|
II
El adiós de María
Cuando los muchachos y demás
asistentes han abandonado la sala, el Doctor Enrique Jarabo
recorre con la mirada su obra. Arrastrando sus blancas zapatillas,
salpicadas de gotas herrumbrosas, se acerca a la primera mesa
en la que yacen los restos de una mujer. Toma su cuaderno
de anotaciones en el que busca el nombre y algunos otros datos
de la difunta:
María
Ridruejo Ruiz 50 años
Casada
Ama de casa
Tres hijos
Causa de la muerte:
Accidente cerebrovascular isquémico, trombótico
Comienza
a manipular el cuerpo deshecho y lee en él, como si
de un cuento macabro se tratase. Entonces, mientras asea y
adecenta a María Ridruejo Ruiz, entorna los ojos en
actitud meditabunda. El médico inicia un viaje extraño.
Durante el tránsito visita una tierra baldía,
muerta. Una suave brisa arremolina en el suelo partículas
de polvo que van creciendo de tamaño, junto a sus pies.
El viento arrecia. El remolino alcanza ya sus rodillas. Su
cuerpo se envuelve, poco a poco, en el torbellino polvoriento.
Cierra los ojos para evitar que las partículas le dañen.
Se siente ligero, diluido, volátil.
Es
el peregrinaje necesario para cruzar la delgada frontera entre
la vida y la muerte. Enrique la ha atravesado en muchas ocasiones.
Cuando llega al final de la experiencia casi mística,
al otro lado de la línea, le esperan sus pacientes
tal como fueron en vida. Sus cuerpos íntegros, sus
almas respirando
y padeciendo.
Ahora
a su alrededor, sólo hay polvo, un polvo seco. Briznas
que le azotan la piel, que impiden que pueda ver nada más
allá del tornado en que se envuelve, por tanto, decide
mantener los ojos cerrados y calmarse. Sabe por experiencia
que en unos minutos, todo habrá terminado. El viento
cesa en intensidad. Cada segundo lleva de nuevo la calma.
Pronto podrá abrir sus ojos. Cada viaje iniciado para
su cita con los muertos, le lleva a un lugar distinto. Unas
veces la entrevista es en la propia sala de disección.
En otras ocasiones el paciente y su confesor visitan distintos
escenarios. Como acaba de ocurrir.
El
Doctor Jarabo y María están frente a frente,
en sendas sillas que rodean la mesa de una sala oscura que
el médico presume de la casa de ella.
La
difunta ha comenzado su relato y él presta atención
a lo que aquella mujer desea confesarle:
-Decidí
que había llegado el momento esa misma noche. En realidad
no había pasado nada, nada que no fuese lo cotidiano
en mi vida, en mi matrimonio. Pero ya estaba bien.
Las
palabras de María fluyen de su boca con parquedad,
el hombre permanece en silencio mientras estudia sus movimientos
dotados, extrañamente, de vida. No recuerda desde cuando
tiene esta capacidad. Desde siempre ha podido ver cosas, transportarse
hasta un momento determinado, acompañado de sus muertos.
Aún así, todavía se asombra. Siente un
ligero vacío en la boca del estómago, una punzada
de temor, cada vez que escucha la voz de un fallecido.
-Aquella
mañana me levanté fría, como siempre
Puse
la cafetera. Necesito un café cuando me levanto. Encendí
mi primer pitillo del día y comencé a planear
la marcha.
"Dejaré
algo de pollo hecho para los chicos", me dije. Pero no,
esta vez no eran los miedos, ni las dudas, ni la intención
de olvidar la locura, lo que me impulsaba a cocinar para cuando
no estuviese. Tal y como hacía siempre. Cuando tengo
ansiedad o angustia, trabajar en la cocina me tranquiliza,
creo.
Susana
no me come nada últimamente, y es que esta chica me
preocupa más que ninguno.Debería hablar seriamente
con ella
Me
senté aquí mismo, en el comedor y me dispuse
como cada día a tomar el café. Me gusta mojar
una magdalena en él, dejar que se empape y luego absorber
la bebida caliente del bizcocho
manías de una.
Ya lo sé
Intentaba recordar la última
vez en que fui feliz: La boda de Juan, mi chico mayor, hace
ya un año. Ese es mi último recuerdo de felicidad.
María
se detiene, como si de pronto hubiese recordado algo importante,
esencial en su confesión. Tras un par de segundos en
los que no dejó de mirar fijamente a Jarabo, prosigue:
-¡Pero,
que va! Tengo que ser sincera, ¿no? -Pregunta como
si de verdad importase la opinión de Jarabo.
El
médico participaba en aquel soliloquio en el papel
de mero espectador. Su misión consistía en escuchar,
nada más. Ni una pregunta, ni un gesto de afirmación
o negación que pudiese interferir en la historia de
María. Sus ojos fijos en la cara de la difunta.
-Está
bien. A ti no te puedo mentir. -Suspiró María
resignada al no encontrar respuesta-. Mi último momento
de felicidad fue hace ya muchos años.
Mi
Pepe no es malo. ¡Qué va! Un tipo como todos:
trabajador, honrado, fiel. -Hace una pausa, posa la mirada
en sus manos cruzadas sobre el regazo, y continúa con
voz afligida:
Ojos
que no ven, corazón que no siente
¡y que
poco veía yo, Señor! -De nuevo, levanta la mirada
hacia su interlocutor. Desechando otros obscuros pensamientos
que le impedirían seguir su narración-.
No es malo mi Pepe, pero yo estaba harta de él. Harta
de todo.
Toda
una vida sin amor, agota bastante. Y la tristeza. La tristeza
también agota. Siempre tuve ansias por saber
y
siempre quise terminar de crecer. Hastiada de una vida vacía,
llena de hijos y marido.
Preparé
de forma apresurada una pequeña bolsa en la que poner
cuatro cosas. No necesitaba más,
no tenía más. Quería salir de allí
antes
de volver a arrepentirme. No era la primera vez que había
pensado en huir. Muchas veces he recitado en mi cabeza las
mismas palabras: ¡Me largo, y que os den! Siempre ocurría
un imprevisto en el último momento: uno de los chicos
se ponía malo, a Pepe le despedían del
trabajo, no tenía dinero suficiente
Pero esta
vez, sería diferente. Ya nada podría retenerme.
¿Dónde
demonios había metido mi jersey negro? De pronto tuve
la certeza de que no podría irme
de allí sin él
No. Sí que podía,
claro que podía. Esa vez era definitivo, me iba.
María
continuaba recordando sus palabras y hechos de aquel día,
tal cual los vivió entonces. Jarabo seguía atento
con la mirada cada uno de los nerviosos gestos de la mujer.
Ella con sus dedos entrecruzados, blancos por la presión,
su cuerpo que busca la adaptación, inquieta, en la
incómoda silla de madera sin tapizar. Luego, sonríe
a los ojos del médico y prosigue:
-A
Pepe no le gustaba ese jersey. ¿Sabes? Él pensaba
que era indecente, lleno de transparencias. Pero no, no era
indecente, es que lo había lavado demasiadas veces
y ya clareaba por la delantera. -Terminó diciendo con
una leve risa contenida.
-En
realidad, Pepe nunca se fijaba demasiado en lo que me ponía
o en lo que me quitaba
Bastante
tenía el hombre con preocuparse de sus cosas. Mis tonterías
no eran necesarias. Recuerdo que se burló cuando
decidí acudir a unas clases del Instituto de la Mujer.No
le gustó la idea y pensó que estaba loca. Decía
que si no tenía bastante con la casa y los chicos,
que una mujer no debería saber más que su marido.
Después, cuando supo que solamente
eran un par de horitas, por la tarde, mientras él descabezaba
un sueñecito, se lo pensó
mejor y me permitió ir. A cambio, lo único que
yo tenía que hacer era estar en casa cuando él
se levantase. Era lógico, debía prepararle algo
de merienda, antes de que saliese a echar la partida al bar.
La
mujer se detiene unos segundos. Las manos revolotean intranquilas
por su cabello. El moño bajo, le confiere aspecto de
matrona. Recoge con los dedos un mechón rebelde, detrás
de las pequeñas orejas adornadas con aretes dorados.
María
es
María era una mujer sin ningún rasgo
característico especial, advierte Jarabo mientras la
escucha.
Tenía
los ojos oscuros, ensombrecidos como su corazón. Profundas
ojeras que enmarcan un rostro redondo, la boca grande, carnosa
y sincera, el talle deformado por los años
los
partos. El alma gangrenada. El pecho que antes fue joven,
luce caído y lo que es peor: abrasado en soledad. La
presencia triste es muy anterior a su muerte.
-No
había marcha atrás. Lo mejor sería salir
cuanto antes de la prisión, del aburrimiento y el hastío.
Tal vez no encontrase afuera lo que buscaba, pero estaba claro
que dentro no lo hallaría
Miré mi reloj.
Eran las once y no había hecho las camas todavía.
Tengo que terminar cuanto antes, me
dije. Quería llegar al autobús de la una. No
podía cruzarme con Roberto.Roberto y Susana son mis
pequeños malcriados. Ahora tendrán que apañárselas
solos. Susana es toda una mujer, y tendrá que cuidar
de los hombres. Así irá aprendiendo.
María
parecía divagar. Su mente retrocedía en el tiempo
y volvía de forma súbita, sin aviso, tomando
por sorpresa al médico absorto que permanecía
sentado con las piernas cruzadas, los brazos sobre la mesa
y la vista fija en ella.
-Dicen
que ahora las mujeres jóvenes son más valoradas
por sus maridos, que ambos colaboran en casa, y que ellas
incluso salen de noche, de fiesta, a la calle con amigas.
-Apunta la mujer recobrando su compostura-.
Un día Pepe me llevo al teatro. -Sonrió con
timidez-. Yo nunca había ido
al teatro y esa noche disfruté mucho. Él se
durmió en la butaca, hasta roncó.Fue una autentica
risa. Él con su traje, su único traje
Por cierto, habría que llevarlo al tinte, tiene una
mancha muy extraña
En
el espejo del baño, mientras me pintaba los labios
con el carmín de Susana, veía mi cara marcada
por el tiempo. Dibujada por años de desidia y cansancio.
Sufro de ansiedad, ¿sabes? Ansiedad por ser querida.
A veces me comparo con una loba capaz de devorar por una caricia.
Da la impresión de que los
recuerdos almacenados en su mente salgan por fin a borbotones
y desordenados.
Con
un gesto coqueto, lleno de pretensión sensual, María
alisa su falda y sacude alguna hilacha que se ha quedado adherida
al tejido negro. Luego continúa:
-Por
fin terminé. Ya tenía mis cosas en la bolsa,
había arreglado la casa en condiciones y cerré
una tras otras todas las persianas.
Ya en la puerta, eché un último vistazo al bolso:
las llaves, la cartera, los pañuelos
Me
obligué a no llorar. A recordarme que debía
salir cuanto antes del aburrimiento, de la desesperanza, del
desamor. Recorrí con la mirada la casa y cerré
despacio la puerta.
María
hace una pausa en la historia. Parece querer tomar aliento
para llegar hasta el final. Que contradicción, una
muerta que necesita tomar aliento, pensaba el médico.
El doctor, siempre en silencio, hace un recorrido con la vista
buscando la salida. Esa en la que ella se despidió
de su casa, aquel día. El recibidor está en
penumbra. Al fondo, la puerta de la calle tiene acristalada
la parte superior. Desde el dintel hasta el techo. A través
del ventanuco ovalado se filtra un haz brillante. La luz,
que procede de las escaleras de la vivienda, recorre de soslayo
la estancia y crea una zona de claroscuros palpitantes; en
cuya atmósfera, el médico comprueba como bailan
partículas ínfimas de polvo en suspensión.
Ella
levanta la mirada de su regazo, y continúa relatando:
-Una
y
dos
vueltas a la llave. Siempre me esfuerzo en recordarlo.
Que luego Pepe me regaña por
no echarla al salir. Pepe, mi Pepe
una vez le amé,
hace mucho tiempo quise a ese bruto insensible.
Español de puro bruto. Entonces yo era bonita, joven
y él era fuerte muy guapo. Pensé
que siempre sería igual. Los domingos arregladitos
para salir de paseo juntos. De punta en blanco con los
niños de la mano
Hemos estado toda la vida juntos,
desde los catorce años. Nunca he dormido con
otro hombre.
El
sábado era mi cumpleaños. Cincuenta años
cumpliría
y lo recordé en ese instante.
¡Por Dios! Me había olvidado
la
fiesta de mi cumpleaños era el sábado
tenía
que comprar las cosas. No había
preparado nada. Ciertamente, no sé dónde tengo
la cabeza últimamente. Menos
mal que Pepe no se había dado cuenta
Entonces
lo supe: No, ese día no me podía marchar. Tendré
que dejarlo para el lunes. Sí, será lo mejor.
El lunes cuando la fiesta haya pasado, me marcharé.
¡Del lunes no pasa!
Jarabo
rezuma luto y compasión por la fallecida, hombre de
genio vidrioso. Vidrioso igual que los ojos de María.
La pareja permanece inmóvil y en silencio en sus asientos,
cara a cara, en eterno silencio.
Él
quisiera abrazarla con sus palabras, calmar sus cuitas, acariciar
su alma. Sabe que no puede, ella está muerta. Muerta
desde el sábado seis de marzo, día de su cumpleaños.
María
ha sacado un pañuelo arrugado de la manga negra del
jersey. Ese que a Pepe no le gustaba. Sus ojos destilan gotas
espesas que resbalan por las mejillas. Llora en silencio.
Utiliza el pañuelo blanco para limpiar la nariz sonrojada
con apenas un sonido fortuito. El médico debe regresar.
Ya no puede hacer nada más por ella. Cierra los ojos,
aprieta los párpados para alejar la imagen de María
de su mente; y cuando los abre de nuevo, tras unos segundos
de incertidumbre. Comprueba que los restos orgánicos,
de lo que fue María Ridruejo Ruiz, permanecen inertes
sobre la mesa de disecciones.
No
quiere detenerse a meditar sobre lo que acaba de escuchar.
Todavía tiene trabajo que hacer en la sala.
III
El pasado sale al encuentro
Jarabo Se aleja de la zona de tallado
y se dirige al extremo opuesto de la amplia sala, que de cabida
a casi todo el mobiliario funcional. Es decir, varias vitrinas
suspendidas y de pared con el instrumental complementario.
Un archivador lleno de expedientes, varias mesas de laboratorio,
algunas con unidades de lavado impolutas, otras repletas de
documentos y un gran armario cerrado con llave. En él,
el medico esconde uno de sus secretos.
Necesita
de vez en cuando tomar un trago. Abre el armario, extrae una
botella de Jack Daniels con un vaso de papel, a falta de otro
más conveniente, lo completa hasta el borde y se dispone
a beberlo lentamente. Saborea unos segundos el bourbon, luego
deja que descienda por su garganta, en un intento por calentar
sus entrañas. Termina con el licor, cierra meticulosamente
el armario, y regresa hasta la siguiente camilla en la que
reposa un hombre. Según las anotaciones se trata de:
Pedro
Posadas Hernando 65 años
Casado
Jubilado
Tres hijos
Causa de la muerte:
Enfermedad coronaria
Un
escalofrío cruza la espalda de Jarabo, el bourbon no
ha conseguido el efecto deseado. Todavía tiene frío
en el corazón. El maldito corazón que un día
deja de latir y obliga a detenerse al cerebro. Mejor no dilatar
más el tiempo -piensa- Pedro seguro que está
impaciente por iniciar su oratoria.
Consciente
de lo que sucederá a continuación, el médico
cierra sus ojos mientras posa sus manos enguantadas sobre
el pecho hueco del difunto. Al abrirlos, unos segundos después,
su mirada se topa con la del hombre sentado al borde de la
camilla.
Jarabo
ve como Pedro Posadas, en silencio, se dirige al armario,
y él le sigue. Primero con la mirada, luego como un
autómata. El camino hacia no ha cambiado el escenario
de la charla. Sin embargo el muerto, ahora está completamente
vestido. Un traje, hecho a medida, camisa y corbata a juego,
con gemelos más alfiler a juego, de oro. Es un muerto
con mucho estilo. Enrique sabe que ese pensamiento está
fuera de lugar y lo abandona.
Sin
una palabra, valiéndose de gestos, solicita las llaves
que el médico entrega inconscientemente. El muerto
encuentra la botella escondida y sirve dos generosos vasos
que deja en la mesa del ordenador. Después, se sienta
a horcajadas en una de las sillas e invita al galeno, con
un simple movimiento de su cabeza, para que tome asiento en
otra. Por supuesto, Jarabo accede sin mediar palabra.
Pedro
Posadas saca el último Ducados de un paquete arrugado.
Después de contraerlo por completo, lo abandona sobre
la mesa y extrae otra cajetilla nueva, que prepara para cuando
sea necesario. Prende circunspecto el cigarrillo con la ayuda
de un Dupont de oro. Juguetea unos instantes con el encendedor
entre los dedos, en silencio. Y empieza a hablar entre sugestivas
volutas de humo.
-¿Te
gusta mi mechero? Es un regalo. Hace ya muchos años
que lo tengo. Siempre pierdo mis encendedores. Me los voy
dejando en cualquier parte. Es curioso, este no. -El médico
tiene la sensación de que Pedro podría convertirse
en su amigo
si estuviese vivo. Instintivamente se siente
atraído por su voz áspera, gastada, y por la
mirada profunda de ese desconocido. Pero sigue en silencio
mientras atiende:
-Supongo
que puedo llamarte Enrique. Así daremos a esto un toque
más amistoso. -Puntualiza Pedro con media sonrisa en
los labios-. Cada mañana salía de mi casa hacia
el bar de Manolo. Allí tomaba uno o dos cafelitos y
charlaba con los parroquianos. Tiene buena mano para el café,
el condenado. Aquel día, había cuatro o cinco
tíos hablando. Yo leía la prensa, sentado en
una mesa del fondo, en tanto fumaba unos cuantos Ducados.
Más de los que debería. El tabaco me está
matando -Dice resignado, a la vez que inspira una y otra bocanada-.
No voy a dejar el único vicio que tengo, a pesar de
lo que digan los jodidos médicos.
En
tiempos -se dice Enrique- debió ser un tipo atractivo,
muy atractivo. Tiene aspecto de hombre fuerte, de antiguo
guerrero con armas de acero, brazos poderosos y una voz grave
que modela perfectamente.
-La
charla del bar versaba sobre mujeres. Una de mis debilidades.
¡Joder, podría hablar mucho sobre ese tema! pero
preferí callar y dejar que el resto contase sus batallitas.
-Una sonrisa franca, que busca la complicidad de Jarabo, se
dibuja en los labios de Pedro. Los ojos apasionados, con una
seductora mirada, demuestran que conserva parte de ese magnetismo
que en vida le acompañó.
-Me
hice el distraído, con el periódico abierto,
para simular interés por la política por asuntos
menos banales. En realidad me ocupaba en recordar los años
de mis buenas aventuras. Siempre sanas, poca cosa, una noche
o dos. Lo justo para sacar el jugo y que nadie saliese herido.
Los espacios clandestinos, las habitaciones ocultas me proporcionaban
un cierto grado de excitación, al que durante años
fui adicto. Durante un tiempo practicaba el adulterio. Practicaba,
sí, tal que, una competición.
Pedro
Posadas no lo dice pero Enrique llega a la conclusión
de que el muerto, en vida, durante sus escarceos amorosos
lo que ponía a prueba era su propia capacidad emocional.
-Violeta
es una buena mujer, yo la respeto mucho. La quiero. ¡Hombre
por Dios, como no la voy a querer! Es mi mujer. -Exclama como
si el otro le hubiese pedido alguna explicación-. Lo
que pasó es que encontré mi límite en
Teresa
Después perdí la vocación
de adúltero. Enrique permanece en silencio. Escucha
la original confesión-: Violeta, mi fiel esposa. La
mejor madre para mis hijos. Trabajadora y buena administradora.
Siempre a mi lado, apoyando mis decisiones, compartiendo su
vida conmigo. Tantos años juntos, toda una vida. En
fin, Violeta, una señora como corresponde. ¿Qué
más puedo pedir? -Pero el médico cree advertir
un deje de melancólica soledad en esa pregunta. Y se
dice a sí mismo, que probablemente, Pedro se la haya
repetido en otras ocasiones.
-Siempre
he sido un defensor a ultranza de la familia tradicional española.
Hombre enraizado dónde los haya. Y la verdad amigo:
unos cuantos escarceos, no pueden poner nunca en peligro esa
institución. En esta vida un hombre ha de hacer lo
que tiene que hacer. No abandonar nunca tus valores y principios
Solía
recordar a mis hijos esa máxima. Y los chicos se ríen.
Antes no, antes escuchaban serios. Ahora han crecido. Tienen
su vida lejos de la casa. Tienen sus propias ideas al respecto.
A veces dudo que me respeten. Hace tiempo dejé de ser
un héroe para ellos.
Pedro
hace una pausa para sacar otro cigarrillo de su paquete nuevo.
Toma el Dupont, prende el pitillo y aspira en silencio, disfruta
fumando. Enrique permanece absorto en las últimas palabras
dichas por el hombre. Un héroe, piensa, ¿Qué
es un héroe? Mientras Pedro continúa mirando
el mechero que sujeta entre sus manos, el galeno se responde
sin voz: Un héroe es alguien que tiene una respuesta
o un comportamiento irracional, instintivo. En un héroe
siempre hay algo de ciego, algo que está en su naturaleza,
y a lo que no sabe escapar.
Sin
dejar de mirar el encendedor, Pedro retoma el relato-: Pero
a veces, sin querer, rememoro una lejana etapa de mi vida.
Entonces, así sin más, sin previo aviso, todos
los recursos de la memoria se concentran en una voz y un rostro
del pasado y a mi mente llega la imagen de sus ojos, de la
voz quebrada de Teresa, el día que nos despedimos.
Llorando recriminaba mi decisión ¿Pero acaso
esa mujer no se daba cuenta de que no había otra elección?
Tenía que poner tierra de por medio. Yo no soy infiel.
No sirvo para tener amantes. Aventuras sin importancia, eso
sí. Líos que no cuentan, que no son lo mismo.
-Puntualiza con convicción.
-Ella
fue la única mujer a quien quise de verdad. La que
más me quiso. La que me entendía
sabía
como complacerme. Junto a ella me hacía más
grande y más completo. ¡Lástima no habernos
encontrado antes! -Chasqueó la lengua para acompañar
su lamento y prosiguió:
-Pero
soy un buen hombre, incapaz de vivir con remordimientos, y
sabía perfectamente lo que tenía que hacer.
Qué era lo más justo para todos. En aquel minuto
tenía que ser fuerte, no podía permitirme ni
un milímetro de debilidad. No quería poner en
peligro mi matrimonio, ni la vida familiar pacífica
y tranquila, simplemente por amar con locura a otra mujer.
Por mucho que la pena me atragantase la garganta, aunque el
estómago se encogiese por la angustia, tenía
que terminar con ella en ese instante. Antes de que todo mi
mundo, construido durante años de trabajo y esfuerzo,
se viniese abajo.
De
nuevo el silencio se adueñó de la sala. Esta
vez ha sido Jarabo quien ha llenado el vaso de licor de ambos.
Hay cosas que se cuentan mejor con una copa en la mano, pensó.
Pedro parece abatido. Acepta el trago que le sirve Jarabo
y aprovecha para encender otro Ducados antes de seguir:
-Te
confesaré algo Enrique: Yo la quería. ¡Joder,
como la amaba! Soy consciente de mi incapacidad sentimental,
precisamente por eso puedo asegurar que la amaba
Y la
perdí para siempre. Creo que a partir de ese adiós,
mi corazón comenzó a caminar más lento
A veces sufrí alguna arritmia por la rebeldía
al recordarla. "En esta vida los juegos de la gente son
un misterio. Sólo es importante nuestro propio respeto".
No recuerdo donde leí esa frase, pero servía
para convencerme de que mi decisión había sido,
como siempre, la acertada. Joder! -Rugió el hombre,
asestando un tremendo palmazo a la mesa. Jarabo se sobresaltó,
aún así no dijo nada y siguió mirando
al desdichado-: ¡De eso hace ya mucho tiempo! ¿A
qué demonios viene ahora acordarse de aquello? Ya da
igual, todo pasó. Yo tenía razón, por
supuesto. Ella será feliz con otro y yo
yo soy
feliz. Tengo a Violeta en casa. Una mujer que me cuida, que
me respeta. Además están los chicos, cuando
vienen a vernos, aunque sea de tarde en tarde, tienen aquí
a su padre. Un espejo en el que mirarse, un referente para
ellos. Definitivamente aquello fue lo mejor para todos.
Al
médico ya no le cabe duda, el carácter depresivo
de ese hombre era evidente. Sus rápidos cambios de
humor, una prueba más del diagnóstico. Los ojos
han perdido el brillo, llenos de duda y pena. Ha resuelto
ser sincero, hasta consigo mismo, en estos últimos
instantes. Pedro sostiene permanentemente el Dupont, prosigue:
-Teresa
me regaló este mechero, el día que nos despedimos.
Con la intención de no volver a vernos. En muchas ocasiones
me pregunté: ¿que hubiera sido si yo
?
En mí siempre ha tenido más peso, lo que no
ha sucedido que lo que sí ha ocurrido. En fin, mi vida
era aquella. Compuesta por lo que sí e intentando sobrevivir
a lo que no. Seguir adelante, eso era lo que tenía
que hacer, y eso es lo que hice. Mi familia, mi trabajo, las
charlas del bar. Fanfarronear con los tipos, hablar de ligues
baratos
>>Esa
mañana, te decía antes, salí del bar
de Manolo con el pitillo en los dedos y el diario bajo el
brazo. Caminaba por las calles del barrio mientras mis recuerdos
se difuminaban una vez más. No soy persona que se recree
en las melancolías. Soy un hombre práctico.
Conozco muy bien que bálsamos debo utilizar en cada
momento, de qué tipo de cosas rodearme y como debo
seguir mi camino sin depender de nadie. De pronto, por azar,
me atrajo la figura de una mujer desde la acera de enfrente.
Avanzaba en sentido contrario. Su cabello rizado y su forma
de caminar hicieron que buscase la manera de acercarme a esa
mujer. ¡Joder! Era ella. Crucé, para forzar el
encuentro con Teresa. Ella avanzaba lentamente hacía
mí. Vestía de negro. Siempre le gustó
ese color. Caminaba de manera elegante con la mirada puesta
en el suelo. ¿Me reconocería, se acordaría
de mí como yo de ella? Me sentí como un chiquillo.
>>Ya
casi estábamos de frente, cuando ella levantó
la vista. ¡Cojones! ¡Hasta la llamé por
su nombre! ¡Teresa, Teresa! -Pedro grita su nombre,
a la cara de su oyente. Jarabo piensa que el muerto está
a punto de perder los nervios. Pero no, se queda callado,
fuma una vez más, bebe otro generoso trago de bourbon,
para después, inclinar la cabeza, casi hasta pegar
en la mesa, y apoyarla sobre el encendedor dorado.
-No
era Teresa -continúa. Enrique nota como la voz del
hombre, ahora parece más profunda-. Yo parecía
un estúpido espantapájaros. Parado frente a
esa desconocida que me miraba, sin comprender que demonios
me pasaba. Seguro que pensó que era uno más
de esos tipos raros que hay por la vida. Siguió su
camino, sin prestarme más atención. Sin embargo
yo la perseguí con la mirada. Como en esa escena que
a veces se muestra en las películas y que sirve al
director para interpretar el vacío, la soledad absoluta
del protagonista: un hombre solo en una calle céntrica
y totalmente desierta de sonidos o de vida. Un par de semáforos
parpadeantes al fondo de la avenida, nada más. Así
estaba yo en ese momento. Aunque, mi avenida era a esas horas
un constante bullicio y trasiego de personas. -Enrique se
da cuenta de que el hombre acaba de dejar al descubierto la
esquina del corazón que rebosa de emociones, y que
esa sería la última oportunidad que tendría
para hacerlo. Jarabe quisiera decirle que ha sido un autista,
que es inútil vivir de espaldas a los sentimientos,
o que perder es sufrir pánico antes de tiempo. No,
no puede decir eso. En cambio deja que el muerto termine su
relato:
-Quizás
hace años erré en mi camino. Quizá debí
huir con Teresa, y abandonar a Violeta. Quizás así
en mi vida tuvieras más peso lo que sí. ¡Cuantas
vidas se estropean a causa de la indolencia! -Se reprochó
el hombre, con un deje de tristeza en la voz-. En fin, un
momento de debilidad. Es lógico que la recuerde ¿no?
Los hombres no piden perdón -dice- hacen lo que hacen,
y dicen lo que dicen. Luego, se aguantan. Así es que
yo
a seguir con mi vida. Ahora, a por el pan, y a casita
con mi mujer. -Termina por decir Pedro, mientras mira fijamente
al médico, y juguetea, una vez más, con su encendedor
Dupont.
Jarabo
piensa de nuevo en los héroes. Recuerda que en alguna
parte leyó otra definición de esa cualidad.
Era algo así como que los héroes, para serlo,
necesitan creer que lo son. Son personas que tienen el coraje
y el instinto de la virtud por eso no se equivocan nunca.
O por lo menos, no se equivocan en el único momento
en que lo que de verdad importa es no equivocarse. Y lo más
importante: no hay héroes vivos.
Toma
la botella de bourbon para servir dos vasos más, pero
para cuando va a acercar el primero a Pedro, éste ya
no está en su silla. El médico mira hacia la
mesa de operaciones, y observa a Pedro tendido allí,
junto a sus compañeros muertos.
|