WITOLD GOMBROWICZ Y SALVADOR DALÍ
Una
cosa que siempre le anduvo dando vueltas en la cabeza a Gombrowicz era
saber cuánto de loco estaba, la sangre de los Kotkowski daba vueltas
por su cabeza. En la vida corriente no era tan extravagante ni tan loco
como en la literatura, pero él quería experimentar en su
gran laboratorio, sacar consecuencias formales extremas de las ligeras
alteraciones que sufría su imaginación. Dalí
tuvo la habilidad de forjar un estilo marcadamente personal y reconocible,
que en realidad era muy ecléctico y que utilizó sistemáticamnet
innovaciones ajenas. Una de sus obras más célebres es el
famoso cuadro de los Relojes blandos o La persistencia de la memoria.
Como artista manifestó una notable tendencia al narcisismo y la
megalomanía, cuyo objeto era atraer la atención pública.
Lo
peor que pudo ocurrírsele a Gombrowicz respecto a Stalisnaw Ignacy
Witkiewicz es compararlo con Salvador Dalí. La casa de Zofia
Nalkowska era uno de los centros de la vida literaria de Varsovia. Inmediatamente
después de la publicación de Memorias del tiempo de
la inmadurez fui introducido en aquel salón cuyo adorno principal
era una palmera puesta en una inmensa maceta, cultivada con una ternura
maternal por la señora Zofia a quien le encantaban las formas extrañas
de la naturaleza (...) Ese
hombre se moría si por un instante dejaba de ser el centro de interés,
se tenía que hablar de él, a él, o bien era él
quien hablaba, no soportaba ninguna otra situación y cuando a veces,
gracias a los obstinados esfuerzos de la dueña de casa, se conseguía
organizar una segunda conversación al margen, empezaba a aburrirse
tan intensamente y a callar de forma tan manifiesta, que todos los presentes
se sentían como en estado de pecado mortal (...) Gombrowicz
veía a Witkiewicz a menudo en su juventud, pero tenía que
utilizar alta diplomacia para mantener una cierta armonía con una
naturaleza tan diferente de la suya. Hay que decir que Witkiewicz también
le tenía paciencia a él. Gombrowicz, que conocía
el egocentrismo agresivo de ese gigante pesado, estaba dispuesto a romper
las relaciones con él en cualquier momento, así que no le
importaba que para diferenciarse de Witkiewicz tuviera que insistir en
la representación del papel de un terrateniente snob y amanerado.
Despreciaba
a los intelectuales polacos mediocres. El elemento que lo hace a Witkacy
tan familiar a nuestro presente es el demonismo, un demonismo al que Gombrowicz
califica de monstruosidad. Su objetivismo inhumano se transformó
en algo escandalosamente humano, se transformó en cinismo, y el
cinismo se metamorfoseó en brutalidad sexual. A las monstruosidades
del cinismo del intelecto y de la brutalidad del sexo Witkiewicz le agregó
otra monstruosidad más: el absurdo. Por
otra parte, esta metafísica no eleva al hombre, al contrario, lo
desfigura. Witkiewicz tiene algo de un ser fantástico por su deforme
y convulsa capacidad de excitarse frente al abismo de su propia persona.
El frío sadismo con el que este autor trata los productos de su
imaginación no se apaga jamás, ni siquiera un segundo. La
metafísica es para él una orgía, en la que se abandona
con el enfurecimiento de un loco De
ese modo esos tres hombres que trataban de orientar la literatura polaca
hacia nuevos caminos, que tuvieron una gran influencia en el arte polaco
y que fueron apreciados en el mundo, se encontraban por fin juntos. Si
dejamos un poco de lado el entusiasmo de Schulz por Gombrowicz se podría
decir que el escepticismo y la frialdad reinó siempre entre ellos.
Cuando
le mostró su museo de los horrores en el que lucía
la lengua seca de un recién nacido Gombrowicz lo detuvo con una
actitud de hidalgo polaco: ¡Pero no nos enseñe cosas
semejantes! ¡Eso es incorrecto! Fue el instinto de conservación,
Gombrowicz sabía que si no se le oponía de inmediato lo
iba a dominar e incluir en su séquito. Renunciaron
a muchos amores que podían atarlos y fueron más libres e
incisivos, más severos y dramáticos. La inteligencia y la
intransigencia de Witkiewicz eran espléndidas pero exageraba su
actitud de teórico endemoniado y no se daba cuenta de que aburría,
su incapacidad de tratar con un hombre vivo sin considerarlo una abstracción
era irritante y lo convirtió en un hombre seco y farsante. Una
hora después encontró una encina en medio del bosque. Comenzó
a inyectarse en el brazo una droga para que la sangre le circulara más
rápidamente y la perdiera de prisa, y luego ingirió bastante
luminal. Se hizo un tajo en una vena con una hoja de afeitar. Al día
siguiente lo encontraron muerto al pie de la encina, las bellotas seguían
cayendo sobre su cuerpo. Se
estuvo muriendo como Jarry, con un palillo entre los dientes, con sus
teorías, con la forma pura, sus dramas, sus retratos, sus 'tripas',
su 'panza' y sus colecciones porno-macabras. Lo que se destaca en él
es la impotencia frente a la realidad y la suciedad de su imaginación,
que no era sólo el resultado de la irrupción de lo asqueroso
en el arte europeo, sino también la expresión de nuestra
impotencia ante la suciedad (...) Witkiewicz, desenfrenado y perspicaz, cuya inspiración provenía del cinismo, era suficientemente degenerado y loco como para salir de la normalidad polaca hacia unos espacios ilimitados, y al mismo tiempo lo bastante sensato y consciente como para devolver la locura a la normalidad y unirla a la realidad. Sin embargo, desaprovechó su talento seducido por su propio demonismo, sin saber unir lo anormal a lo normal y fue víctima, por lo tanto, de su propia excentricidad
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