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Juan Carlos Gómez

GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y SALVADOR DALÍ



    Los medios rudimentarios de expresión de la pintura y su vinculación ostensible con el comercio y con el dinero eran las causas, según lo manifestaba el mismo, del desprecio olímpico que Gombrowicz le tenía a la pintura, pero en el caso de Salvador Dalí, le agregaba un desprecio más, lo despreciaba a él mismo. Y no lo depreciaba por que se hacía el loco, también se hacía el loco Jarry, y a Jarry lo amaba.

     Alfred Jarry montaba en bicicleta y le gustaba pescar, era muy diestro en el uso de la espada y llevaba casi siempre dos pistolas descargadas con las que disparaba simbólicamente contra todo pseudo artista o impostor intelectual que se cruzaba en su camino. Muere alcoholizado y no llega a ver la publicación de “Gestas y opiniones del doctor Faustroll, patafísico”.

    Una cosa que siempre le anduvo dando vueltas en la cabeza a Gombrowicz era saber cuánto de loco estaba, la sangre de los Kotkowski daba vueltas por su cabeza. En la vida corriente no era tan extravagante ni tan loco como en la literatura, pero él quería experimentar en su gran laboratorio, sacar consecuencias formales extremas de las ligeras alteraciones que sufría su imaginación.

     Dalí es conocido por sus impactantes y oníricas imágenes surrealistas. Sus habilidades pictóricas se suelen atribuir a la influencia y admiración por el arte renacentista. También fue un experto dibujante. Los recursos plásticos dalinianos también abordaron el cine, la escultura y la fotografía, lo cual le condujo a numerosas colaboraciones con otros artistas audiovisuales.

   Dalí tuvo la habilidad de forjar un estilo marcadamente personal y reconocible, que en realidad era muy ecléctico y que utilizó sistemáticamnet innovaciones ajenas. Una de sus obras más célebres es el famoso cuadro de los “Relojes blandos o La persistencia de la memoria”. Como artista manifestó una notable tendencia al narcisismo y la megalomanía, cuyo objeto era atraer la atención pública.

     Esta conducta irritaba a quienes apreciaban su arte y justificaba a sus críticos, que rechazaban sus conductas excéntricas como un reclamo publicitario ocasionalmente más llamativo que su producción artística. Dalí atribuía su “amor por todo lo que es dorado y resulta excesivo, y su pasión por el lujo y su amor por la moda oriental” a un autoproclamado “linaje arábigo”, que remontaba sus raíces a los tiempos de la dominación árabe de la península ibérica.

    Lo peor que pudo ocurrírsele a Gombrowicz respecto a Stalisnaw Ignacy Witkiewicz es compararlo con Salvador Dalí. “La casa de Zofia Nalkowska era uno de los centros de la vida literaria de Varsovia. Inmediatamente después de la publicación de ‘Memorias del tiempo de la inmadurez’ fui introducido en aquel salón cuyo adorno principal era una palmera puesta en una inmensa maceta, cultivada con una ternura maternal por la señora Zofia a quien le encantaban las formas extrañas de la naturaleza (...)”

     “La señora Zofia, el único miembro femenino de la Academia de Literatura, se sentaba en el sofá y guiaba las conversaciones a la manera de las distinguidas matronas de antes de la guerra. Su talento mundano fracasaba únicamente en presencia de Witkiewicz; cuando hacía su aparición ese gigante con cara de astuto esquizofrénico, la señora Zofia lanzaba a sus confidentes unas miradas desesperadas, porque desde ese mismo momento se malograba la conversación y Witkacy tomaba la palabra (...)”

    “Ese hombre se moría si por un instante dejaba de ser el centro de interés, se tenía que hablar de él, a él, o bien era él quien hablaba, no soportaba ninguna otra situación y cuando a veces, gracias a los obstinados esfuerzos de la dueña de casa, se conseguía organizar una segunda conversación al margen, empezaba a aburrirse tan intensamente y a callar de forma tan manifiesta, que todos los presentes se sentían como en estado de pecado mortal (...)”

    “Hay que añadir que Witkacy no era alguien que se expresara con sencillez, no había nada más retorcido, estrafalario y difícil que su modo de hablar, calculado para producir estupor, rayando en la patraña, en la payasada. Lo que decía era sin duda inteligente, pero terriblemente frío, cínico, monótono; por su tipo de locura se asemejaba a un payaso de hoy: Salvador Dalí”

    Gombrowicz veía a Witkiewicz a menudo en su juventud, pero tenía que utilizar alta diplomacia para mantener una cierta armonía con una naturaleza tan diferente de la suya. Hay que decir que Witkiewicz también le tenía paciencia a él. Gombrowicz, que conocía el egocentrismo agresivo de ese gigante pesado, estaba dispuesto a romper las relaciones con él en cualquier momento, así que no le importaba que para diferenciarse de Witkiewicz tuviera que insistir en la representación del papel de un terrateniente snob y amanerado.

     Witkacy se daba cuenta que le respondía con su propia pose a su pose, pero el séquito de tontos que lo rodeaba, en cambio, lo consideraba a Gombrowicz como a un verdadero idiota. Hay que decir, no obstante, que este hombre endemoniado luchaba contra el fanatismo nacionalista, contra los delirios de grandeza polacos, contra la misión de Polonia “Semper fidelis” en los confines de Europa.

     Despreciaba a los intelectuales polacos mediocres. El elemento que lo hace a Witkacy tan familiar a nuestro presente es el demonismo, un demonismo al que Gombrowicz califica de monstruosidad. Su objetivismo inhumano se transformó en algo escandalosamente humano, se transformó en cinismo, y el cinismo se metamorfoseó en brutalidad sexual. A las monstruosidades del cinismo del intelecto y de la brutalidad del sexo Witkiewicz le agregó otra monstruosidad más: el absurdo.

     Impotente y desesperado frente la insensatez del mundo lleva el absurdo al punto de convertirse él mismo en un absurdo, un sin sentido que utiliza para vengarse de los hombres en todos los planos de la existencia. “Finalmente llega a la monstruosidad metafísica. Quiere alcanzar el escalofrío metafísico que nos arranca de lo cotidiano, colocando a la naturaleza humana en contacto inmediato con su insondable misterio (...)”

    “Por otra parte, esta metafísica no eleva al hombre, al contrario, lo desfigura. Witkiewicz tiene algo de un ser fantástico por su deforme y convulsa capacidad de excitarse frente al abismo de su propia persona. El frío sadismo con el que este autor trata los productos de su imaginación no se apaga jamás, ni siquiera un segundo. La metafísica es para él una orgía, en la que se abandona con el enfurecimiento de un loco”

     Gombrowicz era el benjamín de un grupo que recibió el nombre de los tres mosqueteros: Stanislaw Ignacy Witkiewicz, Bruno Schulz y Witold Gombrowicz. Sin embargo, ninguno de los tres tenía un sentimiento marcado de pertenencia a ese clan de escritores cuyo horizonte era bastante diferente al del nivel medio de la literatura polaca. Bruno Schulz llevó a Gombrowicz a la casa del más loco de los mosqueteros: Stanislaw Ignacy Witkiewicz.

     De ese modo esos tres hombres que trataban de orientar la literatura polaca hacia nuevos caminos, que tuvieron una gran influencia en el arte polaco y que fueron apreciados en el mundo, se encontraban por fin juntos. Si dejamos un poco de lado el entusiasmo de Schulz por Gombrowicz se podría decir que el escepticismo y la frialdad reinó siempre entre ellos.

      Gombrowicz no creía en el arte de Witkacy, y Witkacy pensaba que Gombrowicz era demasiado hijo de mamá, no esperaba de él nada extraordinario. Desde el primer encuentro Witkiewicz lo cansó y lo aburrió, se atormentaba a sí mismo y a los demás con una actuación teatral incesante para sorprender y centrar la atención de los demás en él. Sus defectos eran también los de Gombrowicz que los observaba en Witkacy como en un espejo deformante, monstruoso y de proporciones apocalípticas.

    Cuando le mostró su “museo de los horrores” en el que lucía la lengua seca de un recién nacido Gombrowicz lo detuvo con una actitud de hidalgo polaco: –¡Pero no nos enseñe cosas semejantes! ¡Eso es incorrecto! Fue el instinto de conservación, Gombrowicz sabía que si no se le oponía de inmediato lo iba a dominar e incluir en su séquito.

     A pesar de los antagonismos y animosidades de los tres mosqueteros tenían en común el deseo de sobrepasar los límites del provincianismo polaco y salir a aguas más abiertas respirando el aire de Europa y del mundo, al contrario de los ases locales que eran cien veces más polacos. Los tres mosqueteros conocían el valor de la originalidad en una medida universal más que local, y abordaban el arte formados en técnicas y conceptos extranjeros de vanguardia decididos a tomar a la literatura polaca por los cuernos.

    Renunciaron a muchos amores que podían atarlos y fueron más libres e incisivos, más severos y dramáticos. La inteligencia y la intransigencia de Witkiewicz eran espléndidas pero exageraba su actitud de teórico endemoniado y no se daba cuenta de que aburría, su incapacidad de tratar con un hombre vivo sin considerarlo una abstracción era irritante y lo convirtió en un hombre seco y farsante.

     Witkacy, el demonio, acabó consigo de una manera demoníaca. Huyendo de los bolcheviques en la última guerra se mató en un bosque. Witkiewicz no creía en la casualidad. Se creyó un profeta. Cuando comenzó la guerra intentó entrar como oficial de la reserva, pero a causa de su edad no recibió la orden de movilización. En diciembre de 1939, al conocer que el Ejército Rojo había invadido Varsovia, salió de su casa en busca de un buen árbol a cuyo pie matarse.

     Una hora después encontró una encina en medio del bosque. Comenzó a inyectarse en el brazo una droga para que la sangre le circulara más rápidamente y la perdiera de prisa, y luego ingirió bastante luminal. Se hizo un tajo en una vena con una hoja de afeitar. Al día siguiente lo encontraron muerto al pie de la encina, las bellotas seguían cayendo sobre su cuerpo.

     Stanislaw Ignacy Mitkiewicz quiso tener más de un nombre, como también los tiene el diablo, y adoptó el seudónimo de Witkacy para distinguirse de su padre, Stanislaw Witkiewicz, pintor y escritor como él. “La derrota que sufrió Witkacy era inteligente: el demonismo se convirtió para él en un juguete, y ese payaso trágico estuvo muriéndose durante su vida (...)”

    “Se estuvo muriendo como Jarry, con un palillo entre los dientes, con sus teorías, con la forma pura, sus dramas, sus retratos, sus 'tripas', su 'panza' y sus colecciones porno-macabras. Lo que se destaca en él es la impotencia frente a la realidad y la suciedad de su imaginación, que no era sólo el resultado de la irrupción de lo asqueroso en el arte europeo, sino también la expresión de nuestra impotencia ante la suciedad (...)”

     “Era una suciedad que nos devoraba en una casa de campesinos, en el camastro judío, en las casas sin retrete. Los polacos de nuestra generación ya percibían con toda claridad la suciedad como algo extraño y horrible, pero no sabían qué hacer con ello, era un forúnculo que llevaban encima y cuyas ponzoñas los envenenaban (...)”

    “Witkiewicz, desenfrenado y perspicaz, cuya inspiración provenía del cinismo, era suficientemente degenerado y loco como para salir de la normalidad polaca hacia unos espacios ilimitados, y al mismo tiempo lo bastante sensato y consciente como para devolver la locura a la normalidad y unirla a la realidad. Sin embargo, desaprovechó su talento seducido por su propio demonismo, sin saber unir lo anormal a lo normal y fue víctima, por lo tanto, de su propia excentricidad”



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