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Juan Carlos Gómez

GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y VICTOR HUGO



   “Posiblemente sea injusto y algo cruel que mi alta vocación haya estado marcada por una falta de ilusiones tan terrible, por una lucidez tan implacable. La ira que me acomete cuando pienso en Gide e incluso Victor Hugo, ¿no estará relacionada con el hecho de que ellos, a pesar de todo, eran capaces de leerle a alguien un texto suyo sin esa desesperante sospecha de estar aburriendo? (...)”

     “También pienso que un poco de conciencia de lo que llamamos la importancia social del artista me hubiera sido más conveniente que esa certeza de ser socialmente un cero, un marginal. Después de todo es bastante triste: consagrarse al arte y estar al mismo tiempo excluido del arte, de su ceremonial, de sus jerarquías, de sus valores, de sus encantos –con una desconfianza casi campesina, con una sonrisa campesina entre astuta y malévola (...)”

    “Y si consideramos que en el fondo de esta cuestión hay una frivolidad sumamente placentera y bendita, entonces pregunto por qué no he experimentado nunca esas intrigas y diversiones, esas travesuras y jugueteos artísticos que conocieron los skamandritas, los románticos en tiempos de Victor Hugo, los surrealistas o cualquier otra juventud alocada. Mi época ha sido sangrienta y severa, de acuerdo (...)”

    “Guerra, revolución, emigración. Pero ¿por qué escogí justamente esa época (cuando nací en 1904, en Maloszyce)? Soy un santo. Sí, soy un santo... y un asceta. En mi vida hay una contradicción que me arrebata de las manos la comida justo cuando la acerco a la boca. No sé qué escribir ahora, tras acabar ‘Opereta’, y no sé que escribir en este momento en el diario. Situación nada envidiable”

    Gombrowicz hace mal al comparar su alta vocación literaria con la de Vitor Hugo, y mucho más cuando piensa en la importancia social del artista, se asegura de este modo la manera de no quedar bien parado. Victor Hugo se propuso un objetivo a los catorce años: “Quiero ser Chateaubriand o nada”, y más que cumplió con este objetivo. Gombrowicz, en cambio, llegó boqueando al Premio Internacional de Literatura, y dos años después se despidió del mundo.

    Victor Hugo proclamó el principio de la libertad en el arte, y definió su tiempo a partir del conflicto entre la tendencia espiritual y el apresamiento en lo carnal del hombre. Sus escritos satíricos, su poesía filosófica en la que traza el camino de la humanidad hacia la verdad y el bien desde la época bíblica, y la denuncia de la situación de las clases más humildes lo convirtieron en el poeta por antonomasia del romanticismo.

    Su prestigio se acrecentaba sin cesar: su cumpleaños octogenario fue celebrado oficialmente, los senadores en la tribuna se levantaron sin excepción para rendirle honores. Considerado como uno de los mayores poetas franceses, influyó sobre Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé y también sobre los surrealistas. Planteó un llamamiento a la liberación de las restricciones que imponían las tradiciones del clasicismo.

    Este encendido llamamiento de Victor Hugo a romper con las tradiciones literarias se convirtió muy pronto en el manifiesto del romanticismo. Su gran novela histórica “Nuestra Señora de París”, un cuento que se desarrolla en el París del siglo XV, lo hizo famoso y le condujo al nombramiento de miembro de la Académie Française el que, pese a sus intenciones, mantuvo por un solo período.

    Se opuso a las convenciones clásicas, en especial a la unidad de tiempo y a la unidad de lugar, oposición que puso en práctica en la obra “Hernani”, posteriormente adaptada por Giuseppe Verdi en su ópera “Ernani”, además de “El rey se divierte” que adaptó a su ópera “Rigoletto”. Esta última obra musical provocó el disgusto de Víctor Hugo con Verdi, no le pidió permiso para realizar esa obra, por lo que luchó por los derechos de autor durante toda su vida.

    Victor Hugo consagra una tercera parte de su obra a la política, otra tercera parte a la religión. y otra más a la filosofía humana y social. El pensamiento de Victor Hugo, complejo y profundo, rechaza cualquier condena de las personas y cualquier maniqueísmo, pero no por ello deja de juzgar severamente la sociedad de su tiempo, especialmente en “Los Miserables”, su obra más famosa.

    Una esperanza que nunca abandona es la de los futuros Estados Unidos de Europa. Sus contemporáneos juzgan absurda esa idea: se considera que la rivalidad entre Francia y Alemania no puede desaparecer. Habrá que esperar hasta la segunda mitad del Siglo XX para que esta idea se retome y se admita, llegando incluso a concretarse con la generalización del euro: el comercio había sustituido a la guerra tal como Victor Hugo había previsto.

    “Los Miserables” es la obra más conocida de Victor Hugo en la se exaltan los valores nacionales y la acción del pueblo contra el rey. JeanValjean era un hombre que había sido arrestado y condenado a prisión por robar un pedazo de pan. Mientras buscaba asilo por una noche tocó a las puertas de un obispo, quien lo recibió de buen grado.

    Valjean vio la platería de su anfitrión y esa noche intentó robarla, la sirvienta lo vio y lo acusó. El obispo la reprendió y le regaló los objetos al huésped. Jean prometió a partir de ese momento volverse un hombre nuevo. Cuando se superó conoció a los Thenardier, quienes le vendieron una niña llamada Cossette a quien convenció de que él era su verdadero padre. Llegan a Vigau, ahí Valjean cambia su nombre por Monseniur La maire y se vuelve Ministro de Justicia.

    Pronto llega a Vigau un hombre que despierta en La maire sentimientos oscuros del pasado: el Inspector Javert. Se reconocen y el Inspector desea desenmascarar al falso Ministro; manda una orden a Arras, pero le niegan la aprensión del honorable La maire. Llega la noticia desde Arras de que Jean Valjean había sido capturado y Monseniur La maire defiende al hombre que era inocente por miedo de revelar su verdadera identidad.

    Mientras esto pasa, Cossette, que ya era una bella señorita, se enamora de un joven idealista: Marius. Valjean concede a Marius la mano de su hija y luego huye. La revolución se desata, matan a Marius. Javert se encuentra finalmente con Valjean, y queda en situación de desventaja, pero Valjean le perdona la vida y Javert se suicida. Al fin Jean Valjean pudo vivir como un hombre libre.

    Victor Hugo regresa de su exilio con la proclamación de la tercera república. Al llegar a París la gente salió por la calle para recibirle con todos los honores. Fue de nuevo elegido diputado. En 1871 se le hizo un homenaje por el quincuagésimo aniversario de “Nuestra señora de París”, al cual asistieron seiscientos mil parisinos. Intentó de nuevo ser miembro de la Academia francesa, aunque falleció sin poder realizar el que era su último sueño en su vida.

     Murió a causa de una neumonía y poco antes de morir dio cincuenta mil francos a los pobres. De acuerdo a su última voluntad, se lo entierra en el Panteón de París, al que llega en el “coche fúnebre de los pobres”. Su ataúd había permanecido durante bastantes días bajo el Arco de Triunfo, donde fue visitado por unos tres millones de personas. Fue designado como el Rey Sol de la literatura.

    “Hay otra cosa que también me parece injusta: que el mismo trabajo artístico me haya aportado tan pocos placeres puros, de aquellos que le están permitidos a los artistas; a pesar de todo, si el escribir me proporciona cierta satisfacción, es una satisfacción no sé por qué fría, intransigente, incluso hosca; cuántas veces escribo como un colegial obligado a hacer sus deberes, y muy a menudo incluso con miedo, o con una incertidumbre angustiosa (...)”

    “Cierto que en ocasiones llegué a obsesionarme totalmente, sin poder desprenderme de lo que estaba escribiendo, y, después de separarme del papel, durante horas permanecía aún en una extraña e inútil excitación repitiendo frases, expresiones acabadas de escribir. Recuerdo un paseo así en Buenos Aires, por la orilla del río, en plena obsesión, resonándome en la cabeza ni siquiera frases, sólo palabras sueltas de “El casamiento” (...)”
“Pero este estado parecía más bien una suerte de desbocamiento, de galope, una trepidación, un estremecimiento, y poco tenía que ver con la alegría”. A pesar de esta declaración amarga de Gombrowicz no son pocas las veces en las que escribe sin esa pesada carga de la satisfacción fría, intransigente y hosca, con miedo e incertidumbre, como por ejemplo en el “Filimor forrado de niño”.

    A fines del siglo dieciocho un campesino, nacido en París, tuvo un hijo, y aquel hijo tuvo un hijo, y ese hijo tuvo a su vez un hijo y luego hubo otro hijo… y el último hijo, campeón mundial de tenis, jugaba un mach en la cancha del Racing Club parisiense. Un coronel de zuavos, sentado en la tribuna lateral, empezó a envidiar el juego impecable de ambos campeones, y ansioso él también de exhibir sus habilidades, sacó una pistola y disparó contra la pelota.

    La pelota reventó, y los contendientes, privados imprevistamente de aquello que estaban golpeando, golpeaban con la raqueta en el vacío. Cuando cayeron en la cuenta de que sus movimientos era absurdos, se agarraron a trompadas y a raquetazos. Un trueno de aplausos estalló entre los espectadores.

    Aunque ésta no había sido la intención del coronel de zuavos, la bala que había disparado siguió su trayectoria y le dio en el cuello a un industrial armador que estaba sentado en la tribuna de enfrente. La esposa del herido, viendo borbotear la sangre de la arteria atravesada, quiso echarse sobre el coronel para quitarle el arma, pero, como estaba inmovilizada por la muchedumbre, le dio un cachetazo al vecino de la derecha. El abofeteado resultó ser epiléptico, y bajo la conmoción producida por el golpe, estalló como un géiser en medio de convulsiones.

    La pobre mujer se encontró de pronto entre un hombre que manaba sangre por el cuello y otro que echaba espuma por la boca. El publicó atronó el estadio con aplausos. Un caballero que estaba sentado cerca de la desgraciada señora tuvo un acceso de pánico y saltó sobre la cabeza de una dama que estaba sentada más abajo, la mujer se irguió y brincó hacia la cancha arrastrándolo en su carrera.

     El vecino de la izquierda del caballero, un jubilado humilde y soñador, hacía muchos años que soñaba con saltar sobre las personas ubicadas más abajo, así que estimulado por el ejemplo de lo que estaba viendo, sin la menor tardanza saltó sobre una dama que tenía abajo recién llegada de África. La joven se imaginó que ésa era una costumbre del país y sin pensarlo ni un momento también brincó tratando de conservar la naturalidad de los movimientos.

     La parte más culta del público aplaudió para disimular el escándalo delante de los representantes de los países extranjeros, mientras la parte menos culta de la concurrencia tomó los aplausos como una señal de aprobación y empezó a cabalgar a sus damas. Como los extranjeros no salían de su asombro las personas presentes más distinguidas, también para disimular el escándalo, cabalgaron a sus damas.

    Un tal marqués de Filimor, disgustado y ofendido por los acontecimientos, de improviso se sintió gentleman, y desde el medio de la cancha, pálido y decidido, preguntó si alguien, y quién precisamente, quería ofender a la marquesa de Filimor. Arrojó a la cara de la muchedumbre un puñado de tarjetas con la inscripción de “Philippe de Filimor”. Un silencio mortal reinó en el estadio.

     De repente, no menos de treinta y seis caballeros se acercaron a la marquesa montados sobre mujeres de pura raza para ofenderla y para sentirse ellos mismos gentlemen. Pero la marquesa, a raíz del asusto, abortó y parió un niño que empezó a berrear a los pies del marqués bajo los cascos de las mujeres piafantes. “El marqués, repentinamente, forrado de niño, dotado y complementado de niño, mientras actuaba en forma particular y como un gentleman en sí, y adulto, se avergonzó y se fue a su casa en tanto un trueno de aplausos se oía entre los espectadores”

    Gombrowicz tampoco era tan ajeno a las intrigas, a las diversiones y a los jugueteos artísticos. Tenía con las poetisas una relación jocosa y más bien despectiva, siguiendo la línea general de sus relaciones con toda la poesía. Se embarca en el buque General Artigas y se va con el Asno a Montevideo a pasar una vacaciones. Desembarcan, se alojan en un hotel y a la noche van a una conferencia que da Dickman en la Asociación de Escritores.

     En la sala flota en el aire la cortesía, la banalidad y el aburrimiento. La poetisa Paulina Medero preside la sesión: –Tenemos el honor de presentar al señor Gombrowicz a quien saludamos; quizás quiera decirnos unas palabras; –Bien, Paulina, pero de hecho, ¿qué es lo que he escrito yo? ¿Cuáles son los títulos? Dickman acude en auxilio de Paulina: –Yo sé, Gombrowicz publicó una novela en Buenos Aires traducida del rumano, no, del polaco, “Fitmurca”... no, “Fidefurca”.

    Se produce un malestar generalizado. Termina el acto y Gombrowicz estampa en el libro de la Asociación su firma, tras lo cual se lo pasa al Asno para que lo firme también. Esto vuelve a provocar inquietud porque el Asno está en la edad del servicio militar y todavía no tiene aspecto de literato. De ahí se fueron con Paulina y Dickman a un restaurancito que se daba aires, en el que los poetas habían preparado un banquete para homenajear a un profesor.

    Se levantan los poetas y las poetisas y sueltan poemas en honor del profesor. Cada uno de los cincuenta poetas presentes tenía que pronunciar su poema de homenaje. Gombrowicz llama al mozo, pide dos botellas de vino y empieza a tomar. Le llega el turno a una poetisa grasienta y barrigona, se levanta de un salto, mientras balancea el busto de un lado para otro y agita los brazos, emite manojos de rimas nobles.

    Gombrowicz no aguantó más y lanzó una carcajada tras la espalda del Asno, que también soltó una carcajada pero sin ninguna espalda que lo protegiera. En medio de miradas indignadas se levantó el laureado para soltar su discurso, Gombrowicz y el Asno aprovecharon la oportunidad y ahuecaron el ala. “¡Chismes al canto! Al día siguiente, mientras cenábamos, Dipi oyó que en la mesa vecina se hablaba del escándalo en la Asociación de Escritores y de la provocación en el banquete de poetas... ¡Alguien aconsejaba escribir a Ernesto Sabato para preguntarle si su carta dirigida a Julio Bayce en la que me recomendaba calurosamente era auténtica!”



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