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CUADERNOS DE NATURALEZA

Eduardo Viñuales / Escritor y naturalista
SOBRE LAS NUBES



    Las nubes son agua que flota sobre el mundo. Cuando los niños montan en un avión les gusta sentarse junto a la ventanilla. No les interesan las películas que ponen, ni las bonitas revistas que hay en los bolsillos del asiento delantero.

    Los mayores, a modo de juego personal, tratan de reconocer los accidentes geográficos: si uno despega en Zaragoza puede identificar el trazado del Ebro, sus ríos afluentes, el Moncayo, los Pirineos nevados, las estepas, los valles más fértiles, los distintos pueblos y ciudades... Eso a muchos nos tranquiliza. Pero cuando uno gana altura tiene la oportunidad de contemplar con especial atención las nubes. Volamos sobre ellas y las miramos. Sacamos la cámara y fotografiamos esas bolas algodonosas… a veces atormentadas y enormes, pero otras veces dispuestas horizontalmente como si fueran un blanco manto uniforme que, a modo de banquisa gaseosa, cubre una parte del planeta. ¿Se han fijado? ¡Cuánta armonía!

     Las nubes son fruto de la condensación. El aire sólo puede retener cierta cantidad de vapor de agua. Esta cantidad varía según la temperatura del aire: cuanto más caliente está el aire, más vapor de agua es capaz de retener. Y cuando el aire no puede contener más vapor de agua, se dice que ha alcanzado el punto de saturación. Entonces el agua del aire empieza a condensarse, es decir, a formar un líquido. Es lo que se llama el momento del punto de rocío.

     Cuando estemos con los pies en el suelo también es conveniente mirar al cielo, y ver las nubes. Fijarse en sus formas, colores y apariencias. Los libros de meteorología nos pueden enseñar a distinguir entre cirros, estratos y cúmulos. Gracias a ellas, como los pastores y la gente sabia que del campo, uno puede llegar a adivinar el tiempo que está por venir.

     Las nubes bajas -situadas por debajo de los 2.500 metros-, fáciles de reconocer si tocan alguna cumbre de la montaña o se acercan a lo alto de una sierra, son nubes que siempre amenazan lluvia. Las nubes altas, por encima de 6.000 metros, también suelen ser fáciles de distinguir: no producen sombras sobre la superficie de la tierra y sus cristales de hilo -debido al frío de la altura- les confieren un aspecto filamentoso. Estas jamás producen precipitaciones. En su largo viaje hacia el suelo se descongelan, y se evaporan antes de tocar tierra.

     Esas nubes son agua y como un milagro difícil de comprender forman parte del ciclo hidrológico de la Tierra. Las nubes son parte de un todo. Ellas flotan sobre nuestras cabezas y un día descargarán algo tan preciado como es el agua. Benditas sean.



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