite, también
bretón, comenzó igualmente su andadura con
la práctica del documental y asimismo sintió
a lo largo de su carrera una pronunciada inclinación
hacia lo fantástico. Menos mal que, a diferencia
de su paisano, a Resnais siempre se le ha reconocido, justamente,
gran importancia histórica en el devenir del séptimo
arte, aunque sólo sea por haber sido el cineasta
que más y mejor ha fundido los diversos tiempos de
la narración (real e imaginado, presente, pasado
¡y condicional!). En consecuencia, parecía
ineludible para la distribución ofertar algo de este
octogenario director, máxime cuando es junto a Godard
el más importante en activo hoy por hoy. Es más,
Resnais es el ave fénix del cine, pues desde los
años setenta, cuando ya parece haber agotado sus
recursos y produce una película irregular o incluso
endeble, recupera al poco su talento y vuelve a brindar
un gran título: es lo que ha sucedido con sus dos
últimos largos, rodados con más de ochenta
años a sus espaldas, pues tras la irregular y algo
cargante "Pas sur la bouche" (2003, inédita
por estos lares dejados de la mano del dios del cine), ha
ofrecido la excepcional "Coeurs" (2006),
una de las tres o cuatro mejores películas en lo
que llevamos de siglo XXI, y que, ¡aleluya!, por fin
ha conseguido distribución en España, bajo
el título de "Asuntos privados en lugares
públicos". Así las cosas, se agradece
que más de la mitad de sus largometrajes, diez en
concreto, se puedan adquirir en el mercado, pero las elecciones
no siempre han sido las más adecuadas, y no tanto
porque incluyan algunos de sus títulos más
discutibles, sino porque casi parece que se ha comenzado
a construir la casa por el tejado. Cabía esperar
que sus cortometrajes, algunos tan prestigiosos como
"Noche y niebla" (1955) o tan extraordinarios
como "Guernica" (1950) y "Toda
la memoria del mundo" (1956), simplemente parezcan
no existir, pero resulta francamente descabellado ignorar,
casi desdeñar, las dos cumbres de su filmografía,
de estela legendaria, obras maestras indiscutibles del cine
francés y mundial: "El año pasado
en Marienbad" (1962) y "Te amo, te amo"
(1968). Esta negligencia hacia la fundamental década
de los sesenta se ve refrendada por el hecho de que tampoco
se haya editado "La guerra ha terminado"
(1964) y de que la superlativa "Muriel"
(1963) se oferte por Filmax en una copia anodina visualmente
y con un sonido original sumamente mermado. Por fortuna,
la obra de Resnais es pródiga en buenas y grandes
películas, y así, entre lo comercializado
figuran las muy recomendables "Providence"
(1976), "La vida es una novela" (1983),
"Smoking / no Smoking" (1993) y "On
connaît la chanson" (1997), y especialmente
las magistrales "Hiroshima mon amour" (1958)
y "El amor hasta la muerte" (1984).
La
recomendación. Las dos últimas películas
son de visión obligatoria; "Muriel"
también, sólo que la calidad de la copia es
bastante precaria. Especialmente "Hiroshima mon
amour" (comercializada por Filmax) es, claro está,
imprescindible: no sólo es un título clave
del cine y una de las obras más emocionantes del
cineasta bretón, sino que en ella su director inició
sus investigaciones temporales con resultados ya antológicos,
amén de presentar una atractiva fusión entre
la ficción a la que se encaminaba y el documental
del que procedía. Luego, aunque descolgada tanto
de sus trayectos temporales anteriores como del cine musical
y/o coral que para entonces ya había iniciado, "El
amor hasta la muerte" (distribuida por VellaVision
en excelente copia, aunque con el título desvirtuado
de "El amor ha muerto": vamos, exactamente
lo contrario) es el mejor Resnais de los últimos
cuarenta años, un film que ahonda en el lado apasionado
del cineasta y delata, sorpresivamente, notables concomitancias
con Dreyer y Bergman.
Jacques Rivette

Con
el director nacido en Rouen llegamos a los integrantes de
la mítica Nouvelle Vague, un movimiento que
en muchos sentidos cambió la forma de percibir y
aproximarse al cine. Rivette, en concreto, es aquél
que de una manera más radical ha manejado y apurado
el ritmo cinematográfico, hasta el punto de que el
tiempo, su discurrir, su repetición y dilatación,
es primordial en sus ficciones, las cuales más que
preocuparse por lo narrativo lo hacen por lo durativo: como
muestra, una de sus primeras películas "Out
1" (1971) llegó a sobrepasar ¡las
diez horas de duración! Este apasionado del teatro
y la representación (sus películas lo demuestran)
ha sido tradicionalmente ignorado por la distribución
española y, pese a su notable calidad general, gran
parte de su filmografía ha permanecido inédita
en nuestro país. La indeseable situación ha
sido paliada con entusiasmo por la valerosa distribuidora
Intermedio, que en 2005 lanzó a la vez seis de las
obras de nuestro hombre, producidas a lo largo de veinte
años, de 1984 a 2003. Salvo la mediocre "Cumbres
borrascosas" (1985), todas ellas son sumamente
recomendables, en especial las soberbias "El amor
por tierra" (1984), "Confidencial"
(1998) y, claro está, la alabada "La bella
mentirosa" (1991), la única que conoció
estreno en España. A la tanda de Intermedio cabe
añadir la magnífica "Vete a saber"
(2001), su antepenúltimo film. Así que los
últimos años de la carrera de este otro octogenario
en la brecha, como Resnais, están bastante bien representados
en los comercios. Pero
Tenía que haber pero
No hay nada en absoluto de los treinta años anteriores
de su obra, iniciada oficialmente en 1956 con el cortometraje
"Le coup du berger", lo que significa que
faltan películas fundamentales como "Paris
nous appartient" (1960), "L'amour fou"
(1969), "Duelle" (1976), "El puente
del norte" (1981), y también su, defendiblemente,
mejor título, la legendaria "Céline
et Julie vont en bateau" (1974), cuya traducción
más fiel vendría a ser "Céline
y Julie se embarcan".
La
recomendación. Por fortuna "La bella
mentirosa" no le anda a la zaga en maestría
a la obra ausente, así que es posible recomendar
uno de los mejores y más apasionantes Rivette, una
película donde se asiste a un proceso de creación
(pictórico, pero evidentemente extrapolable a lo
fílmico) que dura casi las cuatro horas del film
y, sin embargo, tanto es su interés, que casi se
hace corto. Con criterio encomiable Intermedio ha optado
por la versión íntegra, a lo que cabe añadir
la magnífica documentación que es regla en
esta distribuidora.
Eric Rohmer

Éste
de origen alsaciano, adalid de la cotidianeidad y el naturalismo,
es seguramente el director francés más favorecido
por el mercado, pues hay una veintena de sus largometrajes
a disposición del aficionado, lo que comprende todos
sus mejores títulos y otros no tan buenos. La única
ausencia reseñable es la interesante "Les
rendez-vous de Paris" (1995), pues las demás
inaccesibles se encuentran muy lejos de merecer el entusiasmo,
mal que les pese a los incondicionales de este otro octogenario
en activo (y ya van tres). Así que sus tres archifamosos
ciclos de comedias, los "Cuentos morales",
las "Comedias y proverbios" y los "Cuentos
de las cuatro estaciones", pueden encontrarse al
completo, o casi. De la primera serie cabe destacar "Mi
noche con Maud" (1969, lástima que una de
sus mejores películas se presente en una copia tan
deficiente), "La rodilla de Clara" (1970)
y "El amor después del mediodía"
(1972). De la segunda, en conjunto la más sólida
de las tres series, sobresalen "La mujer del aviador"
(1981), "Pauline en la playa" (1983), "Las
noches de la luna llena" (1984) y, sobre todo,
el Rohmer más distinguido, "El amigo de mi
amiga" (1987). Finalmente, de la postrera colección
del autor, sin duda la menos competente de las tres, destaca
su última buena película, "Cuento
de otoño" (1998). Y, por supuesto, no conviene
olvidar otro de sus filmes señeros, desmarcado de
todo ciclo: "La marquesa de O" (1976),
una de sus pocas y fidedignas reconstrucciones de época
y el único de sus filmes hablado en alemán.
Todas estas películas las distribuye en España
Manga Films.
La
recomendación. El paquete que Manga ha bautizado
como "Colección Comedias y proverbios"
es la mejor aproximación a Rohmer disponible, por
varios motivos. Primero, porque ofrece al completo el ciclo
más consistente de los tres rodados por Rohmer, con
ningún título débil y al menos dos
magníficos, "Pauline en la playa"
y "Las noches de la luna llena", y otro
magistral, "El amigo de mi amiga". Segundo,
por la aceptable calidad media de las transferencias, destacando
especialmente su riqueza de colorido, lo cual es fundamental
para el caso particular de "El amigo de mi amiga",
una película que es, entre otras cosas, uno de los
grandes logros del cine europeo en lo que al color se refiere.
Finalmente el paquete es muy económico, poco más
del precio de dos de las películas sueltas
¡y son seis!
Jean-Luc Godard

Aparte
del germen de la cinefilia, no se sabe qué vitamina
misteriosa debía de inocular la Cinémathèque
Française para generar tanto director pletórico
a unas edades en las que otros ya se han jubilado. El cuarto
de los ancianos sabios del cine francés aún
no ha cumplido los ochenta, pero poco le falta: el admirado,
inmarchitable, estandarte de la Nouvelle Vague, Jean-Luc
Godard. Este parisino medio suizo se ha hecho su buen lugar
en los territorios del DVD: no es precisamente que no falten
películas de su ingente filmografía en el
mercado, pero la veintena que existe proporciona una buena
aproximación a su obra, tanda que incluye una gran
parte de sus mejores títulos, y además todos
en copias irreprochables. De su primer largometraje, "Al
final de la escapada" (1959), al último
por el momento, "Nuestra música" (2004),
se puede efectuar un recorrido por su obra con las imprescindibles
estaciones de "Vivir su vida" (1962, presentada
por Filmoteca Fnac en un apetitoso DVD que incluye también
un par de cortos), "Banda aparte" (1964),
"Pierrot el loco" (1965), "Weekend"
(1967), "Nombre Carmen" (1983) , "Yo
te saludo María" (1985) , "Hélas
pour moi" (1993), cuya traducción al español
sería "Ay de mí", y su monumento
al cine "Histoire(s) du cinéma"
(1988-1998), una auténtica lección de cómo
conseguir una apasionante obra personal a partir fundamentalmente
de material ajeno. Hay, no obstante, ausencias importantes
que sí conocen distribución en el extranjero:
su irresistible musical "Una mujer es una mujer"
(1961), su vuelta al cine de ficción comercial
tras su período "revolucionario", "Sálvese
quien pueda (la vida)" (1980) y, muy lamentablemente,
su gran obra maestra, "Elogio del amor" (2001).
La
recomendación. De su primera etapa destaca poderosamente
"Banda aparte", editada por Sherlock, una
obra de frescura excepcional que conjuga como pocas dos
características tan propias del primer Godard: la
tendencia a la digresión y la fascinación
por los actores en su realidad de personas. En el otro extremo
de su dilatada carrera, "Histoire(s) du cinéma"
(Intermedio) se erige como uno de los máximos
logros de ese cine de ensayo al que últimamente se
dedica el director de las gafas de pasta, un cine que con
material propio de documental hilvana, en primera persona,
un discurso que participa lo mismo de lo reflexivo que de
lo poético.
André Delvaux

El
director belga, si bien rodó indistintamente en flamenco
y francés, siempre estuvo muy ligado, sentimental
e industrialmente, a la cinematografía gala, hasta
el punto de que gran parte de su obra parece una ramificación
de aquélla. Este artista sensible y sensorial apenas
llegó a rodar una decena de largometrajes, de calidad
irregular, pero que en sus mejores momentos alcanzan una
maestría admirable. Destacan su primer largo, la
mítica "El hombre del cráneo rasurado"
(1965), uno de los pendones del cine moderno, así
como la tardía "Babel ópera"
(1985), atractiva aproximación al "Don Giovanni"
mozartiano que cruza la ópera con el documental,
el cinéma-vérité ¡con
el fantástico! Pero las obras que le consiguieron
a Delvaux laureles perennes, las tres cimas de su cine de
los sentidos, son: la delicada y fantasmal "Cita
en Bray" (1971), la no menos etérea y su
obra maestra "Belle" (1973) y la apasionada
"Benvenuta" (1983).
La
recomendación. Darse un paseo por un bosque sombrío
o un páramo neblinoso. Al fin y al cabo, es lo más
cercano a la obra de Delvaux accesible al aficionado, ya
que no hay ni una sola de sus películas editadas.
Es para ponerse melancólico
Marguerite Duras

La única
mujer digna de figurar sin desdoro (con permiso de Agnès
Vardà) en este listado de los mejores presenta además
la peculiaridad de ser una extraordinaria y reconocida literata.
Y es de admirar que, pese a ser oriunda de un campo artístico
tan diferente del cine, comprendiera a fondo la naturaleza
del medio y ofreciera una obra tan puramente cinematográfica
y radical. Ninguna sorpresa, cierto, para quienes ya conozcan
y hayan disfrutado de la sonoridad musical de sus diálogos
para "Hiroshima mon amour" o de su novela,
dícese que autobiográfica, "El amante"
(que contó con una indigna adaptación fílmica
que más vale olvidar). En cuanto a su radicalidad,
ahí está su adhesión a un cine auténticamente
minimalista, construido con pocos medios y un puñado
de elementos, dispuestos según normas sumamente personales
y, loable muestra de valentía en una mujer que procede
de la literatura, en absoluto narrativas. Cierto, su método
no siempre acarreó el éxito (lo demuestra
la plomiza "El camión", 1977), pero
en sus mejores obras alcanzó una potencia singular.
Pensamos, en concreto, en la extraordinaria "Nathalie
Granger" (1972) y en la imperecedera "India
song" (1975), una sonámbula e hipnótica
película que le garantizó a Duras la admiración
de los cinéfilos de pro. No es de extrañar:
no se puede conseguir más con media docena de actores,
unas voces en off, una canción, un entorno,
un decorado
y un inolvidable espejo.
La
recomendación. En fin
A la espera de que
alguna empresa se digne distribuir la obra de la Duras cineasta,
queda la opción de aproximarse a la Duras literata
y leer sus extraordinarias novelas, algunas traducidas al
español.
Chile
Raúl Ruiz

El
que quizás sea el más prolífico de
los grandes directores en activo (lleva ya casi cien títulos
rodados, incluidos abundantes cortometrajes), aunque debutara
en su país natal, no tardó en emigrar a Francia,
donde mutó su nombre de pila por Raoul y se convirtió
en heredero oficial de Buñuel. Su personalidad fílmica,
de hecho, nunca ha perdido su carácter hispánico,
bien arraigado en las características más
propias del Cono Sur; y no porque, anecdóticamente,
suela trufar sus películas con diálogos en
español, sino porque su narrativa, barroca, fantasiosa,
exuberante y de un humor muy intelectual, lo emparenta con
los practicantes del realismo mágico, con su compatriota
Sábato, o mejor aún, con el mundo entre alucinado
e irónicamente científico de Jorge Luis Borges.
Algo que quizás no se aprecie demasiado tras su salto
al gran presupuesto y a los repartos estelares, hará
unos quince años más o menos, pues su obra
de esta última época resulta bastante convencional
en comparación con la precedente y, lo que es peor,
presenta una capacidad expresiva más bien mermada,
con la única excepción que conozcamos de la
hilarante "Ce jour-là", en español
"Ese día" (2003)
no en vano
es una producción más familiar y reducida,
suiza para más señas. No, el mejor Ruiz, al
menos a juzgar por la minúscula parte de su obra
asequible, hay que buscarlo en sus películas de los
setenta y ochenta, un cine donde todo era posible, que deparaba
sorpresas a cada cambio de plano, que basculaba continuamente
entre realidad e imaginación, color y blanco y negro,
humor y dramatismo, convención y salidas de tono:
un auténtico Iguazú de inventiva visual. Para
corroborarlo ahí queda un ramillete desbordante (comercialmente
inédito en España
no comment): "La
vocación suspendida" (1978), "La
hipótesis del cuadro robado" (1979), "Las
tres coronas del marinero" (1983), "La
ciudad de los piratas" (1984), "La lechuza
ciega" (1987), a las que se puede añadir
"Ce jour-là". Así las cosas,
no queda más que lamentar que en nuestro país
tan sólo se hayan distribuido dos de sus películas
más recientes y superficialmente estelares: la interesante
"La comedia de la inocencia" (2000) y la
decepcionante "Klimt" (2006).
La
recomendación. No hace falta navegar mentalmente,
como tantos personajes de Ruiz: basta con Internet. La distribuidora
anglosajona Blaq Out nos permite localizar una auténtica
isla digital del tesoro: un doble DVD formado por su film
más emblemático, "La hipótesis
del cuadro robado", y la que, a falta de conocer
tantas otras, es todavía su mejor película,
"La vocación suspendida". El acicate
es mayor, teniendo en cuenta que el disco ofrece subtítulos
en español.
|
|
Europa. Primera parte
En
la tercera entrega de esta sección comenzamos nuestro
recorrido por el viejo continente, trayecto que comenzará
bien al norte, en Escandinavia. No podía ser de otra
manera, por tres motivos: primero, las industrias danesa
y sueca fueron, junto a la americana, las primeras en descollar
a lo largo y ancho del orbe; segundo, ellas proporcionaron
los primeros grandes directores del cine con ligero desfase
respecto de Griffith y contribuyeron como pocas al desarrollo
del nuevo medio de expresión; y tercero, dos de los
cinco o seis genios indiscutibles del cine, Dreyer y Bergman,
son originarios de este ámbito geográfico.
Bogando
ligeramente al sur, nos encontramos con la, cronológicamente,
siguiente gran cinematografía europea: la alemana.
Aquí, sin embargo, hemos preferido subrayar la casi
igualdad entre Alemania y Austria, pues, a pesar de que
la industria germana más potente se concentraba en
Berlín, sus grandes directores eran casi al cincuenta
por ciento de origen alpino y se habían formado culturalmente
en la efervescente Viena de comienzos del siglo XX. Como
dato que podría refrendar cierta afinidad austriaca,
no deja de llamar la atención que, ya en América,
inauguraran la corriente que se dio en llamar cine negro
y que refundía convenciones del previo cine de gángsteres
con estrategias del Kammerspielfilm alemán, o si
se prefiere, filtraba la psicología criminal por
el colador del psicoanálisis, que lo impulsaran,
decimos, tres judíos (como Freud) precisamente vieneses
(como Freud): Lang, Preminger y Wilder.
Y
antes de comenzar con el listado europeo de directores,
una disertación. Hace poco el Aula de Cine de la
Universidad de Zaragoza organizó un ciclo sobre el
cine mudo de Pabst. La experiencia fue cinematográficamente
maravillosa
y socialmente descorazonadora. Pese a
que las proyecciones tenían lugar en el campus universitario
y aun siendo gratuitas, la asistencia fue raquítica:
veinte personas como mucho en cada sesión, de las
cuales más de la mitad rondaba o sobrepasaba los
setenta años. ¡Y aún fue más
desértico el ciclo de Henry King programado por la
Filmoteca de Zaragoza! Sin embargo, sucede que las películas
de animación checa o las actuales y mediocres películas
portuguesas proyectadas también por Filmoteca consiguieron
un aforo bastante nutrido. ¿Cómo es posible?
La indiferencia de nuestra juventud, su falta de curiosidad
ante todo lo que sobrepase su provinciano mundo (la actualidad,
los dibujos animados, que, sin ningún menosprecio
a la animación, entienden hasta los niños),
su negativa a ejercitar las neuronas fuera de los ámbitos
académicos, no puede ser más preocupante.
Claro, que cómo se van a interesar por Pabst, si
en este país NO SABEN quién es Dostoievski,
porque ni en casa, ni en el colegio, ni en el instituto,
NADIE se lo ha enseñado. Y luego, vendrán
sociólogos de pacotilla justificando el botellón,
porque a los pobrecitos jóvenes no se les ofertan
otras formas de ocio
O la así llamada ministra
de educación afirmando que la enseñanza nunca
había sido mejor en este país. Patético.
Escandinavia
Victor Sjöström

A
pesar de que este actor y director es fundamental en el
desarrollo de la historia del cine, a pesar de que el Instituto
de Cine Sueco se ha preocupado por recuperar y restaurar
todas sus películas suecas sobrevivientes y a pesar
de que su obra americana nos ha llegado en general en buenas
condiciones, no hay nada de nada en el mercado español
(y casi nada en el internacional) de este pionero nórdico,
maestro del ritmo y del paisaje, que alcanzaría la
cumbre de su carrera en Estados Unidos con "El que
recibe el bofetón" (1924) y "El
viento" (1928). Así que duermen el sueño
de los justos, aparte de sus dos obras maestras, todas sus
otras películas, algunas tan importantes como "Ingeborg
Holm" (1913), "Terje Vigen" (1917),
"La hija de la turbera" (1917), "Los
proscritos" (1918), "La voz de los antepasados"
(1919), "La carreta fantasma" (1921) o
su mejor película sueca, "La prueba del fuego"
(1922), un film que influyó sin duda a Dreyer y a
Hitchcock; o como, ya en Estados Unidos, "La mujer
marcada" (1926) y "La mujer que amamos"
(1930).
La
recomendación.- Como no sea encender una vela
a la Virgen
Mauritz Stiller

El
caso de este finlandés de origen ruso-judío
afincado en Suecia es igualmente o aun más desalentador.
Análogamente a Sternberg respecto de la Dietrich,
se le suele recordar sólo por ser el descubridor
de la gran diva y mediocre actriz Greta Garbo y, en consonancia,
hace años Divisa lanzó en VHS la película
del "descubrimiento": "La leyenda de Gösta
Berling" (1924), un título inferior a lo
más granado de su director y uno de los falsos prestigios
del cine mudo. Y aunque no es muy de lamentar que no se
haya vuelto a comercializar en DVD su último film
sueco, sí lo es, y mucho, que se hayan ignorado todas
las demás películas de este autor, del que
sólo se ha conservado una docena: muy poco si se
tiene en cuenta que llegó a rodar más de cuarenta,
pero lo suficiente para acreditar su inmenso talento. Pues
Stiller es un director de temprana madurez y modernidad
pasmosa, que contribuyó aún más que
Sjöström al desarrollo del nuevo lenguaje, cuyas
influencias son abundantes y decisivas y cuyas películas
son modélicas en, por ejemplo y por mencionar sólo
un par de cuestiones, la dirección de actores, sobrios
y atemperados como pocos, y la utilización del paisaje,
auténtico protagonista del relato, definidor y modelador
de personajes y conductas. Ahí se alzan sus tres
obras maestras para atestiguarlo: "El tesoro de
Herr Arne" (1919), "Erotikon"
(1920) y "En los remolinos" (1921). Pero
otras tantas películas suyas no les andan a la zaga:
"Amor y periodismo" (1916), "El
mejor film de Thomas Graal" (1917), "El
mejor hijo de Thomas Graal" (1918), "La
canción de la flor escarlata" (1919)
Durante su amarga estancia en Hollywood sólo pudo
finalizar una película, la muy recomendable "Hotel
Imperial" (1927), para morir al poco en 1928, de
vuelta a su Suecia adoptiva. Como curiosidad (y como motivo
de orgullo), la Filmoteca de Zaragoza descubrió un
largo fragmento de una de sus películas perdidas:
"Balletprimadonnan" (1916), a buen seguro
la ruina más bella de la historia del cine.
La
recomendación.- Mejor encender dos velas.
Carl
Theodor Dreyer

Para
muchos la quintaesencia del cine, Dreyer absorbió
todos los grandes movimientos de la etapa muda (Griffith,
el cine nórdico, el expresionismo alemán,
el constructivismo soviético, la vanguardia francesa)
para lograr una de las grandes obras del período
silente y, ya en el sonoro, seguir un camino absolutamente
propio y conquistar la máxima depuración que
ha conocido el séptimo arte. De este danés
itinerante y universal hay cinco obras en catálogo,
una extraordinaria, "El amo de la casa"
(1925), y las otras cuatro auténticos pilares maestros
del cinematógrafo: "La pasión de Juana
de Arco" (1928), "Dies Irae" (1943),
"Ordet", también conocida como "La
palabra" (1955), y su última película,
la sonámbula y olímpica "Gertrud"
(1964), que propuso, a la vez que clausuraba una trayectoria
artística y vital, una vuelta a los orígenes
del cine primitivo, previo a Griffith, de largos planos
y altanera frontalidad. Habida cuenta de que el maestro
de maestros sólo rodó catorce largometrajes,
no parecería mala su presencia en el mercado
si no fuera porque casi todas sus películas largas
son fundamentales, porque también rodó casi
una decena de cortos, con alguno que otro, como "Cogieron
el transbordador" (1948), extraordinario; y si
no fuera, en fin, porque en el extranjero se duplican las
películas distribuidas en España. Entre las
ausencias, se añoran especialmente las magníficas
"Presidente" (1919) y "Páginas
del libro de Satán" (1921) y las magistrales
"La novia del párroco" (1920) y
"Michael" (1924), de la que, para más
inri, se dispone de flamantes copias restauradas recientemente;
así como, claro está, una de las obras capitales
del cine: la poética, la alucinada, la onírica:
"Vampyr" (1932).
La
recomendación.- Las cinco películas editadas
en España ("La pasión de Juana de
Arco" por Sherlock Home Video; las otras cuatro
por Filmax) son imprescindibles y se deben tener todas,
y ello aunque "El amo de la casa", "La
pasión de Juana de Arco" y "Dies
Irae" presenten ciertas deficiencias en las copias
de las que se han telecinado. Por contra, las transferencias
de "Ordet" y "Gertrud"
son impecables, por lo que es inexcusable adquirirlas
y así disfrutar con unas de las experiencias y emociones
más puras e intensas que ha ofrecido el cine a lo
largo de su historia.
Ingmar Bergman

Lo
del maestro sueco es uno de los milagros de la era del DVD:
lo más importante de su prolífica obra se
oferta en el mercado casi al completo, gracias fundamentalmente
y a un aproximado cincuenta por ciento a Filmax y a Manga
Films; además, aunque las ediciones suelen ser demasiado
parcas en extras, la calidad de las copias es irreprochable.
El aficionado puede por tanto hacer un recorrido por todas
las etapas de este excelso cineasta: el período de
aprendizaje, el más modesto de su carrera, pero que
aun así comprende títulos estupendos, especialmente
"Ciudad portuaria" (1948) y "Prisión"
(1949); los primeros años de madurez, los cincuenta,
de frescura e inventiva excepcional, con películas
tan destacadas como "Juegos de verano"
(1951), "Tres mujeres" (1952), "Un
verano con Mónica" (1953), "Noche
de circo" (1953, editada por Sherlock), "Sonrisas
de una noche de verano" (1955), "El séptimo
sello" (1956), "Fresas salvajes"
(1957), "El rostro" (1958) y "El
manantial de la doncella" (1960); luego, la genial
década de los sesenta, en la que el maestro sueco
consigue una pasmosa sucesión de cumbres del cine,
auténticos ocho mil, que van de "Como en
un espejo" (1961) a "Pasión"
(1969), pasando por "Los comulgantes" (1962),
"El silencio" (1963), "Persona"
(1966), "La hora del lobo" (1967),
"La vergüenza" (1968) y "El
rito" (1969); seguidamente, la etapa de decadencia,
en la que no obstante el maestro aún ofreció
una obra de la envergadura de "Secretos de un matrimonio"
(1973), por fin editada (por Filmax) en su versión
completa; y para finalizar, la larga estancia televisiva
del director, iniciada por una de sus mejores películas,
"De la vida de las marionetas" (1980),
y prolongada hasta su film-testamento "Saraband"
(2003), con importantes jalones intermedios como "Fanny
y Alexander" (1982) y "Después del
ensayo" (1983). Todas las extraordinarias películas
mencionadas y algunas otras menos destacadas son adquiribles
en los comercios; incluso recientemente tanto Filmax como
Divisa han lanzado paquetes que contienen seis o siete títulos
del maestro, cuyo bajo precio es un acicate para coleccionar
en dos tacadas la obra bergmaniana. Sin embargo, mientras
Manga ha agrupado los títulos que distribuye por
etapas, algunas ciertamente demasiado amplias, el criterio
de Filmax es meramente insondable, como no sea con perspectiva
comercial: ¿cómo se puede maridar una obra
clave de la modernidad como "Persona" con
un endeble y trasnochado folletín como "Música
en la oscuridad" (1948)? Así las cosas,
dos son los paquetes recomendables: los primeros volúmenes
de ambas firmas, pues apenas hay furrufalla y (casi) todas
las películas contenidas en ellos son excepcionales.
En cuanto a los demás títulos, más
vale adquirirlos uno a uno. Ah, y que sepamos, nadie ha
editado hasta la fecha un puñado de películas
soberbias: "En el umbral de la vida" (1958),
"La carcoma" (1971), "Los dos bienaventurados"
(1986), "En presencia de un clown" (1997).
La
recomendación.- Las dos cimas de una carrera
de vértigo, "Persona" y "Pasión",
que en muchos aspectos marcaron unos límites en el
cine, como arte, como hecho material y como interlocutor
del mundo, que a fecha de hoy no se han logrado sobrepasar.
Sin embargo, en el caso de una obra tan rica, compleja y
apasionante como la del hijo del pastor, dos recomendaciones
son un aperitivo, así que añadamos otras más,
igualmente imprescindibles. Por el lado del Bergman quizás
más asequible para un público amplio, pero
sobre todo más profético (¡si la hubieran
visto en Yugoslavia!), otra de la cumbres del cine: "La
vergüenza". Realzando la faceta más
fantástica y terrorífica de un autor que no
desdeña dialogar con el cine de género, "La
hora del lobo", y desvelando al creador que se
inspira en los cuentos infantiles para tratar obsesiones
de madurez, "El silencio". Mostrando el
lado más desnudo e implacable del director, más
austero y clásico también, lado que invitó
a emparentarlo con Dreyer, "Como en un espejo"
y "Los comulgantes"; y por el contrario,
revelando a un autor que se mueve en la punta de lanza del
cine con estrategias de modernidad asombrosa y que retrata,
o mejor radiografía, la sociedad actual y por venir,
"De la vida de las marionetas". Finalmente,
como testigos de aquél director que alcanzó
la madurez tempranamente, en la década de los cincuenta,
alzándose como aventajado heredero del expresionismo
y del cine nórdico silente, "Fresas salvajes"
y "El rostro".
Alemania y Austria
Ernst Lubitsch

La
recopilación de la filmografía del afamado
príncipe de la comedia va teniendo lugar esforzada
y caprichosamente. Hasta hace bien poco, con una excepción,
no había ni una sola de sus mejores películas
en los estantes, e incluso dicha salvedad, la genial sátira
"Ser o no ser" (1942), quedaba (y queda)
prácticamente invalidada por la humilde calidad de
las copias existentes; así que el famoso toque Lubitsch
sólo se podía, más que degustar, olfatear
con su recomendable último film, "El pecado
de Cluny Brown" (1947). Por fortuna, a finales
de 2006 la situación comenzó a cambiar. Primero,
tímidamente, cuando Sherlock lanzó algunos
títulos de su etapa Paramount
aunque las elecciones
de nuevo, dejando aparte la gozosa "La octava mujer
de Barba Azul" (1938), no fueran demasiado afortunadas:
¿cómo se puede elegir la simpática
opereta "Una hora contigo" (1932) y olvidar
la cima de esta tendencia en la obra del director del puro,
"El teniente seductor" (1931)?; peor aún,
¿cómo optar por la interesante "Una
mujer para dos" (1933) y desestimar el cenit, ya
no de todas las comedias, sino de toda la obra del berlinés,
"Un ladrón en la alcoba" (1932)?
Llegados ya a 2007 Divisa comercializó algunas de
las películas mudas alemanas
sólo que
la obra silente norteamericana de Lubitsch es muy superior.
Por fortuna, entre las producciones berlinesas seleccionadas,
restauradas con el habitual cuidado y deslumbrantes resultados
de la Friedrich Murnau Stiftung, aunque falte "Las
hijas del cervecero" (1920), están presentes
la simpática "El gato montés"
(1921) y, sobre todo, la irresistible "La princesa
de las ostras" (1919), sin duda la cumbre de la
obra alemana de nuestro hombre, y primero en España
de los lanzamientos en DVD imprescindibles del autor. Luego,
Suevia ha añadido al catálogo la despedida
de Lubitsch del cine mudo, la estupenda, aunque inferior
a la serie precedente "Amor eterno" (1929).
Y no ha sido hasta finales del año recién
acabado que se han incorporado tres de las grandes películas
del comediante. La primera por orden cronológico,
"Los peligros del flirt" (1924), ostenta además
el mérito de haber inaugurado la etapa Warner, en
conjunto la mejor de las de Lubitsch: Divisa la presenta
en copia restaurada, muy superior a la que ya existía
en VHS, aunque no totalmente impecable. Las otras dos, "Remordimiento"
(1932) y "Ángel" (1937), pertenecen
a la prestigiosa etapa Paramount y las distribuye Universal
en magníficas copias. Ahora bien, quedan todavía
muchas películas imprescindibles que recuperar: aparte
de "El teniente seductor" y "Un
ladrón en la alcoba", falta de hecho casi
toda la obra muda americana: el grueso del admirable ciclo
Warner, que contiene dos de sus obras capitales ("El
abanico de lady Windermere", 1925, y "La
locura del charlestón", 1926), más
sus incursiones en Paramount ("La frivolidad de
una dama", 1924) y MGM ("El príncipe
estudiante", 1927). También parece olvidada
una de las mejores entre sus últimas películas:
"El bazar de las sorpresas" (1940).
La
recomendación.- Nos gustaría poder resaltar
las tres obras maestras de Lubitsch: imposible, ante la
inexistencia de "El abanico de lady Windermere"
y "Un ladrón en la alcoba" y la
precaria presencia de "Ser o no ser". Así
que nos inclinamos por dos de sus siguientes mejores obras,
que presentan la llamativa peculiaridad de no ser comedias:
"Remordimiento" es un intenso melodrama
con todas las de la ley, de trasfondo bélico y mensaje
pacifista, mientras que "Ángel",
aunque utiliza recursos más cercanos a la comedia,
es más bien un drama conyugal de precursora modernidad
donde los personajes bordean y a duras penas esquivan el
más punzante vacío existencial.
Friedrich Wilhelm Murnau

El
mejor cineasta germano, el más conspicuo director
de la época muda y evidentemente uno de los genios
indiscutibles del cine, no anda mal representado en el mercado,
pues son accesibles la mitad de las doce películas
suyas conservadas, entre ellas, ¡albricias!, casi
todas las mejores, no tanto la prestigiosa aunque algo avejentada
"El último", como cinco de sus grandes
obras maestras: "Nosferatu" (1921), "Tartufo"
(1926), "Fausto" (1926), y ya en Estados
Unidos "Amanecer" (1927), y en Tahití
"Tabú" (1931). De las otras seis
películas sobrevivientes se echan a faltar especialmente
"La tierra en llamas" (1921), "El
nuevo Fantomas" (1922), editada en el extranjero
(¿por qué no en España?), y sobre todo
su ausente obra maestra, "El pan nuestro de cada
día" (1928, nada que ver con el film homónimo
de Vidor, por lo que también se la suele mencionar
por su título original: "City girl").
La
recomendación.- Las cinco películas mayúsculas,
"Nosferatu", "Tartufo",
"Fausto", "Amanecer" y
"Tabú", son indispensables y cualquiera
de ellas sirve para dar crédito de la maestría
pictórica, la invención cinematográfica,
la percepción vívida, la exaltada imaginación,
la emoción desbordante, la apoteosis artística
en suma, que es la obra del insigne pelirrojo. Ahora bien,
se precisa una observación: mientras las películas
alemanas y "Tabú" las distribuye
Divisa en flamantes copias restauradas por la sociedad germana
que toma su nombre de nuestro director (aunque no sé
por qué se ha eliminado el logo de la Paramount en
"Tabú"), y además la mayoría
ofrece unos extras soberbios, responsabilidad de nuestro
compatriota y gran erudito Luciano Berriatúa; mientras
esos cuatro títulos se presentan en ediciones definitivas,
"Amanecer", comercializada por VellaVision,
a pesar de sus magníficos extras, no está
restaurada. Un suspenso para la productora original, Fox,
por no ofrecer copias mejores y, además, tener a
"City girl" aherrojada en sus almacenes.
Fritz Lang

En
el caso del director del monóculo su etapa alemana
se diferencia aún más nítidamente de
la americana videográfica que artísticamente.
En efecto, si por un lado Divisa presenta su obra germana
casi al completo en copias restauradas y resplandecientes,
por otro su obra hollywoodiense aparece desperdigada por
múltiples sellos y plasmada en copias de calidad
extremadamente variable, por lo general tirando a la baja.
Procedamos cronológicamente. Por el lado alemán,
destacan películas extraordinarias como "Los
Nibelungos" (1924, muy superior la primera a la
segunda parte), "La mujer en la luna" (1929)
o "M" (1931), sin olvidar otros filmes
estupendos y legendarios como "El doctor Mabuse"
(1922), "Metrópolis" (1927), "Spione"
(1928) o "El testamento del doctor Mabuse"
(1933, editada por Sherlock). De lo más granado
del período sólo falta "Las tres luces"
(1921). Por el lado americano, tan sólo dos de los
mejores Lang, "Furia" (1936) y "Los
sobornados" (1953), están disponibles en
copias inmaculadas; luego, "Sólo se vive
una vez" (1937) y "Perversidad"
(1945) se ofertan en ediciones para salir del paso, mientras
que la disponible de "La mujer del cuadro"
(1944) está tirada de una copia lamentable
aunque nada en comparación con tres de las mayores
tomaduras de pelo del mercado, que simplemente deberían
retirarse de la circulación: la copia de definición
(es un decir) analógica de "Encuentro en
la noche" (1952), la plana y terrosa de "Encubridora"
(1952) y la mutilada, al pretender hacerla pasar por
panorámica, de "Deseos humanos" (1954),
las tres editadas, o más bien machacadas, por Suevia
(la última en connivencia con Sony/Columbia). Otras
películas recomendables, como "Los verdugos
también mueren" (1943), "El ministerio
del miedo" (1944) o "Gardenia azul"
(1953), han corrido una suerte algo más risueña,
pero se echan en falta obras del calibre de "El hombre
atrapado" (1941), "Mientras Nueva York duerme"
(1956) y, sobre todo, la magistral "Moonfleet"
(1955). En cuanto a la breve vuelta, cual boomerang,
de Lang a Alemania, la calidad de las copias es elevada,
pero presentan cada una su seria pega. El extraordinario
díptico "El tigre de Esnapur / La tumba india"
(1958) lo comercializa Filmoteca Fnac en una copia nítida
y colorida, pero se le ha amputado la escena pregenéricos
en la que el famoso tigre daba cuenta de una de sus víctimas
(con la indeseable consecuencia de que la fiera se percibe
por el espectador más que como ente real como entelequia).
Finalmente su última y algo inferior variación
sobre el diabólico doctor, "Los crímenes
del doctor Mabuse" (1960), la ofrece SAV doblada
en español y en italiano, pero no en la versión
original alemana: ¡y aún tienen el descaro
de venderla como edición coleccionista!
La
recomendación.- Entre las películas alemanas
de Lang, el primer puesto lo merece sin duda "M",
no sólo su obra maestra del período, sino
también uno de los más importantes filmes
de comienzos del sonoro; además, la impecable copia
de Divisa recupera todo el metraje, incluyendo fragmentos
importantes tradicionalmente escamoteados proyección
tras proyección. No obstante, también es sumamente
recomendable "Los Nibelungos", por ser
una de las cumbres indiscutibles de todo el cine desde el
punto de vista (de otros no) de la dirección artística.
En cuanto a su etapa americana, vistas las escabechinas
perpetradas sobre "La mujer del cuadro",
"Perversidad" y "Deseos humanos",
queda el consuelo de la única obra maestra presentada
en copia irreprochable: la vibrante y emotiva "Los
sobornados", editada por Sony Pictures (antes Columbia).
Georg Wilhelm Pabst

De
los directores germanos del cine mudo otrora aclamados este
austriaco nacido en Bohemia es, bien injustamente, el único
olvidado. (¿Para cuándo un ciclo en filmotecas?
Muchas de sus películas ya han sido restauradas
)
Pues resulta que Pabst en apenas un lustro, de 1926 a 1931,
y sobre los cimientos de un talento vigoroso e imaginación
feraz, anclados a fondo en una conciencia expresionista
del mundo (no la propuesta por la alucinada "El
gabinete del Doctor Caligari", sino la enarbolada
por las convulsas pinturas de Grosz, Dix, Beckmann, etc.),
edificó una obra imperecedera, que, con permiso de
los puristas, eclipsa la obra alemana de Lubitsch y, apurando,
casi me atrevería a decir que la de Lang también
(la de Murnau, es imposible). Ahí están, para
el que quiera comprobarlo, películas sobresalientes
como "El amor de Jeanne Ney" (1927),
"La caja de Pandora" (1929), "Cuatro
de infantería" (1930), "Carbón"
(1931) y "La comedia de la vida" (1931,
no confundir con el film homónimo de Hawks), también
conocida por "La ópera de cuatro cuartos",
a las que se deben añadir otras obras que no les
andan a la zaga, especialmente "Secretos de un alma"
(1926), "Crisis" (1928), "Prisioneros
de la montaña" (1929) y "Diario
de una perdida" (1929); y no incluimos en este
listado de joyas ni "La calle sin alegría"
(1924), pues, pese a su interés, nos parece un
falso prestigio, ni, por desconocerla, "La Atlántida"
(1932). Luego, en 1933, al parecer llegaría la
etapa de decadencia de Pabst, que comenzaría a errar
de aquí para allá y ya no volvería
a levantar cabeza; y decimos al parecer, ya que en realidad
desconocemos casi todas esas películas, pues no se
han aireado por las pantallas desde hace décadas.
Aun así, conocedores de la obra de este vienés
ensalzan como mínimo dos: "Paracelso"
(1943) y "El último acto" (1955).
Pues bien, esbozado el hombre y su obra, ¿qué
se puede conseguir de Pabst en los comercios? Sólo
tres tristes títulos (por solos); entre ellos, "Don
Quijote" (1933), discutible adaptación (como
todas) del monumento cervantino, pero que aun así
es claramente la mejor película en la que ha aparecido
el hidalgo, y "Sucedió el 20 de julio"
(1955), una de sus últimas obras.
La
recomendación.- Es imprescindible el tercer título
en el mercado, la magistral "La caja de Pandora",
su película más prestigiosa y legendaria
y no poco gracias a la antológica encarnación
de Louise Brooks, que pasaba con pasmosa facilidad de ángel
a arpía. Y no es óbice que la copia presentada
por Divisa, aun restaurada, presente abundantes parpadeos
en el foco, pues al fin y al cabo, como todos los otros
grandes títulos del Pabst de la época, "La
caja de Pandora" está llena de escenas brillantísimas,
rodadas con un abrumador sentido del movimiento y de realce
del detalle visual
además de poseer una capacidad
excepcional para transmitir un aire enrarecido, de descomposición
y decadencia, de maldad incluso, que nos hace comprender
la desquiciada Europa Central de la época mejor que
nadie, incluido Lang y sus Mabuses.
William Dieterle

Comparado
con los otros grandes directores germanos que iniciaron
su andadura en el mudo, es Wilhelm Dieterle, más
tarde William, sin duda el de obra más modesta. Su
parca filmografía alemana no parece tener demasiada
relevancia, pero, en cambio, su estancia hollywoodiense,
por más irregular que fuera, está cargada
de títulos atractivos que justifican una reivindicación
del director de los guantes blancos; y ello a pesar de que
una gran parte de su producción permanece sepultada
bajo losas de décadas. Películas soberbias
como "Juárez" (1939), "Esmeralda,
la zíngara" (1939), la delicada y fantasmal
"Jennie" (1948), que amaron los surrealistas,
o "Un hombre acusa" (1952) son algunos
de los jalones más destacados de una carrera donde
tampoco conviene desestimar películas tan interesantes
como "El hombre que vendió su alma"
(1941), "Incidente en septiembre" (1950)
o "La senda de los elefantes" (1954), cuyo
final, por cierto, en el que Liz Taylor se enfrenta solita
a una manada de elefantes destrozones, de puro descabellado
acaba erigiéndose como uno de los más surreales
de la historia del cine (tampoco se debe olvidar a la enajenada
Bette Davis de "Juárez" tomando
a una paloma
por su difunto marido). Pues bien, de
una obra que suma más de setenta largometrajes, sólo
"Bloqueo" (1938), "Esmeralda, la
zíngara" y "La senda de los elefantes"
se ofrecen al público. Desgraciadamente "Jennie"
está descatalogada.
¿La
recomendación?- Manga Films, dentro de su serie
RKO, ofrece la mejor película de Dieterle en el mercado:
"Esmeralda, la zíngara". Carcome,
no obstante, el dilema de "comprar o no comprar",
pues si desde luego se trata de un film sobresaliente, de
iluminación contrastada y lleno de momentos de rara
intensidad y poética inventiva, la copia es bastante
deficiente.
Max Ophüls

Con
el director del cráneo rasurado pasamos ya a los
centroeuropeos que debutaron en los albores del sonoro.
Este alemán romántico y errante, pilar del
melodrama europeo (en Italia, en Alemania, en Francia
)
y perro verde del americano, es uno de los grandes desatendidos
de la época del DVD. Tan sólo cuatro películas
sobre casi treinta se pueden localizar en nuestro país.
Las mejores son las dos americanas: "Carta de una
desconocida" (1948), general y razonadamente considerada
su obra maestra, y la también magistral "Atrapados"
(1949). En cuanto a las dos películas francesas,
arrastran un prestigio quizás desmesurado, pero aun
así "La ronda" (1950), su primer
film post-Hollywood, es magnífico y "Lola
Montes" (1955), su definitivo último film,
presenta gran interés. Recapitulando, falta toda
la obra de los años treinta y primeros cuarenta,
sus otras dos películas americanas y las otras dos
francesas de los cincuenta, lo que excluye títulos
tan prometedores como "Werther" (1938)
o "The exile" (1947), o tan magníficos,
cuando no magistrales, como "Amoríos"
(1933), "La signora di tutti" (1934), "Almas
desnudas" (1949), "El placer"
(1952) y "Madame de
" (1953).
La
recomendación.- Las copias presentadas por Suevia
Films de "Carta de una desconocida" y "Atrapados"
dejan bastante que desear y sólo son recomendables
para aquéllos que nunca hayan visto estas dos admirables
películas. Así que, a la espera de copias
mejores, finalmente nos decantamos por la estupenda "La
ronda", comercializada por Filmoteca Fnac en una
copia excelente. Al film se suma un muy discreto documental
sobre el director, centrado exclusivamente en su obra francesa.
Douglas Sirk

El rey del melodrama ha ido haciéndose
sitio en el mercado muy trabajosamente: hasta 2006 sólo
había dos títulos suyos disponibles y en 2007
ha tenido lugar una verdadera eclosión al sumarse
ocho películas más. Sin embargo, la situación
sigue estando lejos, muy lejos de ser aceptable. Para empezar
falta toda su primeriza obra alemana, no tan deslumbrante
como la americana, pero que cuenta con títulos del
subido interés de "Acorde final"
(1936) o "La habanera" (1937). Para seguir
algunos de los Sirk presentes son obras decididamente menores
(se debe precisar que en el caso del hamburgués este
calificativo significa que la película no es excepcional,
pero que aun así resulta muy recomendable y muy superior
a la media), mientras que no se sabe dónde paran
películas excelentes como "Extraña
confesión" (1944), "Take me to town"
(1953) o "Interludio de amor" (1957), cuando
no sencillamente magistrales, como "Su gran deseo"
(1953), "Siempre hay un mañana"
(1956) y, parece mentira, la inmarchitable "Tiempo
de amar, tiempo de morir" (1958). Y, en fin, para
rematar la situación casi todas sus mejores películas
editadas sufren la sempiterna chapuza de los formatos, que
Universal, cual célula terrorista, sigue saboteando
impunemente: ni "Obsesión" (1954)
, ni "Sólo el cielo lo sabe" (1955),
ni "Escrito sobre el viento" (1956), ni
"Imitación a la vida" (1959) fueron
rodadas en 1:1,85, como hoy en día se venden con
la consiguiente desvirtuación del plano, lo que en
el caso de Sirk no es un daño colateral, pues la
supresión de numerosos reencuadres no sólo
afecta a una de las formas favoritas del director, sino
de paso a varios pilares de su sistema filosófico
(la representación, el reflejo, la prisión
).
Uno siente rabia e impotencia ante tanto atentado cultural,
que se acrecientan cuando, para más recochineo, resulta
que las copias presentan una buena calidad de imagen
pero hay que rellenar los flamantes y caros televisores
panorámicos. Así el estado de las cosas, quedan
un par de buenas películas, "Escándalo
en París" (1946) y "El asesino poeta"
(1947), y, menos mal, una obra maestra: "Ángeles
sin brillo" (1957). Claro, que ésta originalmente
era ya era en pantalla ancha, CinemaScope para más
señas.
La
recomendación.- Si bien la superlativa maestría
de la película sigue haciéndolo tentador,
aun a pesar de los abusivos recortes horizontales, somos
reticentes a recomendar el DVD de esa summa sirkiana que
es "Imitación a la vida", una asombrosa
cumbre del cine construida sobre material de derribo al
que el cineasta domeñó y del que consiguió
extraer espesas variaciones sobre la naturaleza humana (lo
que evidentemente no merece la pena buscar en la mediana
película de John Stahl de la que ésta es remake).
Por fortuna, la potencia discursiva de este antiguo director
de escena, experto y profundo conocedor de la tragedia griega,
de Shakespeare, Calderón y tantos otros, se yergue
incólume en otro buen puñado de películas,
entre ellas "Ángeles sin brillo",
el más esotérico, por menos americano y más
próximo a sus raíces europeas, de los melos
del gran Sirk. Suevia Films presenta una copia intachable
para esta película imperecedera. De obligada adquisición.
Otto Preminger

Más
de veinte títulos dejan constancia de que este segundo
austriaco con monóculo es uno de los preferidos por
la distribución videográfica en nuestro país.
Algo que celebrar, pues la obra de Preminger, por más
que sea menos prestigiosa entre la cinefilia de hoy en día
que entre la de antaño, es pródiga en obras
extraordinarias. El que fue calificado, no sin ligereza,
como cineasta de la objetividad y el que, sin duda, fue
uno de los más preclaros cultivadores del plano-secuencia,
ofrece al público títulos tan destacados y
variopintos como "Laura" (1944), "El
abanico de lady Windermere" (1949), "Cara
de ángel" (1952), "Río sin
retorno" (1954), "El hombre del brazo de
oro" (1955), "Santa Juana" (1957),
"Buenos días tristeza" (1958), "Éxodo"
(1960) y "Primera victoria" (1965), todos
ellos en copias decentes
o casi. Sin embargo, por
el lado de las ausencias, hay que reivindicar tres obras
extraordinarias: "Daisy Kenyon" (1947),
"Cartas envenenadas" (1951) y "Tempestad
sobre Washington" (1962). Y por el lado de las
pifias hay que denunciar la pésima copia disponible
de "¿Ángel o diablo?" (1945),
que encima, para mayor desesperación, es una de sus
mejores películas, la muy deficiente de la estupenda
"Vorágine" (1949), y la adulterada,
por la sempiterna cuestión de los formatos panorámicos
por birli-birloque (Columbia parece competir con Universal
en lo que a atentados culturales se refiere), de otra de
las cimas de su filmografía, "Anatomía
de un asesinato" (1959). Una última cuestión,
que no puede más que suscitar la perplejidad: Sogemedia
parece haber descubierto un Preminger desconocido, "La
dama de hierro"
¡sólo que no
es más que "Santa Juana" con un
título camuflado! Menos mal que Manga ha tenido la
oportunidad de distribuir esta estupenda película
con su título real y que, para mayor certificación
de autenticidad, recupera en la carátula el cartel
original, obra de Saul Bass. Y ya que hablamos de este legendario
diseñador de títulos de crédito, no
esta de más reseñar su larga colaboración
con Preminger, al que como mínimo entregó
un segmento genial: los títulos finales de "Primera
victoria", que elevan esta negra y magnífica
película a alturas de auténtico vértigo
existencial.
La
recomendación.- Las dos obras maestras de Preminger,
auténticos pilares del subgénero noir que
se dio en llamar de psicología criminal. "Laura",
todavía hoy y no demasiado injustamente el Preminger
más recordado y popular, está editada por
su productora original Fox en una copia irreprochable. En
cambio, su posterior aproximación al género,
la impresionante "Cara de ángel"
(producción RKO), menos onírica, pero más
punzante y seca, está ofertada por Manga en una mediana
copia, que aun con todo sigue siendo recomendable, pues
se trata de una obra emocionante y demoledora, de irresistible
belleza: no otra que la de una delicada planta
carnívora.
Billy Wilder

Si
Preminger parece estar favorecido por la distribución,
su compatriota resulta ser uno de los auténticos
mimados del mercado: no podía ser menos dada su inmensa
popularidad
y casi, casi su ascensión a los
cielos como el dios de la comedia. ¿La prueba? De
sus veintiséis largometrajes, todos menos dos están
a la venta. Cierto, que con una de las ausencias se le ha
concedido una auténtica merced, pues "Aquí
un amigo" (1981), su último film, es una
obrita simplemente deleznable, pero con la otra, en cambio,
el favor no ha podido ser más flaco, ya que "Ariane"
(1957) es sin duda una de sus dos o tres mejores películas.
El resto de su obra está pues al alcance del público,
para arrobo de los integristas wilderianos y para degustación
del aficionado en general. Y si el director de las gafas
grandes y redondas dista de ser el genio que sus fanáticos
aseguran, no hay duda de que es un extraordinario cineasta,
cuya obra depara grandes placeres. De su primera etapa con
Paramount, negra y densa, se deben destacar: "Perdición"
(1944), "Días sin huella" (1945),
"Berlín Occidente" (1948), "El
crepúsculo de los dioses" (1950), y ya apuntando
al futuro, "Sabrina" (1954). De su época
de las comedias ácidas para United Artists, que le
reportaron fama merecida, sobresalen: "Con faldas y
a lo loco" (1959), "El apartamento"
(1960), "Uno, dos, tres" (1961), "Bésame,
tonto" (1964) y el cierre del ciclo y del mejor
Wilder, "En bandeja de plata" (1966).
La
recomendación.- No seremos muy originales al
destacar, del ciclo United Artists, precisamente "El
apartamento" (distribuidora: MGM), siempre el Wilder
más prestigiado: su extraordinario uso del formato
scope, su apreciable inventiva, su sutil equilibrio entre
comedia y grisura existencial (sería excesivo hablar
de negrura) justifican la elección. Por el lado de
Paramount, sin embargo, nos decantamos por uno de los Wilder,
como "Ariane", más injustamente
ignorados: la excepcional "Berlín Occidente",
comercializada por Suevia en copia inmaculada; una película
que, casi a la inversa de "El apartamento",
opera un trayecto del drama a la comedia, amén de
proponer un singular maridaje entre sátira y denuncia,
entre sentimiento e hilaridad, entre neorrealismo y film
noir.
Alexander Kluge

Lo
que no hizo Hollywood lo consiguió el nazismo: el
desmantelamiento y aniquilación de la cinematografía
europea más floreciente de los años veinte
y comienzos de los treinta. Con la llegada de Hitler al
poder Alemania acabó convirtiéndose en un
páramo. Sólo muy tardíamente, a comienzos
de los años sesenta, comenzó a dar signos
de resurrección la cinematografía germana
con la proclamación del manifiesto de Oberhausen
y el advenimiento del nuevo cine alemán. Pues bien,
de toda la pléyade de cineastas que conformaron el
movimiento, sin duda el más destacado resulta también
casi ignoto: Alexander Kluge. Lejos del reconocimiento crítico
y adhesión cinéfila de los que alguna vez
disfrutaron y de los que todavía siguen recibiendo
rentas sus colegas Herzog, Wenders e incluso el más
irregular Fassbinder, Kluge simplemente parece no existir:
ni para los aficionados, ni para los programadores, ni para
el comercio; ni en España, ni en el resto de Europa,
ni en el mundo mundial (salvo en su país natal: algo
es algo). Lástima, pues este cineasta, también
notable escritor, aglutina lo mejor de ese nuevo cine alemán
tan especial, enarbola las perspectivas más radicales
y productivas de todos sus compañeros, ofrece una
crítica de la situación política y
social de su país afilada como un escalpelo (como
también la de otro colega olvidado: Reinhardt Hauff),
aderezada, eso sí, con una ironía burlona
y distante, y siempre ha sabido beber del documental que
fue su inicial formación y coquetear con lo didáctico
sin caer en ello. No sería de extrañar que
la causa de su olvido sea precisamente su continuo vaivén
hacia las formas del documental y del collage. O su exposición,
seca como una disertación científica. O su
mirada distante, casi gélida y aparentemente desapasionada;
aparentemente
como pone en evidencia esa obra magistral,
tan emocionante en su estilo, que es "La fuerza
de los sentimientos" (1983). Y pese a que su filmografía
es prácticamente desconocida y remotamente recordada,
otros títulos excelentes, cortos y largometrajes,
titilantes en la memoria, avalan su calidad como cineasta:
"Brutalidad sobre piedra" (1961), "Retrato
de una prueba" (1964), "Los artistas bajo
la cúpula del circo: perplejos" (1968),
"Trabajo ocasional de una esclava" (1973),
la irresistible "Ferdinand el radical"
(1976)
La
recomendación.- Quizás una manifestación
sería lo más adecuado para reivindicar a un
cineasta tan comprometido y admirablemente politizado. Pero
como quiera que corren malos tiempos para la ideología,
uno, sin el engorro de coger una pancarta ni moverse de
casita, puede navegar por la zona alemana de Internet para
intentar localizar un apetitoso paquete, editado por Zweitausendeins,
con la obra cinematográfica de Kluge ¡completa
y en magníficas copias! Si el gasto se antoja excesivo
(son 16 discos) y ya que todas las películas no son
igualmente recomendables, siempre se puede optar, para abrir
el apetito, por el doble DVD que incluye "La fuerza
de los sentimientos" (su título original:
"Die Macht der Gefühle"). Ah, no hace
falta saber alemán: tienen subtítulos en español.
|
Estados Unidos (y Canadá). Segunda parte
Continuamos
con la sección inaugurada en el Pollo anterior sobre
la presencia de los grandes cineastas en el mercado del
DVD, no sin antes recalcar que las incorporaciones tienen
lugar a ritmo tan vertiginoso, que pudiera ser que títulos
que ahora echamos de menos estén comercializados
dentro de pocos meses.
En
este diciembre de 2007 les llega el turno a los directores
norteamericanos que debutaron de los inicios del cine sonoro
en adelante, algunos pocos en activo hoy en día.
Reservamos otras latitudes para próximas entregas.
Rouben Mamoulian
El
primer gran director que inició su carrera ya en
pleno cine sonoro es este armenio que Hollywood reclutó
de la escena de Broadway y que antes se había formado
en el teatro de Moscú y Londres. El desarrollo de
su carrera cinematográfica es sumamente peculiar,
único quizás, pues alcanza su cenit precisamente
en los comienzos, los cinco años que trabajó
en la Paramount de 1929 a 1933, luego desciende progresivamente
en calidad, con algunas buenas películas mediados
los años treinta y en los cuarenta, y se apaga finalmente
en 1959 con la olvidable "La bella de Moscú".
A ello se debe añadir la paulatina pérdida
de confianza de la industria, que lo defenestró de
varios rodajes (así, "Laura" y "Porgy
and Bess", definitivamente firmadas por Preminger),
hasta su despido de "Cleopatra" en lo que supone
uno de los finiquitos más amargos de la historia
del cine. Pues bien, de la aproximada quincena de títulos
que consiguió acabar Mamoulian, una tercera parte
pueden adquirirse en España en copias de calidad,
lote que incluye su último film y tres buenas películas
de la etapa intermedia: "La reina Cristina de Suecia"
(1933), "El signo del zorro" (1940) y "Sangre
y arena" (1941). No estaría mal, si no fuera
porque de las obras que catapultaron a este armenio entre
los grandes, un cuarteto pasmoso que destila una alegría
por rodar, un afán por explotar todos los recursos
del cine y una pasión casi inauditos, potenciados
por una inventiva desbordante y un entusiasmo ilimitado,
si no fuera, decimos, porque de estas cuatro películas
Paramount tres moran en el limbo: "Aplauso"
(1929), "Las calles de la ciudad" (1931)
y "Ámame esta noche" (1932).
La
recomendación. Por fortuna sí está
editada la cumbre del cuarteto, "El hombre y el
monstruo" (1931), la más gloriosa adaptación
de la célebre novela de Stevenson "El extraño
caso del Doctor Jekyll y Mister Hyde", una película
de potente discurso y de imaginería y sonido apabullantes,
una obra de visión imprescindible. Además,
el disco editado por Warner, presenta en la segunda cara
un inopinado aliciente: el remake realizado por el ventolero
Victor Fleming en 1941 para MGM, "El extraño
caso del Doctor Jekyll". No es que esta mediocre
película merezca la atención, pero tener ambos
filmes juntos es una oportunidad única para comprobar
cómo, partiendo prácticamente del mismo libreto,
dos películas pueden ser radicalmente distintas (y
de paso para que los cada vez más abundantes críticos
de guión se replanteen sus premisas): una versión
hace añorar la obra literaria en que se basó,
mientras la otra hace que nos desentendamos de ella; una
confía en el guión para que le saque las castañas
del fuego, mientras la otra potencia sus sugerencias con
imágenes inolvidables; una se construye en beneficio
de sus estrellas (unos Spencer Tracy e Ingrid Bergman que
nunca estuvieron tan cargantes), mientras la otra integra
todos los factores en un todo coherente. En resumen, una
es una nadería y la otra una obra maestra.
George Cukor
Otro
de los directores teatrales que Hollywood importó
de Broadway a comienzos del sonoro es este neoyorquino de
apellido húngaro que acabaría convirtiéndose
en uno de los cineastas americanos más famosos. Su
mayor popularidad se refleja en su abundante presencia en
el mercado, que abarca desde títulos primerizos casi
ignotos, como "Tentación" (1932),
hasta su despedida del cine ya en plena senectud, "Ricas
y famosas" (1983); y se refrenda, porque incluso
películas tan mediocres como "Doble sacrificio"
(1932), "Cena a las ocho" (1933), "David
Copperfield" (1935), "Margarita Gautier"
(1936) o "El trigo está verde" (1979)
han encontrado su lugar en los comercios antes que otros
títulos más merecedores de ello, ciertamente
del mismo Cukor, pero también de otros superiores
a él. Sin embargo, Cukor, si no genial, sí
es un director extraordinario y así se puede constatar
por un puñado de títulos afortunadamente a
la venta: "La gran aventura de Silvia" (la
película que en 1936 puso de manifiesto su gran talento),
"Vivir para gozar" (1939), "Historias
de Filadelfia" (1940), "La costilla de
Adán" (1949), "El pistolero de Cheyenne"
(1960) y "My fair lady" (1964). Ahora bien,
no deja de ser curioso que todos estos títulos sean
comedias o presenten cierta ligereza de tono, mientras que
de sus dramas más sobresalientes ningún distribuidor
parece acordarse por el momento (aunque, cierto, tampoco
de "La actriz", 1953, ni de "Las
girls", 1957). ¿Cuándo podremos encontrar
en los estantes "La mujer de las dos caras"
(1941), "Cruce de destinos" (1956) o sus
dos mejores películas, la casi desconocida "Edward
my son" (1949) y su reconocida obra maestra "Ha
nacido una estrella" (1954)?
La
recomendación. A la espera de que se lancen "Edward
my son" o "Ha nacido una estrella",
una opción que nada desmerece de ellas es la justamente
célebre "La costilla de Adán",
sin duda su mejor comedia, una película efervescente,
inolvidable por sus tipologías y sus situaciones
y por ser quizás el tratamiento cukoriano más
acabado sobre su querido tema de la representación.
Además, la copia lanzada por Warner (productora original:
MGM) es impoluta e incluye como único pero sustancioso
extra el brillante e ingenioso trailer de la película.
(Y, tangencialmente, permite comprobar cómo algunos
actores que tan insoportables están con según
que directores, bien dirigidos están magníficos:
compárese al Spencer Tracy de "El extraño
caso del Doctor Jekyll" con el de esta película
de Cukor).
Mitchell Leisen
Por
el contrario, la rala presencia es el reflejo de la estrella
declinante de este hombre de Michigan al que nunca se le
perdonó, primero, que accediera a la dirección
desde el departamento de vestuario y decorados (¡si
al menos hubiera sido guionista, como John Huston, o montador,
como Donald Siegel!) y, segundo, que tanto Preston Sturges
como Billy Wilder despotricaran contra él por haber
traicionado supuestamente sus excelsos guiones. Y sin embargo,
no es descabellado afirmar que este director es más
merecedor de recuerdo que los cuatro anteriores, incluidos,
sí, sus (también admirables) guionistas Wilder
y Sturges. Es de suponer que algún mitómano
se mese la cabellera ante tamaña aseveración
(herejía, tronarán los integristas wilderianos)
y por supuesto, se mantenga en sus trece
al menos
si ha de juzgar por las dos únicas películas
presentes en el mercado español: "Capricho
de mujer" (1942) y "En las rayas de la
mano" (1947), vehículos al servicio de la
Dietrich que figuran entre lo menos distinguido de la obra
del director y que casi justifican la suspicacia con la
que se ha querido contemplar tradicionalmente su obra (aunque
no siempre). Pero dos títulos son una parte mínima
en una carrera que comprende casi cuarenta y para no sacar
conclusiones precipitadas y comprobar el efectivo talento
de Leisen, que durante casi toda su carrera rodó
para Paramount, hay que ver sus chispeantes comedias y vibrantes
melodramas, rodados con inventiva y elegancia, hoy en día
invisibles, pero que muchos recordamos gracias al magnífico
ciclo que le dedicó Televisión Española
en una era ya remota: "La muerte en vacaciones"
(1934), "Medianoche" (1939), "Arise,
my love" (1940), "Si no amaneciera"
(1941), "Ella y su secretario" (1942),
"No hay tiempo para amar" (1943), "Vida
íntima de Julia Norris" (1946), etc.; sin
olvidar, claro está, las dos cumbres de su carrera:
"Recuerdo de una noche" (1940) y "Mentira
latente" (1950).
La
recomendación. Esperar que lleguen las vacas
gordas.
Orson Welles
Con
el rey Welles, bien representado en el mercado en cantidad,
que no precisamente en calidad de copias, llegamos ya a
la década de los cuarenta, aquélla que tras
la época muda proporcionó a Estados Unidos
la más brillante cosecha de cineastas hasta hoy mismo.
¿Y qué decir del actor-productor-director-montador-etc.-etc.?
Jaleado como genio del cine (perdón, el Genio) desde
su primera película, considerado el niño prodigio
del teatro, la radiofonía y finalmente el artista
total del cinematógrafo, Welles se ha convertido
en un icono intocable del séptimo arte, fundamental
y casi exclusivamente por su primer largometraje, "Ciudadano
Kane" (1941). Poco importa que muchos hayan puesto
en entredicho la originalidad de sus "invenciones"
(sin ir demasiado lejos, "Kane" recopila
muchos procedimientos de la "Rebeca" hitchcockiana),
o que se haya demostrado, análisis mediante, que
las películas de algunos otros atesoran propuestas
más ricas y multifacéticas; poco importa que
el mismo Welles se superara a sí mismo acto seguido
con "El cuarto mandamiento" (1942) y tres
lustros después con "Sed de mal"
(1958): "Ciudadano Kane" sigue copando
machacona e injustamente el puesto de mejor película
de la historia. Ciertamente, aunque no una obra maestra
absoluta, sí es una película magnífica
y es una suerte que esté disponible en DVD, como
también lo es la presencia de la no menos extraordinaria
"Campanadas a medianoche" (1965), así
como que otros títulos no tan sobresalientes, pero
igualmente recomendables, se encuentren en el mercado: "Macbeth"
(1948), "Otelo" (1952), "El proceso"
(1962). Aparte de eso, Welles se ha erigido en la prueba
contundente de que los designios de la distribución
comercial son inescrutables para las cándidas almas
de los consumidores: ¿cómo es posible que
haya ¡hasta seis ediciones distintas! de su peor largometraje,
"El extraño" (1946), también
comercializado como "El extranjero" (¡pero
es la misma película!), y que en cambio, de sus dos
obras maestras sólo haya una por cabeza, y regular?
Así, "El cuarto mandamiento" está
editada por Manga Films en una deficiente copia, con rayas
y sin nitidez; y "Sed de mal" se oferta
en la polémica versión reconstruida según
las supuestas intenciones del cineasta, pero el DVD ni ofrece
la opción de ver la película tal y como se
estrenó, ni, más grave, tampoco respeta el
formato original (1:1,37 frente al 1:1,85 del lanzamiento
actual), destrozando encuadres y rebanando frentes, cabezas
y hasta el logo de la Universal.
La recomendación. Nos gustaría poder
destacar "Sed de mal", pero el zancocho
perpetrado por Universal con el formato se merece un cero
pelotero. En cuanto a las copias de los otros tres mejores
Welles ("Ciudadano Kane", "El cuarto
mandamiento", "Campanadas a medianoche")
están lejos, muy lejos de merecer el aplauso. Sin
embargo, hay tanto editado del barbudo y camaleónico
actor-director, que algo nos gustaría recomendar.
Así que nos decantamos, a pesar del pobre estado
de la copia y de que sea tan difícil de encontrar,
y en parte debido a la curiosa peculiaridad de que (por
una vez) una edición española es la única
disponible en el mercado internacional, por la romántica,
amarga, sonámbula "El cuarto mandamiento",
inolvidable poema sobre la decadencia, realzado ¡y
cómo! por la vibrante música de Bernard Herrmann
y la pasmosa fotografía de Stanley Cortez. Ah, y
que ningún despistado pique con "El Quijote
de Orson Welles": ni es de Welles, ni siquiera
presenta todo el metraje rodado por el cineasta para su
abortado proyecto.
Anthony Mann
La
era del DVD parece haberle traído la fortuna a la
obra de este excelso director, que junto a Ford y Vidor
forma el triunvirato de los mejores de entre los nacidos
en Estados Unidos. Hay una venturosa profusión de
sus películas, y no sólo de aquéllas
rodadas a partir de 1950, siempre las más difundidas
en nuestro país, sino también de su primera
y apasionante obra de los cuarenta, período de formación
en la serie B y de hallazgos válidos en cualquier
ámbito. En efecto, este apasionado narrador, estilista
del gran angular y dramaturgo del paisaje natural o urbano,
ya alcanzó la eminencia en la primera etapa de su
trabajo, como ratifican películas a la venta, más
que las recomendables "El gran Flamarión"
(1945), "Desesperado" (1947) y "Orden:
caza sin cuartel" (1948) las extraordinarias "Justa
venganza" (1948) y "La brigada suicida"
(1947), esta última presentada por Sogemedia en bochornosa
copia. Aun así, todavía le queda a la distribución
un buen hueco por cubrir, pues no están disponibles
algunos títulos de campanillas: "El reinado
del terror" (1949), "Border incident"
(1949), "Side street" (1950), "Las
furias" (1950). Llegando a la década de
los cincuenta, Mann sigue estando muy bien representado,
por buenas películas como "Bahía negra"
(1953) y "El hombre de Laramie" (1955)
y por la mayoría de sus piezas maestras: "Winchester
73" (1950), "Horizontes lejanos" (1952),
"La colina de los diablos de acero" (1956),
"La pequeña tierra de Dios" (1958),
"Hombre del oeste" (1958). No obstante,
se echan en falta "Cazador de forajidos"
(1957) y esa indiscutible obra maestra que es "Colorado
Jim" (1953); y sí está, pero es casi
como si no estuviera, otra pieza magistral, "Tierras
lejanas" (1955), destrozada por Universal en su
empecinamiento por vendernos como panorámicas películas
de la década rodadas en el formato tradicional, en
este caso con catastróficos resultados: no sólo
las bandas negras se zampan las cumbres nevadas a las que
hace referencia el título, sino también a
los transeúntes que en término lejano le permitían
a Mann crear profundidad de campo e insuflar vida a las
poblaciones de las tierras remotas. ¡Qué desastre!
Finalmente, sus dos peplum para Samuel Bronston, "El
Cid" (1961) y "La caída del imperio
romano" (1964), dos buenas películas aunque
inferiores a la obra precedente, parecen estar descatalogados.
La
recomendación. Salvo "Tierras lejanas",
las mejores copias a la venta son las de las películas
de los cincuenta. Ya que ninguna destaca por sus sustanciosos
extras, nos decantamos por sus tres obras máximas
disponibles: "Horizontes lejanos" (Universal),
o de cómo hacer del paisaje un elemento complejo
y vivo, auténtica proyección mental de los
personajes y de sus relaciones; "La pequeña
tierra de Dios" (Filmax), muestra fehaciente de
que el genio de Mann no se reducía al western; y
especialmente "Hombre del oeste" (MGM:
originalmente United Artists), quizás la cumbre de
una carrera distinguida como pocas y, entre otras muchas
cosas, cruce inesperado entre el western y el fantástico,
ajuste de cuentas anterior a "El hombre que mató
a Liberty Valance" con un género que se
iba codificando en exceso, delineación casi abstracta
de los espacios de una radicalidad y modernidad tan sólo
comparable a Antonioni o Bergman
Vincente Minnelli
El
padre de Liza y esposo de Judy Garland fue a la Metro lo
que Leisen a la Paramount, Curtiz a la Warner, Sirk a la
Universal o Henry King a la Fox: el director de la casa,
y eso durante más de veinte años. Trabajar
para la productora del león solía conllevar
holgados presupuestos, pero también la obligación
de pechar con proyectos de dudoso gusto y minúscula
entidad. De hecho, Minnelli debió hacerse cargo de
más de un pestiño, por lo que una parte importante
de su obra ha soportado mal la embestida del tiempo, especialmente
en lo que a sus musicales y comedias se refiere, monumentos
a lo kitsch en diversas variantes con tres importantes excepciones:
"Un americano en París" (1951),
"Melodías de Broadway 1955" (1953),
ambos musicales editados en DVD, y su interesante comedia,
no disponible, "Mi desconfiada esposa" (1957).
Por fortuna para la futura consideración de este
estilista del color y más apasionado que elegante
(y lo era) cineasta, la Metro también le confió
numerosos melodramas, que hoy por hoy son en conjunto la
gran aportación de Minnelli a la cinematografía,
el marchamo de su gran talento. Sin embargo, el melodrama
es, de todos los géneros americanos, el más
desdeñado por los distribuidores y el caso del americano
europeizante no es excepción: se pueden adquirir
la interesante "El loco del pelo rojo"
(1956), muy recientemente la grisácea "Corrientes
ocultas" (1946) y, menos mal, la excepcional "Con
él llegó el escándalo", horrible
título español de "Home from the hill"
(1961). Pero, mientras sus musicales abundan en los
comercios, los grandes melos del cineasta hibernan a la
espera de tiempos mejores: "Cautivos del mal"
(1951), "La tela de araña" (1955),
"Como un torrente" (1958), "Dos
semanas en otra ciudad" (1962), "Castillos
en la arena" (1965).
La
recomendación. Entre lo disponible optamos por
"Un americano en París", uno de
los pocos musicales grandes de verdad, que muestra el gran
talento de Minnelli para el color, el movimiento y tantas
cosas más; y que, por cierto, le da cien vueltas
a la estimable pero excesivamente cacareada "Cantando
bajo la lluvia" (1952), del mediano de Stanley
Donen.
Joseph Leo Mankiewicz
Este
guionista y productor que decidió pasarse a la dirección
en 1946 debe su gran prestigio más a los libretos
que a la propia puesta en escena de sus películas,
la cual, si no tan extraordinaria como los ingeniosos diálogos
de sus guiones, aun así es magnífica e inventiva
y no debe ser subestimada. Mankiewicz está muy bien
representado en los comercios: hay tan sólo tres
ausencias reseñables ("Odio entre hermanos",
1949, "Julio César", 1953, y "El
día de los tramposos", 1970), pero el resto
de sus mejores películas (y otras menos insignes)
está a la venta y por lo general en excelentes copias:
"El fantasma y la Señora Muir" (1947),
"Carta a tres esposas" (1948), "Eva
al desnudo" (1950), "La condesa descalza"
(1954), "De repente, el último verano"
(1957), "Cleopatra" (1963) y "Mujeres
en Venecia" (1967). La impactante "La huella"
(1972) parece estar descatalogada.
La
recomendación. Contra el previsible pronóstico,
preferimos no decantarnos por la prestigiosa y mítica
"Eva al desnudo", sino por la primeriza
"El fantasma y la Señora Muir",
editada por Fox, su productora original, en una excelente
copia. Y ello, a pesar de que carece de cualquier material
adicional, por ser el Mankiewicz que más limpiamente
prima el romanticismo sobre la acidez y lo sugerente sobre
lo obvio. Esta delicada historia de fantasmas realiza además
la difícil proeza de conjugar el humor y la ironía
con la pasión y la emotividad, alzándose inesperadamente
como la película más intensa y emocionante
de su autor.
Budd Boetticher
Si
hay un gran director americano de toda la etapa sonora prácticamente
olvidado, éste es Oscar Boetticher Jr., que para
firmar sus películas primero se desprendería
del Junior y luego trocaría Oscar por Budd. Su obra
de los años cuarenta es inaccesible, la de los primeros
cincuenta conocida a cuentagotas y la de la segunda mitad
de la década tan sólo difundida ocasionalmente
por televisión o en circuitos restringidos. Quizás
se deba a que, a diferencia de sus mejores compañeros
de generación (Mann, Fuller, Ray, Fleischer), Boetticher
nunca llegó a dar el salto a la producción
de alto presupuesto y todas sus películas pertenecen
a la serie B. Por si fuera poco, en los sesenta, cuando
su carrera podría haber despuntado industrialmente,
su ciega dedicación al documental "Arruza"
sobre el torero mexicano amigo suyo le cerraría las
puertas de los estudios de Hollywood para siempre. Pues
bien, a saber, sólo hay tres títulos de nuestro
hombre en los comercios: uno mediano, "Santos el
magnífico" (1955), otro bueno, "El
desertor del Álamo" (1953), y un tercero
excepcional, "Seven men from now" (1956).
Del resto de su obra, nada, ni de su celebrado ciclo Ranown
de westerns (que depara joyas como "Los cautivos",
1957, "Cabalgar en solitario", 1959, y
"Comanche station", 1960), ni de sus importantes
films noirs ("El asesino anda suelto",
1956, y la extraordinaria "La ley del hampa",
1960).
La
recomendación. La mejor elección posible
es "Seven men from now", distribuida por
Paramount (originalmente Warner), a buen seguro la cumbre
del ciclo Ranown y quizás de su filmografía
entera. Sin embargo, aunque restaurada, ésta es otra
que pasa por panorámica, cuando era una película
en formato 1:1,37
e incluso el DVD lo revela inopinadamente
en el documental adjunto, no se sabe si por candidez o simple
desidia de la distribuidora. Aun así, los encuadres,
aunque afectados, no se desvirtúan dramáticamente
como en el caso de las "Tierras lejanas"
de Mann, por lo que, un poco a regañadientes y ya
que apenas hay otra cosa, decidimos recomendarla: la película
es extraordinaria.
Robert Wise
Quizás
sea ésta la presencia más controvertida de
nuestra lista: sin ir más lejos, hace cinco o diez
años al firmante ni siquiera se le hubiera ocurrido
Wise como una opción. Sin embargo, por un lado, el
mercado del DVD, rebosante de títulos del director,
y por otro, la completa retrospectiva organizada al alimón
por Filmoteca Española y el Festival de San Sebastián
hace pocos años, han obligado a replantearse la valoración
de este cineasta, pues resulta que la mayor parte de sus
mejores películas, como si hubiera sido víctima
de un contubernio ibérico, habían permanecido
inéditas en nuestro país. Cierto, ahí
siguen estando "Hindenburg", "Star
Trek: La película" y una ristra demasiado
larga de medianos filmes (incluida la archipopular "Sonrisas
y lágrimas") para desanimar al aficionado y
hasta ponerle los pelos de punta; cierto, Wise ni en sus
mejores momentos es un director genial, puede que ni siquiera
personal
Ahora bien, se debe reconocer que un buen
ramillete de películas avala y aprecia su trabajo
y que no siempre los méritos deben revertir en los
magníficos directores de fotografía o en los
cuidados diseños de producción con los que
contó: hay demasiadas buenas películas para
que sean mero fruto de las circunstancias. Destaquemos "Sangre
en la luna" (1948), "Nadie puede vencerme"
(1949), "Ultimátum a la tierra"
(1951), "West side story" (1961) y "The
haunting" (1963), entre las películas distribuidas,
y de las que no, "The captive city" (1952)
y "Odds against tomorrow" (1958).
La
recomendación. Para el que desee ediciones de
gran calidad, repletas de extras, los lanzamientos por Fox
de "Ultimátum a la tierra" y "West
side story" (originalmente United Artists) son
especialmente recomendables por sus magníficas informaciones
técnicas, no tanto por sus documentales, que despiden
un fuerte tufo, más que a la hagiografía al
autobombo (los entrevistados, miembros del equipo de esos
filmes, repiten machaconamente lo genial que era Wise, las
cimas del cine que son estas dos buenas, pero relativamente
modestas películas
en fin). Para el que prefiera
menos alharacas, pero cine de mayor envergadura, aunque
la copia no sea óptima, mejor decantarse por "Sangre
en la luna" (Manga Films), uno de los dos mejores
Wise (el otro: "The captive city"), film
que además cuenta con el concurso del, este sí,
genial iluminador Nicholas Musuraca, que aquí hizo
alarde de cómo fotografiar un western como si de
cine negro se tratara, con raro sentido, desbordante inventiva
y singular potencia.
Richard Fleischer
Richard
Fleischer.
El
hijo del famoso dibujante Dave es otro de los grandes beneficiados
de la proliferación champiñonera de DVD's,
aunque en su caso la abundante recuperación de su
etapa más desconocida no haya revelado ningún
título excepcional: el que más podría
reclamar esta condición sería si acaso "Follow
me quietly" (1948), distribuido por Manga como
"Ven tras de mí"
sólo
que en él participó Anthony Mann y es posible
que más de una de sus mejores secuencias fueran rodadas
por este último. De cualquier manera, Fleischer,
un cineasta completo, no necesitaba apoyarse en ningún
otro para demostrar su talento y así lo refrendan
muchas de sus magníficas películas de las
décadas de los cincuenta, sesenta y setenta; entre
las disponibles: "20.000 leguas de viaje submarino"
(1953), "Bandido" (1956), "Los
diablos del Pacífico" (1956), "Los
vikingos" (1958), "Barrabás"
(1962), "El estrangulador de Boston" (1969),
"Cuando el destino nos alcance" (1973)
y "Mandingo" (1975). La relación
entre el mercado y Fleischer, empero, no llega a ser perfecta:
faltan títulos importantes, en especial una de sus
mejores películas, "Impulso criminal"
(1959), mientras que bisutería que bien poco brillo
aporta a su carrera, como "Tora! Tora! Tora!",
"Mr. Majestyk" o "Conan, el destructor",
campa a sus anchas por los estantes. Menos mal que Sony
acaba de editar otra de sus grandes películas hasta
ahora mismo ausente: "El estrangulador de Rillington
Place" (1971).
La
recomendación. Necesariamente ha de ser su mejor
película (con diferencia) y una absoluta obra maestra:
"El estrangulador de Boston", editada por
Fox, una película irrepetible que, rodada en CinemaScope
en un momento de transición crucial para el cine,
propuso un encuentro único entre el cine clásico
y el cine moderno; una película que debería
haber finiquitado para siempre el cine de psicópatas:
no se puede decir más ni sobre la figura del enfermo
mental (aquí en su doble faceta de monstruo y de
víctima) ni sobre el entorno social que lo crea y
lo potencia. Inolvidable.
Nicholas Ray
El
acceso de los aficionados a la obra del mítico Nick,
prototipo de cineasta apasionado y ardiente, está
despejado, pues la mayoría de sus mejores películas
los aguarda en los estantes: desde su magnífico debut
rodado para RKO Pictures ("Los amantes de la noche",
1948) hasta su última reseñable película
para la industria ( "Los dientes del diablo",
1960), pasando por tantos títulos de su etapa de
esplendor en los años cincuenta: "En un lugar
solitario" (1950), "La casa en la sombra"
(1952), "Johnny Guitar" (1954), "Rebelde
sin causa" (1955), "Más poderoso
que la vida" (1956), "La verdadera historia
de Jesse James" (1957). A pesar de la buena situación
general, se lamenta, eso sí, que mientras algunos
Ray mediocres, que también los tiene, están
presentes ("Infierno en las nubes", "Rey
de reyes", "55 días en Pekín"),
falte un puñado imprescindible: "Llamad a
cualquier puerta" (1948), "Amarga victoria"
(1957), la marginal y vanguardista "We can´t
go home again" (1976), y sobre todo la magistral
"Chicago, años treinta" (1958),
la peculiar aportación del cineasta apasionado a
la disolución genérica en la época
de descomposición del clasicismo
o de cómo
el cine negro en color se filtra por el musical.
La
recomendación. Es una suerte que tres de las
cuatro cumbres de Ray estén editadas impecables:
"Johnny Guitar" existía en el mercado
en copias deficientes, pero acaba de ser lanzada por Paramount
(productora original: Republic) en una a la altura que merece;
"Más poderoso que la vida" es una
de las mejores ediciones, tanto artística como técnicamente,
de la irregular Suevia Films (productora original: Fox).
Y todavía supera a los anteriores el doble disco
de su obra maestra, "Rebelde sin causa" (Warner),
que a la calidad intrínseca de película y
copia añade una importante cantidad de extras, entre
los que figura uno de lujo: los planos rodados en blanco
y negro al comienzo de rodaje y finalmente desechados, que
aportan un testimonio inmejorable de la forma en que rodaba
Nicholas Ray.
Samuel Fuller
Lo
más representativo del director periodista, también
productor y guionista de casi todas sus películas,
está disponible en un aproximado cincuenta por ciento,
lo que no está mal, si se tiene en cuenta que se
han recuperado películas inéditas en España
o que hacía décadas que no conocían
una distribución generalizada. Fuller es además,
después de Mann, el director de su generación
de calidad media más alta y no tiene ni un solo título
decepcionante hasta los últimos coletazos de su carrera.
Sus mejores películas a la venta son: la austera
"A bayoneta calada" (1951), la controvertida
por anticomunista "Manos peligrosas" (1953),
la contemplativa "La casa de bambú"
(1955), la alucinada "40 pistolas" (1957),
la emocionante "Invasión en Birmania"
(1962), la impactante "Corredor sin retorno"
(1963), su película más recordada en España,
y la incómoda "Una luz en el hampa"
(1964), cuyo título original, "El beso desnudo",
resulta mucho más sugerente. En el lado de las ausencias
se deben recordar: "Casco de acero" (1951),
"Park row" (1952), "La puerta de
China" (1957), "Yuma" (1957),
"El kimono rojo" (1959), la extraordinaria
"Verboten!" (1959), el magistral film noir
"Bajos fondos" (1961) y una de sus últimas
obras, la inolvidable y revulsiva "Perro blanco"
(1982), que, si no fuera porque su filmografía
es la más copiosa que existe en parejas interraciales
(bien avenidas) y en fieras soflamas contra la guerra y
los totalitarismos de cualquier signo, bastaría por
sí sola para echar por tierra las acusaciones de
racista y hasta de fascista que la crítica más
ceporra siempre le endilgó.
La
recomendación. Las dos obras maestras de Fuller
a la venta: el western, por decir algo, "40 pistolas"
(Filmax: distribuidora original Fox) y, por decir algo,
el film noir "Una luz en el hampa" (Divisa:
originalmente Allied Artists) Además de magistrales,
estas dos obras muestran al Fuller más representativo:
el que maneja, mezcla y apura los géneros, la banda
sonora, los planos a su antojo (facultad que Godard admiró
sin duda) y el que suelta lo que piensa sin pelos en la
lengua, porque para él es una necesidad vital. Desde
luego, sus discursos (salvo en la esquemática concepción
de los comunistas de la aun así admirable "Manos
peligrosas") son plenamente suscribibles
sólo que soltados a bocajarro. Prueben los trallazos
fullerianos y sabrán lo que se pierden en el mundo
de lo políticamente correcto.
Jerry Lewis
Pese
a los admiradores de los hermanos Marx, cuyo humor, salvo
con McCarey, siempre fue más verbal que visual y
cuya capacidad subversiva, alerta en Paramount, fue finalmente
aniquilada por la Metro; pese a los incondicionales de Jacques
Tati, cuyos hallazgos se ven lastrados por la tendencia
a la prolijidad y al sentimentalismo más facilón,
incluso en la memorable "Playtime"; pese
a los forofos de Woody Allen, cuya originalidad es casi
inexistente en términos cinematográficos y,
aún peor, cuya obra es demasiado irregular; pese
a quien pese, el tan famoso como denostado Jerry Lewis es
el único gran cómico del cine sonoro. Quizás
gran parte del desprecio que cosecha entre los espectadores
"culturoides" se deba a que sus primeras películas
como actor iban dirigidas a un público eminentemente
infantil (y de hecho, su personaje es el más inmaduro
de entre todos los clowns del cine); quizás también
a que formó pareja artística con un actor
de persona tan antipática como Dean Martin. En la
trayectoria de Lewis se pueden distinguir tres etapas. La
primera, de poco más de un lustro y constituida por
películas de vocación hilarante pero de profundidad
escasa donde el humorista se limitaba a interpretar, es,
como cabía esperar, la menos interesante
aunque
conviene matizar que lo mismo se podría decir de
los inicios de Chaplin, Lloyd y Lubitsch y que, aun así,
hay más de un título de interés protagonizado
por este americano de origen ruso-judío: lo demuestra
"Viviendo su vida" (disponible en DVD),
dirigida por el impersonal Norman Taurog en 1954. La segunda
etapa llega en 1955 bajo la batuta del director Frank Tashlin
y con el casi inmediato abandono de Dean Martin y ya, desde
la fundacional y extraordinaria "Artistas y modelos",
supone uno de los momentos cómicos más brillantes
del cine, que se prolongará hasta la última
colaboración entre director y actor en 1964. Incidentalmente,
éste es además uno de los casos más
escurridizos y apasionantes para la definición de
autor cinematográfico, pues la autoría no
revierte necesariamente a la figura del director: cierto,
las películas de Tashlin con Lewis suelen ser muy
superiores a las dirigidas por otros, pero también
y mucho más a las dirigidas por el mismo Tashlin
sin Lewis; para complicar más las cosas, los gags
son de (casi) idéntica naturaleza a los que Lewis
idearía ya como director, pero, aunque el cómico
produjera varias de las películas dirigidas por su
colega, el discurso es muy diferente (Tashlin podía
ser más burlón y ácido, pero Lewis
era mucho más certero y amargo); y finalmente tampoco
conviene desestimar las condiciones de producción
de Paramount, que comportaban extraordinarios y creativos
colaboradores en nómina (con el genial asesor de
color Richard Mueller a la cabeza). La tercera y última
etapa de la carrera del cineasta, solapada a la anterior,
va de 1960 a 1983 y se define por el paso a la dirección
del gran Jerry, que conquista la culminación del
cine cómico sonoro y la consumación de la
andadura del slapstick todo, al que no sólo aporta
una inventiva desbordante y una amargura, a veces casi cinismo,
inédita en el género, sino también
estrategias enunciativas de una modernidad cotejable a la
de artistas coetáneos como Godard, Kluge o Fellini
(casi nada). Presentes en el mercado están películas
extraordinarias como, por el lado de Tashlin, "Yo
soy el padre y la madre" (1958) y la antológica
"Caso clínico en la clínica"
(1964), y por el de Lewis en solitario, "El
terror de las chicas" (1962), "El profesor
chiflado" (1963) y la desbordante "Las
joyas de la familia" (1965). Todas ellas editadas
por Paramount, aunque esta firma todavía tiene pendientes
tres lanzamientos de lujo: "Artistas y modelos",
"Lío en los grandes almacenes" (1963),
dirigida por Tashlin, y la magistral ¡y severa! "Jerry
Calamidad" (1964), si bien esta última sí
ha sido distribuida en el extranjero (¿por qué
no en España?). Por desgracia, hay más ausencias
de primera línea, pertenecientes a la época
post-Paramount de Lewis: las excepcionales "Tres
en un sofá" (1966), "¡Dale
fuerte, Jerry!" (1980) y la genial "El
mundo loco de Jerry" (1983), inadmisible título
español de "Cracking Up", también
conocida como "Smorgasbord". Como dato
curioso, comentar que la secuestrada y al parecer cremada
por una criminal Columbia "El día en que
lloró el payaso" (1972), historia de un
clown que acaba amenizando los últimos días
de los niños en los campos de exterminio, le sirvió
como punto de partida al mediocre Roberto Benigni para su
merengue "La vida es bella".
La
recomendación. Ya que muchas de estas películas
(calvario típico de las producciones de los cincuenta
y primeros sesenta) se editan en formato apaisado, cuando
en realidad no es el original, y ya que ese formato en el
caso de Lewis es el de aquellas rodadas en VistaVision,
preferimos recomendar "El profesor chiflado"
por encima de las otras películas comercializadas.
Es una de sus películas más célebres,
permite apreciar el soberbio trabajo cromático del
gran Richard Mueller y, aunque no el mejor Lewis, poco le
falta: es extraordinario. Además, es otra de las
brillantes adaptaciones (libérrima) de la novela
de Stevenson "El extraño caso del Doctor
Jekyll" y es un saludable ejercicio compararla
con la magistral versión de Mamoulian y constatar
que hay múltiples formas de afrontar con éxito
una misma adaptación, un mismo tema.
Francis Ford Coppola
Con
el más famoso italo-americano del cine, damos un
buen salto en el tiempo y llegamos a la época del
cine postclásico. Coppola se ha convertido en el
paradigma de cineasta pertrechado de entusiasmo y entregado
a sus proyectos hasta las cejas, en una de las víctimas
destacadas del devorador sistema hollywoodiense
y
en el último gran director que llegó a trabajar
con comodidad en esa enorme industria. Coppola parecía
ser el principio del renacimiento, pero al final fue la
clausura definitiva de una forma de entender el cine, no
sólo por su expulsión de un Hollywood cada
vez más insustancial, sino por la irremontable pérdida
de calidad de su propia obra a partir de 1983. Como todo
director norteamericano más o menos actual, su representación
en DVD es prácticamente óptima, pues, con
la excepción de la juvenil "Llueve sobre
mi corazón" (1969), todas sus mejores películas
están editadas en condiciones: a la cabeza "El
padrino" con sus tres partes de 1972, 1974 y 1990,
así como la excepcional "La ley de la calle"
(1983); luego, siguen buenos títulos como "La
conversación" (1974), "Apocalypse
now" (1979, aunque hoy en día sólo
está disponible la versión Redux y no la estrenada
originalmente, que sin las escenas reinstauradas por el
director hace un lustro resultaba mucho más intensa),
"Corazonada" (1982) y "Rebeldes"
(1983). Aunque, cuidado, que tan bien surtido está
Coppola, que en un momento de inadvertencia se pueden picar
guindas tan indigestas como "Dementia 13",
"Peggy Sue se casó" o la mohosa
"Jack", lo más indigno de su director.
La
recomendación. Aunque no la obra maestra absoluta
que tantos aseguran, obviamente "El padrino",
cuya extraordinaria primera parte y las apasionantes variaciones
que supusieron la segunda especialmente y la tercera en
menor grado siguen siendo la última palabra sobre
los mafiosos de cine. Paramount ha lanzado recientemente
un paquete que comprende las tres entregas
sólo
que sale más caro que si se compran por separado,
así que mejor aplicar el método hormiguita
y conseguir la saga grano a grano.
David Cronenberg
Del
morboso, desasosegante y controvertido canadiense hay prácticamente
todo lo mejor de su visionaria obra: la primigenia y terrorífica
"Rabia" (1977), la profética "Videodrome"
(1983), la intensa "Inseparables" (1988),
por fin la arriesgada "El almuerzo desnudo"
(1991), la magistral "Crash" (1996), la
austera "Spider" (2002), la mafiosa
"Una historia de violencia" (2005)
Como
es lógico, falta su recién estrenado título,
"Promesas del este" (2007), y más
inexplicablemente la sinuosa "M. Butterfly"
(1993) y también el prometedor y juvenil cortometraje
"Crimes of the future" (1970).
La
recomendación. Es obligatoria la visión
del indiscutible cenit de la obra del evangelista de la
nueva carne, "Crash", una de las pocas
grandes películas del final del siglo XX, una escalofriante
radiografía sobre la incomunicación en la
sociedad contemporánea, urbana y alienada. Sin embargo,
parece que el distribuidor la ha descatalogado, por lo que
si la búsqueda resulta infructuosa, buenas opciones
son "Videodrome", por el lado del alucinante
Cronenberg cronista de la sociedad ensimismada, e "Inseparables",
por el del desazonador Cronenberg analista del alma humana.
David Lynch
Hoy
por hoy no hay director de mayor culto que éste de
Montana que, a pesar de ser prototipo de cineasta extraño
y marginal, ha alcanzado gran notoriedad entre cinéfilos
iniciados y modernillos diversos. Así, no es de extrañar
que su presencia en el mercado sea prácticamente
completa, incluyendo por supuesto sus mejores títulos:
"El hombre elefante" (1980), "Terciopelo
azul" (1986), "Carretera perdida"
(1997), "Mulholland Drive" (2001), "Inland
empire" (2006). Tan sólo falta, por descatalogado,
su impresionante primer largometraje, "Cabeza borradora"
(1977): una lástima, máxime cuando películas,
todo lo arquetípicas de Lynch que se quiera, pero
tan endebles como "Corazón salvaje"
(1990) o "Twin Peaks" (1990-91), lo mismo
da la serie de televisión que la película,
ocupan sus buenas estanterías en los comercios.
La
recomendación. Naturalmente "Carretera
perdida", sin duda el mejor Lynch hasta la fecha.
Ha sido editado por Cameo en Edición Coleccionista,
pero el elevado precio difícilmente se justifica,
cuando los extras son tan decepcionantes (botón de
muestra: todos hacen hincapié en el inmenso genio
de Lynch
sólo que los entrevistados son colaboradores
de la película). Aun así, la compra sigue
siendo imperativa, pues se trata de un film excepcional,
sin duda entre los mejores de la mediocre década
de los noventa.
Continuará.
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Estados
Unidos (y Canadá). Primera parte.
David Wark Griffith

Aunque
hubo otros antes que él (Lumière, Méliès,
Ince
) y en realidad no fuera el inventor de tantos
recursos que se le asignaron, tenía que ser Griffith
el primer director de esta selección, pues casi todo
lo más granado e innovador del cine posterior, de
Ford a Dreyer, del expresionismo alemán al constructivismo
soviético, nace de sus arrebatadoras imágenes.
El padre del cine tiene una presencia estimable en las estanterías
de las tiendas especializadas, pero es más el ruido
que las nueces. En efecto, los títulos prácticamente
se reducen a sus dos archiclásicos, repetidos en
varias ediciones, "El nacimiento de una nación"
(1915) e "Intolerancia" (1916), a los que
se deben añadir unos contados títulos más,
especialmente dos de sus obras maestras, "Lirios
rotos" (1919) y "Las dos tormentas"
(1920), más alguno que otro menos ilustre. Faltan,
por tanto, muchas películas fundamentales ("Corazones
del mundo", "A romance of Happy Valley",
"Pobre amor", "La rosa blanca",
"La aurora de la dicha"
). Y de los
que sí están la calidad de las ediciones en
muchos casos no puede ser más deficiente, ejemplarmente
en la colección presentada por la firma JRB bajo
el epígrafe de "Las obras maestras",
no tanto por copias tiradas de añejas cintas de vídeo
más o menos aceptables ("Lirios rotos"),
sino por otras que parecen infernales copias analógicas
de tercera generación ("Las dos huerfanitas"),
cuando no telecinadas de pedestres copias en 16mm. con afición
a rebanar las cabezas de los actores, tan recortado está
el encuadre (los dos volúmenes de "Biograph
Shorts").
La
recomendación. A la espera de que se empiecen
a comercializar copias restauradas (algunas de las obras
más importantes ya lo han sido por el MOMA), las
máximas recomendaciones entre la videografía
disponible del maestro sureño son "El nacimiento
de una nación" e "Intolerancia",
pero ¡ojo!, sólo las copias editadas por Divisa,
no las de otras firmas: no sólo presentan una buena
calidad, sino que son las versiones más completas
(186 minutos de "El nacimiento de una nación"
frente a los 139 de la edición de Suevia o los 159
de Hollywood Oro; 197 minutos de "Intolerancia"
frente a los rácanos 117 de JRB: ¿es una broma?).
Allan Dwan

El
más prolífico de los directores después
de Griffith, al menos de los directores importantes (casi
400 películas, entre las cuales más de cien
largometrajes, rodadas entre 1911 y 1961), director capaz
de pechar con entusiasmo con los proyectos más inverosímiles
y cuya carrera no está exenta de baches, resulta
ser también uno de los más desconocidos. Pese
a ser responsable de magníficas películas,
tanto de la época muda ("Robin Hood",
1922, "La máscara de hierro", 1929,
etc.) como de la sonora, en especial en los años
cincuenta ("Surrender", "Filón
de plata", "Ligeramente escarlata",
"Al borde del río"
y, ya en
1961, "Most dangerous man alive", su último
film), a pesar de ello, el canadiense apenas tiene presencia
en los estantes españoles. Al parecer, sólo
hay tres títulos: dos interesantes, "Arenas
sangrientas" (1949), quizás su película
más popular, aunque escasamente una que hoy por hoy
pueda entusiasmar a nuevos aficionados y el western "Pasión"
(1954), a las que hay que añadir una de sus mejores
obras, la tardía y extrañamente aderezada
con un toque de cine primitivo "Casta indomable"
(1957). Sin embargo, esta última se ha digitalizado
a partir de una copia de vídeo poco boyante, por
lo que el apartado de las recomendaciones ha de quedar vacío,
aunque sí merece la pena alquilarla para tomar contacto
y comprobar el talento de uno de los directores más
vitales de todo el cine de Hollywood.
Frank Borzage

Aunque
hoy en día prácticamente olvidado, es uno
de los directores americanos más importantes de la
época muda, con una etapa sonora sumamente irregular,
pero que en sus mejores momentos no desmerece de la anterior.
Pues bien, su presencia en DVD casi resulta contraproducente:
¿cómo es posible que se editen algunas de
sus películas más flojas ("La hermanita
del mayordomo", "La primera dama",
"Caribe", "Tres días de
amor y fe"), mientras películas tan extraordinarias
como "Una gran señora" (1925), "Estrellas
dichosas" (1929), "El río"
(1929), "The mortal storm" (1940), "Moonrise"
(1948) o esa innegable obra maestra que es "El ángel
de la calle" (1928) duermen el sueño de
los justos? La interesante "Deseo" (1935)
sí se encuentra en catálogo, aunque apenas
pueda dar una idea cabal de la valía de este gran
director. Por fortuna, están disponibles dos de sus
mejores películas, también seguramente las
de halo más mítico, "El séptimo
cielo" (1927) y "Adiós a las armas"
(1932). Sin embargo (siempre hay un pero)
esta
última, para quien suscribe su gran obra maestra,
está editada por distintos sellos, presentando las
ediciones más recientes (de Sogemedia y Hollywood
Oro) las versiones censuradas y manipuladas que se lanzaron
en los años cincuenta de menos de 80 minutos de duración
frente a los 90 de la versión original previa a la
instauración del infausto código Hays. La
duración sí la respeta el lanzamiento más
antiguo de Manga Films.
La
recomendación. Si está disponible, y aunque
no esté restaurada, la versión de "Adiós
a las armas" de Manga. En caso contrario, "El
séptimo cielo", editado por Suevia, es una
opción excelente, pues la película se ha restaurado
digitalmente y las perceptibles, pero mínimas deficiencias
se deben más a la copia original (no se conserva
ningún negativo: las copias actuales están
tiradas de una en 16 mm.) que a la transferencia de vídeo.
Pero, ¡atención!, no confundir con el remake
que Henry King realizó en los años treinta,
lanzado por la misma firma.
Raoul Walsh

Por
fortuna, el director tuerto, paradigma de los géneros
de acción (ante todo, el film noir y el western),
se encuentra muy bien surtido en el mercado y, así,
un aceptable conocimiento de su obra está al alcance
de todos. De la muda "El ladrón de Bagdad"
(1924) a "Un rey para cuatro reinas" (1957)
son muchas las buenas, magníficas o grandes películas
disponibles: "La gran jornada" (1930),
"Los violentos años veinte" (1939),
"El último refugio" (1941), "Murieron
con las botas puestas" (1941), "Objetivo
Birmania" (1945), "Al rojo vivo"
(1949), "El hidalgo de los mares" (1951),
"Los implacables" (1955), etc. Tan sólo
se echan en falta especialmente "Gentleman Jim"
(1942), "Juntos hasta la muerte" (1949)
y sus mejores títulos mudos ("El precio de
la gloria", "Los amores de Carmen",
"La frágil voluntad"), pues en octubre
de 2007 se anuncian dos adiciones de lujo: uno de sus mejores
filmes noir, la impresionante "Sin conciencia"
(1950), y la que quizás sea su mejor película,
sin más, el magistral western, a medio camino entre
lo trágico y lo freudiano, "Perseguido"
(1947).
La
recomendación. A falta de comprobar la calidad
del DVD de "Perseguido" lanzado por Sogemedia
(una firma hasta la fecha no muy cuidadosa con sus ediciones),
la máxima recomendación debe recaer en la
otra obra maestra del director, "El último
refugio", editada por Warner Home Video. No sólo
la copia es impecable (como todas las lanzadas por la productora
madre de tantos filmes de Walsh), sino que viene acompañada
por unos extras magníficos: un interesante documental
sobre el film (centrado, sin embargo, más en la figura
de Bogart que en la de Walsh), más los complementos
de una típica sesión de cine de la época
(noticiario, corto, cartoon, etc.).
John Ford

También
el otro americano tuerto se encuentra muy bien representado
en DVD: no podía ser menos dada su gran popularidad.
Las ediciones se reparten entre las colecciones de los grandes
estudios (Fox, Paramount, Warner) y las comercializadas
por sellos nacionales más modestos. Las primeras
ofrecen, por lo general, una óptima calidad y cuentan
con obras maestras como "Las uvas de la ira"
(1940), "¡Qué verde era mi valle!"
(1941), "Pasión de los fuertes"
(1946), "Centauros del desierto" (1956)
y "El hombre que mató a Liberty valance"
(1962), amén de otros títulos magníficos
como "Corazones indomables" (1940), "Tres
padrinos" (1948) o "Misión de audaces"
(1959). En cambio, las editadas por otras firmas presentan
una calidad más desigual: por ejemplo, "Caravana
de paz" (1950), presentada por Manga Films, tiene
un sonido original como para comprarse un audífono,
mientras la copia de "El joven Lincoln" (1939)
lanzada por Filmax es impecable. Aparte de estas dos películas
extraordinarias, están disponibles, en copias no
contrastadas por quien esto escribe, obras magistrales como
"Fort Apache" (1948) y "Río
Grande" (1950) y otras estupendas como "Prisionero
del odio" (1937), "La diligencia"
(1939), "No eran imprescindibles" (1945),
"La legión invencible" (1949),
"El hombre tranquilo" (1952), etc
aunque,
advertencia, en Ford no es oro todo lo que reluce y títulos
tan poco destacados como "El delator",
"María Estuardo" o "El precio
de la gloria" también se agazapan en los
estantes. Ahora bien, ningún sello ha editado hasta
la fecha películas importantes como "Tres
hombres malos" (1926), "Cuatro hijos"
(1928), "La ruta del tabaco" (1941), "El
siete de diciembre" (1943), "When Willie
comes marching home" (1950), "Escrito bajo
el sol" (1957) o las dos ausencias más imperdonables:
su último western "El gran combate"
(1964) y su última película, sin más,
"Siete mujeres" (1967). Aun con estas pequeñas
pegas, la presencia de Ford es lo suficientemente abundante
como para que cualquiera pueda adquirir un buen conocimiento
de su obra
y disfrutar de ella.
La
recomendación. Para empezar es ineludible la
edición en dos discos por Warner del mítico
western y summa del género "Centauros
del desierto", edición magnífica,
con una cantidad sustanciosa de extras
aunque esta
compañía lleva lanzando más o menos
lo mismo desde 2003, sólo que cambiando la carátula.
También son imprescindibles esas cimas que son "¡Qué
verde era mi valle!" (Fox) y "El hombre
que mató a Liberty Valance" (Paramount),
incursiones de Ford en el melodrama, el último entreverado
con western, que figuran entre lo más emocionante
de su director y, por ende, del cine entero. Y especialmente
se debe atesorar la edición por Fox de "Pasión
de los fuertes", la de dos discos, pues entre los
extras ofrece la versión inédita de esta obra
maestra del séptimo arte, a caballo entre lo cotidiano
y lo épico, lo onírico y lo poético,
añadiendo unas cuantas escenas cruciales que el productor
Zanuck, en un cénit de prepotencia y un nadir de
sensibilidad, cortó antes de su estreno. Una primicia
soberbia, una posibilidad única de ver "Pasión
de los fuertes" tal y como Ford la concibió.
Tod Browning

Este
misterioso director, amante del fantástico, lo macabro
y lo grotesco, auténtico rara avis del cine americano,
conserva su fama hoy en día casi exclusivamente por
su "Drácula" (1931) protagonizado
por Bela Lugosi (disponible en DVD). Sin embargo, a esta
añeja película le sobran casi tantas telarañas
como al mismo castillo del conde vampiro, y no es ni de
lejos la mejor adaptación de la novela de Stoker,
ni tampoco la mejor obra de su director. Con una excepción,
casi toda la obra de Browning permanece inédita en
el mercado español, incluyendo muchos de sus mejores
títulos: "El trío fantástico"
(1925), "Maldad encubierta" (1926), "Los
pantanos de Zanzíbar" (1928), "Muñecos
infernales" (1936)
La
recomendación. Por fortuna, la excepción
a la que nos referíamos reúne en un solo DVD
dos de sus títulos señeros: "Garras
humanas" (1927) y su obra maestra, la inolvidable
"La parada de los monstruos" (1932), también
conocida por su título original "Freaks",
el cruce más extraño que imaginar quepa entre
documental y fantástico, una película impresionante
que parece mentira que se atreviera a producirla, de todas
las productoras de Hollywood, la conservadora y peripuesta
MGM. Sólo una pega a la edición: se ha conservado
el epílogo de apenas un minuto, impuesto por la productora
y detestado por Browning, que en antiguos pases filmotequeros
siempre se escamoteó con acierto. Por lo demás,
un DVD imprescindible.
Charles Chaplin

Aunque
inglés de nacimiento, el cómico más
famoso de la historia es cinematográficamente americano,
pues todas sus películas se rodaron en Estados Unidos
hasta que, ya al final de su carrera y como consecuencia
de la caza de brujas, acabó exiliándose en
Europa. El caso del director del bigote y el bombín
es único en el mercado: toda, absolutamente toda
su obra está editada en DVD y además con una
calidad media magnífica. La única excepción
son sus primerísimos cortos producidos por Mack Sennett,
editados en ediciones de calidad subestándar: tampoco
importa mucho, pues esta fase de la obra chapliniana no
es recomendable para nadie más que para los fanáticos
de Charlot, pues su humor burdo y ramplón casaba
muy bien con la compañía de Sennett, pero
para nada permitía adivinar las altas cotas de obras
posteriores. Sigamos cronológicamente. Divisa ha
lanzado un cuádruple DVD con todos los cortos para
Essanay y Mutual, teóricamente restaurados, aunque
el resultado no sea impoluto. Las joyas de la edición
son evidentemente los dos últimos discos, que incluyen
títulos magistrales como "Charlot tramoyista"
(1916), "La calle de la paz" (1917)
o "El emigrante" (1917), todos rodados
para Mutual. Luego, llegan las películas para First
National y finalmente para United Artists, disponibles en
deslumbrantes copias restauradas por MK2 y distribuidas
por Warner Home Video: las primeras se presentan en un atractivo
doble DVD, donde destacan "Vida de perro"
(1918), "Los ociosos" (1921) y "El
peregrino" (1923); las segundas, los títulos
más conocidos de toda la carrera de Chaplin, en discos
separados con abundantes extras, entre los que se debe destacar
el sorprendente doble programa formado por "Una
mujer de París" (1923) y "Un rey
en Nueva York" (1957) (quizás unidas por
ser menos populares y así, en doblete, hacer más
atractivo el disco) y lamentar que, en cambio, el mediometraje
"El chico" (1921) se haya lanzado en solitario
y a precio estándar. Para acabar, también
está a la venta su última película,
la decepcionante "La condesa de Hong Kong"
(1967), prueba fehaciente de que es imposible hacer de Sofia
Loren Charlot.
La
recomendación. En un principio, cualquiera de
las películas presentadas por MK2 (salvo "El
chico"), pues todas son, como poco, magníficas,
además de venir arropadas por abundantes extras,
que incluyen como plato fuerte escenas eliminadas de los
montajes definitivos, muchas de ellas prácticamente
inéditas. Podríamos mencionar "Tiempos
modernos" (1936), "Monsieur Verdoux"
(1947) o "Candilejas" (1952), pero, puestos
a elegir, se deben destacar las tres obras supremas de Chaplin:
"Una mujer de París", "La
quimera del oro" (aunque es de lamentar que la
restauración se haya limitado al lifting que el propio
cineasta le hizo en los cincuenta y no a la superior versión
original de 1925, por fortuna también presente en
el doble disco)
y, claro está, el canto del
cisne de la época silente, la indeleble "Luces
de la ciudad" (1932).
Buster Keaton

El
famoso Cara de Palo, rebautizado en España en los
años veinte como Pamplinas, también se encuentra
profusamente representado en el mercado; eso sí,
a la espera de una política de restauración
tan exhaustiva como la que se ha hecho con Chaplin, con
calidades bastante variables. Como suele ser habitual, las
mejores copias las presentan Divisa y Filmax y, así,
obras extraordinarias como "El navegante"
(1925) y "El maquinista de la general"
(1926), por el lado de Divisa, o "El héroe
del río" (1928), por el de Filmax, son asequibles
para el aficionado. Otros sellos han editado películas
importantes, como "Las tres edades" (1923),
"La ley de la hospitalidad" (1923), "El
rey de los cowboys" (1925) o "El último
round" (1926), pero, por desgracia, dos de sus
mejores largos, "El moderno Sherlock Holmes"
(1924) y "Siete ocasiones" (1925),
están descatalogados y un tercero, "El cameraman"
(1928), simplemente sin editar. Afortunadamente los cortos
sí están comercializados al completo
pero hay que andar con cuidado, pues las calidades de las
distintas ediciones son muy dispares.
La
recomendación. La joya de la videografía
keatoniana es hoy por hoy el antológico pack de Divisa
con cuatro discos, que incluye, a precio muy económico,
todos, absolutamente todos los cortometrajes del director,
tanto los dirigidos por él como los co-interpretados
a las órdenes del olvidado Fatty Arbuckle (aunque
se dice que "Tres pies al gato" fue co-dirigida
por Keaton: no sería de extrañar, dada su
muy superior calidad respecto de las otras películas
del cómico orondo). Y afirmamos que es la joya, no
sólo porque las transferencias presentan una elevada
calidad, sino porque los cortos dirigidos por Keaton forman
un corpus, rodado en tan sólo tres años (1920-22),
incluso más genial que el de sus largos: lo atestiguan
obras antológicas como "El guardaespaldas"
(1920), "Una semana" (1920), "El
gran espectáculo" (1921) y muy especialmente
esas dos obras maestras que son "Vecinos"
(1920) y "El espantapájaros" (1920).
¡Y aún hay más cortos extraordinarios
en la filmografía del cómico con cara más
seria de toda la historia ("La casa embrujada",
"La mudanza", "La cabra",
"La casa eléctrica"
)! Sólo
una pega, mínima frente a todo lo que ofrece el paquete:
está incompleta la hilarante escena del teatro de
"Los sueños de Pamplinas" (1922).
Harold Lloyd

El
tercero de los grandes cómicos americanos ha conocido
en los últimos tiempos menor fortuna crítica
que sus compañeros, y también menor interés
por la difusión de su obra, quizás porque,
a diferencia de Chaplin o Keaton, apenas dirigió
oficialmente: sólo cuatro cortos muy al comienzo
de su carrera. Sin embargo, Lloyd es un caso único
de autor cinematográfico no director, no sólo
por el absoluto control que ejercía sobre sus películas
(aparte de actor, era productor, guionista y gagman), sino
porque su estilo es inconfundiblemente suyo, independientemente
de los diversos directores titulares (de Hal Roach a Ted
Wilde, de Fred Newmeyer a Sam Taylor) y porque sus películas,
además, alcanzan una calidad irrefutable. Quizás
Lloyd no tenga la hondura de un Chaplin ni la capacidad
reflexiva de un Keaton, pero su trabajo con el gag es igualmente
brillante y sus películas son tan hilarantes, si
no más, que las de sus colegas. Así las cosas,
resulta algo decepcionante que lo único disponible
en el mercado español sea un triple disco con variopintos
cortos, cuya calidad varía del primerizo e insulso
"Are crooks dishonest?" (1918) al magistral
"Viaje al paraíso" (1921, rebautizado
en el DVD como "Siempre fuerte": ¿por
ignorancia quizás?), a los que se les añade
uno de sus primeros largometrajes, "El mimado de
la abuelita" (1922), una buena película,
pero que difícilmente puede dar una idea cabal de
la grandeza de Lloyd.
La
recomendación. Sin que sirva de precedente, una
edición extranjera, que se puede localizar por Internet
y que, por mucho que no tenga subtítulos en español,
es una ganga insuperable. "Harold Lloyd Definitive
Collection", a un precio sumamente barato, presenta
nueve discos con casi ¡treinta horas! de duración
y que incluyen, adobados por sus cortos más prestigiosos,
todos, absolutamente todos los largometrajes hasta "La
vía láctea" (dirigido en 1936 por
otro grande: Leo McCarey). Películas magistrales
como "El hombre mosca" (1923), "Casado
y con suegra" (1924), "El estudiante novato"
(1925), "El hermanito" (1927) y otras hacen
comprender por qué Lloyd, antes de que la politique
des auteurs se aplicara a diestro y siniestro, alcanzó
un prestigio tan merecidamente elevado.
Erich von Stroheim

Aunque
parezca mentira, al menos que yo sepa, no hay nada, nada,
nada editado en España de este cineasta que en tan
sólo diez años, de 1919 a 1928, construyó
una obra que le garantizó un perpetuo lugar de honor
entre los maestros del cine. El que quiera conocer o volver
a ver obras maestras como "Esposas frívolas"
(1921), "Avaricia" (1924), "La
marcha nupcial" (1927) o "La reina Kelly"
(1928) tendrá que esperar a que alguna filmoteca
las programe
o bien lanzarse por Internet, a ver si
los distribuidores extranjeros resultan ser más avezados
que los nacionales.
King Vidor

El
caso de Vidor es uno de los más flagrantes del mercado.
Pese a ser uno de los cuatro grandes clásicos americanos
tradicionalmente consensuados (los otros serían Ford,
Hawks y en menor medida Walsh), pese a ser de esos cuatro
el de mayor calidad media y trayectoria más coherente
y consistente, y, en fin, pese a ser uno de los más
grandes del período mudo, sólo superado por
Murnau; pese a todo ello, únicamente hay una rácana
media docena de obras suyas disponibles al público.
Quizás el pecado del cineasta más apasionado
de su generación que ha propiciado su olvido en los
últimos años sea haber desestimado los géneros
de acción para dedicarse al melodrama, encima siendo
americano; o bien, ser casi el único director estadounidense
que se consideraba a sí mismo un artista y que hablaba
y reflexionaba sobre su oficio en términos de arte
(imprescindible su libro de memorias "Un árbol
es un árbol"). De poco sirve que tantas
de sus películas sean cumbres del cine, primero del
mudo, como "El gran desfile" (1925),
"La bohème" (1926) o "
Y
el mundo marcha" (1928), obra maestra de todas
las épocas que contiene en ella sola prácticamente
todo el cine silente, americano o no; luego, que siguiera
ofreciendo obras magistrales en el sonoro, como "La
calle" (1931), "El pan nuestro de cada
día" (1935), "El manantial"
(1949), o "Pasión bajo la niebla"
(1952); eso, por no mencionar tantas y tantas extraordinarias
películas que en el caso de King Vidor (no confundir
con Charles bajo ningún concepto) son prácticamente
todas; o por no mencionar muchos títulos mudos sumamente
prometedores, pero escasamente difundidos ahora o nunca
(¿para cuándo le dedicará Filmoteca
Española uno de sus alabados ciclos?: otros inferiores
a él ya han sido recordados). En fin, de poco sirve,
porque casi todas esas películas son invisibles en
el mercado. Para más inri, de las excepciones, dos
figuran entre sus películas menos insignes ("Una
encuesta llamada milagro" y "Salomón
y la reina de Saba", quizás su único
film verdaderamente flojo)
aunque algún consuelo
reporta que otras dos magníficas sí estén
editadas: "El campeón" o "Champ",
como la han lanzado (1931), y "La pradera sin ley"
(1955). Y salva la honrilla del mercado que dos de sus mejores
títulos estén disponibles: "Duelo
al sol" (1946: no sé cómo es el actual
lanzamiento de Sogemedia, pero la copia del antiguo de Manga
era extraordinaria) y "Guerra y paz" (1956).
Claro, que para eso son superproducciones y están
rodadas en color.
La
recomendación. Evidentemente la edición
por Paramount de "Guerra y paz", no sólo
por ser una de las grandes obras maestras del cineasta de
Texas, a la altura de sus antológicas "El
gran desfile" y "
Y el mundo marcha",
sino también por ser la mejor superproducción
rodada con capital americano y casi con cualquier capital,
la mejor adaptación de Tolstoi y encontrarse a la
altura del literato ruso, y, en fin, un modelo para cualquier
cineasta que se atreva a pechar con otros novelones por
el estilo. Además, la copia es resplandeciente, con
magnífico colorido y con el original formato de VistaVision
que en antiguos pases televisivos nunca se respetó.
William A. Wellman

Los
caprichos del mercado se hacen evidentes, cuando por ejemplo
se constata la escasez en la videografía de Vidor
frente a la relativa abundancia de Wellman. Entiéndase
bien: Wellman, claro está, es un gran director, sólo
que difícilmente cotejable con Vidor: si esta lista
se redujera a cincuenta nombres, Wellman no estaría
en ella; en cambio, si sólo hubiera diez o doce,
Vidor seguiría. Dicho esto, es una suerte que la
representación de este heterodoxo director de no
sea tan sumamente raquítica como la de su colega
tejano
aunque tampoco haya que echar las campanas
al vuelo: los lanzamientos más recientes no son para
despertar el entusiasmo por el director, ni "Infierno
blanco" ni mucho menos la antipática "The
high and the mighty"; otros más antiguos,
de títulos muy superiores, "Ha nacido una
estrella" y "La reina de Nueva York",
ambas de 1937, no presentan en cambio una gran calidad en
las copias. Tan sólo aúna la calidad artística
con la técnica de las transferencias la extraordinaria
"Cielo amarillo" (1948), una de las mejores
películas, si no la mejor, de Wellman; a la que cabría
añadir a considerable distancia la extraña,
claustrofóbica (y quizás demasiado arty) "Track
of the cat" (1954) y la burlona y atípica
"Callejón sangriento" (1955). Sin
embargo, carencia habitual, falta toda la época muda
de su director (que incluye filmes prestigiosos como "Alas",
de 1927, y "Beggars of life", 1928); así
como una cantidad importante de sus mejores películas:
"El enemigo público" (1931), "Incidente
en Ox-Bow" (1943), "También somos
seres humanos" (1945), "Más allá
del Missouri" (1951) y, sobre todo, la imperecedera
"Beau Geste" (1939).
La
recomendación. Está claro: "Cielo
amarillo", un brillante western a medio camino
entre lo etéreo de la ensoñación y
la dureza del film noir, cuyas cualidades vienen realzadas
por una extraordinaria fotografía de Joe McDonald.
Además, la edición remasterizada de Suevia
Films hace alarde, algo no muy habitual en esta distribuidora,
de una imagen tan prístina y perfecta que resulta
hasta extraño que Fox le haya cedido los derechos
de explotación.
Howard Hawks

El
director de Indiana se encuentra bien representado en el
mercado; faltaría más, es uno de los americanos
más populares y es especialista en comedias y géneros
de acción, no en anticuados melodramas. No obstante
y como siempre, es una lástima que la obra muda parezca
no existir
aunque ciertamente en el caso de Hawks esta
etapa no haga adivinar ningún título excepcional.
Por fortuna, su obra sonora está mayoritariamente
accesible, hasta el punto de que son muy pocos los títulos
importantes que se echan de menos: "Código
criminal" (1931), "La comedia de la vida"
(1934) y, ¿cómo es posible?, uno de sus
western mejores y más prestigiosos, que sí
tiene distribución en el extranjero, "Río
rojo" (1948). Por lo demás, el aficionado
puede descubrir al director del plano americano en películas
magníficas o excepcionales como "Scarface"
(1932), "La fiera de mi niña"
(1938), "Luna nueva" (1940), "El
sueño eterno" (1946), "La novia
era él" (1949), "Me siento rejuvenecer"
(1952), "Río Bravo" (1958), "Hatari!"
(1962) o "El Dorado" (1966). Todas ellas
en copias excelentes, salvo por desgracia precisamente su
mejor comedia, "La fiera de mi niña",
editada por Manga Films en una copia muy, pero que muy deficiente.
La
recomendación. Mítica aparte, nuestra
elección recae sobre la obra maestra del director,
la inmarchitable "Scarface", una de las
más importantes películas de los comienzos
del sonoro (¡y qué utilización del sonido!),
distribuida en la época de su estreno por United
Artists y ahora, en la era del DVD, por Universal: magnífica
copia y cuidada edición para una de las cimas del
cine negro, repleta de ideas ingeniosas servidas a ritmo
de metralleta.
Leo McCarey

Este
cineasta nacido en Los Angeles se desbravó en el
cine mudo rodando cantidad de cortometrajes cómicos
con, entre otros, Charley Chase y Laurel y Hardy, para continuar
con el género ya bien entrado el sonoro, dirigiendo
a los Marx Brothers, Harold Lloyd y hasta a W. C. Fields
y Mae West (salvo Lloyd, todos ellos en sus mejores películas).
Luego, aunque nunca abandonara del todo la comedia, se convertiría
en uno de los maestros del melodrama. Pues bien, obviando
la sempiterna carencia de cine mudo en la obra de tantos
directores que debutaron en esa época (y que en el
caso de McCarey reserva joyas como "We faw down",
1928, o "Libertad", 1929, las mejores películas
de Laurel y Hardy), la presencia del director californiano
en el mercado del DVD cuenta con un buen puñado de
obras. "La vía láctea" (1936),
"La pícara puritana" (1937), "Tú
y yo" de 1939, "Hubo una luna de miel"
(1942) y "Las campanas de Santa María"
(1945), conforman un significativo núcleo de su filmografía,
coronado por las dos obras maestras del director: "Sopa
de ganso" (1933), la mejor película de los
Marx con abrumadora diferencia, y el "Tú
y yo" de 1957, prueba fehaciente, contra los agoreros,
de que el remake puede ser superior al original. En el lado
de las ausencias hay que rememorar películas importantes
como "Indiscreta" (1931), "Viaje
de placer" (1934) o "My son John"
(1952), y, sobre todo, lamentar la invisibilidad de una
de las grandes obras del director, la emocionante y conmovedora
"Make way for tomorrow" (1937), film que,
hay que decirlo, inspiró a Ozu para su celebrada
"Cuentos de Tokyo" (1953).
La
recomendación. La primera elección debe
recaer naturalmente sobre "Tú y yo",
no, claro está, la original de 1939, pues, aunque
un film extraordinario, primero, está editado en
copias de piojosa calidad y, segundo, el mismo McCarey lo
superó con amplitud en la versión de 1957
con Cary Grant y Deborah Kerr; además, la copia editada
por Fox es inmejorable, en color y nitidez, y resulta uno
de los ejemplos más sobresalientes del CinemaScope
de la casa. "Tú y yo" de 1957 es
la prueba suprema de la gran sensibilidad y hondura del
mejor McCarey, pero para quien prefiera tomarle el pulso
a su igualmente sobresaliente vis cómica ahí
está la hilarante "Sopa de ganso",
la más anárquica y disparatada de las películas
(de los Marx o no), la de gags más brillantes y ritmo
más frenético. ¡Y además Harpo
no toca el arpa!
Josef von Sternberg

¿Quién
le habría dicho al descubridor de esa rubia ignota
llamada Marlene Dietrich que en el futuro precisamente él,
su mentor y modelador, su pigmalión en suma, sería
recordado casi en exclusiva en función de ella? Éste
es uno de los mayores pecados de la cinefilia: supeditar
el recuerdo y conocimiento de un gran cineasta al de una
mediana actriz, de aspecto, eso sí, deslumbrante.
Así, con la salvedad de la interesante y tardía
"Una aventurera en Macao" (1952), las únicas
películas a la venta del director nacido en Viena
son las que rodó con la actriz alemana, cuyo mito,
desde el modelado del rostro, primero anatómico y
luego fotográfico, al estilo interpretativo y roles
asumidos, pasando por sus gestos y actitudes más
idiosincrásicas, es obra y gracia de la inventiva
de Sternberg. Las siete películas de la pareja forman
un conjunto magistral e imprescindible, especialmente "El
ángel azul" (1929), "Marruecos"
(1930), "Fatalidad" (1931), "El
expreso de Shangai" (1932) y esa cumbre del cine
que es "Capricho imperial" (1934); y en
cuanto a "La Venus rubia" (1932), no tan
antológica, tampoco les anda a la zaga. Por fortuna,
con la salvedad de "The devil is a woman",
todas las demás han encontrado por fin su lugar en
los estantes de los DVD. Pero, repetimos, para el mercado
Sternberg parece empezar y acabar con Dietrich y no hay
absolutamente nada de una etapa muda igualmente brillante,
que contiene títulos indispensables como "The
salvation hunters" (1925), película que
influyó a Chaplin, "La ley del hampa"
(1927), que influyó a Hawks e inició oficialmente
el cine negro, o sobre todo, "Los muelles de Nueva
York" (1928), que no necesita haber influido a
nadie. Tampoco se encuentran otras películas sonoras
importantes, como "Una tragedia americana"
(1931), incrustada en medio del ciclo Dietrich o "El
embrujo de Shangai" (1941), que mira a su obra
anterior; y ni siquiera se ha comercializado la magistral
"Anatahan" (1953), fruto del destierro
japonés del director expulsado de Hollywood. Ya ni
soñamos con los cachitos que rodó para el
"Yo, Claudio" (1937), producido en Inglaterra
por Alexander Korda.
La
recomendación. La versión restaurada de
"El ángel azul" editada por Divisa
es imprescindible, pero lo mismo cabe decir de las otras
cinco editadas por Universal (productora original: Paramount)
con copias de excepción
aunque haya que anotar
que la distribuidora se ha tomado su tiempo para lanzarlas,
pues han aparecido muy recientemente. Aún así,
inclinamos la balanza a favor de "Marruecos",
una película impresionante y una lección de
cine, y de, claro está, "Capricho imperial",
ya no una lección de cine, de pureza singular, sino
una ráfaga que sopla sin desvanecimiento durante
más de hora y media.
Ernest B. Schoedsack

Lo
de este aventurero director, infatigable viajero primero
de tierras exóticas y vírgenes (Persia, Indonesia)
y luego de los territorios del subconsciente, emparejado
artísticamente en gran parte de su obra con Merian
C. Cooper (aunque no en todas las películas importantes),
es una pena mora. A pesar de lo parco de su obra, apenas
quince títulos (ciertamente de calidad muy desigual),
el mercado español parece haberle tomado tirria.
Sus extraordinarios documentales de la época muda,
que, con permiso de los puristas, deberían haber
hecho enrojecer al Flaherty coetáneo, no están
disponibles en nuestro país, ni "Hierba"
(1925), ni "Chang" (1927). Sus siguientes
y prometedores filmes, "Las cuatro plumas"
(1929) y "Rango" (1931), simplemente parecen
haber desaparecido de la faz de la tierra. En cuanto a sus
dos obras magnas, por un lado, "El malvado Zaroff"
(1932) está descatalogada (aunque, atención,
se anuncia en el extranjero una nueva copia restaurada:
¿nos llegará a España?) y por otro
lado, "King Kong" (1933), película
mítica donde las haya, circula en la copia mutilada
de siempre, que, encima, la distribuidora Manga Films tiene
la desvergüenza de anunciar como restaurada; eso sí,
con todas las pijadas del mundo (Edición Remasterizada,
sola; o bien, Edición Coleccionista, que incluye
también las dos olvidables vueltas al filón
del gorila gigante que perpetró un Schoedsack en
decadencia: "El hijo de Kong" y "El
gran gorila"). La modesta, pero interesante "Dr.
Cyclops" (1940) también flota en el limbo.
La
recomendación.- No puede haber ninguna
como no sea ir al juzgado de guardia a presentar una denuncia
por pretender vendernos "King Kong" como
si fuera la edición definitiva o íntegra y
endilgarnos de tapadillo la versión censurada, apta
para niños
de 1933.
Continuará
|
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¿Y fin?
No
lo hemos hecho aposta y, sin embargo, nos ha salido un número
redondo: hemos dado la vuelta al cine en ochenta cineastas.
Quedan en el aire, no obstante, un par de cuestiones. Primera:
¿y los dibujos animados? Si hemos decidido excluir
de entrada a todo el cine de animación, no ha sido
por minusvalorarlo, sino porque es un apartado tan peculiar
del mundo del celuloide y el vídeo, que casi puede
considerarse un modo de expresión distinto. Al menos,
es indiscutible que la pérdida del efecto de real
que conlleva dicha técnica afecta de forma determinante
a elementos y formas de tipo, no sólo, claro está,
interpretativo, sino también compositivo, atmosférico,
rítmico, e incluso emocional. También es cierto
que los discursos que, al menos hasta hoy, ha ofrecido la
animación, son más restringidos que los de
la imagen real, y que no siempre los animadores han comprendido
que la gran fuerza del género (véase la sobrevalorada
y un tanto engominada escuela checa que ha pretendido rociar
tantas películas con impostada poesía), que
su gran fuerza, decimos, la proporciona ni más ni
menos que la abolición de las leyes físicas,
y así lo demuestra que las obras más productivas
del mismo hayan explorado a fondo el territorio del gag,
llevándolo a extremos imposibles de alcanzar con
la imagen real. Sea como sea, queremos dejar constancia
de nuestra admiración por los dos mayores genios
del cine animado: Walt Disney y Tex Avery.
Y
la segunda cuestión: ¿podrían haber
figurado más nombres que estos ochenta en nuestra
antología? Quién sabe. La duda, justificada,
no se debe tanto a aquellos directores sobrada o aceptablemente
difundidos, por más que en algún caso (especialmente
el italiano Pier Paolo Pasolini y quizás el estadounidense
Albert Lewin) su exclusión haya sido un tanto dolorosa
y quizás recusable, si fuera factible el acceso a
una mínima parte escondida de su obra, o bien la
revisión de algún título concreto.
Tampoco se debe a tantos valores actuales en alza en la
bolsa de la crítica, pues o bien esos directores
son demasiado irregulares, desde luego inferiores a los
aquí presentes, o bien aún les queda mucho
por demostrar. No, la duda se hace fuerte, cuando se constata
cuántos cineastas nos han legado una o dos películas,
no geniales (si lo fueran, aquí estarían),
pero sí extraordinarias, y que una gran parte de
su filmografía resulta decididamente inaccesible,
y sin embargo podría brillar a la altura de lo mejor
que se conoce de ellos. Es casi imposible que alguno de
estos ausentes se ubicara a la genial altura de, digamos,
Hitchcock, Dreyer o Mizoguchi, o incluso altamente improbable
que figuraran en el nivel, secundario por comparación,
de, pongamos, Lloyd, Fuller, Sjöström o Naruse.
Sin embargo, no es descartable que su obra conjunta ofrezca
la consistencia, capacidad y creatividad, modestas si se
quiere (relativamente, claro está: hablamos de los
mejores), pero claramente perceptibles de unos Leisen, Wise,
Dieterle o Delvaux. El caso de los cineastas japoneses es
emblemático: quizás una mayor difusión
de la obra de Kon Ichikawa lo hubiera aupado a esta lista;
¿y quién sabe cómo podríamos
valorar al absolutamente desconocido, pero no pocas veces
referenciado, Heinosuke Gosho? Pero no sólo Japón
tiene cineastas que quizás figuren entre los grandes
sin que nosotros lo sepamos: ¿y el norteamericano
William C. de Mille, hermano del célebre Cecil, cuya
única película accesible, "Miss Lulu
Bett" (1921), es extraordinaria?; ¿y el
mismo Cecil, cuya incandescente "Los diez mandamientos"
(la de 1924), su mejor título, generó numerosas
influencias y se ubica en medio de una etapa prácticamente
desconocida, muy probablemente superior a su más
difundida filmografía sonora?; ¿y el moscovita
Boris Barnet, amante del slapstick y rareza del cine soviético?;
¿y el más extraño todavía Edgar
G. Ulmer, ese alemán errante que se pasó la
vida rodando películas de presupuesto tacaño
y generosa imaginación?; ¿y el mejor estandarte
del nuevo cine polaco, Jerzy Skolimowski, responsable de
una magnífica carrera internacional y de una andadura
autóctona semioculta? Un conocimiento más
profundo de éstos y de algunos otros quizás
habría obligado a necesitar más cineastas
para viajar por el mundo del cine.
Por
otro lado, son probablemente muchas las películas
importantes que duermen el sueño de los justos. Da
que pensar que una obra capital del cine entero como es
"El valle del amor y la tristeza" haya
permanecido enterrada durante ¡70 años!, que
aun ahora sea de acceso casi imposible, y que de hecho nadie
parezca conocerla: ni la menciona Noël Burch en sus
afamados ensayos sobre el cine japonés, ni figura
en el pormenorizado estudio de Antonio Santos sobre Mizoguchi,
ni se incluyó en el ciclo prácticamente completo
que Filmoteca Española dedicó al maestro hace
diez años, ni parece haberse editado en DVD en ningún
país. ¿Quedan más obras maestras de
tal envergadura tapiadas por los muros del tiempo? Quizás
unas pocas. Quizás ninguna. Al fin y al cabo,
"El valle del amor y la tristeza" es nada
menos que un Mizoguchi, y además de su primera gran
etapa de plenitud, para muchos la de su máximo esplendor,
la que va de 1936 a 1942. No obstante, aun descartando títulos
desaparecidos con casi definitiva certeza, como ese sueño
de todo cinéfilo que es el Murnau perdido más
codiciado, "Los cuatro diablos" (1928),
persiste la duda de cuántas buenas y magníficas
películas hibernan ahora mismo en algún lugar
a la espera de que alguien las reviva. Confiemos en que
la cada vez mayor abundancia de DVDs aporte al mercado más
tesoros ocultos y nos ayude a explorar esas tierras todavía
desconocidas, e incluso vírgenes, que todavía
tiene el cinematógrafo.
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