WITOLD GOMBROWICZ, MICKIEWICZ Y GOETHE Los
pasajes de mi diario que tratan de mi polonidad han sido leídos
muy superficialmente por los lectores occidentales. Incluso han llegado
a decir que sería mejor suprimirlos pues no tenían ningún
interés. Ya es hora que los herederos de culturas superiores dejen
de hacer tantos alardes. Si sustituimos el término Polonia por
Argentina, Canadá, Rumania... podremos observar cómo mis
declaraciones se amplían hasta cubrir una buena parte del globo
(...) Estas declaraciones pueden aplicarse a todas las culturas europeas secundarias. Yo era polaco, me encontraba en Polonia, ¿y qué es Polonia? Es un país entre el Este y el Oeste, casi en el límite de Europa, un país de paso donde el Este y el Oeste se amortiguan mutuamente. Ninguno de los grandes movimientos de la cultura europea han afectado verdaderamente a Polonia, ni las guerras de religión, ni la Revolución Francesa, ni la revolución industrial (...) Allí
sólo llegan ecos atenuados; tampoco la Revolución Rusa fue
vivida en Polonia, sólo sus resultados penetraron por la fuerza
en el país, absolutamente prefabricados. Y en cuanto al catolicismo,
sí, Polonia se encuentra en la órbita de Roma, es cierto,
pero el catolicismo polaco es pasivo, se resume en la observación
rigurosa del catecismo, nunca colaboró de manera creativa con la
Iglesia (...) Esas llanuras, pues, expuestas a todos los vientos, eran desde hacía mucho tiempo el escenario de un gran compromiso con la forma y de su degradación, todo se desvanecía, se disgregaba. Desde hacía ciento cincuenta años la literatura polaca se veía estrangulada por el drama que suponía la pérdida de la independencia, se hallaba reducida a la dimensión de las desgracias locales. Mickiewicz era la figura más destacada de esta literatura (...) ¿Cómo
podía yo apoyarme en Mickiewicz, un poeta magnífico pero
cuyos horizontes y concepciones eran los de un niño piadoso, perdido
en un cándido misticismo? ¿Acaso apoyándome en él
podría luchar por mí? Basta comparar a Mickiewicz con Goethe
para comparar lo peregrino de este proyecto. Si como hombre, como polaco
y como artista me hallaba condenado a la imperfección, no servía
de nada poner buena cara al mal tiempo y simular ante mí mismo
y ante el mundo que todo iba sobre ruedas (...) Era, por el contrario, una cuestión de honestidad, de dignidad, de juicio y de vitalidad, romper de una vez y para siempre con la mistificación. Tironeado por el provincialismo de Mickiewicz y por el universalidad de Goethe, Gombrowicz emprende su arduo combate con la forma en Ferdydurke. Adam Mickiewicz fue un poeta y patriota polaco, cuya obra marca el comienzo del Romanticismo en su país. A
lo largo de toda su vida Mickiewicz luchó por la independencia
de Polonia. Sus poemas abordan temas nacionalistas polacos y presentan
una imagen heroica, si bien melodramática, del alma humana, y una
visión byroniana de la libertad y el heroísmo. Adam Mickiewicz,
Juliusz Slowacki y Zygmunt Krasinski son los tres poetas profetas de Polonia. A partir de estos guías espirituales de la nación Gombrowicz empieza a recorrer un largo camino que culmina cuando pronuncia su conferencia Contra los Poetas, una de las piezas literarias más analizadas por los hombres de letras hispanohablantes. La grandeza del hombre clásico se expresa en su voluntad de dominio, es una postura en la que el hombre trata de ser dueño y señor. La
postura romántica, en cambio, se expresa en el sometimiento del
hombre, en el aguante y en el sufrimiento, la grandeza del hombre romántico
recién aparece cuando se convierte en víctima de un mundo
que lo supera. Mickiewicz encarna la postura romántica del aguante
y el sufrimiento, su grandeza proviene de su lucha contra un enemigo que
lo somete y lo hace víctima de una fuerza que lo aplasta. Los artistas y los intelectuales polacos de antes de la guerra fueron entonces también responsables de no ajustar las cuentas con ese pedazo de tierra creado por las condiciones de su existencia histórica y por su situación especial en el mundo, de modo que la leyenda polaca del romanticismo y del idealismo, de la que Mickiewicz era el campeón, se extinguiera. Hasta
que el existencialismo apareció en el mundo de manera más
o menos definida, el pensamiento era un instrumento que funcionaba hacia
fuera con el propósito de dominar el mundo de las cosas en el que
nos movemos, pero desde el advenimiento de la nueva manera de ver las
cosas, el pensamiento se convirtió en un acto gracias al actual
el hombre se crea a sí mismo. Los razonamientos abstractos y objetivos son precedidos por una libre elección, primero elegimos el mundo y después buscamos argumentos para justificar la elección. Esta posición de la conciencia pone, de manera evidente, a la abstracción y a la ciencia en la vereda de enfrente, y lo hace en nombre de una verdad interior, de una verdad subjetiva y no objetiva. Una
vez que Gombrowicz termina de poner en claro este aspecto del existencialismo,
se pregunta si en Polonia se puede manifestar con la misma fuerza que
en Europa Occidental la rebelión contra la ciencia. Antes de la
guerra el país era romántico y le tenía desconfianza
a la ciencia. Mickiewicz les seguía enseñando a los polacos
que el sentimiento y la fe hablaban con más fuerza que la lupa
y el ojo del sabio. La segunda guerra mundial le da una terrible paliza a ese espíritu romántico de Polonia, al país le empieza a resultar indispensable un mayor grado de sensatez, es decir, un mayor grado de realismo, es entonces que le sirven en el plato de la ciencia y de la política una teoría presuntuosa que se jacta de ser un pensamiento racional, le sirven el marxismo científico. En
el medio de un mundo de hombres paralizados a Gombrowicz se le ocurre
ponerse en contra del lema del romanticismo polaco que convocaba a los
jóvenes a medir las fuerzas por las intenciones y no las intenciones
por las fuerzas, y escribe Ferdydurke con un propósito
restringido, pero la obra se la va de las manos, le sale el tiro por la
culata y se pone en línea con la Oda a la juventud
de Adam Mickiewicz. Mi novela Transatlántico nació en mí como un Pan Tadeuz al revés. El poema de Mickiewicz, escrito también en el exilio hace más de cien años, la obra maestra de nuestra poesía nacional, supone una afirmación del espíritu polaco suscitada por la nostalgia. En Transatlántico quería oponerme a Mickiewicz. Esta presión contra la patria va creciendo hasta que Gombrowicz pronuncia la blasfemia increíble del comienzo de Transatlántico. Pasados
diez años de escritas estas páginas sacrílegas en
las que maldice a Polonia, pone en el diario que en ese barco, en Transatlántico,
había regresado a su patria y se había convertido en un
ciudadano. La patria, como a Mickiewicz, le suscita otra vez la afirmación
de su espíritu polaco. Y la patria lo llama nuevamente cuando se
va de la Argentina y lo sorprende diciendo que seguía siendo tan
polaco como el primer día. Gombrowicz distinguía a Goethe como una de las más altas cumbres de la literatura universal. Antes que ninguna otra cosa Goethe se le asociaba a Gombrowicz con uno de los estilos de la grandeza. ¿Qué tema o problema podría ser más mío que ese acrecentamiento depravante de mi personalidad, inflada por la fama? Tengo que encontrar aquí mi propia solución (...) A
la pregunta ¿cómo ser grande? debería darle una respuesta
totalmente particular, De nada me sirve el Olimpo de Goethe. Nada de eso,
ninguna de esas máscaras, ninguno de esos abrigos purpúreos.
Johann Wolfgang von Goethe fue un poeta, novelista, dramaturgo y científico
alemán que ayudó a fundar el romanticismo, movimiento al
que influenció profundamente. Goethe llegó a ser el más grande hombre de letras alemán y el último verdadero hombre universal que caminó por sobre la tierra. Su obra, que abarca géneros tan distintos como la novela, la poesía lírica, el drama e incluso sus controvertidos tratados científicos, dejó una profunda huella espiritual en importantes escritores, compositores, pensadores y artistas posteriores. Es
incalculable la influencia que tuvo en la filosofía alemana y la
constante fuente de inspiración que significó para todo
tipo de obras. De inteligencia superdotada, y provisto de una enorme y
enfermiza curiosidad, hizo prácticamente de todo y llegó
a acumular una cultura verdaderamente completa. En su complejo y grandioso
Fausto se encuentra el último mito que fue capaz de
engendrar la cultura europea. Es el mito de cómo la grandeza intelectual y la sed omnímoda de saber pueden, sin embargo, engendrar la miseria moral y espiritual. El Fausto de Goethe fue acumulando los resultados de su gran cultura, de su poderosa inteligencia y de su notable sensibilidad. Por eso la obra parece una summa artis donde se pueden leer cosas de la más sutil perspicacia, correspondiente a dos grandes canteras: la del espíritu burlón y la de la sabiduría filosófica. El
hombre se encuentra siempre por debajo de sus valores, siempre desacreditado,
hasta el punto que ser hombre significa ser peor, peor de lo que se produce...
¿Acaso este hombre no buscará la descarga de su propia vida
psíquica en la esfera que le es propia, o sea, en la esfera de
la pacotilla? Quien no llega a aprehender, a sentir esta degradación
en Ferdydurke, en El casamiento y en mis otras
obras, no ha comprendido lo más esencial de mí. Las formas polacas se iban convirtiendo en caricaturas; el honor, las reglas de la buena educación, el besa manos, la moda y casi todas las costumbres llegaban a su fin, se escapaba de ellas su contenido vivo quedándose nada más que con la rigidez de la forma pura. Los cambios violentos del comportamiento atraían cada vez más su atención sobre el papel de la forma en la vida, sobre la poderosa influencia del gesto en nuestra esencia más íntima. El
amor por su tiempo junto al sentimiento de solidaridad con su generación,
eran muy fuertes en Gombrowicz, eran pasiones que había experimentado
la juventud de todo el mundo, una magia de la historia que después
no se volvería a repetir. Fue una época prometedora también
para los polacos aunque después cayera sobre ellos otra vez la
sangre y el dolor, pues en aquellos años aún no sabían
que en los dos imperios derrotados por la guerra se incubaba una nueva
catástrofe universal. Es entonces cuando la idea de la caricatura, la forma y la deformación se convierten para Gombrowicz en una y la misma cosa. Es entonces también cuando la facha y el cucul se entronizan en su vida y ya no lo abandonan más. Había pasado un cuarto de siglo desde la aparición de Ferdydurke en Polonia, y Gombrowicz se dispone a dar una clase elemental de su filosofía, a pensar de la desconfianza que le tenía a la enseñanza. Intenta
sortear los escollos de la enseñanza y se presenta de una manera
sencilla, como el autor de la facha y del cucul. Pegarle la facha a alguien
es ponerle una máscara, disfrazarlo y deformarlo. Cuando un hombre
trata a otro hombre que no es nada tonto como si fuera tonto, le está
pegando la facha, y la cuculización opera de la misma manera, sólo
que en el caso de la cuculización un adulto es tratado como si
fuera un niño, y la deformación que sufre lo transforma
en un inmaduro. La conciencia de las transformaciones que sufre el hombre por la acción de los otros es la razón por la que Gombrowicz ha ocupado un lugar especial en la literatura, la importancia que le ha dado a la forma tanto en la vida social como en la personal es el punto de partida de su psicología. Gombrowicz
desmontó buena parte de las posiciones de la cultura de las formas
en sus diarios, y buena parte de las posiciones de la cultura literaria
en su creación artística echando mano a su conciencia y
a su inmadurez. Sin embargo, no pudo elaborar un pensamiento compatible
para que las formas y la inmadurez convivieran juntas en una teoría
que no se devorara a sí misma. Dio explicaciones analíticas y realmente simples en sus diarios y en los prólogos de sus novelas y de sus piezas de teatro con el propósito de divulgar un pensamiento y una visión del mundo sobre su propia obra. Esto lo hacía a sabiendas de que estas explicaciones no podían resultar un acercamiento suficiente a los problemas que introduce la inmadurez en la esfera de la cultura. En el año de la primavera polaca se levantaron las barreras del index y sólo siguió prohibida la publicación de sus diarios, la crítica del país se ocupó de este renacimiento y Gombrowicz escribió que sólo lo estaban comprendiendo parcialmente. Antes de la guerra Ferdydurke pasaba por ser una novela escrita por el desvarío de un loco, pues en la época de la euforia creativa y las aspiraciones de grandeza no hacía más que estropearlo todo (...) Hoy, cuando la Facha y el Cucul han castigado dolorosamente al pueblo, mi libro ha sido elevado al rango de sátira. Ahora se dice que es un libro razonable, la obra de un racionalista lúcido que juzga y vapulea con premeditación, una obra casi clásica y perfectamente sopesada. Pasar de loco a racionalista, ¿es eso un ascenso para un artista?. Para
atacar la concepción simplista de la crítica literaria da
una explicación sobre el significado de Ferdydurke.
La idea de que el hombre es creado por los hombres, es decir, por el grupo
social que le impone las costumbres, los convencionalismos y el estilo
debe ser sobrepasada, para Gombrowicz era más importante destacar
que el hombre es también creado por otra persona en los encuentros
casuales. De modo que es más que el producto de su clase social como explicó Marx, es también el resultado del contacto con otro hombre y del carácter casual, directo y salvaje de ese contacto del que nace una forma a menudo imprevista y absurda. Esa forma no es necesaria para uno mismo sino para que el otro me pueda ver y experimentar, es un elemento imposible de dominar. Un
hombre así, creado desde el exterior por el grupo social, pero
más especialmente por el contacto casual con el otro, debe ser
esencialmente inauténtico pues está determinado por la forma
que nace entre los hombres. El hombre es entonces un actor natural desde
el nacimiento. Ser hombre quiere decir ser actor, ser hombre significa
imitar al hombre, ser hombre es comportarse como hombre sin serlo en lo
más profundo de uno mismo, ser hombre es recitar lo humano En estas condiciones lo único que los hombres pueden hacer es confesar que la sinceridad está fuera de nuestro alcance y constatar que el deseo de ser yo mismo está perpetuamente condenado al fracaso. Sin embargo, es la degradación, un subproducto de la actividad de la inmadurez, más que la deformación, la que le confiere al estilo de Gombrowicz un carácter propio. Si
el hombre no puede expresarse con transparencia no es sólo porque
los demás lo deforman sino, sobre todo, porque sólo es expresable
lo que tiene forma, lo demás, es decir, la inmadurez, se queda
en silencio. La forma desacredita a la inmadurez y humilla a esta parte
del hombre; las bellas artes, las filosofías y las morales nos
ponen en ridículo porque nos superan, porque son más maduras
que nosotros. Interiormente no somos capaces de estar al nivel de nuestra cultura, es un hecho que hasta ahora no ha sido suficientemente tenido en cuenta y que, sin embargo, es decisivo para la tonalidad de nuestra vida cultural. En el fondo somos unos eternos mocosos. Gombrowicz cumplía al pie de la letra con nosotros, aquí en la Argentina, con este programa de eternos mocosos. Cuando le pagó a dos jóvenes francesas con seis gatitos recién nacidos recogidos de la calle la traducción al francés que habían hecho de El casamiento; cuando delante de un cordero asado recién puesto a la mesa le dijo a la criada: qué hermosa ave; cuando se miraba al espejo y recitaba: miro mis rasgos de aristócrata, pareciera que mis facciones, día a día, registran mejor todo mi linaje; cuando delante de un mozo comunista que lo estaba sirviendo dijo: primero los alemanes, luego los rusos, ¿qué ha sido de mis vacas y de mis criados?; cuando se presentaba como conde con derecho al taburete porque su abuelita era grandeza de España; cuando nos explicaba que no había retornado a la lejana Polonia debido a sus intensos estudios del alma sudamericana comenzados el día anterior a la partida del barco; cuando...
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