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Fotos
del autor
Un
pollo de águila azor perdicera nacido este año en
una sierra de la comarca de Cariñena escribe sus primeras
impresiones, poco antes de volar del nido.
Nací
hace 30 días. Desde entonces he vivido quieto junto a mi
hermana en lo alto de un risco de roca anaranjada. Estoy en una
repisa donde mis progenitores han construido una plataforma de palos
y ramas, un voluminoso nido tapizado de hojas y hierbas para hacer
más confortable nuestra estancia. Soy un pollo
no urbano,
sino rural cien por cien. Je, je.
Desde
aquí arriba se domina un amplio panorama. Abajo hay una pendiente
ladera, un tupido pinar y, al fondo, una verde chopera por donde
discurre el murmullo del río. Veo los restos de un castillo,
más a lo lejos las casas esparcidas de un pueblo y también
una pista por donde de vez en cuando oigo pasar algún coche
o alguna moto. Este es y será mi hábitat.
Llevo
30 días observando el mismo paisaje. El que me ha visto nacer.
Y desde mi nido veo volar muy cerca a los buitres, a los blancos
alimoches, a los vencejos y a los aviones roqueros. Hace unas horas
un halcón peregrino ha atrapado delante de mi pared una paloma
bravía.
Yo
soy un águila-azor perdicera, una rapaz mediterránea
que está incluida en la categoría de las especies
en peligro de extinción de Aragón. Mis padres nos
traen presas que cazan con destreza: liebres, conejos, perdices,
palomas
y otros animalillos que dejan al borde de este nido
para que mi hermana y yo nos alimentemos. En casi un mes de vida
ya casi soy del tamaño de mi padre. Mi plumaje es de color
marrón y poseo poderosas garras. Pero aún no sé
volar. Aunque practico de vez en cuando aleteando, ejercitando los
músculos y fortaleciendo mis alas para que un día
de estos pueda saltar al vacío, lanzarme sin miedo a la vida
libre para despegar desde esta plataforma y dejarme llevar por las
corrientes térmicas, tratando de planear con tanta elegancia
como la que veo en los de mi especie.
Aquí
arriba, los días pasan tranquilos: mirar, esperar comida,
alimentarme, crecer y engordar. Por las mañanas se está
fresquito, pues estoy a la sombra. Y, a partir del mediodía
cuando el sol pega de lleno en esta pared
es entonces cuando
ya no me queda más remedio que subirme un poco más
arriba del propio nido para esconder la cabeza en una entrada de
la pared en la que puedo estar a resguardo del sol directo. Al esconderse
el astro solar llega la noche, y en la oscuridad he oído
el canto misterioso del búho real que también tiene
un nido y unos pollos muy cerca de estos peñascos.
He
visto ya llover. He conocido la tormenta, los rayos y sus relámpagos.
Fue impresionante. Un día pude ver también a dos personas
que se acercaron discretamente a mi emplazamiento con unas cámaras
fotográficas y largos teleobjetivos para poder hacernos fotos.
Mantuvieron una larga distancia y eso nos tranquilizó. Pero
lo más curioso de mi corta existencia lo viví ya hace
un par de semanas. Vimos aproximarse dos coches todo terreno de
cuyo interior salieron cinco personas vestidas de verde. Se colocaron
justo encima de nuestro nido y uno de ellos bajó con ayuda
de unas largas cuerdas. Lo hizo suavemente y en silencio. Llevaba
una mochila de dónde sacó un extraño instrumental
con el que me colocó en la pata un llamativo adorno: una
colorida anilla de plástico, con números y letras.
¡No veas lo que voy a ligar con ella el día de mañana!
Mis padres dicen que es para saber quién soy, qué
es lo que hago y conocer más detalles sobre nuestra especie.
Porque de los míos cada vez quedan menos pues estamos en
serio peligro debido a la caza furtiva, a los tendidos eléctricos,
al uso de venenos por parte desaprensivos
Soy
un pollo de águila-azor perdicera de 30 días de edad.
Y tengo, eso espero, toda una vida por delante.
Amo
el monte. Subiré a las alturas, alcanzaré la base
de las nubes. Y desde la grandeza de los montes de Aragón
sobrevolaré esos espacios agrestes donde el hombre aún
no ha sido capaz de trazar carretera ni de mellar para siempre la
faz de esta tierra. Buscaré un sitio, una casa, un hábitat
donde prevalezcan los bosques, la vegetación, la comida,
los ríos, las peñas y las sendas discretas de los
hombres. Sé que detrás de las lomas que ahora veo
hay otra, y otra y otra. Así hasta decir basta. Sé
que un día seré capaz de planear en soledad, de ganar
altura sin aletear, dejándome llevar por las corrientes invisibles
del aire. Cuando vuele libre, en lo alto del cielo dibujaré
acrobacias y picados con la misma firmeza y honestidad que he visto
en mis padres.
Mi
vida de águila ha empezado aquí
tengo por delante
toda una existencia y lo sé.
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