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Quiera o no usted y yo estamos sometidos
por estas horas a una bacanal de imágenes, sonidos estridentes
y palabras sin sentido por parte de la televisión. Es inevitable.
Porque cada cuatro años se vive, y se disfruta en caso de
la FIFA al contar la pasta que les queda, el Mundial de fútbol.
Al sonido ensordecedor de las cornetas que hacen sonar los sudafricanos,
bien podrían tragárselas y emitir sonidos por otro
orificio, se le suma las imágenes de la gente con sus caras
pintadas con los colores de selección, la detección
por parte de los camarógrafos de alguna belleza femenina
en las gradas y los absurdos comentarios de los periodistas que
apelan a cualquier cosa para cubrir el espacio antes y despúes
del partido.
En
estos momentos en los que usted pensará ¡caramba, no
sabía que yo y el Dalai Lama teníamos la misma infinita
paciencia! Sí no lo dude. Es así.
Ahora
no se le ocurra cambiar de emisora de TV. En cualquiera le espera
lo mismo. Sudáfrica lo asaltará en el momento menos
pensado. Y lo que es más difícil de digerir, al menos
en mi caso, son los sesudos comentarios. La pelota parece un globo;
las ojeras del portero son por la noche que pasó con su novia;
el doble cinco o un diez retrasado es conveniente para plantarse
ante Transilvania; creo que debería probar, como si se pudera
ensayar en medio de una competencia de nivel, colocando dos arietes
para perforar la defensa. Dios mío, sólo falta que
me hablen de Nostradamus o del pulpo alemán que predice los
resultados de su selección. No todo es eterno y ya pasará.
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