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CUADERNOS DE NATURALEZA

Eduardo Viñuales / Escritor y naturalista
CARTAS DESDE MI NIDO

Fotos del autor

    Un pollo de águila azor perdicera nacido este año en una sierra de la comarca de Cariñena escribe sus primeras impresiones, poco antes de volar del nido.

    Nací hace 30 días. Desde entonces he vivido quieto junto a mi hermana en lo alto de un risco de roca anaranjada. Estoy en una repisa donde mis progenitores han construido una plataforma de palos y ramas, un voluminoso nido tapizado de hojas y hierbas para hacer más confortable nuestra estancia. Soy un pollo… no urbano, sino rural cien por cien. Je, je.

    Desde aquí arriba se domina un amplio panorama. Abajo hay una pendiente ladera, un tupido pinar y, al fondo, una verde chopera por donde discurre el murmullo del río. Veo los restos de un castillo, más a lo lejos las casas esparcidas de un pueblo y también una pista por donde de vez en cuando oigo pasar algún coche o alguna moto. Este es y será mi hábitat.

    Llevo 30 días observando el mismo paisaje. El que me ha visto nacer. Y desde mi nido veo volar muy cerca a los buitres, a los blancos alimoches, a los vencejos y a los aviones roqueros. Hace unas horas un halcón peregrino ha atrapado delante de mi pared una paloma bravía.

    Yo soy un águila-azor perdicera, una rapaz mediterránea que está incluida en la categoría de las especies en peligro de extinción de Aragón. Mis padres nos traen presas que cazan con destreza: liebres, conejos, perdices, palomas… y otros animalillos que dejan al borde de este nido para que mi hermana y yo nos alimentemos. En casi un mes de vida ya casi soy del tamaño de mi padre. Mi plumaje es de color marrón y poseo poderosas garras. Pero aún no sé volar. Aunque practico de vez en cuando aleteando, ejercitando los músculos y fortaleciendo mis alas para que un día de estos pueda saltar al vacío, lanzarme sin miedo a la vida libre para despegar desde esta plataforma y dejarme llevar por las corrientes térmicas, tratando de planear con tanta elegancia como la que veo en los de mi especie.

    Aquí arriba, los días pasan tranquilos: mirar, esperar comida, alimentarme, crecer y engordar. Por las mañanas se está fresquito, pues estoy a la sombra. Y, a partir del mediodía cuando el sol pega de lleno en esta pared… es entonces cuando ya no me queda más remedio que subirme un poco más arriba del propio nido para esconder la cabeza en una entrada de la pared en la que puedo estar a resguardo del sol directo. Al esconderse el astro solar llega la noche, y en la oscuridad he oído el canto misterioso del búho real que también tiene un nido y unos pollos muy cerca de estos peñascos.

    He visto ya llover. He conocido la tormenta, los rayos y sus relámpagos. Fue impresionante. Un día pude ver también a dos personas que se acercaron discretamente a mi emplazamiento con unas cámaras fotográficas y largos teleobjetivos para poder hacernos fotos. Mantuvieron una larga distancia y eso nos tranquilizó. Pero lo más curioso de mi corta existencia lo viví ya hace un par de semanas. Vimos aproximarse dos coches todo terreno de cuyo interior salieron cinco personas vestidas de verde. Se colocaron justo encima de nuestro nido y uno de ellos bajó con ayuda de unas largas cuerdas. Lo hizo suavemente y en silencio. Llevaba una mochila de dónde sacó un extraño instrumental con el que me colocó en la pata un llamativo adorno: una colorida anilla de plástico, con números y letras. ¡No veas lo que voy a ligar con ella el día de mañana! Mis padres dicen que es para saber quién soy, qué es lo que hago y conocer más detalles sobre nuestra especie. Porque de los míos cada vez quedan menos pues estamos en serio peligro debido a la caza furtiva, a los tendidos eléctricos, al uso de venenos por parte desaprensivos…

    Soy un pollo de águila-azor perdicera de 30 días de edad. Y tengo, eso espero, toda una vida por delante.

    Amo el monte. Subiré a las alturas, alcanzaré la base de las nubes. Y desde la grandeza de los montes de Aragón sobrevolaré esos espacios agrestes donde el hombre aún no ha sido capaz de trazar carretera ni de mellar para siempre la faz de esta tierra. Buscaré un sitio, una casa, un hábitat donde prevalezcan los bosques, la vegetación, la comida, los ríos, las peñas y las sendas discretas de los hombres. Sé que detrás de las lomas que ahora veo hay otra, y otra y otra. Así hasta decir basta. Sé que un día seré capaz de planear en soledad, de ganar altura sin aletear, dejándome llevar por las corrientes invisibles del aire. Cuando vuele libre, en lo alto del cielo dibujaré acrobacias y picados con la misma firmeza y honestidad que he visto en mis padres.

    Mi vida de águila ha empezado aquí… tengo por delante toda una existencia y lo sé.



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