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Juan Carlos Gómez

GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ, MICKIEWICZ Y GOETHE

    “Los pasajes de mi diario que tratan de mi polonidad han sido leídos muy superficialmente por los lectores occidentales. Incluso han llegado a decir que sería mejor suprimirlos pues no tenían ningún interés. Ya es hora que los herederos de culturas superiores dejen de hacer tantos alardes. Si sustituimos el término Polonia por Argentina, Canadá, Rumania... podremos observar cómo mis declaraciones se amplían hasta cubrir una buena parte del globo (...)”

    Estas declaraciones pueden aplicarse a todas las culturas europeas secundarias. Yo era polaco, me encontraba en Polonia, ¿y qué es Polonia? Es un país entre el Este y el Oeste, casi en el límite de Europa, un país de paso donde el Este y el Oeste se amortiguan mutuamente. Ninguno de los grandes movimientos de la cultura europea han afectado verdaderamente a Polonia, ni las guerras de religión, ni la Revolución Francesa, ni la revolución industrial (...)”

    “Allí sólo llegan ecos atenuados; tampoco la Revolución Rusa fue vivida en Polonia, sólo sus resultados penetraron por la fuerza en el país, absolutamente prefabricados. Y en cuanto al catolicismo, sí, Polonia se encuentra en la órbita de Roma, es cierto, pero el catolicismo polaco es pasivo, se resume en la observación rigurosa del catecismo, nunca colaboró de manera creativa con la Iglesia (...)”

    “Esas llanuras, pues, expuestas a todos los vientos, eran desde hacía mucho tiempo el escenario de un gran compromiso con la forma y de su degradación, todo se desvanecía, se disgregaba. Desde hacía ciento cincuenta años la literatura polaca se veía estrangulada por el drama que suponía la pérdida de la independencia, se hallaba reducida a la dimensión de las desgracias locales. Mickiewicz era la figura más destacada de esta literatura (...)”

    “¿Cómo podía yo apoyarme en Mickiewicz, un poeta magnífico pero cuyos horizontes y concepciones eran los de un niño piadoso, perdido en un cándido misticismo? ¿Acaso apoyándome en él podría luchar por mí? Basta comparar a Mickiewicz con Goethe para comparar lo peregrino de este proyecto. Si como hombre, como polaco y como artista me hallaba condenado a la imperfección, no servía de nada poner buena cara al mal tiempo y simular ante mí mismo y ante el mundo que todo iba sobre ruedas (...)”

    “Era, por el contrario, una cuestión de honestidad, de dignidad, de juicio y de vitalidad, romper de una vez y para siempre con la mistificación”. Tironeado por el provincialismo de Mickiewicz y por el universalidad de Goethe, Gombrowicz emprende su arduo combate con la forma en “Ferdydurke”. Adam Mickiewicz fue un poeta y patriota polaco, cuya obra marca el comienzo del Romanticismo en su país.

    A lo largo de toda su vida Mickiewicz luchó por la independencia de Polonia. Sus poemas abordan temas nacionalistas polacos y presentan una imagen heroica, si bien melodramática, del alma humana, y una visión byroniana de la libertad y el heroísmo. Adam Mickiewicz, Juliusz Slowacki y Zygmunt Krasinski son los tres poetas profetas de Polonia.

    A partir de estos guías espirituales de la nación Gombrowicz empieza a recorrer un largo camino que culmina cuando pronuncia su conferencia “Contra los Poetas”, una de las piezas literarias más analizadas por los hombres de letras hispanohablantes. La grandeza del hombre clásico se expresa en su voluntad de dominio, es una postura en la que el hombre trata de ser dueño y señor.

    La postura romántica, en cambio, se expresa en el sometimiento del hombre, en el aguante y en el sufrimiento, la grandeza del hombre romántico recién aparece cuando se convierte en víctima de un mundo que lo supera. Mickiewicz encarna la postura romántica del aguante y el sufrimiento, su grandeza proviene de su lucha contra un enemigo que lo somete y lo hace víctima de una fuerza que lo aplasta.

    Los artistas y los intelectuales polacos de antes de la guerra fueron entonces también responsables de no ajustar las cuentas con ese pedazo de tierra creado por las condiciones de su existencia histórica y por su situación especial en el mundo, de modo que la leyenda polaca del romanticismo y del idealismo, de la que Mickiewicz era el campeón, se extinguiera.

    Hasta que el existencialismo apareció en el mundo de manera más o menos definida, el pensamiento era un instrumento que funcionaba hacia fuera con el propósito de dominar el mundo de las cosas en el que nos movemos, pero desde el advenimiento de la nueva manera de ver las cosas, el pensamiento se convirtió en un acto gracias al actual el hombre se crea a sí mismo.

    Los razonamientos abstractos y objetivos son precedidos por una libre elección, primero elegimos el mundo y después buscamos argumentos para justificar la elección. Esta posición de la conciencia pone, de manera evidente, a la abstracción y a la ciencia en la vereda de enfrente, y lo hace en nombre de una verdad interior, de una verdad subjetiva y no objetiva.

    Una vez que Gombrowicz termina de poner en claro este aspecto del existencialismo, se pregunta si en Polonia se puede manifestar con la misma fuerza que en Europa Occidental la rebelión contra la ciencia. Antes de la guerra el país era romántico y le tenía desconfianza a la ciencia. Mickiewicz les seguía enseñando a los polacos que el sentimiento y la fe hablaban con más fuerza que la lupa y el ojo del sabio.

    La segunda guerra mundial le da una terrible paliza a ese espíritu romántico de Polonia, al país le empieza a resultar indispensable un mayor grado de sensatez, es decir, un mayor grado de realismo, es entonces que le sirven en el plato de la ciencia y de la política una teoría presuntuosa que se jacta de ser un pensamiento racional, le sirven el marxismo científico.

    En el medio de un mundo de hombres paralizados a Gombrowicz se le ocurre ponerse en contra del lema del romanticismo polaco que convocaba a los jóvenes a medir las fuerzas por las intenciones y no las intenciones por las fuerzas, y escribe “Ferdydurke” con un propósito restringido, pero la obra se la va de las manos, le sale el tiro por la culata y se pone en línea con la “Oda a la juventud” de Adam Mickiewicz.

    “Mi novela ‘Transatlántico’ nació en mí como un ‘Pan Tadeuz’ al revés. El poema de Mickiewicz, escrito también en el exilio hace más de cien años, la obra maestra de nuestra poesía nacional, supone una afirmación del espíritu polaco suscitada por la nostalgia. En ‘Transatlántico’ quería oponerme a Mickiewicz”. Esta presión contra la patria va creciendo hasta que Gombrowicz pronuncia la blasfemia increíble del comienzo de “Transatlántico”.

    Pasados diez años de escritas estas páginas sacrílegas en las que maldice a Polonia, pone en el diario que en ese barco, en “Transatlántico”, había regresado a su patria y se había convertido en un ciudadano. La patria, como a Mickiewicz, le suscita otra vez la afirmación de su espíritu polaco. Y la patria lo llama nuevamente cuando se va de la Argentina y lo sorprende diciendo que seguía siendo tan polaco como el primer día.

    Gombrowicz distinguía a Goethe como una de las más altas cumbres de la literatura universal. Antes que ninguna otra cosa Goethe se le asociaba a Gombrowicz con uno de los estilos de la grandeza. “¿Qué tema o problema podría ser más mío que ese acrecentamiento depravante de mi personalidad, inflada por la fama? Tengo que encontrar aquí mi propia solución (...)”

    “A la pregunta ¿cómo ser grande? debería darle una respuesta totalmente particular, De nada me sirve el Olimpo de Goethe. Nada de eso, ninguna de esas máscaras, ninguno de esos abrigos purpúreos”. Johann Wolfgang von Goethe fue un poeta, novelista, dramaturgo y científico alemán que ayudó a fundar el romanticismo, movimiento al que influenció profundamente.

    Goethe llegó a ser el más grande hombre de letras alemán y el último verdadero hombre universal que caminó por sobre la tierra. Su obra, que abarca géneros tan distintos como la novela, la poesía lírica, el drama e incluso sus controvertidos tratados científicos, dejó una profunda huella espiritual en importantes escritores, compositores, pensadores y artistas posteriores.

     Es incalculable la influencia que tuvo en la filosofía alemana y la constante fuente de inspiración que significó para todo tipo de obras. De inteligencia superdotada, y provisto de una enorme y enfermiza curiosidad, hizo prácticamente de todo y llegó a acumular una cultura verdaderamente completa. En su complejo y grandioso “Fausto” se encuentra el último mito que fue capaz de engendrar la cultura europea.

    Es el mito de cómo la grandeza intelectual y la sed omnímoda de saber pueden, sin embargo, engendrar la miseria moral y espiritual. El “Fausto” de Goethe fue acumulando los resultados de su gran cultura, de su poderosa inteligencia y de su notable sensibilidad. Por eso la obra parece una summa artis donde se pueden leer cosas de la más sutil perspicacia, correspondiente a dos grandes canteras: la del espíritu burlón y la de la sabiduría filosófica.

    “El hombre se encuentra siempre por debajo de sus valores, siempre desacreditado, hasta el punto que ser hombre significa ser peor, peor de lo que se produce... ¿Acaso este hombre no buscará la descarga de su propia vida psíquica en la esfera que le es propia, o sea, en la esfera de la pacotilla? Quien no llega a aprehender, a sentir esta degradación en “Ferdydurke”, en “El casamiento” y en mis otras obras, no ha comprendido lo más esencial de mí”.

    Las formas polacas se iban convirtiendo en caricaturas; el honor, las reglas de la buena educación, el besa manos, la moda y casi todas las costumbres llegaban a su fin, se escapaba de ellas su contenido vivo quedándose nada más que con la rigidez de la forma pura. Los cambios violentos del comportamiento atraían cada vez más su atención sobre el papel de la forma en la vida, sobre la poderosa influencia del gesto en nuestra esencia más íntima.

     El amor por su tiempo junto al sentimiento de solidaridad con su generación, eran muy fuertes en Gombrowicz, eran pasiones que había experimentado la juventud de todo el mundo, una magia de la historia que después no se volvería a repetir. Fue una época prometedora también para los polacos aunque después cayera sobre ellos otra vez la sangre y el dolor, pues en aquellos años aún no sabían que en los dos imperios derrotados por la guerra se incubaba una nueva catástrofe universal.

    Es entonces cuando la idea de la caricatura, la forma y la deformación se convierten para Gombrowicz en una y la misma cosa. Es entonces también cuando la facha y el cucul se entronizan en su vida y ya no lo abandonan más. Había pasado un cuarto de siglo desde la aparición de “Ferdydurke” en Polonia, y Gombrowicz se dispone a dar una clase elemental de su filosofía, a pensar de la desconfianza que le tenía a la enseñanza.

    Intenta sortear los escollos de la enseñanza y se presenta de una manera sencilla, como el autor de la facha y del cucul. Pegarle la facha a alguien es ponerle una máscara, disfrazarlo y deformarlo. Cuando un hombre trata a otro hombre que no es nada tonto como si fuera tonto, le está pegando la facha, y la cuculización opera de la misma manera, sólo que en el caso de la cuculización un adulto es tratado como si fuera un niño, y la deformación que sufre lo transforma en un inmaduro.

    La conciencia de las transformaciones que sufre el hombre por la acción de los otros es la razón por la que Gombrowicz ha ocupado un lugar especial en la literatura, la importancia que le ha dado a la forma tanto en la vida social como en la personal es el punto de partida de su psicología.

    Gombrowicz desmontó buena parte de las posiciones de la cultura de las formas en sus diarios, y buena parte de las posiciones de la cultura literaria en su creación artística echando mano a su conciencia y a su inmadurez. Sin embargo, no pudo elaborar un pensamiento compatible para que las formas y la inmadurez convivieran juntas en una teoría que no se devorara a sí misma.

    Dio explicaciones analíticas y realmente simples en sus diarios y en los prólogos de sus novelas y de sus piezas de teatro con el propósito de divulgar un pensamiento y una visión del mundo sobre su propia obra. Esto lo hacía a sabiendas de que estas explicaciones no podían resultar un acercamiento suficiente a los problemas que introduce la inmadurez en la esfera de la cultura.

    En el año de la primavera polaca se levantaron las barreras del index y sólo siguió prohibida la publicación de sus diarios, la crítica del país se ocupó de este renacimiento y Gombrowicz escribió que sólo lo estaban comprendiendo parcialmente. “Antes de la guerra ‘Ferdydurke’ pasaba por ser una novela escrita por el desvarío de un loco, pues en la época de la euforia creativa y las aspiraciones de grandeza no hacía más que estropearlo todo (...)” Hoy, cuando la Facha y el Cucul han castigado dolorosamente al pueblo, mi libro ha sido elevado al rango de sátira. Ahora se dice que es un libro razonable, la obra de un racionalista lúcido que juzga y vapulea con premeditación, una obra casi clásica y perfectamente sopesada. Pasar de loco a racionalista, ¿es eso un ascenso para un artista?”.

    Para atacar la concepción simplista de la crítica literaria da una explicación sobre el significado de “Ferdydurke”. La idea de que el hombre es creado por los hombres, es decir, por el grupo social que le impone las costumbres, los convencionalismos y el estilo debe ser sobrepasada, para Gombrowicz era más importante destacar que el hombre es también creado por otra persona en los encuentros casuales.

    De modo que es más que el producto de su clase social como explicó Marx, es también el resultado del contacto con otro hombre y del carácter casual, directo y salvaje de ese contacto del que nace una forma a menudo imprevista y absurda. Esa forma no es necesaria para uno mismo sino para que el otro me pueda ver y experimentar, es un elemento imposible de dominar.

    Un hombre así, creado desde el exterior por el grupo social, pero más especialmente por el contacto casual con el otro, debe ser esencialmente inauténtico pues está determinado por la forma que nace entre los hombres. El hombre es entonces un actor natural desde el nacimiento. “Ser hombre quiere decir ser actor, ser hombre significa imitar al hombre, ser hombre es comportarse como hombre sin serlo en lo más profundo de uno mismo, ser hombre es recitar lo humano”

    En estas condiciones lo único que los hombres pueden hacer es confesar que la sinceridad está fuera de nuestro alcance y constatar que el deseo de “ser yo mismo” está perpetuamente condenado al fracaso. Sin embargo, es la degradación, un subproducto de la actividad de la inmadurez, más que la deformación, la que le confiere al estilo de Gombrowicz un carácter propio.

    Si el hombre no puede expresarse con transparencia no es sólo porque los demás lo deforman sino, sobre todo, porque sólo es expresable lo que tiene forma, lo demás, es decir, la inmadurez, se queda en silencio. La forma desacredita a la inmadurez y humilla a esta parte del hombre; las bellas artes, las filosofías y las morales nos ponen en ridículo porque nos superan, porque son más maduras que nosotros.

    “Interiormente no somos capaces de estar al nivel de nuestra cultura, es un hecho que hasta ahora no ha sido suficientemente tenido en cuenta y que, sin embargo, es decisivo para la tonalidad de nuestra vida cultural. En el fondo somos unos eternos mocosos”. Gombrowicz cumplía al pie de la letra con nosotros, aquí en la Argentina, con este programa de eternos mocosos.

    Cuando le pagó a dos jóvenes francesas con seis gatitos recién nacidos recogidos de la calle la traducción al francés que habían hecho de “El casamiento”; cuando delante de un cordero asado recién puesto a la mesa le dijo a la criada: –qué hermosa ave; cuando se miraba al espejo y recitaba: –miro mis rasgos de aristócrata, pareciera que mis facciones, día a día, registran mejor todo mi linaje; cuando delante de un mozo comunista que lo estaba sirviendo dijo: –primero los alemanes, luego los rusos, ¿qué ha sido de mis vacas y de mis criados?; cuando se presentaba como conde con derecho al taburete porque su abuelita era grandeza de España; cuando nos explicaba que no había retornado a la lejana Polonia debido a sus intensos estudios del alma sudamericana comenzados el día anterior a la partida del barco; cuando...



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