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KIJOTEANA
PRIMERA
Autopsia de don Quijote
Acabo
de gozar con la lectura de uno de esos libros que lo quedan a uno
patidifuso, desconcertado, contento y como preso de una euforia
intelectual indescriptible, que se transmite a todo nuestro ser.
El libro que trato es, sin lugar a dudas, uno de los que marcan
la vida, y si no exagero, la mente y formación de una persona.
Aún en estos tiempos de trivialidades y superficialidades.
Bien es cierto que Cervantes, recogiendo
lo escrito por Cide Hamete Benemegeli, recuerda, al final del Quijote,
que la empresa de relatar las hechos, aventuras y vida de Alonso
Quijano el Bueno sólo estaba guardada para el autor arábigo
que él versiona y que el morisco de Toledo le traduce. Pero
no dice nada sobre que se utilice o no el cadáver de don
Quijote. Nada dice acerca de indagar con y en el muerto del de la
triste figura.
Trata esta novela de la peripecia, engendro
y desarrollo de nada menos que la autopsia de don Quijote, hecha
ocultamente después de su muerte, por ese médico que
en el último capítulo de la novela "fue del parecer
que melancolías y desabrimientos le acababan", y que
fue conocedor del padre de Miguel de Cervantes, también médico.
Es un alarde imaginativo y creativo de largos alcances y elevados
vuelos místicos e irónicos. Sabido es la peligrosidad
de hacer este tipo de operaciones con los cadáveres de la
época: la Inquisición acechaba tras todo médico,
tras todo físico o estudioso de la anatomía y del
cuerpo humano que manipulaba o viviseccionaba. Se tenía que
hacer a hurtadillas. De ahí que nuestro autor, el narrador
de este ingenioso libro, tenga razones para seguir callando el lugar
de la Mancha donde él hace la autopsia, que es, a la postre,
donde nació don Quijote y murió.
La novela desarrolla parte de los quehaceres
de un estudioso del siglo XIX tras ese precioso documento quijotesco
que constituye la autopsia de don Quijote. El intelectual pretende
realizar un minucioso trabajo investigador que configurará
en una tesis doctoral que, a falta de medios por su parte, financia
una Diputación Provincial de una provincia española,
creada en su contemporaneidad. Una parte de la autopsia se hallaba
entre los fondos documentales de la mencionada institución
que hace de mecenas del estudioso. Adheridos a la autopsia figuran
una serie de documentos manuscritos posteriores de diversas épocas.
Añadidos y opiniones, glosas a los resultados de la autopsia.
Por cronología figuran así: los de un escribano que
halló el manuscrito, con los resultados del análisis
del cadáver del muerto, Alonso Quijano, y las conclusiones
a las que llegó tras observar anatomía, vísceras,
músculos y demás componentes de un cuerpo muerto,
por parte del médico. Esto ocurre a finales del siglo XVII.
El escribano se llevó el manuscrito original a Toledo y él
mismo escribió unas puntualizaciones sobre las conclusiones
a las que llegó el médico. Por supuesto con gran sigilo
y prudencia en el ocultamiento de aquellos papeles por la opresión
inquisitorial, social y de miseria mental de aquellos tiempos. Pasa
el tiempo y, casualmente, un caballero ilustrado del siglo XVIII
tropieza con estos escritos, que a su vez pasan a un afrancesado,
al birlarlos, que se los lleva a Francia, para que una sobrina suya,
liberal y feminista avant la létre, trajera a España,
de regreso, hacia 1823 (con los Diez Mil Hijos de San Luis y el
Conde de Angulema) hasta Cádiz. El ilustrado y el afrancesado,
así como la sobrina y un anónimo francés (en
su lengua) aportaron opiniones y notas sobre la documentación
de la autopsia original, y los escritos y conclusiones que los diversos
propietarios de los documentos fueron añadiendo a éstos.
Finalmente caen en manos de nuestro investigador, que era un republicano
de la Primera República española, y realiza su tesis
doctoral sobre la autopsia del cadáver de Alonso Quijano
el Bueno, y todas las opiniones que se habían ido añadiendo
a lo largo de los años por los que fueron sus propietarios.
Esta tesis fue rechazada, por disparatada, por un Real Decreto y
tuvo consecuencias políticas de largo alcance, pues los responsables
del Gobierno de la Diputación Provincial fueron cesados en
sus cargos y procesados.
Esta
insólita historia se desenvuelve narrándonos simultáneamente
la vida de nuestro estudioso, don Eutimio de Torres, en la elaboración,
dificultades y trabajos de su labor y en la búsqueda de la
parte final de la autopsia, que no se hallaba con los documentos,
cuando él los encuentra. Así recorre la Mancha, Toledo,
Madrid, algunas ciudades y pueblos de Francia y trajina por la capital
de la provincia, cuya Diputación financia su quehacer de
una alocada, peregrina y aventurera forma. Así, logra hallar
los pliegos en los que están el final de la autopsia, donde
se desvela uno de los misterios de los que hablan los demás
comentaristas, y que es, para asombro de la posteridad, que don
Quijote está circuncidado, como criptojudío heterodoxo
que era o fue, y de lo que Eutimio de Torres tenía vislumbres,
como le confesó a un amigo masón. Y no es lo único
que sorprende de tal relato, que nos deja boquiabiertos por la gracia
y el desparpajo literario con que está llevado.
Así, de sopetón, uno se encuentra,
en los tiempos que corren, donde parece que la creatividad, la imaginación
y la narrativa, amén de lo lúdico y humorístico
hacen vías de agua en la literatura peninsular, y domina
la comercialización de lo mediocre, foráneo y vacuo,
que hay maravillosos autores soterrados, conminados a vivir en subterráneos
con sus creaciones, en lo social y comunicativo, ellos y sus obras.
Predominando una alcahueta y manida manera ramplona los tratadillos
o noveluchas históricas de muy baja estofa ay mal gusto.
Narradas en un estilo ramplón y poco ambicioso, aclimatado
a una masa estupidizada y manipulada por esa historia que interesa
al sistema para sustentarse. La Autopsia de Don Quijote está
muy lejos de ser una novela histórica. Es más, supone
la burla de todo ese subgénero narrativo que aloca a los
más, no de la manera que los libros de caballerías,
sino para peor.
Esta novela, de la que puedo decir que se
imprimió en Sevilla en 1977, la adquirí en una reciente
feria de libros de ocasión, atraído por el título.
Creo necesario comentarla aquí toda vez que es actualidad;
pero no por el dictado del consumo editorial sino por méritos
propios. Su autor es un tal Rosouro Bara, gloriosamente desconocido,
y es una autoedición no carente de buen gusto, buena encuadernación
y una buenísimo diseño de portada. En una curiosa
y aclaratoria nota se nos advierte que en la etapa supuestamente
democrática que se inicia con la muerte de Franco, el autor,
con la ayuda de amigos, y con un esfuerzo grande por su parte, debido
a sus menguados bienes, trata de imprimir mil ejemplares de la novela
que tenemos entre manos, ya que es una de esas creaciones literarias
que el franquismo no permitió jamás salir a la luz.
Y que, cansado de visitar editores y no queriendo pasar por los
aros de los premios literarios, lanza al aire, en pocos ejemplares,
a los que mereciera, con poca difusión y difícil distribución,
esperanzado de que no caiga en vacío.
Espero que la nada no sumerja en sus fauces
está genial narración con estos bienintencionados
comentarios y que si Rosouro Bara los lee así le conste y
se sienta animado, no por él, sino por la literatura y el
gozo creativo y de lector. Seguro también de que todo aquél
que lo leyó habrá quedado tan estupefacto y alegre
cono el que esto suscribe. De esta manera se hace constar que la
literatura, en nuestro tiempo, se ha vuelto un saber especializado
y remoto, sectario, un mausoleo superexclusivo de santos y héroes
de la palabra, que han cedido, soberbiamente, a los escritores-eunucos
el enfrentamiento con el público, el mandato de la comunicación,
y que se han enterrado en vida para salvar a la literatura de la
ruina, pues la Autopsia de don Quijote es eso. Rosouro Bara
escribe entre él y sus iguales y para ellos. Parece estar
empeñado en la rigurosa tarea de la investigación
verbal, en la invención de formas nuevas. Porque si lo que
narra en Autopsia de don Quijote es sorprendente, no lo es
menos el cómo lo hace. Ambas cosas van imbricadas. Pero en
la práctica ha multiplicado las llaves y cerraduras de ese
recinto donde ha encarcelado a su literatura, porque en el fondo
alienta la terrible convicción de que sólo así,
lejos de la promiscua confusión donde reinan, todopoderosos,
los medios de comunicación masivos, la publicidad y los productos
seudoartísticos de la industria editorial y de la sociedad
del espectáculo, que alimentan al gran público, puede,
en nuestros días, florecer, como orquídea de invernadero,
clandestina, como esta novela que comento, exquisita como ella misma,
preservada del encanallamiento por códigos herméticos,
esequibles sólo a ciertos esforzados cofrades, una literatura
auténtica de creación.
En este año de la celebración,
grandilocuente y del poder establecido, de la publicación
de la primera parte del Quijote, hace cuatro siglos. Escrito
por un entonces irrelevante y pobrísimo señor llamado
Miguel de Cervantes, amén de persona de vida un tanto extraña
para la moral y usos de la época, vamos a traer a esta sección
rarezas o cosillas poco trilladas sobre la obra primordial de toda
literatura: Don Quijote de la Mancha. De esta forma salvaremos
la cara de lo literario, de lo auténticamente creativo, de
los avaros académicos de Argamasilla, de tanto barbero, cura
y bachiller que pretenden secuestrar la obra y el pensamiento del
libertario manco. Que se jodan, pues Miguel de Cervantes será
siempre libre en sus obras. Y sobre todo creador y literato, altanero
y muy dueño de sí mismo, cabal y magnánimamente
irónico, con un humor y un humanismo del que lo ha visto
todo, y del que tuvo que luchar bravamente para sobrevivir, en la
sociedad raquítica que le tocó vivir. El Cervantes
de la penuria económica, la calle, los caminos y la cárcel
fue el común. Sin eso hubiese sido imposible su obra. El
Quijote no se lo merecen leer las más de las gentes,
que no tienen gusto ni pasión por el juego de la literatura
ni por el juego de la vida: de la lengua como instrumento que reconstruye
y sustenta el mundo, los mundos, de la inseguridad del camino, de
los caminos no trillados
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En
la abierta llanura manchega, la larga figura de Don Quijote
se encorva con un signo de interrogación, es como un
guardián del secreto español, del equívoco
de la cultura española.
Don José Ortega y Gasset |
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A
la memoria del hombre Miguel de Cervantes, que tantísima
miseria hubo de aguantar de los sabios encantadores,
en el año en que se conmemora el cuarto centenario
de la publicación de la primera parte de su obra
genial, para alimentar esos espíritus hambrientos
por todo el mundo.
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ELOGIO DE LA LENGUA
Hablaba hace días con un amigo,
en animada conversación, sobre canto coral, precisamente.
No se sabe por qué enigmáticos caminos del discernir,
no siendo el tema de la charla cerrado, dimos en parlar del
lenguaje. Aunque luego aterrizamos en el canto, la voz y todo
eso.
Entonces entró en un trance
elevado, aunque discreto, y me contó aquello de la
mitología hebrea, que narra el origen del universo,
del mundo. Cómo Dios creó, en un principio de
la nada, por supuesto, las cuatro letras madres del alefato
judío, de cómo aquellas (llamadas letras madres)
originaron las demás letras, hasta completarse. Una
vez Dios dispuso de las letras las fue combinando, pronunciando,
formando palabras, que al hacerse y decirse, daban lugar a
las cosas, al mundo material. Por ello la versión normalizada
del libro del Génesis menciona tanto lo de "Y
Dios dijo", y venga a decir que Dios dijo,
y nos cuenta que conforme decía, así se hacía.
Tampoco hace falta recordar el Evangelio de san Juan,
con aquello de "Al principio era el Verbo, y el Verbo
se encarnó
", o sea, la palabra primordial
(Verbo) se hizo realidad
Lo que mi amigo me contaba
era la interpretación cabalística de la invención
del mundo por la palabra, por el uso de la lengua. Una mitología
que nos presenta un Dios más que creador oral y literato
(por las letras) del mundo, un supremo filólogo, ya
que ama a ese mundo que crea más que ninguno. No habría
que recordar que filólogo significaría, etimológicamente,
del griego, amante del logos, esto es del dicho, de la palabra,
de la lengua, del mundo. Pues es mundo lo que se puede nombrar.
Como dice uno de nuestros escritores geniales de ahora, Miguel
Espinosa (ya muerto): el pájaro existe porque lo
nombro.
Recordé luego que, continuando
con la mitología de la Biblia, cuando el hombre
se creía sabio y todopoderoso, como un dios, y trató
de trepar a lo más encumbrado y soberbio construyendo
una torre más alta. Fue precisamente ese Dios literato
y filólogo quien le quitó el poder y el don
de lenguas, que dan esa creencia en la que se es supremo sabio:
la lengua, el don maravilloso de la lengua. Y fue que se la
confundió, con lo que la torre de Babel se precipitó
a los suelos desde los cielos, y sus soberbios constructores
se vieron confusos, sin poder entenderse, como ícaros
caídos, en una ventolera de lenguas que los perdió.
Y con la pérdida de la lengua que los unía y
que los entendía, lo perdieron todo y Babel fue símbolo
de eso: caos, barullo, trastorno, tiberio, conflicto, maraña,
baturrillo, mezcolanza, enredo, guirigay, desconcierto, lío,
laberinto, barahúnda, pandemonium, algarabía,
gresca, greña, pelea, pelotera, marimorena, desorden,
turbación, desorientación y desconcierto.
Para arreglar todo recurrí
a lo más primario que nos hace. Nuestra carnalidad
hecha palabra: el cuerpo. Es evidente que el lenguaje, el
hecho de tener una lengua que hablamos, ha sido posible a
la evolución biológica del mono que somos, más
o menos inteligente, más o menos hábil. El suceso
de que podamos tener el torrente de voz, la columna de aire,
que se sustenta en el diafragma/abdomen y resuena en ese esfínter
llamado cuerdas vocales, es un milagro evolutivo, que, bien
temperado en la boca, los labios y demás, da origen
a los sonidos que forman palabras, que llenan la lengua, incluso
al canto en algunos, y agradable en pocos. Sobrados son los
estudios sobre el origen biológico del lenguaje. Sin
esa transformación de los humanos, que de andar a cuatro
patas se alzan erguidos sobre dos piernas, no sería
posible que todo ese aparato fonador funcionara tan a la perfección
y en tantas lenguas como en el mundo son. No se conoce ninguna
cultura, ningún grupo de humanos que no hable. El habla,
y por ende, la lengua es algo consustancial a la humanidad.
Forma parte no sólo de su cultura o cultivo evolutivo,
sino de su propia biología. Decir esta obviedad no
es valetudinario. Fácilmente se olvida por esa memoria
histérica que el mono tiene a veces.
Olvidamos que somos lengua, que sólo
somos si nos nombramos, nos creamos y nos creemos si nos hablamos,
como aquel Dios de los cabalistas, que creía si nombraba
lo creado. Porque es indudable que el pensamiento no existe
sin el soporte eficaz de la lengua. De tal manera que un pensar
no tiene existencia si no posee una lengua, y también
que no existe lengua sin pensamiento. Es la lengua quien fragua,
forja, evidencia, en sus sentidos más profundos y terminales.
Sí, se dan casos excepcionales,
se dirá. Qué pasa con los mudos, los afónicos,
etc. Sencillamente que traducen la lengua en otras formas
de expresarla, en otros medios, que no es oral, que siempre
será su referente último. El vehículo
por el que la lengua, comúnmente, se expresa es el
oral, acompañado de toda la expresión no verbal:
manos, gestos expresivos, etc. Si falla la oralidad surgen
inmediatamente sustitutos de más difícil vehiculación,
más restringidos y más pobres de ese caudal
que nos define tanto como el ser animales mamíferos,
incrustado en la médula de nuestro estar, que es la
lengua, la capacidad de lenguaje normalizado en el habla,
acordado en la escritura, etc.
Por todo ello es casi natural que
a quien domine ese don gratuito, mas no superfluo, se le respete
como un humano superior, sabio, cabal
De ahí
que se le use - a ese humano superior- hasta para adornar,
o dar lustre y valor a algo tan moderno como el dinero -en
relación a la lengua, claro-, en monedas, como bien
sucede, lamentablemente, con el bien amado Miguel de Cervantes
Saavedra, cuya supuesta efigie adorna el vil metal, con el
que se compra y vende. Y ya lo decían los latinos:
el dinero son las vísceras del avaro (pecuniae viscera
sunt avari).
NOTA.-
Este trabajo inicia una serie de reflexiones sobre la lengua,
la literatura, la creación, y sobre Cervantes y su
obra, tan poco leídas. Hay que liberar a ese Cervantes
secuestrado, esclavizado y encantado por las altas instancias
del Poder, los Dioses y los Amos, los académicos de
Argamasilla, o de Madrid, y otras cutrerías publicitarias
y editoriales. Y, por supuesto, dar libertad a su obra.
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KIJOTEANA
III
CERVANTES
MUDÉJAR
Los
lectores del Quijote conocemos su universalidad, manchega
y pueblerina. Recordamos el intento continuo de endilgar la
autoría de la obra, por parte de don Miguel, a otros,
sobre todo a un autor arábigo llamado Cide Hamete Benengeli.
Ya que también otros trataron de robar, plagiar el
invento a Cervantes, como hoy los famosos de la tele, con
la bendición de marujas y pueblo general.
Conociendo los tiempos cervantinos,
cuando fraguaba su Don Quijote de la Mancha, esto era una
provocación, una rebeldía insurrecta contra
los poderes establecidos, que tanto marginaron y vilipendiaron
al Príncipe de los Ingenios, como siempre ocurre con
los ingenios. Pero lo de atribuir su obra a un moro era algo
tremendo, pues entonces se estaba eliminando y expulsando
lo poco que quedaba de la cultura islámica, llamada
ya mudéjar por los cristianos intolerantes, en la península
ibérica. Es mucho más que eso lo del que llaman
Manco de Lepanto o del Espanto.
Cervantes mudéjar, sí.
Una breve reflexión sobre cierto pasaje del Quijote
nos hará ver que el adjetivo le cuadra a nuestro principal
ingenio. La palabra mudéjar aparece documentada, por
vez primera (en castellano), en 1571 y en el Quijote es la
tercera vez que aparece en documento impreso. Curioso e interesante
asunto nos traemos entre manos. Por esas manías que
tienen ciertos españoles nacionales en marginar lo
que no comprenden, la palabra fue, deliberadamente, olvidada
en el Diccionario de Autoridades. Aparece, reconocida como
del acervo común castellano, en 1884 por la RAE. Lo
que demuestra la inquina y mala ley contra lo diferente por
los amantes de lo que llaman las esencias puras de la patria
hispana, en esta bonita peripecia resumida de las aventuras
de la palabra mudéjar. Me refiero a los poderes y sus
asilvestrados sabios. Porque Cobarrubias la recoge, puntual,
en su diccionario (1611). Y había leído la primera
parte del Quijote.
Hoy existe un alto interés
por el llamado arte mudéjar, por razones comerciales
y de trapicheo turístico, más que por el arte
en sí. Parece ser que los padres de la cosa se han
dado cuenta de que tenían una niña estupenda,
buenorra, y se han puesto a vestirla ceñida, con falda
corta, a destaparla para que la disfruten los extranjis, los
turistas, como una puta más...
Hace más de veinticinco años
que, en Llerena, José Iñesta tomó fotos
de fachadas mudéjares preciosas y en franco deterioro,
por mi indicación. Me crié en uno de los barrios
cuajado de presencia mudéjar y lo conocía. Desgraciadamente
esas fachadas fueron, no hace doce años, destruidas
y arrasadas con el beneplácito de quienes hoy defienden
a ultranza lo mudéjar. La famosa Casa Grande, con su
patio, hecha trizas... Vivir para ver. Es historia, ¿O
es Histeria?
Vayamos al capítulo IX de la
primera parte del Quijote. Ahí Cervantes nos dice como
acabaron los desvelos del héroe sin encontrar continuación.
Hasta que un día el narrador cervantino, "en el
Alcaná de Toledo", encontró un muchacho
que vendía unos cartapacios escritos en caracteres
arábigos. Así que se buscó un morisco
aljamiado que los leyese. Morisco aljamiado era un morisco
que hablaba castellano y le servía de intérprete
y traductor, o sea: un mudéjar. Cuando le comienza
a traducir al narrador cervantino, trasunto del propio Cervantes,
descubre que es la continuación de la historia de Don
Quijote, con lo que compró todos los cartapacios y
papeles al muchacho por un irónico real. Y se apartó
"con el morisco por el claustro de la iglesia mayor,
y roguele me volviese aquellos cartapacios, todos los que
trataban de don Quijote, en lengua castellana, sin quitarles
ni añadirles nada, ofreciéndole la paga que
él quisiese... por facilitar más el negocio,
y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le truje a mi
casa, donde en poco más de un mes y medio la tradujo
toda del mismo modo que aquí se refiere". La paga
del trabajo al morisco fue algo muy interesante para la gastronomía
mudéjar: "dos arrobas de pasas y dos fanegas de
trigo". Eso costó el Quijote, según nuestro
narrador cervantino.
Así que tenemos que la obra
mayor de la literatura española y universal, según
su autor, está escrita por un sabio manchego y arábigo
y traducida por un morisco aljamiado (mudéjar), y nada
menos que en Toledo, con lo que Cervantes rinde ingeniosísimo
homenaje a las famosas escuelas de traductores toledanos,
que durante todo el medievo, en sintonía y tolerancia
de religiones, lenguas, costumbres, razas vivieron y armonizaron
hasta la escabechina de la intransigencia moderna. Claro que
todo parece ser literatura. Si consideramos el conjunto quijotesco
veremos que lo mudéjar, lo morisco está siempre
presente. El propio nombre del autor arábigo responde
al propio nombre de Cervantes, ya que Cide Hamete Benengeli
significa: Cide, Señor, Hamete, nombre propio común
en árabe, Benengeli: hijo de ciervo, cerval o cervateño,
y de ahí Cervantes, que con el mismo se designó
don Miguel, según el orientalista José Antonio
Conde.
En fin, el lector puede quedar pasmado
ante tanto encaje de bolillo, tanto hilar fino como existe
en el taraceado mudéjar cervantino del Quijote, pues
como tal arte debe ser considerado y leído. Ya que
mudéjar no es sólo arte arquitectónico
o de alarifes del ladrillo, argamasa, yeso y escayola, sino
de la lengua literaria y algunas de sus más ilustres
péndolas, que se extiende a la expresión artística
de toda una cultura que se fraguó en la península
ibérica con la convivencia de tres culturas, o más,
que configuraron algo autóctono: la profundización
del legado islámico e hispanorromano peninsular, en
todos sus sentidos y no como "el único tipo de
construcción peculiarmente español del que podamos
envanecernos", como dice Menéndez Pelayo. Algo
más que construcción ladrillera, muchos más.
Las obras de Américo Castro y otros eminentes sabios,
hasta la de Juan Goytisolo, pasando por Galdós, han
tratado de mostrarnos en literatura, en poesía, en
el arte de hacer con el lenguaje. Incluso el débito
de nuestro Luis Zapata, en su libro de cetrería, a
los hornacheros, y de los cetreros mudéjares...; pero
ese sempiterno odio y resentimiento de reconquista quiere
poner puertas al campo de algo que ven hasta los ciegos, oyen
los sordos y palpan mancos. Por hoy diremos, para siempre:
Cervantes mudéjar, Quijote mudéjar. Y, como
bien dice uno de los mejores y mayores estudiosos del arte
mudéjar: "no puede ensayarse una definición
de la personalidad histórica si se prescinde del fenómeno
mudéjar y particularmente de sus manifestaciones artísticas,
una cultura original y única", (Gonzalo Borrás
Gualís: El arte mudéjar aragonés: 1987).
En Llerena andamos en pañales
restaurando sólo fachadas, sin mirarnos en los interiores,
yendo a más. Quien sepa y quiera entender, que entienda:
en nuestras costumbres, lengua, cultura popular, literatura
oral, gastronomía, albañilería, música,
visión tolerante de las cosas y personas, trato, modos
de vivir, religión, cosmovisión... ¿No
habrá quedado algo mudéjar? Aunque esté
en franco estado de desaparición total, ¿No
merecería la pena restaurarlo, si con ello se restaura
la tolerancia, el respeto al otro y lo distinto, la dignidad
por encima de intereses financieros e intrumentalizadores
de una cultura que quieren reducir a un espectáculo
circense y turístico de cartón piedra o escenario
cinematográfico?
NOTA.- Mi homenaje con este escrito a Julián Ruiz
Banderas con quien nos hicimos cervantistas tempranos. A Juan
Goytisolo por abrirme a entender de otro modo el secreto,
a voces, de la literatura hispana, a Américo Castro,
la realidad histórica, a José Iñesta
por su impagable entusiasmo, emoción y amor a Llerena,
que no decayó nunca en malos tiempos para el mudéjar,
a su familia por su generosidad.
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