TADEUSZ
BREZA Y WITOLD GOMBROWICZ

Witold Gombrowicz y Lucrecia Ercole
Los
problemas que tenía Gombrowicz con las mujeres eran múltiples
y de variada naturaleza. Los psicoanalistas tienen la vocación
de contarle el culo a las hormigas, utilizan el vicio de su actividad
cavernosa para buscar conexiones psíquicas entre los personajes
de la obra de Gombrowicz y su parentela, pero cualesquiera haya
sido la complexión psíquica de su familia y de su
relación con ella resulta claro que Gombrowicz empieza
a recorrer un camino que se aparta de la esfera donde reinan las
relaciones rígidas de la causa y el efecto, de la determinación
y del psiquismo. A Gombrowicz le empezaron a molestar las damas
de la sociedad ya desde joven, la más de las veces le resultaban
insoportables por su grandilocuencia ingenua y supercómoda.
El
programa sublime de estas mujeres era conseguir un marido que
ganara dinero o que sacara beneficios de sus dominios, mientras
ellas desempeñaban el papel de guardianas de unos ideales
a los que no les miraban los dientes porque les venían
de unos padres y abuelos venerados. La nueva generación
estaba irritada con esta falsedad de su actitud y de su tono,
cada vez más evidente.Estos estilos agonizantes de las
formas polacas que se remataban como a un animal enfermo, fueron
una verdadera ganga para Gombrowicz en los tiempos que escribía
"Ferdydurke". Pero los problemas no sólo estaban
afuera de Gombrowicz, también estaban dentro de él.
"Y yo también, sólo al cabo de cierto tiempo,
tomaba conciencia de que nada podía salir de semejantes
amores basados en una mistificación (...)"
"Efectivamente,
no salía nada. Todos ellos terminaban dolorosamente cuando
la joven descubría que yo, aunque encantado con ella, no
le permitía acceder a mí, siempre hermético,
entregado a mis asuntos, nunca verdaderamente sincero y abierto,
ni por un minuto. Sin embargo, yo, por mi parte, no podía
ser diferente, ya que hubiera sido más fácil, por
ejemplo, comprender la naturaleza de un cocodrilo que la mía,
formada por influencia y factores que eran completamente desconocidos
para ellas". Gombrowicz alentaba el deseo de venganza de
su generación apoyando a sus amigos en los conflictos con
las mujeres. Uno de ellos tenía una tía a la que
no podía soportar, había condenado públicamente
sus próximos esponsales con una joven porque no era suficientemente
bien.
Para
sacarse de encima esa pesadilla decidió tomarse revancha,
buscó una mujer callejera que no estaba nada mal, le dio
unas lecciones de los llamados modales de salón, y la presentó
con un nombre falso en la casa de la tía. La cortesana
se comportó perfectamente, bebía el té y
comisqueaba los bocaditos de una manera irreprochable, pero resultó
que tenía varios conocidos entre los señores presentes.
Todo terminó en un escándalo y el amigo y la prostituta
fueron puestos de patitas en la calle.
El
padre del existencialismo moderno también tuvo problemas
con las mujeres. El elegante solitario melancólico danés,
igual que Gombrowicz, era enemigo del disimulo y las mentiras,
quería llevar una vida auténtica en el reino de
la fe cristiana y luchar contra la mala fe de los que fingían
tenerla sin vivir al nivel de los severos y austeros principios
del cristianismo verdadero.
Quiso
ponerse a prueba él mismo y eligió romper su compromiso
con la hermosa Regina Olsen que lo adoraba, una conducta que utilizó
desvergonzadamente en sus libros describiendo a la mujer como
el eterno enemigo del espíritu, como el diablo que arrastra
a los jóvenes a sus trampas. Pero todas estas actitudes
con las justificaciones respectivas eran mentiras, mentiras al
mundo y a sí mismo.
La
auténtica razón de su ruptura con la joven Regina
Olsen fue su impotencia sexual, contra la cual buscó ayuda
médica sin resultado. Este es un caso al que es posible
aplicar el diagnóstico de que un conflicto mental de toda
la vida puede ser localizado como proveniente de alguna inferioridad
orgánica. Algunos colegas trataban de ayudar a Gombrowicz
en los problemas que tenía con las mujeres y otros en cambio
se burlaban de él.
Iba
de fracaso en fracaso y las mofas corrían en el ambiente
como reguero de pólvora. Janusz Minkiewicz, un poeta satírico
famoso por sus conquistas en el mundo de la galantería,
le dijo una tarde en el café: Ahora regreso a casa
porque espero una llamada de Lala... A las cinco he quedado con
Cela, y a las once me espera una locura con Fila. ¡Hasta
la vista!

Tadeusz Breza
Tadeusz
Breza, nacido y muerto un año después que Gombrowicz,
era uno de sus buenos amigos. "El consejero cultural de la
embajada argentina, Ocampo, dijo al consejero de la embajada polaca
que yo me comporto como un desagradecido después de haber
comido el pan argentino durante 25 años. El consejero polaco
(mi amigo Breza) le contestó que yo pagaba el pan con divisas
extranjeras"
La
mezquindad de la que habla Ocampo no era tan absoluta, se le pueden
contabilizar a Gombrowicz algunos de los regalos que hizo aquí
en la Argentina: una escultura de yeso muy bonita, un frasco de
mermelada, un libro de pinturas, una sandía con su firma,
un arrodillamiento conmovedor para agradecer cinco litros de kerosene,
y una cantidad considerable de dedicatorias que estampaba en cualquier
tipo de libros. Gombrowicz nos hace conocer esta emergencia diplomática
en una carta que nos manda desde Vence en abril de 1965. Algún
tiempo después escribió en "Testamento"
que el no hablaba mal de la Argentina sino, en todo caso, de alguna
burguesía argentina y que, por otra parte, el pan argentino
le había llegado en realidad del extranjero: de los polacos,
del Banco Polaco y, finalmente, de las ediciones extranjeras.
El
consejero cultural polaco que lo defendió era Tadeusz Breza,
un novelista y diplomático amigo de Gombrowicz. Era una
amistad complicada, a Breza le resultaba difícil comprender
sus manías y su falta de naturalidad, no llegaba a asimilar
cómo coexistían en Gombrowicz una cultura y una
inteligencia sobresalientes con una falta total de mundología.
Gombrowicz de vez en cuando se escapaba de su casa y, de igual
modo que el protagonista de "Cosmos", se tomaba unas
vacaciones en alguna pensión de Zakopane. En una ocasión
se alojó en la de una canonesa amiga de su hermana Rena.
Había caído en una trampa, se encontró con
amigas de su hermana y con unas cuantas personas más pertenecientes
a la buena sociedad, damas católicas de una moralidad inquebrantable.
Cuando
ya había decidido la mudanza, apareció Tadeusz Breza,
un joven alto y de semblante distinguido, de un humor loco y de
arrebatos poéticos. Mientras Gombrowicz naufragaba en su
problema con la forma polaca y en su dificultad para relacionarse
con las amigas de su hermana Rena, Breza se convertía en
el eje de la conversación. "En realidad no sirves
para nada explicaba Tadeusz a una de las presentes,
no sé cómo utilizarte, en todo caso podrías
servir para levantar cargas, pero tal vez fuera mejor emplearte
directamente como carga, o sea un lastre, sí, se te podría
atar al extremo de una cuerda y subir los muebles desde la calle
a los pisos superiores, aunque, yo qué sé, eres
tan rústica que mejor te dedicases a plantar... por ejemplo,
rábanos... pero quizá fuese mejor utilizarte como
suelo para plantar y plantarte rábanos en las orejas"
A
Gombrowicz le encantaba el tipo de humor de Bereza y estaba deslumbrado
con él, envidiaba la facilidad que tenía para relacionarse
con las mujeres, mientras él iba de mal en peor. Finalmente,
como los fracasos de Gombrowicz no cesaban de repetirse, llamaron
la atención de Tadeusz. Le presentó entonces a una
joven actriz, hermosa, sana, simpática, amante de la lectura
y del arte con la esperanza de haber encontrado para él
la unidad ideal de cuerpo y de espíritu, de cultura y naturaleza.
Pero el hecho de que esa joven apareciera sobre un escenario,
que se dejara contemplar, que tuviera una actitud profesional
hacia su encanto y sus gracias, hizo que no se le despertara ningún
interés por ella.
Los
alojamientos de Gombrowicz en las pensiones a menudo eran peligrosos.
En cierta ocasión una damisela que había pasado
unos años en Inglaterra torturaba a la mesa con su europeísmo
tocando de esta manera uno de los complejos de Gombrowicz. En
un momento no aguantó más y dijo en voz alta que
se había atracado con Inglaterra y ahora estaba repitiendo.
La inglesa lo acusó de mocoso mal educado al tiempo que
un señor terriblemente digno agregó unas palabras
sobre la arrogancia de los estudiantes insensatos. En un extremo
de la mesa un juez retirado que no participaba de esta discusión,
reprendía a su hija porque había jugado a las cartas
antes de comer: ¡Hay que saber con quién se
juega!
Aunque el juez no se había dirigido a él, Gombrowicz
se sentió sentado en el banquillo de los acusados y pensó
que esas palabras también le estaban destinadas.
Tuvo
vergüenza y se sintió infeliz, la suma de todas esas
idioteces, esa notable ausencia de civismo en esa maldita pensión
lo sumió en un estado de una gran impotencia. De esta forma
se producían en él saltos de la bufonería
a la seriedad, de lo cómico al sufrimiento real. Era un
océano en el que naufragaba pero que llevaba dentro de
sí. Poco a poco, sin embargo, fue encontrando su lugar
en el mundo, y como no hay mal que dure cien años, las
cosas empezaron cambiar. Ya no necesitó de Breza para alojarse
en las pensiones; escribiendo y frecuentado los cafés consiguió
un prestigio considerable. Su mesa, a la que concurría
un gran número de admiradores, era testigo de sus bromas,
sus gestos, sus dichos, su dialéctica, sus elevaciones
líricas, sus razonamientos filosóficos y psicológicos,
sus declaraciones artísticas, sus ataques arrolladores
y sus provocaciones taimadas que electrizaban a sus oyentes.