WITOLD
GOMBROWICZ Y ABELARDO CASTILLO

Abelardo Castillo
Algunos de los hombres de letras de este
club de gombrowiczidas han sido o son maestros o alumnos de los
talleres de literatura. En cierta ocasión lo invitaron
a Gombrowicz a dar una charla en Berlín en unos de estos
talleres, que en Alemania llevan un nombre más rimbombante,
Literarische Colloquium.
Los jóvenes escritores estudiaban
allí la técnica de la composición, la expresión
artística, los métodos de descripción y algunas
cosas más.
Gombrowicz empezó la disertación diciéndoles
que si querían ser escritores debían huir de allí
rápidamente por las puertas y las ventanas, y que no se
dejaran seducir por Butor con las maravillas del nouveau roman
français o con cualquier otra teoría. Los estudiantes
recibieron esos consejos con gran satisfacción y alegría.
Estaban
metidos hasta las cejas en disciplinas que hasta ese momento habían
estado reservadas a la libertad humana, pero Gombrowicz sentía
en su risa liberadora que eran sus aliados.
Sea lo que fueren los talleres de literatura
hay que decir que uno de nuestros maestros más destacados
en esta profesión tan difundida es el connotado Boxeador
Amateur, uno de los escritores argentinos a los que di en llamar
los nueve magníficos. Cuando le pedí que presentara
mi Gombrowicz, este hombre me causa problemas en la
Embajada de Polonia se excusó con el argumento nada desdeñable
de que no presentaba libros para que sus alumnos del taller no
se pusieran celosos. Afortunadamente la literatura argentina
es mediocre lo que los obliga a leer libros extranjeros
Gombrowicz
destaca de esta manera que las culturas nacionales deben desarrollarse
con los valores más celebrados y universales de la humanidad,
y lo decía en una época en la que el Pterodáctilo
y el Asiriobabilónico Metafísico planeaban sobre
la cultura argentina. El mundo y las personas del tiempo de Gombrowicz
ya no son los mismos, se agregó un pedazo de historia y
cambiaron los nombres. ¿Podría Gombrowicz decir
lo mismo sobre la literatura argentina de hoy cuando planean sobre
ella el Boxeador Amateur y el Pato Criollo, por tomar sólo
un par de homólogos proporcionales de los de hace medio
siglo? Estas cavilaciones preliminares me llevan al punto central,
es decir, a un descubrimiento desagradable que hice en el año
de la celebración del centenario de Gombrowicz.
El
Boxeador Amateur que pasa por ser un hombre de letras sincero
y responsable debe sentir un verdadero placer faltando a sus compromisos,
si es que llegara a ser cierto lo que nos decía Gombrowicz:
¿Por qué será, niños, que una
goza tanto cuando se hace pasar por algo que no es?
Sobre la defección de los escritores argentinos al homenaje
que se le rindió a Gombrowicz en la Feria del libro se
tejieron varias historias que iban del pánico académico
hasta la mismísima descortesía. Pero yo quiero hablar
de un solo escritor, del único que aceptó la invitación
, del Boxeador Amateur, pues me hace acordar a lo que le pasó
al maestro Erich Kleiber con los músicos del Teatro Colón
cuando preparaba Las Bodas de Fígaro, la ópera
de Mozart.
El
director austríaco estaba preocupado porque le cambiaban
los músicos en cada ensayo que hacía hasta que en
la víspera de la primera función les dijo: He
notado que los músicos de este último ensayo son
completamente distintos a los que tuve en el primero, al único
que reconozco es al segundo fagot; Ah, perdón, maestro,
pero mañana no voy a poder venir al estreno.
Cuando Curso de filosofía en seis
horas y cuarto llegó a Buenos Aires, el Boxeador
Amateur, uno de los hombres de letras gombrowiczidas más
ilustres, publicó una nota de un tono decididamente ditirámbico
y heroico, por lo menos en lo que respecta a su primer y último
párrafo.
En seis horas, diseminadas entre el 27 de abril y el 29
de mayo de 1969, Witold Gombrowicz llevó a cabo, sin saberlo,
una de las obras más prodigiosas y disparatadas de su vida
intelectual (...)
Sócrates,
después de la cicuta, conversando con sus discípulos
sin rebajarse a aceptar el consuelo de la inmortalidad del alma,
no me parece más probo, más sereno, más estoico,
que el hombre que improvisó estas lecciones, para dos personas,
unos días antes de la muerte
En presencia de los extremos de un panegírico tan promisorio
pensé que este hombre de letras era la persona más
indicada para hablar de Gombrowicz en la Feria del libro en el
año de su centenario.
Cuando lo visitamos en su casa de la calle
Hipólito Irigoyen, una casa acogedora y espléndida,
el Pequeño K recién llegado de Polonia se llevó
una buena impresión de su mujer pero una no tan buena del
Boxeador Amateur.
El
malestar empezó frente a un tablero de ajedrez muy bonito
que se exhibía en la sala de entrada, pues mientras el
dueño de casa coqueteaba con sus conocimientos de la apertura
española y sus variantes, no tomaba en cuenta los comentarios
que le hacía el Pequeño K sobre que yo había
sido amigo de Miguel Najdorf y alguna partida le había
ganado.
A medida que pasaba el tiempo el Pequeño
K fue cayendo en la cuenta de que el Boxeador Amateur se interesaba
mucho más en su propia grandeza que en la de Gombrowicz
y que delegaba en la Vasca el conocimiento del que, en verdad,
era el motivo de nuestra visita. Yo estaba preocupado en cambio
porque, fuera de quien fuere ese conocimiento, me empezó
a parecer que estaba colgado de alfileres.
Los
recuerdos más frescos que tenía el Boxeador Amateur
sobre Gombrowicz se referían a La virginidad
y a sobre cómo al final del relato los dos protagonistas
empezaban a roer un hueso.
Para colaborar con el buen desempeño
del Boxeador Amateur en la mesa redonda de la Feria del libro,
se me ocurrió proponerle la lectura de Gombrowicz,
este hombre me causa problemas de modo que convinimos en
que se lo traería para nuestro próximo encuentro.
El Pequeño K quedó disgustado y esta vez no quiso
acompañarme, yo le reproché esta decisión
sin presentir ni por un momento lo que iba a pasar al día
siguiente.

Sylvia Iparraguirre
Cuando llegué a su casa de Hipólito
Irigoyen, la Vasca me dice que está en el medio de una
entrevista filmada y que no puede atenderme, y cuando le pregunto
por el Boxeador Amateur, me dice que estaba con una afonía
imposible. Me retiré muy disgustado y le manifesté
que eran un par de maleducados. Con la sensación de que
la participación del Boxeador Amateur se había malogrado
regresé a mi casa.
Sin embargo, ese mismo día, la Vasca habló con mi
mujer para que intercediera en el conflicto y se ofreció
a pasar por mi casa para retirar Gombrowicz, este hombre
me causa problemas, proposición que yo no acepté.
La Vasca, de igual manera, prometió
que para el día de la mesa redonda tanto ella como el Boxeador
Amateur estarían allí muy emperifollados, pero el
día de la mesa redonda, el matrimonio faltó a la
cita.
Algunas
veces recuerdo con alegría las jornadas del centenario
de Gombrowicz, sin embargo hay un recuerdo entre todos que me
quedó atravesado en la garganta.
Cuando en la mesa redonda de la Feria del libro
una persona del público le preguntó a los expositores
por qué no estaba allí Abelardo Castillo tal como
estaba anunciado en el programa, la ira me tomó palabra.
Como en tantas otras cuestiones de la
historia de la humanidad existen dos versiones, las autoridades
de la Feria del Libro nos dicen que Abelardo Castillo tiene una
crisis renal y nosotros los expositores pensamos en cambio que
tiene ensueños con la gloria, una razón no menos
atendible que los riñones. La conferencia que Castillo
pronunció ayer en la inauguración del acontecimiento
más importante del mundo de la cultura fue apoteótica.
Aplaudido por un público emocionado que se había
puesto de pie durante largos minutos lo alzaron y lo llevaron
en andas como a un guerrero romano. Los laureles que coronaron
la cabeza de Castillo estaban muy altos, había alcanzado
una gloria que no debía ponerse en juego con la vida de
todos los días, y la ponencia que tenía que compartir
con nosotros en la mesa redonda sobre Gombrowicz no se veía
desde allá arriba
El
Boxeador Amateur dio sus primeros pasos en la literatura cambiando
golpes sobre el ring en el gimnasio que el padre tenía
en su casa de San Pedro. Los rastro de esos golpes que recibió
de joven quedaron marcados en su nariz, como bien puede apreciarse
en la foto de este gombrowiczidas, y no son pocos los que piensan
que también dejaron una huella profunda en su manera de
escribir.