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Alfredo Alcón: "Actuar Shakespeare es como meter
los dedos en un enchufe"
Alfredo
Alcón es sinónimo de actor shakespeariano para el
teatro de habla hispana. Ha recorrido, en casi 40 años, un
espinel que lo llevó de Hamlet a Ricardo III y del Próspero
de "La tempestad" al Rey Lear que hoy representa. En una
charla íntima, evoca su relación con esos grandes
personajes clásicos: "Shakespeare está lleno
de revelaciones", concluye.
Ahora
que Alfredo Alcón ha vuelto a Shakespeare (su última
incursión en el universo del autor inglés había
sido con La tempestad, en 2000) y que su actual acercamiento a la
figura del Rey Lear confirma su extraordinaria presencia escénica
nada nuevo, por otra parte: el propio Alfredo ya se ha hartado
del mote que lo define como "el mejor actor argentino",
viene a cuento repasar con él su extenso camino en el abra
de esos personajes que, como Hamlet, Próspero o Ricardo III,
seguirán habitando nuestro imaginario por los siglos de los
siglos, de la misma forma que los dioses seguirán trazando
las genealogías de nuestro paso por el mundo. Alcón
sabe de esta revelación y no ha salido indemne de su tránsito
por esos escenarios inefables donde parecen moldearse todas las
pasiones humanas...
-
¿El primer Shakespeare que hizo cuál fue?
- ¿Que hice? "El primer Shakespeare que hice"
es una presunción tuya que yo no usaré. El primer
Shakespeare que intenté fue Hamlet. Yo estaba en España
haciendo con Nuria Espert A Electra le sienta el luto y me llamó
Kive Staiff...
- ¿Esa es la famosa puesta de la dictadura?
- Claro... Ahí pasaba eso que cuento siempre, cuando yo
decía "hay algo podrido en Dinamarca" y la platea
murmuraba... Además, Luis Gregorich había hecho una
adaptación muy interesante donde se subrayaba el hecho político,
de este hombre que viene a restaurar la justicia en un lugar dominado
por lo injusto. Claro que nada se decía clarito, teníamos
miedo...
- ¿Y tiene recuerdos de cómo había compuesto
ese Hamlet?
- No, no, yo no me acuerdo de nada...
- Pero, ¿le queda algún registro físico a la
hora de evocar los personajes que hizo?
- Lo que te queda son ejercicios de humillación... Con
esos grandes textos, uno sabe que no va a llegar nunca. Lo que te
queda es el recuerdo de cuánto te humillaste, de cómo
no se te ocurrió en aquel momento hacer tal o cual cosa.
Son cosas tan vivas... ¿Qué te queda, con el tiempo,
de una persona con la que tuviste una gran intimidad? Te queda su
impulso de vida... No sé si me explico. Y estas obras son
como meter el dedo en el enchufe, donde siempre se tiene la sensación
de que se trata de un lugar más vivo que uno. Vos y yo nos
vamos a morir y no se va a acordar nadie. En cambio, dentro de quinientos
años, mientras haya un mundo más o menos parecido
al que vivimos, Hamlet o cualquiera de esos grandes personajes,
se van seguir haciendo. Son textos que te enfrentan con un hecho
vivo...
- Esa es la humillación, entonces, el no poder llegar nunca.
- Claro. Y creo que al público también le pasa
lo mismo, por eso cada época agarra a Shakespeare y lo reinterpreta
de acuerdo con lo que está pasando en el momento. Rey Lear
es una obra que parece escrita hoy, con una modernidad, inclu sive
por la ruptura de situaciones... En la escena final, la más
trágica, de pronto, al autor se le ocurre poner que el personaje
diga: "Señor, por favor, ¿me podría desabrochar
este botón?" ¿Cómo llegás, como
actor, a hacer eso bien? Bien es un calificativo. Vivo, quiero decir.
Tan vivo como cuando lo leés y ahhh... Cuando lo querés
hacer, lo que te sale son como nostalgias de algo... En una función
decís "ojalá salga algo que se parezca al sonido
que me produjo la primera vez que lo leí, antes de lo intelectual".
Como cuando ves algo o a alguien por primera vez. Eso es lo que
te alimenta de estas obras: la sensación de encontrarte con
algo que está mucho más vivo que vos, que es más
rico que vos en vida, que está lleno de misterios y de revelaciones
y de caminos, que no hay mapa que te sirva. Y en cuanto creés
que tenés e s un mapa es porque llegaste a tu límite
de búsqueda. Y el que busca poco, encuentra rápido,
claro...
- ¿Tuvo el primer acercamiento a Shakespeare como lector?
- ¡Eso, como lector! Antes de leerlas como "posible
actor"... Mi padrino tenía una gran biblioteca. Yo no
le robaba los libros, se los robaba temporariamente. Antes de entrar
al vestíbulo de la puerta de calle había como un saloncito
así, con una puerta acá y ahí estaba la biblioteca.
Entonces yo me metía los libros, especialmente en invierno,
bajo el sobretodo. Cuando llegaba a mi casa, iba a la azotea, donde
nadie me veía y empezaba a sacar a ver qué me había
llevado...
- Era al azar...
- Claro. Me compraban libros para chicos, pero esos supuestamente
no eran para mí. Con diez años, ya leía Así
hablaba Zaratustra. Mi mamá decía "vas a ir al
infierno"... Entonces yo un día, como no nos dejaban
salir porque era invierno o llovía, les dije a mis amigos:
¿no quieren que les lea Ricardo III? "¿Y qué
es?" "Vas a ver que es bárbaro, es de un tipo jodido,
todo chueco, que como no puede divertirse..." No sé
cómo se los habré dicho, yo tendría doce años,
once... Y me acuerdo que era invierno y que era la cocina y me acuerdo
hasta de la madre de un amigo que estaba haciendo la comida y se
paraba un poco a escuchar... No sabía cómo eran los
personajes así que, según como iban viniendo, yo cambiaba
las voces. Ponía la voz de malo o de bueno según cambiaba
la frase. Pero, digo, ahí ya me pasó algo: era como
ver un agujero lleno de cosas. Yo me daba cuenta de que era muy
inquietante eso que pasaba. Incluso leído primariamente
como lo leía yo, que no sabía ni de qué estaba
ha blando, las situaciones tenían tal espesura... Los pibes
hacían silencio...
- Entonces lo primero que interpretó es Shakespeare...
- Y sí... Por eso cuando me preguntabas sobre los recuerdos
de cada personaje yo evoco "lo intenso", "lo vivo".
Y que uno no tiene tanta vida como debería tener para hacer
todos los colores que tiene ese personaje que está más
vivo que uno.
- Es que son historias con las que se ha hecho de todo. ¿Se
acuerda del Lear ("Ran", 1985) de Kurosawa?
- Cómo no me voy a acordar... O Trono de sangre (también
Kurosawa, 1957)...
- Ese final con las flechas, maravilloso...
- ¡¡Ah!!! Maravilloso. ¿Y el personaje de
la mujer, que tenía un vestido de seda, y antes de que llegara
se oía fiufiufiu, como un silbido? ¿Te acordás?
Bueno, Kurosawa tenía imágenes que eran shakespearianas.
¿Qué ; quiere decir shakespeariano? Bueno, todo eso
que cabe en la vida.
- Además son obras que fueron pensadas para hacer en una
caja negra...
- Claro. Yo creo que estas obras uno las puede hacer con unos
atriles, pero sin que haya ocurrencias. Porque el peligro son las
ocurrencias. Una cosa es un pensamiento y otra una ocurrencia, esto
es algo de lo que ya hablamos mucho. Una ocurrencia te puede estropear
una puesta: creer que haciendo algo donde se vea tu presencia, o
tu opinión, la va a enriquecer. Y no. Hay que atreverse a
respirar lo más posible al ritmo del texto y ahí puede
ser que realmente estés dando una opinión. Todo lo
demás son entelequias.
- Usted se fue a hacer el Lear a España después de
la experiencia frustrada con Lavelli, en el San Martín, que
no funcionó...
- Sí, pero no fue una experiencia frustrada con Lavelli.
Yo ensayé apenas cinco días, n o me pelee con Lavelli.
Tuve la impresión de que... En realidad, es que no tuve la
impresión: es que un día estaba sentado y los pies
se me empezaron a mover para que me fuera. El me hablaba y yo me
iba. Te lo juro por dios. Me tomé un taxi y debía
tener una cara de loco porque el taxista me dijo "¿te
pasa algo Alfredito?" Yo debía estar como Enrique IV.
El cuerpo se quiso ir. Se fue. Pero todo estaba bien con Lavelli.
Estaban empezando a pasar cosas que parecía que yo no iba
a poder meterme... No llegó a ser una experiencia donde empecé
a trabajar y después no nos entendimos. No fue así.
Fue un acto absurdo...
- Pero que también está bien reivindicar. Porque el
cuerpo se fue, pero usted no volvió...
- No, no volví. Pero lo raro es cuando sentís que
el cuerpo se te va... Yo decía, ¿adónde voy?...
Estaba Kive, me decía, " ¿adónde vas?"
Y empecé a bajar las escaleras, pasillo, taxi, y de repente
me encontré en mi casa. Yo decía "ahora la que
se va a armar". Nada. Y a nadie le importó nada que
yo me haya ido...
- Bueno, no fue tan así, se armó un pequeño
revuelo.
- Sí, pero muy muy pequeño. Fui reemplazado inmediatamente.
Adoro a (Alejandro) Urdapilleta, ¿eh? Pero, quiero decir,
uno es mucho más fácil de reemplazar de lo que uno
mismo se imagina en sus momentos más pesimistas. Media hora
y ya hay otro.
- Y después se fue a España al año siguiente
a hacer Lear.
- Sí, me llamó Gerardo Vera, que es el director
del Centro Dramático Nacional de España, para hacer
el Lear. Ellos se enteraron por Internet que yo desistí de
hacerlo acá... Bueno, se ve que algo había salido
al final. Alguna importancia tuvo. ..
- ¿Y la manera de entrar al personaje fue distinta acá
y en España?
- Sí, por suerte. Es que nosotros somos líquidos,
no somos sólidos. Lo que pasa a quienes no nos atrevemos
a ser líquidos porque si no nadie nos reconoce. Siempre hay
que ser más o menos parecido a uno mismo.
- Está bueno mostrar un contorno, por lo menos.
- Es imprescindible, para que yo te pueda llamar Diego. Somos
todos como piedras... Pero no sé por qué te digo esto.
- Por Lear... ¿Se sentía distinto en escena?
- ¡Ah! ¡Pero ni me acuerdo de lo que hice en España!
El otro día vino David Amitín, que la había
visto allá, y me dijo "¡pero hacés otra
cosa!"...
- Qué bueno que haya podido observar eso...
- Sí, fue lindo. Pero yo no me doy cuenta. La lógica
es que no es lo mismo porque estás a ctuando con otro compañero,
con otro director que te da otros impulsos; el idioma, no es lo
mismo decir calle que decir caye... Además, yo no me acuerdo
de cómo hice las cosas.
- Además, la versión del texto sería distinta.
- Las traducciones son variadísimas. Traduttore, traditore!
El sentido de lo que se quiere decir es el mismo, pero con otras
palabras... Lo cierto es que me puedo acordar de alguna puesta porque
a alguna compañera le pasó tal cosa, cómo nos
mirábamos, pero decir cómo lo hacía, no...
Porque yo no sé cómo lo voy a hacer esta noche, no
sé si me voy a acordar la letra. No sé si lo voy a
hacer bien, peor o regular comparado con ayer. Que ayer haya salido
correcto no quiere decir que hoy ya la tenemos resuelta. Esta obra
tiene mucho puente con el público: hay momentos en que el
espectador y la obra respiran al mismo ritmo. Hay momentos en que
pasa que estamos todos igual, muy unidos. Y de esos momentos uno
tiene nostalgia... Cuando te domina la nostalgia estás tratando
de repetir lo que pasó aquel día en que respirábamos
los dos iguales. Pero ese día no se volverá a repetir
nunca: vamos a respirar iguales de otra manera, en otro momento.
- ¿Y cómo se encuentra ahora con Lear? Un personaje
que, enfrentado el final de su vida, se vuelve caprichoso y empieza
a reclamar amor por todos lados...
- Yo creo que, sacando lo de la edad, es igual a vos e igual
a todos. Todos aceptamos amor, reclamamos amor y ocultamente
deseamos ser el centro del corazón de la persona que amamos.
Me parece que la obra habla de eso más allá de que
además este hombre se le derrumba el mundo, su físico,
su mente, sus seguridades. Se queda realmente en pelotas. Pero creo
que si eso fuera solamente la historia, a lo mejor, no lo sentiríamos
tan cerca. Es muy común que tarde o temprano uno exija por
debilidad o por fragilidad humana ser el centro... A veces el amor
no basta, hay que trascender. Con eso me refiero a que a veces hay
que darle la libertad a una persona para que te quiera a vos y quiera
a otro... Parece muy fácil de entender... Bueno, sí,
lo entendemos en el bar pero en el estómago hay algo que
dice: "no debería ser así".
Es un desgarro tremendo... O una gran defraudación también,
el amor. Porque puede pasar que, de pronto, la imagen de esa persona
a la que querés tanto como a tu vida, de pronto se te desmorone
como un telón de concreto...
Claro... O peor, cuando le empezás a ver las grietas y ponés
la mano para taparlo... Lear lo dice en un momento, cuando renuncia
a todo y se queda, apenas, con un poder nominal. Le dice a sus hijas:
a la que me quiere más, yo le doy m&aa cute;s. Y lo traicionan.
Pero esa necesidad de pedir amor no le nació a él
en ese momento definitorio, esa necesidad la vivimos todos
desde que tenemos idea de que estamos nosotros y están los
demás y uno desea a los demás...
- Y de todos los personajes que hizo de Shakespeare, ¿cuál
fue el que más le gustó ?
- No sabría decirte...
- ¿De Próspero ("La tempestad") tiene un
buen recuerdo?
- Un buen recuerdo, sí. Me gustaba mucho el final que
había hecho (el director) Lluis Pasqual. Me gustaba estar
en ese espacio, me gustaba que me pasara eso.
- ¿Qué era eso?
- Porque, al final, pareciera que Próspero comprendiera
algo, ¿no?... Me parece mucho menos trágico que Lear...
La tempestad es un cuento maravilloso, en aquella isla... El amor
por su hija... Los textos de Próspero son divinos... Yo tuve
una experiencia dulce.
- Lo interesante de esta puesta de "Lear" es que la traducción
respeta las palabras gruesas de Shakespeare, toda su carga de grosería...
- Imaginate todo lo que las traducciones, los tiempos, la Iglesia,
la idea de cultura han expurgado... En Macbeth , después
de la batalla del Rey Duncan, que es una de las escenas más
terribles de la historia del teatro, ¿qué es lo primero
que viene? El monólogo del portero del castillo que dice:
"tomé mucha cerveza y no puedo parar de mear".
Y le aconseja a la gente: "si tiene ganas de coger, no tome,
porque dan ganas pero después no se le para". Lo que
pasa es que ahí ponés la traducción de Aguilar
y dice "no bebáis porque no os produce..." Al final,
Shakespeare es como la vida, en el momento en que estás más
romántico y decís "te amo" es cuando la
barriga te hace ruido.
- Es que era teatro popu lar...
- Shakespeare no escribía para intelectuales, por eso
a cada minuto aparece un fantasma, para que el público se
quedara un rato más.
- Por eso había tanta peripecia.
- ¡Tanta!... Fijate que cuando alguien se ponía
a filosofar, no era algo raro. Los simples pensamientos sobre una
acción era algo que en esa época debían tener,
aun en ese tiempo de cierta cortedad de la vida donde con un duelo
de espadas se arreglaban las cosas. Debería haber un tiempo
de reflexión que nosotros hemos perdido que permitía
que, de pronto, un actor saliera y dijera "Ser o no ser..."
Ahí no pensó Shakespeare que la gente se iba a ir,
ahí había algo que correspondía a un espacio
que la gente se daría para pensar por qué estábamos
vivos, si es mejor tirarte al río o qué... Pero bueno,
te estoy dando la lata.
- Usted porque se escucha todos los días. A lo mejor de estar
tanto con usted, se aburre...
- Puede ser. Pero no sé si uno se habla tanto de "bueno,
la belleza es..."
- Pero nosotros no hablamos en esos términos, Alfredo.
- Nosotros no, tenés razón. De la gente que me
marcó desde una dimensión más alta, me da la
impresión de una ingenuidad, de una espontaneidad, que era
lo que yo más le envidiaba... Nunca nada parecía premeditado.
Como cuando prendés fuego y se quema la madera: veías
que eso que salía era algo que estaba recién hecho.
Veías a Margarita Xirgu sentada en el hall del San Martín,
a las tres de la tarde, tenía muy poca ropa, sólo
se cambiaba unos pañuelitos en el cuello, no se sabía
pintar, parecía una profesora de Historia. Y estaba sentada
ahí y vos decías: "esta guacha se ha hecho poner
focos po r todos los costados" porque había una luz...
Y vos le decías: "¿qué se puso Margarita
hoy?" "Me he puesto unos polvos" y se ponía
colorada... Y era Margarita Xirgu, no había nada preparado
de "grandeza". Don Alfredo de La Guardia fue un crítico
literario que era profesor de la Escuela Nacional de Arte Dramático,
siempre tenía la nariz colorada, ahora pienso que era alérgico.
Y venía a dar clases Historia del Teatro a unos pajeros que
estábamos sentados ahí, que no le dábamos cinco
de bola. Su pasión era Ibsen, cuando él hablaba de
otros autores cumplía con su trabajo. Pero el día
que habló de Ibsen... Estaba ardiendo, te juro. Tenía
las orejas rojas, tenía los ojos inyectados, le hablaba a
nadie, porque sabía que nosotros no lo estábamos escuchando.
Pero era su pasión... ¿Te digo algo? Esa es una de
la s cosas que me voy a acordar cuando me esté muriendo,
de ese hombre. Porque aunque parezca que no le hablás a nadie,
sí. Algo queda.
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