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Juan Carlos Gómez

GOMBROWICZIDAS

WITOLD GOMBROWICZ Y LOUIS ARAGON



     “Los primeros escritos que me procuraron alguna satisfacción fueron: ‘El bailarín del abogado Kraykowski’, ‘El diario de Stefan Carniecki’, ‘La virginidad’ y ‘Crimen premeditado’. Escribí estos cuentos a los veinticuatro y veinticinco años, pero ya me venía ejercitando en la escritura desde los dieciséis años. Una cruel disparidad de nivel caracteriza estos comienzos (...)”

    “Esos primeros escritos eran ingenuos y torpes, cuando yo mismo ya no era tan ingenuo ni tan torpe, la pluma me traicionaba y eso me hacía sufrir. Transcurridos algunos años escribí ‘El bailarín del abogado Kraykowski’, un cuento que parecía bueno, eso ya era literatura, a partir de entonces empecé a practicar la escritura en serio. ¿Por qué adopté desde el principio un tono tan fantástico, tan excéntrico, tan extravagante? (...)”

   “¿Por qué corté de inmediato con la realidad normal, para entregarme a la manía, a la locura, al absurdo? Es cierto que me había formado en ello en el curso de mis discusiones con mi madre, pero ésta no podía ser la única razón, y sin duda la forma aristocrática de los cuentos, aferrada a su propio esplendor, iba unida a mis miserias personales, vergonzosas, miserias crueles y angustiosas (...)”

     “Yo buscaba el estilo del pensamiento fundamental, el estilo de una sensibilidad para llegar al fondo de las cosas, así como la independencia, la libertad, la sinceridad, acaso también la maestría... Devoraba el estilo, el modo de expresarse, el tono, la manera de ser de esas personas importantes, con la avidez de un hambriento. A fin de poder seguir viviendo del dinero paterno (era incapaz de trabajar para ganarme la vida) , realicé un período de prácticas sin sueldo en los tribunales de Varsovia (...)”

   “Fue entonces que escribí esos primeros cuatro cuentos a los que completé con otros cuatro: ‘El festín de la condesa Kotlubaj’, ‘Aventuras’, ‘En la escalera de servicio’ y ‘Acerca de lo que ocurrió a bordo de la goleta Banbury’. Estas ocho novelas cortas aparecieron en el año 1933 con el título de ‘Memorias del tiempo de la inmadurez’, una obrita que aspiraba a ser brillante, un artificio reverberante de fantasía, de invención, de humor, de ironía (...)”

    “Después escribí los dos ‘Filifor’, ‘La rata’ y ‘El banquete’, más logrados desde el punto de vista técnico, pero que no diferían esencialmente de los cuentos anteriores. Por entonces me daba mucha vergüenza escribir, me escondía, ocultaba mis papeles cuando alguien entraba a mi habitación, y todavía hoy la desfachatez de los escritores noveles con su yo soy poeta, me fastidia tanto como el ostentoso despliegue de sus colas de pavo real al que se entregan los poetas consagrados y glorificados, del tipo de Aragon con su Elsa”

    Para comprender un poco la vergüenza que le producía a Gombrowicz el ostentoso despliegue de Aragon con su esposa Elsa vamos a echarle una mirada a este poeta. Louis Breton fue uno de los fundadores del surrealismo junto a André Breton. Militó en el partido comunista francés aunque sin perder su espíritu crítico. Una buena parte de su poesía está inspirada en el amor a su esposa, Elsa Triolet.

    En el poema “Cántico a Elsa”, Aragon la describe durmiendo como si en ese silencio le comunicara misterios, que logran compensar el aislamiento en que viven y a la vez avivar la pasión de esta pareja. Aragon estuvo muy enamorado de Triolet, en este poema han pasado trece años de conocerse y ambos se sienten satisfechos de la relación. Se aprecia el cariño sincero del poeta surrealista por su mujer, como un valor escaso en una sociedad individualista.

    El poeta da relevancia a la compañía de Elsa, como un desencadenante de la maravilla que han compartido. El amor se vuelve una visión del espíritu de la pareja, pues viven en idilio, en compenetración, se bastan a ellos así estén en soledad. La relación se valora por si misma en este poema, el Eros se hace presente en materia y espíritu, cuando están abrazados y cuando él la contempla durmiendo, en el descanso de su Eros.
Aragon quiso mucho a Triolet, quien ya era divorciada y venía de haber convivido con distintos hombres. Sin embargo a pesar de su mayor experiencia erótica, el poeta trata a su amada como una niña, en todo caso esto es un reconocimiento de Aragon a Elsa, quien deja de vivir como mujer liberada para quedarse a su lado definitivamente. El sueño de Elsa se une a su amor durante su vigilia como un regalo para Aragon, y como una invitación al misterio del amor, que aprende y verbaliza en su poesía.

    En este poema Aragon establece que con su mujer se bastan solos en el mundo, pues su relación ha madurado manteniendo el interés de su inicio. Ellos se han aislado por su posición política, también para que Elsa comience su carrera de escritora. La relación de pareja, incluso el matrimonio, son celebrados al máximo, ambos no desean más nada del mundo, se tienen a sí mismos porque gozan de un amor eterno, inagotable en sí mismo, que se sostiene solo.

    A trece años de su relación con Elsa Triolet, Louis Aragon decide rendirle un sincero homenaje en su poesía, resaltando la larga duración del amor frente a los problemas cotidianos, y el sentirse plenos y completos a pesar de estar en soledad respecto al resto del mundo. El poema muestra que esta pareja se ha comprendido a la perfección en base a la afinidad de caracteres, ambos escritores han tenido que compartir su mundo interior, sus motivaciones estéticas y el arte como modo de vida.

    La mezcla de moral, de amor y de comunismo que le viene a Gombrowicz del lado de Aragon le resulta insufrible. Gombrowicz piensa que a la literatura le resulta indispensable una moral, que sin moral no existiría la literatura, que la moral es el sex appeal de la literatura puesto que la inmoralidad es repulsiva y el arte debe ser atrayente. La moralidad en sus obras se manifiesta con mucha intensidad, es más fuerte que Gombrowicz.

    Él no busca la moralidad, pero ella lo busca a él y lo gobierna. La posguerra trajo una ola moralizadora en la literatura a caballo de los comunistas, los existencialistas y los católicos, pero en esta literatura resulta casi imposible separar la moral de las comodidades. Desgraciadamente, el lujo parece acompañar a esta moralidad también en un sentido concreto.

    Gracias a este tipo de moralidad Sartre, Camus, Mauriac, Aragon, Neruda… tuvieron una gran influencia en las jóvenes generaciones, fueron premiados con el Nobel y con la Academia, y consiguieron de un sistema capitalista inmoral riquezas, honores y amor. Con la moral el artista seduce a los demás y embellece a sus obras, es su sex appel, en consecuencia debería tratarla con la mayor delicadeza.

    El arte explícitamente moralizador era para Gombrowicz un fenómeno falso e irritante. Que el escritor sea moral, pero que hable de otra cosa, que la moral nazca de sí misma al margen de la obra. Gombrowicz se propuso debilitar en sus escritos todas las construcciones de la moral premeditada con el fin de que nuestro reflejo moral espontáneo pudiera manifestarse libremente.

    Gombrowicz escribió doce novelas cortas que las conocemos con dos títulos diferentes: “Memorias de los tiempos de la inmadurez” y “Bacacay”, nombre este último de una calle del barrio de Flores en la que vivió durante unos meses en el año 1940. A veces llama a estas narraciones novelas cortas, otras las llama cuentos, novela o cuento “El bailarín del abogado Kraykowski” es su primera historia conocida y publicada por Gombrowicz.
Adoptó desde el principio un tono fantástico, el absurdo de Gombrowicz tiene, sin embargo, la lógica ceremoniosa de los rituales y de las celebraciones. El snobismo jugó un papel importante en la formación de su estilo, aunque tenía perfecta conciencia de la vanidad y de la estupidez de esa actitud. Como esos líquidos que están en el mismo recipiente pero que no se mezclan, convivían en Gombrowicz su clase social y una conciencia penetrante y agnóstica.

    En el mismo recipiente se arremolinaban también las aguas turbias de sus anormalidades psíquicas y eróticas. Ninguna de esas realidades tenía predominio sobre las otras, Gombrowicz se encontraba entre ellas y tenía que fingir para no ser descubierto. El estilo de estas novelas cortas es brillante, humorístico e irónico pero los componentes de las narraciones son, la más de las veces, morbosos y repulsivos.

    Esos componentes repugnantes, no obstante, pierden mucho de su carácter repulsivo porque los utiliza como elementos de la forma, tienen un papel funcional y obedecen a un objetivo superior: la creación artística. El plasma sombrío que existía dentro de Gombrowicz está metido en estos cuentos, pero no desparramado como una marea hedionda, sino chispeante de humor y ennoblecido de poesía para alcanzar por el absurdo la inocencia.

    Gombrowicz intenta cancelar su deuda moral, quiere que la obra lo absuelva. Dentro de él existían elementos abominables, pero si él podía utilizarlos como componentes de la forma, entonces, a través de este procedimiento, se convertía en su dueño y señor. El ser confuso, indolente e inseguro que era quería ser de otra manera en el papel, un ser brillante, original, triunfador y purificado.

    No estaba en condiciones, pues, de hacer otra cosa más que la parodia de la realidad y del arte. La sensación de irrealidad lo ponía entre las cosas y no dentro de ellas, pero Gombrowicz buscaba la realidad y sabía que se la podía encontrar tanto en lo que es normal y sano como en la enfermedad y en la demencia. Los sondeos que estaba haciendo alrededor de la anormalidad y de la locura no llegaron a tocar fondo, por consiguiente sólo estaba en condiciones de escribir parodias.

    Si esas novelas hubieran sido sinceras Gombrowicz hubiera estado engañando a los lectores por la sencilla razón de que él no era sincero. La parodia a la que se vio obligado le permitió liberar a la forma desvinculándola de su pesantez y convirtiéndola en reveladora. Con este aparato formal paródico fue penetrando en un mundo que con posterioridad sacó a la superficie en sus novelas y en sus piezas de teatro.

    Hay en estas novelas cortas situaciones y visiones que no le van en zaga a lo que escribió después. Las reflexiones que estamos haciendo sobre sus comienzos artísticos tienen como inspiración los propios recuerdos de Gombrowicz. Pero el pasado no se recuerda tranquilamente, se recuerda con pasión. La memoria sólo recupera del pasado aquello que puede serle útil al presente para alimentar con lo que fuimos ayer lo que somos hoy.

    Las primeras tentativas literarias de Gombrowicz manifestaban, y él se daba cuenta de eso, una fuerte oposición rebelde y universal. Lo devoraba una rabia sorda contra todo lo que le facilitaba la existencia: el dinero, el origen, los estudios, las relaciones, todo aquello que, en fin, hacía de él un sibarita y un holgazán. Pero la locura era un asunto que preocupaba realmente a Gombrowicz.

    La sangre enfermiza de los Kotkowski que había heredado de su madre pesaba sobre él como una amenaza de posibles perturbaciones psíquicas. Ese temor fue más intenso en los años en que su imaginación estaba desbocada y oscilaba entre la neurosis y la psicosis. La neurosis estaba radicada en la zona consciente de sus complejos a los que transformaba en un valor cultural escribiendo.

    La esfera de la psicosis le ocultaba, en cambio, sus trastornos psíquicos y el control era menor. Debemos clasificar a “La virginidad” como perteneciendo a esta segunda clase de sus creaciones. Algunos detalles insignificantes y aparentemente incoherentes introducen a una pareja inocente en las más oscura entraña de la sexualidad. Es un relato donde el erotismo más refinado se entrevera y confunde con la obscenidad total.
La melopea de Aragon con su Elsa lo estimula a Gombrowicz a explorar las antípodas. Las descripciones que hacen los jóvenes de algunas partes del cuerpo son artificiosas: la boca es una cereza, los senos son botones de rosa. Alicia era hija de un mayor retirado y estaba educada por una madre que la adoraba. Como las demás jóvenes de vez en cuando se acariciaba el codo y enterraba los pies en la arena.

     La vida de una muchacha en flor es distinta a la de un abogado o una madre. Debe ser difícil proteger a una joven cuya razón de existir es seducir a los demás. Pero Alicia estaba protegida por el canario Fifí, por el perrito Bibí y por la madre. Una tarde paseaba por los senderos del jardín y un vagabundo, acostado sobre el muro que lo rodeaba, le arrojó un ladrillo que le dio en la espalda.

    La muchacha trastabilló y estuvo a punto de caer, sin embargo, sonrió con unos labios que le temblaban de dolor. Mientras el vagabundo bajaba del muro y desaparecía Alicia se repetía a sí misma que había sonreído. Cuando llegó a la casa entró en un estado de ensoñación y medio distraída le preguntó a la madre mientras tomaban el té por qué los hombres usaban pantalones, tenían cabello corto y se afeitaban.

     La joven escondió en la manga la cucharita de plata con la que había tomado el té, salió al jardín, se dijo a sí misma que la había robado y la enterró al pie de un árbol. Volviendo a casa pensaba que si el vagabundo no le hubiera arrojado el ladrillo ella no hubiera robado la cucharita; el padre le dijo que el día siguiente su prometido regresaba de China, el compromiso había tenido lugar cuatro años atrás cuando Alicia cumplió los diecisiete años.

    El día en que el novio le pidió la mano le respondió que sí, que deseaba ser su prometida pero no quería desprenderse de un miembro de su cuerpo. Pablo era un muchacho encantador que estaba enamoradísimo de su inocencia. La mayor virtud, según pensaba él, residía en la virginidad, este valor condicionaba su espíritu y en torno a él se situaban sus instintos superiores.

    “Vemos, pues, que la virginidad asciende del ser más bajo en la escala biológica y llega al hombre, y del hombre salta a los ángeles y de los ángeles a Dios, para perderse en el infinito. Dios mismo es un gran solitario en el universo, es la eterna juventud del Cosmos”. De una pequeña particularidad puramente corporal nace el inmenso mar del idealismo y de los milagros, en evidente contraste con nuestra triste realidad.

    Pablo amaba a Alicia por su virginidad inocente y estaba convencido de que quien desee adorar dignamente a una virgen él mismo debía ser virgen e ignorante, de otra manera el idilio sería una trampa. Han transcurrido cuatro años y nuevamente pasea con su prometida por los senderos del jardín. Pablo la recrimina porque ha cambiado mucho pero ella, distraídamente, le dice que lo ama como siempre.

    El joven insiste, protesta otra vez porque en otra época no hubiera usado la frase impúdica de que lo amaba, que ahora la veía inquieta y excitada. Alicia, con toda la calma, le pide que le explique lo que era el amor y lo que era ella, pero con seriedad y si reírse. Pablo le cuenta cómo los hombres habían perdido el Paraíso al probar del fruto del árbol del conocimiento tentados por Satanás.

    Le suplicaron al Todopoderoso que les concediera un poco del candor y la inocencia perdidos, entonces Dios creó la virgen, el recipiente de la inocencia, la selló y la envió a vivir entre los hombres que sintieron de inmediato una nostálgica languidez.. Cuando Alicia le pregunta por las casadas le responde que son una patraña, una botella abierta y evaporada.

    Alicia no entiende por qué, siendo ella virgen, el vagabundo le había arrojado un ladrillo, y por qué, luego, ella había sonreído a pesar de que le había dolido mucho. De regreso a casa Pablo pensaba que la virginidad y el misterio son la misma cosa y que había que cuidarse de no desgarrar el sagrado velo. Al día siguiente la joven le dice que se extasiaba contemplando su codo, que tenía unos deseos realmente locos.

    Entonces Pablo le responde que adora su candor irracional. Alicia le pregunta si había robado alguna vez, y le contesta que no, que ella no podría amar a un hombre sin dignidad. La joven está confundida y le sigue preguntando si engaño, mordió o golpeó a alguien alguna vez, si caminó desnudo o comió inmundicias. Pablo le pregunta si se había vuelto loca y le ruega que reflexione.

    Para entonces la joven había empezado a temer que las vírgenes eran educadas en la inocencia para que después todo les resultara más perturbador. Regresaron a casa y ya en la cocina Alicia señala un hueso que, seguramente, había abandonado Bibí. En el momento que Pablo le dice que hay muchos olores de cocina y que es mejor irse de allí, ella le observa que Bibí no ha terminado de roerlo.

    Ambos pronuncian unas palabras cariñosas, y entonces la joven le manifiesta que le gustaría mucho que royesen el hueso juntos, al mismo tiempo que lo abraza y le pide que no la mire de ese modo. Le implora que lo haga porque, de lo contrario, morirá joven. Pablo se había inmovilizado por el terror, qué importancia podía tener un hueso para ella, si por lo menos fuera un hueso limpio, un hueso de caldo, pero Alicia gritó con impaciencia que quería roerlo a escondidas de la cocinera.

     Entonces se produce un altercado, él le reprocha que le está pidiendo inmundicias y ella le replica que las inmundicias le producen apetito, e insiste en que lo roan y lo coman juntos sin que nadie los vea. Pablo le pregunta si era posible que el ladrillazo le hubiera despertado el deseo malsano de roer un hueso, que ése no puede ser el instinto de una virgen, que no son más que patrañas insensatas.

     Alicia le dice que todos lo hacen salvo ellos, que eso es el amor. Pablo, abrumado por tanta locura, empieza a pelearse por el hueso. En ese momento se oyen detrás del muro un golpe y un lamento. Se asoman encima de los rosales y ven una joven descalza lamiéndose una rodilla. Cuando se estaban preguntando qué cosa habría ocurrido, una piedra silba en el aire y golpea la espalda de la muchacha, a lo lejos alguien vocifera que es una ladrona.

    “¿Lo has visto?; –¿Qué sucedió?; –Apedrean a la muchachas, las apedrean para divertirse, sólo por placer; –¡No, no,… no es posible!; –Tú mismo lo has visto::: Ven, que el hueso nos espera, volvamos a nuestro hueso, lo roeremos juntos… ¡Quieres?... ¡Juntos! ¡Yo contigo, tú conmigo! Mira, lo tengo ya en la boca. ¡Ahora te toca a ti! ¡Tómalo!”



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