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Las nubes son agua que flota sobre el mundo.
Cuando los niños montan en un avión les gusta sentarse
junto a la ventanilla. No les interesan las películas que
ponen, ni las bonitas revistas que hay en los bolsillos del asiento
delantero.
Los
mayores, a modo de juego personal, tratan de reconocer los accidentes
geográficos: si uno despega en Zaragoza puede identificar
el trazado del Ebro, sus ríos afluentes, el Moncayo, los
Pirineos nevados, las estepas, los valles más fértiles,
los distintos pueblos y ciudades... Eso a muchos nos tranquiliza.
Pero cuando uno gana altura tiene la oportunidad de contemplar con
especial atención las nubes. Volamos sobre ellas y las miramos.
Sacamos la cámara y fotografiamos esas bolas algodonosas
a veces atormentadas y enormes, pero otras veces dispuestas horizontalmente
como si fueran un blanco manto uniforme que, a modo de banquisa
gaseosa, cubre una parte del planeta. ¿Se han fijado? ¡Cuánta
armonía!
Las
nubes son fruto de la condensación. El aire sólo puede
retener cierta cantidad de vapor de agua. Esta cantidad varía
según la temperatura del aire: cuanto más caliente
está el aire, más vapor de agua es capaz de retener.
Y cuando el aire no puede contener más vapor de agua, se
dice que ha alcanzado el punto de saturación. Entonces el
agua del aire empieza a condensarse, es decir, a formar un líquido.
Es lo que se llama el momento del punto de rocío.
Cuando
estemos con los pies en el suelo también es conveniente mirar
al cielo, y ver las nubes. Fijarse en sus formas, colores y apariencias.
Los libros de meteorología nos pueden enseñar a distinguir
entre cirros, estratos y cúmulos. Gracias a ellas, como los
pastores y la gente sabia que del campo, uno puede llegar a adivinar
el tiempo que está por venir.
Las
nubes bajas -situadas por debajo de los 2.500 metros-, fáciles
de reconocer si tocan alguna cumbre de la montaña o se acercan
a lo alto de una sierra, son nubes que siempre amenazan lluvia.
Las nubes altas, por encima de 6.000 metros, también suelen
ser fáciles de distinguir: no producen sombras sobre la superficie
de la tierra y sus cristales de hilo -debido al frío de la
altura- les confieren un aspecto filamentoso. Estas jamás
producen precipitaciones. En su largo viaje hacia el suelo se descongelan,
y se evaporan antes de tocar tierra.
Esas
nubes son agua y como un milagro difícil de comprender forman
parte del ciclo hidrológico de la Tierra. Las nubes son parte
de un todo. Ellas flotan sobre nuestras cabezas y un día
descargarán algo tan preciado como es el agua. Benditas sean.
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