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La
historia explica los orígenes de un país. Es un cúmulo
de tradiciones y costumbres que unen a sus ciudadanos; una colección
de éxitos gubernamentales y también fracasos varios.
Si se conocen, estudian y aprenden todos los entresijos que la configuran
se convierte en la mejor medicina para evitar que errores pasados
se vuelvan a repetir. En cambio, si se falsea de acuerdo a intereses
partidistas y sectarios, se convierte en un arma de doble filo que
termina generando odio, rencor y división en una sociedad.
Tergiversar
la historia es una práctica muy arraigada dentro del nacionalismo
catalán. Modifican a su antojo los orígenes de la
Corona de Aragón, con el objetivo de legitimar sus aspiraciones
regionalistas. Aprovechan que muchos ciudadanos desconocen, minuciosamente,
la historia de esta Comunidad, para lograr que sus mentiras se conviertan
en tesis políticamente correctas. Con ello, terminan generando
un conflicto innecesario con los sectores de la sociedad que discrepan
de sus antojos.
Aunque
están empecinados en consolidar sus estudios propagandísticos,
se olvidan de que todavía existen documentos históricos
que restan vigencia a sus argumentos. Escritos longevos que demuestran
que la Corona Catalanoaragonesa nunca existió; relatos que
perduran en el tiempo y acreditan la realidad, tal y como fue. Historiadores
como José Ángel Sesma o José Luis Corral ya
se han posicionado en contra de la utilización partidista
de la historia.
Debemos
remontarnos a 1162 para conocer cómo se gestó el nacimiento
de la Corona de Aragón. Fue el matrimonio de Petronila, hija
de Ramiro II "El Monje", con el Conde de Barcelona, Ramón
Berenguer IV, el germen de la constitución de este reino.
Así lo atestigua la historia, que desde entonces incluyó
la Ciudad Condal dentro de todo el feudo aragonés.
No
es nueva la apropiación geográfica e histórica
que políticos nacionalistas catalanes han llevado a cabo
a lo largo de los últimos decenios. De hecho, el origen de
términos como Corona Catalanoaragonesa o Países catalanes
data de finales del siglo XIX. Escritores como Bienvenido Oliver
i Esteller y su obra Historia del Derecho en Cataluña, Mallorca
y Valencia. Código de las Costumbres de Tortosa fue uno de
los primeros en hacerlo.
Grosso
modo, según las tesis del nacionalismo catalán distintos
territorios como las Islas Baleares, Andorra, Comunidad Valenciana,
el Rosellón, la ciudad italiana de Alguer, la pequeña
comarca murciana del Carche o la denominada Franja de Aragón
pertenece a una realidad social denominada Países catalanes.
Una aspiración impulsada, entre otros, por Esquerra Republicana
bajo el pretexto de que son una nación propia, independiente
de España.
Pero
hay más. La última jugada nacionalista, que cuenta
en esta ocasión con el respaldo del Partido Socialista de
Aragón y está relacionada con el deseo de expandir
el uso de la lengua catalana, consiste en regular el catalán
como lengua oficial de la Comunidad Autónoma de Aragón,
bajo el argumento de que es un idioma que se habla en la zona oriental
de esta región.
Ante
esta nueva propuesta, se ha creado la Plataforma No Hablamos Catalán
(NHC), una organización que defiende la identidad histórica
del pueblo aragonés frente a la utopía de los Países
catalanes.
La
polémica Ley de Lenguas, que ya ha sido aprobada por el Parlamento
aragonés, ataca directamente a derechos fundamentales aplicados
en la Constitución española de 1978 y el Estatuto
aragonés de 2007. Acoger el catalán como segunda lengua
en Aragón supone, en primera instancia, fomentar la desaparición
de la riqueza de las modalidades lingüísticas propias
de la Franja. Además, eleva a la categoría de legal
el uso del catalán en las administraciones aragonesas, una
iniciativa que no es demandada por la sociedad aragonesa, que utiliza
el castellano como lengua preferencial para comunicarse.
La
constante interpretación de la historia ha llegado hasta
los medios de comunicación, tanto de Cataluña como
del resto de España. Aunque nunca hubo ningún rey
enmarcado dentro de una dinastía catalana, periódicos
como La Vanguardia, El Periódico de Cataluña o Televisión
Española (TVE) denominaron al monarca de la Corona de Aragón
Pedro III 'El Grande' como Pere II 'El Gran', para informar sobre
un estudio arqueológico sobre sus restos. Además,
indicaron que este monarca perteneció a la Corona Catalanoaragonesa,
un reino que nunca existió como tal.
Es
grave que un medio de comunicación público, como Televisión
Española, cometa un error de ese calado, pero el problema
es que no es la primera vez que se produce una equivocación
semejante en el tratamiento histórico de todo lo que acontece
a la Corona de Aragón. En este sentido, la biblioteca de
la Facultad de Historia de la Universidad Pública de Barcelona
cuenta con una sección especial para la citada Corona Catalanoaragonesa.
Para desilusión de los nacionalistas, los libros que se pueden
encontrar en esa estantería son rigurosos y no hacen mención
al término de la discordia, sino que sólo hablan de
Corona de Aragón.
Al
final, los orígenes de un pueblo fundamentan la construcción
de una realidad social y marcan el futuro de un estado. Los nacionalistas
catalanes lo saben y, conscientes de ello, están empecinados
en deformar e inventarse la historia, para justificar sus tesis
ideológicas actuales.
Pero la realidad es muy tozuda. Y aunque la memoria es frágil,
nada ni nadie puede cambiar los documentos y relatos históricos
que reflejan los detalles de nuestro pasado. Hablar, por tanto,
de Corona Catalanoaragonesa no es más que un concepto utópico.
Un término que carece de legitimidad porque nunca existió.
Y aunque algunos insistan en inventarse una historia sesgada y afín
a sus intereses políticos, siempre habrá historiadores
que, con un trabajo diligente y riguroso, demuestren que hay falacias
que se caen por su propio peso.
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